Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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adornados con crines de plata, empujándose, atropellándose; asaltan las rocas, se apoderan de ellas; pero
como si les faltara la confianza en su dominación, la confianza en su justicia, vuelven atrás con el clamor
de un ejército derrotado, en láminas brillantes, en hilos de agua, en blancos espumarajos.
El hombre, sin duda, no está organizado para comprender lo trascendental de lo que es extraño a él. Así
presta sus designios a las cosas; así supone que el sol está hecho para alumbrarle y las estrellas para
adornar su noche.
Todo lo vaciamos en el molde de nuestro espíritu; fuera de ese pequeño molde, no tenemos nada para
asir y comprender las cosas que pasan por delante de nosotros. Por eso damos a todo el universo, desde
la gota de agua hasta Sirio, una intención humana.
Así, alguna de estas olas se nos figura que sube arteramente, buscando el camino estrecho y tortuoso,
como una guerrilla intrépida, y ya desde la cumbre de un peñascal bajan en una rápida fuga.
Frayburu, negro, en medio de las aguas espumosas, parece una representación del orgullo y de la fuerza
de la tierra frente a las iras del mar.
En los días de oleaje, Frayburu desaparece como tragado por las espumas, y vuelve a surgir por
instantes con su color negro, su piel de monstruo marino y la franja de meandros de plata que lo ribetea.
¿Este peñasco misterioso y extraño exaltaría la imaginación de un Hamlet? ¿Es la ruina de un castillo?
¿Es un enorme delfín? ¿Es un tiburón? ¿Es una esfinge que mira al mar, o la cabeza pensativa de un
sabio?
El hombre de la costa no ha querido que sea un delfín, ni un tiburón, ni una ruina; ha decidido que sea
la cabeza de un monje, y le ha llamado así, en vasco: Frayburu.
La imaginación fabrica cosas extrañas con las nubes y con las rocas, con lo más impalpable y con lo
más duro. En las forjas del espíritu se funden todas las sustancias.
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El Izarra presenta también motivos de fantasía para las imaginaciones vagabundas; en ese alto acantilado,
paredón gigantesco, pizarroso, con vetas blancas, las hornacinas se abren. como esperando una imagen;
los balcones, ribeteados por líquenes verdes, se alargan en lo alto. Podría asomarse allí una ondina
o una hada. A veces, al pie de este acantilado aparecen manchas rojas de algas adheridas a las peñas,
que sugieren cierta idea trágica.
Pero cuando la costa y, sobre todo, Frayburu llegan a lo culminante de su fuerza, al paroxismo de su
misterio, es al anochecer. Entonces el horizonte se alarga bajo la bruma rojiza, el cielo azul del crepúsculo
va palideciendo y sus colores de rosa se tornan grises; los promontorios lejanos, dorados por el último resplandor
del sol, desaparecen en la niebla, y Frayburu se yergue en la soledad de su desolación más misterioso
y más sombrío, en su continuo reto lanzado al cielo oscuro y al mar hipócrita que intenta conquistarlo.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Bisusalde
Capítulo VI
Una mañana de otoño llegué a la playa de las Ánimas antes del mediodía. Un hombre iba con un carro
por el arenal, aguijoneando la yunta; se oía el chirrido de los ejes de la carreta y el ruido crepitante de la
arena bajo las pezuñas de los bueyes.
Pregunté al boyero por dónde se subía más de prisa a Bisusalde, y me mostró el camino, que, al principio,
más que camino, era una escalera formada por tres o cuatro tramos hechos con vigas y que terminaba
en una cuesta en zigzag. Este sendero se llamaba cuesta de los Perros (Chacur aldapa).
Más avanzado que ninguna de las casas de Izarte, más al borde de las dunas, estaba el caserío de mi
abuela, un caserío negro, con un balcón corrido hacia el lado del mar.
Se llamaba Bisusalde (cerca de las borrascas). Realmente, el viento debía azotar allí de una manera
furiosa.
Me acerqué a contemplar el caserío: la fachada que miraba al mar era toda negra; la otra tenía un jardín
abandonado, con dos cipreses secos, y luego una huerta, que se continuaba con un prado.
Entré en la casa y llamé. Esperé algún tiempo, y un hombre que trabajaba en la huerta me dijo que el
capitán, así llamaba sin duda al amo, no estaba en casa. Había ido a Elguea con su hija.
Recordé que aquel viejo era el mismo que encontramos Recalde y yo cuando, después de nuestra expedición
al Stella Maris, anduvimos buscando al que tenía la llave de la lancha que solía estar atada en la
punta del Faro.
Pregunté al viejo cuándo volvería el señor, y me dijo que por la tarde, a eso de las cinco.
Me dirigí hacia el pueblo, formado por quince o veinte casas agrupadas en derredor de la iglesia, y me
detuve en una venta del camino, con el objeto de almorzar, y de paso a enterarme de la clase de gente que
vivía en Bisusalde.
La venta era de esas mixtas entre campesina y marinera; tenía las puertas y las paredes pintadas de
verde, mostrador en el portal y a un lado un cuarto pequeño, con una mesa de pino, blanca, un espejo
cubierto con gasa y varias sillas.
Estaba todo limpio a fuerza de arena y de baldeo. Contiguo a la venta había un soportal con una fragua:
en aquel momento estaban herrando a un buey amarillento.
Llamé; vino una mujer, a quien pregunté si podía comer algo; me dijo que esperara un momento.
Hablamos; le expliqué quién era y a lo que iba, y a mis preguntas contestó dándome los informes que le
pedía acerca del inquilino de nuestro caserío.
El hombre de Bisusalde a quien llamaban el capitán era un marino inglés, que vivía con su hija,
muchacha de catorce o quince años, y un criado, llamado Allen.
Algunos aseguraban que el viejo había sido pirata; pero esto, según la mujer de la venta, eran ganas de
hablar.
El inglés daba lecciones de su idioma y solía ir todos los días a Elguea, donde tenía varios discípulos.
Le habían invitado también a establecerse en Lúzaro, pero no quería: prefería vivir en Izarte.
La vida de aquella gente era muy sencilla y muy pobre. Por las mañanas, el capitán y su hija solían recorrer
la playa desierta, los dos descalzos. Había una cueva pequeña en las dunas con una puerta; allí, los
días buenos, la chica entraba a desnudarse, se ponía un traje de baño y se metía en el mar. Solía estar
nadando, y cuando se cansaba, al salir a la playa, su padre le ponía una manta blanca.
Por la tarde, después de almorzar, el capitán iba a Elguea y volvía por la playa despacio. Muchas veces
se quedaba entre las rocas hasta el anochecer.
La chica apenas aparecía en el pueblo; el criado trabajaba en el campo, y los domingos iban los tres al
faro de las Ánimas, pues se trataban con el torrero y su familia.
La mujer de la taberna añadió que al principio decían que Mary, la hija del capitán, era débil; pero que
con aquella vida al aire libre se estaba haciendo una muchacha muy robusta.
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Todos estos datos contribuyeron a hacerme creer que aquella gente era bastante misantrópica y extraña.
Después de almorzar y descansar en la venta, me fui por el borde de las dunas adelante. Serían las cuatro
y media cuando vi al capitán y a su hija, que volvían hacia su casa, por la playa. Él iba despacio; ella
corría, tiraba piedras, gritaba. La subida por la cuesta de los Perros era bastante fatigosa, y el viejo se detuvo
varias veces a descansar. Tenía aire de hombre enfermo y abatido; al pararse bajaba la cabeza hasta
dar con la barba en el pecho.
Me acerqué a ellos. La muchacha era muy bonita, rubia, tostada por el sol; al pasar por delante de mí
me miró con un aire completamente salvaje. Aguardé a que entraran en su casa, y poco después me decidí
a llamar.
Había oscurecido. El viejo alto que trabajaba en la huerta me indicó que pasara. Entré. Una lámpara de
aceite alumbraba un cuarto pequeño y modesto, que tenía un armario con cortinillas blancas.
El capitán leía sentado cerca de la mesa; la muchacha estaba haciendo la cena allí mismo; el viejo criado
raspaba el mango de una azada.
El capitán se levantó al verme, con aire de alarma; yo le rogué que se sentase, y le dije quién era y a lo
que iba. La muchacha salió del cuarto.
-¿De manera que usted es nieto de doña Celestina? -me preguntó el capitán.
-Sí, señor.
-¿Hijo de Clemencia?
-Sí, así se llama mi madre.
El hombre se turbó, no supo decirme lo que pagaba de renta a mi abuela, y murmuró:
-Dígale usted a su madre que me diga lo que tengo que pagar al año por la casa, y si puedo me quedaré
en ella.
Yo le indiqué repetidas veces que no, que siguiera pagando como hasta entonces; pero no le pude convencer.
De cuando en cuando la muchacha rubia se asomaba a la puerta y me miraba con sus ojos azules
oscuros, con una expresión de temor y desconfianza, como si tuviera miedo de que yo le hiciera algún daño
a su padre.
Me levanté molestado del aire de suspicacia de toda aquella gente, y, saludando a los tres con frialdad,
me volví a Lúzaro.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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El recado
Capítulo VII
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