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a
que hay encerrada en el papel impreso. Beracochea tenía una porción de minas denunciadas; pero,
a pesar de la decantada bondad del mineral, no pudo explotarlas ni venderlas.
En esto apareció Juan Machín, en compañía de unos ingleses; se entendió con la sobrina de
Beracochea, formaron una sociedad y comenzaron a ganar dinero.
De un vagabundo de mala fama, Machín se convirtió en hombre todopoderoso; daba trabajo, favorecía
a los pescadores, era un personaje.
Juan Machín se casó con una mujer rica de Bilbao; compró una casa solariega en Izarte y comenzó a
arreglarla a su gusto.
Varias veces me dijeron que fuera a ver los trabajos y excavaciones que se hacían en el pueblecito vecino;
pero no tenía gran curiosidad, y no hubiese ido por allí a no aconsejarme mi madre que fuera, aunque
por otra causa.
Mi abuela había dejado un caserío en Izarte, sobre las dunas de la playa de las Ánimas. Este caserío se
llamaba Bisusalde.
Bisusalde correspondía a mi madre, y estaba alquilado a un inglés. No sabía mi madre el contrato que
mi abuela había hecho con él; y como se acercaba Año Nuevo, quería averiguarlo para cobrar la renta.
Este motivo me hizo sacudir la pereza e ir despacio, una mañana de noviembre, a la playa de las
Animas. Fui por el monte Izarra; quería recorrer aquel camino del acantilado que tantas veces pasé de niño,
echar una ojeada a la cueva de la Egan-suguia y recordar el olor de las aliagas y de los helechos, ya olvidado
por mí desde la infancia.
La playa de las Ánimas
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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La playa de las Ánimas
Capítulo IV
El monte Izarra forma una pequeña península: a un lado tiene el boquete de Lúzaro; al otro, una playa
extendida algunos kilómetros entre la punta del Faro y los cantiles pizarrosos de la parte de Elguea.
Esta playa es la llamada playa de las Ánimas; playa solitaria y desierta. Sobre ella, dominándola en toda
la extensión y limitando el arenal, hay como una cornisa de dunas de treinta o cuarenta metros en la parte
más alta, formadas por masas de arena y de arcilla, amarillentas y blancas, cortadas en unas partes a pico,
en otras constituidas por mamelones terrosos llenos de grietas, de anfractuosidades y de torrenteras. Un
hilo de agua rompe esta barrera de dunas y corre por el fondo del barranco. Esta pequeña corriente se
llama Sorguiñ-erreca (el arroyo de las brujas). En el combate del mar con la tierra, en unas partes el mar
roe la costa, transformándola en acantilado, haciéndola desmoronarse; en otras, por el contrario, la tierra
avanza; la arena se convierte en duna; la duna se defiende con sus hierbas, con sus algas; resiste el empuje
del mar, se consolida y se afianza como terreno fuerte. Sobre las dunas de la playa de las Ánimas la vegetación
se hace cada día más tupida, y van llegando las praderas y las heredades de Izarte hasta el borde
mismo de la cornisa.
Hacia el lado de Izarra, en un pequeño promontorio, hay un faro de poca importancia; por el lado de
Elguea se ve toda la costa española y parte de la francesa.
La playa de las Ánimas es punto donde se desarrollan grandes temporales y galernas.
Este mar de las costas vascas es de los más salvajes, de los más violentos; tiene cóleras rápidas e
imprevistas; es pérfido y cambiante, hierve, tiembla, siempre agitado y tumultuoso.
Aquí, en el fondo del golfo de Gascuña, el Cantábrico tiene mucha profundidad, la costa es de roca y las
corrientes fuertes.
En invierno, la playa de las Ánimas es triste; la bruma blanquecina cubre el mar; jirones de niebla se levantan
por el Izarra, y el aire y el agua se confunden. Ni una línea se destaca claramente; cielo y agua son
la misma cosa; un caos sin forma y sin color.
Se siente ese silencio del mar, lleno del gemido agudo del viento, del grito áspero de las gaviotas, de la
voz colérica de la ola, que va en aumento hasta que revienta en la playa y se retira con el rumor de una
multitud que protesta.
Muchas veces el cielo gris permite ver perfectamente a lo lejos; hay una claridad difusa, que parece no
venir del cielo entoldado, sino del mar blanquecino y turbio; las olas, de un color de arcilla, llegan con meandros
dislocados de espuma a dejar en la playa una curva plateada, y la resaca hace hervir la arena al contacto
del mar.
Las gaviotas juegan por encima de las olas, se meten en las cavidades abiertas entre unas y otras, descansan
sobre las espumas, se acercan a la playa a mirar con sus ojos grises, en donde se refleja la luz
apagada del día, y lanzan ese grito salvaje parecido al áspero chirriar de la lechuza.
Muchas veces, en pleno invierno, se aligera el cielo, huyen las nieblas y queda el cielo azul, admirable;
pero nunca la playa de las Ánimas da una impresión de serenidad, de belleza, como en otoño, después de
pasar las tormentas equinocciales.
Sabido es que la climatología oceánica y la terrestre no son iguales; en tierra, el máximum de frío y de
calor es febrero y agosto; en el mar, es marzo y septiembre.
Octubre, en nuestras costas, es el verdadero principio del otoño; cuando la tierra empieza a enfriarse, el
mar sigue templado.
En estos días tranquilos, suaves, de temperatura benigna, se pueden pasar las horas dulcemente contemplando
el mar. Las grandes olas verdosas se persiguen hasta morir en la playa; el sol cabrillea sobre
las espumas y, al anochecer, algún delfín destaca su cuerpo y sus aletas negras en el agua.
Ese espectáculo de las olas, tan pronto tranquilas en su marcha como lanzadas a la carrera en un furioso
galope, tiene, a pesar de su monotonía, un inexplicable interés. Es un líquido cargado de sales, movido por
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el viento con un ritmo mecánico en su circulación, y, sin embargo, da la impresión de una fuerza espiritual
de algo infinito.
Los días de viento sur, los promontorios lejanos se ven con una claridad diáfana, y la costa de Francia
y la de España se dibujan como un plano en el mar.
En estos días la arena no echa fuego, como en el verano; espejean los charcos dejados por la marea;
el liquen de las rocas verdea más al sol; en los agujeros redondos formados por los mangos de cuchillo se
escapan burbujas al pasar la ola; las algas negruzcas forman madejas semejantes a correas, y los fucus y
las laminarias y las gelatinosas medusas brillan en el arenal.
Al anochecer, el crepúsculo hace ostentación de su magia; el sol tiene fantasías, aparece en un fondo
de nubes rojo, da a la superficie de las olas reflejos rosados e inunda a veces el mar de luz dorada, dejándolo
como un metal fundido.
Por marzo, cuando el invierno ha pasado; cuando la estufa, encendida por los rayos solares en el verano,
se extingue por completo, el mar está frío. Entonces es la época de los grandes temporales, de las mareas
vivas, con el flujo y reflujo muy grandes.
Casi siempre, antes de las tempestades, el mar arroja a la playa medusas y estrellas de mar, algas y trozos
de madera arrancados del fondo del abismo por las agitaciones interiores del océano.
Después de los temporales y de las lluvias abundantes, ese hilo de agua limpia que sale del barranco
abierto entre las dunas, Sorguiñ-erreca (el arroyo de las brujas), se hincha, se agranda y se convierte a
veces en un torrente.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Frayburu
Capítulo V
Y con la suavidad del mar en la playa contrasta la violencia de las olas en la punta del Faro, hacia el
lado del Izarra, en los arrecifes de Frayburu.
En pocas partes la conjunción del mar y de las rocas se verifica de una manera tan violenta, tan tumultuosa,
tan trágica como en esos peñascales del Izarra, dominados por ese islote negruzco llamado
Frayburu.
Desde la barandilla del faro, el espectáculo es extraordinario; abajo, al mismo pie del promontorio, hay
una sima con fondo de roca, y allí el agua, casi siempre inmóvil, poco agitada, es de un color sombrío; a lo
lejos, el mar aparece azul verdoso; cerca del horizonte, de un tono de esmeralda. Cuando el viento riza las
aguas, toman el aspecto y el brillo de la mica, y se ve el mar surcado por líneas blancas que indican las
diversas profundidades.
Lejos, detrás del Izarra, las lanchas pescadoras, negras, parecen inmóviles; algún barco de vela se presenta
en el horizonte, y pasa una gaviota despacio, casi sin mover las alas.
Toda esta serenidad, toda esta placidez se cambia en agitación y en violencia cerca de la costa, junto al
acantilado del Izarra, con sus lajas pizarrosas, negras, hendidas, y sus rocas diseminadas como monstruos
marinos entre las aguas.
La lucha del mar y de la tierra tiene en estos arrecifes acentos supremos. El agua está allí como desesperada,
verde de cólera, sin un momento de reposo, y lanza contra las rocas todas sus furias, todas sus
espumas.
Los peñascales negros avanzan desafiando el ímpetu de la ola embravecida, y por las hendiduras de las
rocas, huellas del combate secular entablado entre el mar y la tierra, penetra el agua y salta a lo lejos en
un surtidor blanco y brillante como un cohete.
Se piensa vagamente si el mar tendrá algún misterioso designio al querer conquistar estos peñascos, y
que lucha y se desespera al no conseguirlo. Vienen a lo lejos las olas como manadas de caballos salvajes,

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