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Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía


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unos
quince años de un Juan de Aguirre, propietario en Ilo-Ilo y antiguo marino; en cambio, el capitán de la corbeta
Mari Galante, Francisco Iriberri, a quien encontramos en una de esas calmas del océano índico, al sur
de Madagascar, me dio otros datos.
Iriberri era un viejecito pequeño, imberbe, con el aire enfermizo, el pelo rubio y los ojos ribeteados.
Después he sabido que Iriberri fue uno de los capitanes más audaces de su tiempo.
Iriberri me aseguró que Juan de Aguirre había estado, como él, haciendo el comercio de negros y de chinos
hasta que fue apresada su urca por un crucero inglés. Iriberri me dijo que la urca en donde navegó mi
tío se llamaba El Dragón y que era de una sociedad francohoiandesa, y me dio tales detalles que quedé
convencido. Según él, mi tío, si no se había escapado o no había muerto, seguiría en presidio.
Su final lo desconocía, pero era indudable ‘que mi tío, después de andar en algún barco negrero o pirata,
había sido preso.
Desde Ilo-Ilo hubiera escrito a su madre y ésta no hubiese tenido inconveniente en declarar que su hijo
vivía. Encontrándose en presidio, se comprendía que mi orgullosa abuela prefiriese darle por muerto.
Con un viaje muy malo, después de siete meses de navegación con temporales y borrascas, llegamos
a Cádiz.
Llevaba cinco años de mar. Tenía veintiocho. Estaba cansado. Recogí las cartas en el correo, y en la
primera que leí, mi madre me decía que la abuela había muerto. Era conveniente que fuese a Lúzaro para
arreglar las cuestiones de la herencia.
Tenía tanto deseo de ver tierra, que rechacé la proposición de un compañero que quería llevarme en su
barco hasta Bilbao, y tomé la diligencia para Madrid.
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Estuve una semana en la Corte, y el primer día, al llegar al Prado, vi en un coche a Dolorcitas con su
marido. Él quizá no me conoció, pero ella sí debió conocerme al momento, y volvió la cabeza con desdén.
Era una estupidez, pero aquel ademán desdeñoso me hizo mucho efecto.
Más melancólico de lo que había llegado, salí de Madrid; pasé por Burgos y Vitoria, y de aquí, tomando
un coche y dejando otro, llegué a Lúzaro.
Los bienes de la abuela tenían que repartirse en partes iguales entre mi tía Úrsula y mi madre.
Aguirreche quedaba para las dos; pero como mi tía Úrsula, sintiendo cierta veleidad mística, había manifestado
el deseo de entrar en el convento de Santa Clara, y mi madre no quería para vivir la antigua casa
solariega, decidieron alquilarla.
Yo, movido por el interés de averiguar el paradero de mi tío Juan, registré los armarios de la abuela y leí
todas las cartas y papeles viejos.
Quería aclarar el enigma de la vida de mi tío, de quien se contaban tantas historias, y que me volvía otra
vez a preocupar.
Registrando los armarios, encontré un daguerrotipo en cristal, hecho en París. Pregunté a mi madre si
conocía al retratado, y me dijo que era su hermano Juan, pero tan raro que casi no le conocía. Nunca había
visto aquel retrato.
En un paquete de cartas amarillas leí una firmada Juan. En ella se acusaba recibo de una cantidad no
pequeña y se decía que enviaba su daguerrotipo, hecho por un fotógrafo de París.
No cabía duda que la era de mi tío. Estaba escrita desde un pueblo de Bretaña y fechada diez años
después de que en Lúzaro se celebrara el entierro. Era indudable que Juan de Aguirre vivía cuando su
familia y yo, de chico, asistimos a su funeral.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Libro tercero
La vuelta al hogar
La herida
Capítulo I
Por las mañanas, al asomarme al balcón, veo el pueblo con sus tejados rojos, negruzcos, sus chimeneas
cuadradas y el humo que sale por ellas en hebras muy tenues en el cielo gris del otoño.
Después de las lluvias abundantes, las casas están desteñidas; las calles, limpias; la carretera, descarnada,
con las piedras al descubierto. El azul del cielo parece lavado cuando sale entre nubes: es más diáfano,
más puro.
En el jardín del convento próximo, dos monjas de toca blanca han estado mirándome y hablando entre
ellas. ¡Qué idea más rara deben formarse de un marino estas pobres mujeres que no han salido jamás fuera
de las tapias de su huerta!
Enfrente veo las casas solariegas contempladas por mí en la infancia, tristes, viejas, negras. Entre ellas,
Aguirreche, la de mi abuela, convertida hoy en casa de pescadores; se destaca por su magnitud, con las
ventanas y balcones atestados de ropas puestas a secar, de aparejos con corchos y anzuelos. Ahí siguen
todas esas viejas casas bien agarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos de pedruscos.
Están siempre igualmente tristes, igualmente severas, durmiendo, envueltas en la bruma.
¡Qué contraste con la inquietud del mar y con sus mil caminos diversos! ¡Qué existencias más inmóviles!
Esa casa de piedra amarilla, sombreada por el saliente alero, se me figura la cara de un viejo aldeano,
tosco y pensativo.
¡Qué quietud en todo el pueblo! El mismo monte no es tan estático; al menos, cambia de color en las
estaciones. Las casas, no; así estarían hace doscientos años; así están hoy.
Todo sigue igual. Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre, ahora en el balcón de mi casa,
sigue diciendo, con su voz estridente y chillona:
Sí, todo está igual; yo sólo soy diferente, yo sólo he variado; era un niño, soy un hombre; era un ingenuo,
soy un desengañado y un melancólico. He vivido en medio de los acontecimientos, y los acontecimientos
me han escamoteado la vida.
Algunas veces me miro en el espejo, y al verme viejo y cambiado, me digo a mí mismo:
«¡Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fue.»
Han pasado muchos años desde que salí de mi pueblo, ¿y qué he hecho? Ir, andar, moverme de aquí
para allá, llevado por un turbión de acontecimientos que me han dejado el alma vacía. Cuando he buscado
un poco de calor y de abrigo he encontrado frialdad, dureza y egoísmo.
Navegando he perdido la noción del tiempo; embarcado, los días son largos, y, sin embargo, los años,
suma de días, son cortos, escapan, vuelan. El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí. Ese pensamiento
en el pasado, cuando se deja atrás la juventud, es como una herida en el alma, que va fluyendo
constantemente y nos anega de tristeza. Todo el camino andado parece una Vía Apia sembrada de tumbas.
La Iñure ha muerto: ya no la oiré contar historias supersticiosas; la cerora ha muerto: ya no le haré las
hostias, como antes; el atalayero también ha muerto: ya no le veré en el extremo del muelle, levantando
sus gallardetes. Ya, ni Caracas hará sus barcos, ni Yurrumendi hablará de piratas, ni Joshepe Tiñacu irá
haciendo eses por las calles. Todos han desaparecido. No he debido salir de aquí, no he debido volver aquí.
Extraña existencia la mía y la de los hombres andariegos. En una época, todo son acontecimientos; en
otra, todos son comentarios a los hechos pasados.
La primera impresión al llegar a Lúzaro fue un gran asombro al ver lo insignificante de los muelles de la
ciudad, del río. ¡Me parecía tan pequeño, tan desierto, tan triste! Me había figurado grande la entrada del
puerto, hermoso el río, anchos los muelles, y al verlos quedé asombrado, me parecieron de juguete.
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¡A babor! ¡A estribor!
No vale la pena vivir aquí, me dije al llegar.
Y ahora, ¡absurdo cambio de opinión!, me digo muchas veces:
No vale la pena vivir fuera de aquí.
Hace un mes no quería pensar en quedarme en Lúzaro; me parecía una locura cambiar esas horas de
indolencia y ensueño de los días de navegación, por la vida de un pueblecito triste, aburrido, lleno de preocupaciones
y de mezquindades: Ahora me espanta la idea de volver a mi barco, de hundirme en el ajetreo
continuo del acontecimiento. Toda la vida de a bordo se va alejando de mí; me parece una cosa vaga
y sin realidad. A medida que adquiero mi calidad luzarense me voy aficionando a las cosas viejas; me paso
las horas muertas contemplando, desde el balcón, el pueblo, el campo y el mar, y me figuro encontrarles
aspectos antes no vistos por mí.
Me levanto todos los días muy temprano. Me gusta ver, al amanecer, cómo se aligera la niebla y sube
por el monte Izarra y comienzan a brotar la ciudad y el muelle de las masas inciertas de bruma; me encanta
oír el cacareo de los gallos y el chirriar de las ruedas de las carretas en el camino.
Cuando hace buen tiempo salgo por las mañanas y recorro el pueblo. Contemplo estas casas solariegas,
grandes y negras, con su alero ancho y artesonado; me meto por las callejuelas de pescadores, empinadas
y tortuosas. Algunas de estas calles tan pendientes tienen tres y cuatro tandas de escaleras; otras
están cubiertas y son pasadizos en zigzag. Al amanecer, por las callejuelas estrechas, sólo se ve alguna
mujer, corriendo de puerta en puerta, golpeándolas violentamente, para avisar a los pescadores. Las golondrinas
pasan rasando el suelo, persiguiéndose y chillando.

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