..
Los días de lluvia, Lúzaro me gusta más. Esa tristeza monótona del tiempo gris no me molestaba. Es
para mí como un recuerdo amable de los días infantiles.
Acostumbrado al horizonte violento de los trópicos, a esos cielos nublados y brillantes de las zonas en
donde reinan los vientos alisios, estas nubes grises y suaves me acarician. La lluvia me parece caer sobre
mi alma, como en una tierra seca, refrescándola y dándole alegría.
Muchas veces me paso el tiempo en el balcón viendo cómo la carretera se llena de charcos y se
ennegrecen las casas.
De noche, el ruido de la lluvia, esa canción del agua, es como un rumor que acompaña resonando en
los tejados y en los cristales; ritmo olvidado vuelto a recordar.
Aun desde la cama lo oigo en la gotera del desván, que, al caer en un barreño, hace un ruido metálico.
Y la lluvia, y el viento, y el agua, todo me encanta Ir todo me entristece.
Es la herida, esa herida que va fluyendo y anegando mi alma; manantial cegado que ahora tornó a brotar.
No sé por qué parecen llenas de magia melancólica las cosas pasadas; no se lo explica uno bien; se
recuerda claramente que en aquellos días no era uno feliz, que tenía uno sus inquietudes y sus penas, y,
sin embargo, parece que el sol de entonces debía brillar más, y el cielo tener un azul más puro y más
espléndido.
Uno quisiera que las personas y las cosas relacionadas con nuestros recuerdos fueran eternas; pero
nuestra existencia no representa nada en la corriente tumultuosa de los acontecimientos. Allí teníamos un
amigo…, en aquel rincón fuimos felices…, nuestra felicidad o nuestra amistad tienen poca importancia.
Siento, al pensar en esto, un profundo terror, como si la vida se me escapara en un momento de desmayo.
La inanidad de las cosas me conturba; la esperanza me falta. Yo quisiera que mi espíritu fuera como
el ruiseñor, que canta en la noche negra y sin estrellas, o como la alondra, que levanta su vuelo en la desolación
de los campos, y no el pájaro herido que se viene a tierra velozmente…
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Lúzaro y su formación
Capítulo II
Si no hubiera vuelto ya de hombre a Lúzaro, no hubiera tenido una idea clara de cómo es. Los recuerdos
de la infancia me daban datos falsos; esto amplificado, aquello disminuido, y entre una cosa y otra,
grandes lagunas.
Si, basado en mis impresiones de chico, hubiese pretendido describir mi pueblo, seguramente mi
descripción se parecería muy poco, o quizá nada, al original. Lúzaro es un pueblo bonito, oscuro, como
todos los pueblos del Cantábrico; pero de los menos sombríos. A un hombre del norte de Europa le debe
dar la impresión de un villa andaluza.
Muy templado, muy protegido del noroeste, Lúzaro tiene una vegetación exuberante. Por todas partes,
en las paredes negruzcas, en las escaleras de piedra de algunas casas, en las tapias de los jardines, salen
hierbas carnosas y relucientes, con florecillas azules y rojas. En las huertas hay inmensas magnolias,
naranjos y limoneros.
Yo encuentro a mi pueblo algo de Cádiz, de un Cádiz pequeño, melancólico y negro, menos suave y más
rudo. Lúzaro tiene una salida al mar bastante estrecha y uña playa de arena muy movediza.
El puerto se ha agrandado en mi ausencia; hoy, la escollera de Cay luce avanza mucho; va paralelamente
al barrio de pescadores, y termina en el rompeolas. El rompeolas es hermoso; se ensancha en forma
de explanada; tiene en medio una cruz de piedra, y a un lado la atalaya nueva, en cuya pared suelen jugar
los chicos a la pelota. Desde allí se disfruta del espectáculo admirable del mar batiéndose con furia contra
las rocas.
Como en todos los pueblos de pescadores, en Lúzaro se ven lanchas en los sitios más extraños e
inverosímiles: en una calle en cuesta, interceptando el paso; debajo de una tejavana, dentro de la guardilla
de una casa.
La ría de Lúzaro es pequeña, pero muy romántica; sobre ella se tiende un puente de un solo arco, por
donde pasa la carretera de Elguea. Una de las orillas de esta ría es rocosa, accidentada; la otra es un fangal
negruzco. Sobre este fangal, desde hace años, según algunos, siglos, está instalado un astillero. Antes,
en él se construían fragatas y bergantines; hoy sólo se hacen lanchas y alguna goletilla de poco tonelaje.
El actual dueño del astillero es Shempelar. El astillero no es muy complicado; consta solamente de dos
barracas negras, formadas por maderas de barcos desguazados y de una rampa con un carril en medio.
Ordinariamente se calafatea y se hacen composturas. Cuando hay trabajo nuevo, Shempelar disfruta;
saca sus compases y allí se está, dibujando las piezas de un barco, sin levantar cabeza. Si se le pregunta
qué tal va la obra, dirá que mal, porque Shempelar es un dilettante del pesimismo.
Concluye el maestro de dibujar las piezas, y entonces los carpinteros de ribera comienzan a trabajar con
el hacha y la azuela, cortando las tablas, barrenándolas y armando después las costillas. El esqueleto del
barco se va cubriendo; la obra marcha: Shempelar, interiormente entusiasmado con su obra, anda muy
fosco, riñendo a todo el mundo. Los calafates van clavando gruesos clavos en el costado del barco, a
golpes de martillo; alrededor suelen verse mazos, grandes barrenos, gubias, gatos para levantar pesos y
varias calderas negras llenas de alquitrán, que los hijos pequeños de Shempelar suelen hacer hervir con
virutas y pedazos de tablas viejas. Luego, todos van cogiendo alquitrán con los candiles de calafatear, y rellenan
las hendiduras del barco, hundidos en el fango como patos. Y cuando el barco queda a flote, y todo
el mundo dice que es un gran barco, hay que verle a Shempelar haciendo esfuerzos maravillosos para
demostrarse a sí mismo que tiene motivos, motivos graves, motivos serios para estar profundamente incomodado.
Suelo ir a ver a Shempelar, sobre todo si tiene obra nueva, y hablamos; pero mi paseo constante no es
hacia el río, sino hacia el muelle; veo cómo pescan en Cay luce, y cómo van entrando las barcas de bonito
y las goletas de cabotaje; oigo, riendo, las riñas en vascuence de las mujeres a los chicos, porque todas
estas mujeres de mar tratan a la prole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambio algu-
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nas palabras con los pescadores.
En ver esto, en recordar los sitios donde anduve de chico, en paladear y saborear todo, he pasado más
de un mes, sin hacer mucho caso de visitas y de prácticas sociales.
Mi madre quiere ayudarme a la reconquista de mi calidad luzarense haciendo ella misma una porción de
guisos complicados y de postres clásicos del país.
-Esto te gustaba mucho antes -me dice.
-¿De veras?
-Sí.
-Pues ahora también me gusta.
Ya, saturado de sabor local, he comenzado a ir a la tertulia de Zapiain, el relojero y corredor de comercio,
el antiguo dueño del Cachalote. La relojería es una academia enciclopédica, un gimnasio ateniense.
Allí se ha discutido de todo lo divino y humano, y, entre lo no divino, una de las cuestiones más debatidas
ha sido la formación de Lúzaro.
Garmendia, el farmacéutico, atribuye la formación de Lúzaro casi exclusivamente al río, que fue, dice él,
abriéndose paso lentamente, disgregando los terrenos blandos hasta salir al mar. Según Garmendia,
Frayburu y sus arrecifes; como los arenales de Legorreta, no son más que restos de la disgregación de las
rocas; los núcleos fuertes resistieron a la acción corrosiva del aire y del agua y se convirtieron en peñascos;
los débiles se han disuelto en arena.
Socoa, el viejo capitán, quiere atribuir el boquete de Lúzaro únicamente a la influencia de la Gran
Corriente del Golfo o Gulf Stream.
El Gulf Stream, ese inmenso río de agua caliente, como le llamó el mayor Rennell, que corre por dentro
del mar y que atraviesa con oblicuidad el Atlántico, proyecta, al llegar a la costa oeste de España, dos corrientes:
una, la del golfo de Vizcaya o corriente costera, que al subir por las costas de Francia se llama corriente
de Rennell, y que luego se incorpora al Gulf Stream; otra, la corriente que baja hacia el África y se
llama corriente de Guinea.
La corriente costera se mete en las grandes curvas que hace la costa, y después en las ensenadas y
bahías, y lleva, además, restos orgánicos que se depositan en las playas.
Para el capitán Socoa, esta corriente, y sólo ella, ha producido el boquete de Lúzaro. La predilección de
Socoa por el Gulf Stream se explica porque viajó continuamente por el golfo de Méjico y pudo apreciar la
violencia de la corriente que parte de aquel punto y que es como el horno que calienta las costas del
noroeste de Europa.
Otro piloto antiguo, también contertulio de la relojería, aseguraba que los arenales de Legorreta están
formados por viento.
Discutían los tres para demostrar que sólo lo que cada uno de ellos decía era la verdad, y me preguntaron
mi opinión.
-Creo que los tres tienen ustedes parte de razón -dije yoEl río, como dice el farmacéutico, fue, sin duda,
el que abrió las tierras blandas hasta llegar al mar y hacer un boquete; la corriente costera vino después a
ensancharlo, a redondearlo y a formar una ensenada; luego, el viento del noroeste, que sigue al Gulf
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