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A las diez en punto se oyó ruido detrás de la reja; vi una vaga luz, después una falleba que chirriaba
suavemente y una persiana que se abría.
El corazón me golpeaba en el pecho como un martillo de fragua: creí que caía. Apareció ella y extendió
la mano. Yo la cogí entre las mías. Estaba tan emocionado que no podía decir nada.
Dolores, de pronto, rápidamente, me dijo que se había casado y que era muy desgraciada. Había comprobado
que su marido, el marqués, era el amante de su madre, y ella quería vivir conmigo y abandonar
Cádiz.
Yo quedé asombrado, perplejo, sin saber qué contestar. El Morito me sacó del apuro, porque se acercó
a decirme que venía alguien por la acera. Pasó el transeúnte y seguimos hablando Dolores y yo.
Al día siguiente me esperaría en una casa próxima, que tenía una puerta a otra calle, por donde yo
entraría.
Se cerró la persiana, le avisé al Morito que nos íbamos y me fui a la fonda. No pude dormir en toda la
noche. Realmente yo no estaba enamorado, porque discurría fríamente, con tranquilidad completa. Veía
que me jugaba mi porvenir. Mis relaciones con Dolores se averiguarían en seguida, por muchas precauciones
que tomáramos, y don Matías me echaría a la calle en cuanto se enterara. A veces se me ocurría
la idea de marcharme al barco y encerrarme allí, pero me parecía vergonzoso.
Por la mañana, después de una noche de insomnio, me decidí a seguir la aventura. Estaba convencido
de que en el fondo no tenía cariño por Dolores; de que, probablemente, ella tampoco me quería; que obraba
por vengarse; pero no importaba: había que ir hasta el fin.
Al día siguiente nos vimos. Dolores había cambiado en los dos años que no la veía. Era una mujer, pero
una mujer espléndida, hermosísima. Yo empecé a sentirme como en un sueño.
«Será la vida así?», pensaba al retirarme a la fonda.
Era un comenzar a vivir extraordinario. ¡Después de haber dado la vuelta al mundo y respirado el ambiente
voluptuoso de las islas del Pacífico; después de haber luchado con los huracanes del Atlántico, con
los tifones del mar de la China y los bancos de hielo del cabo de Buena Esperanza, encontrarse con una
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
56
COMPAÑÍA VASCO-ANDALUZA
El día 5 de enero saldrá para las Canarias,
cabo Verde, el cabo de Buena Esperanza
y Manila la fragata la Bella Vizcaína al
mando del capitán don Santiago de Andía.
mujer joven, bonita, marquesa, que le dice a uno que le quiere!
¡Sentirse uno al mismo tiempo viejo por las cosas vistas y niño por el corazón! Era una situación extraordinaria.
No había leído todavía ninguna de Balzac, de esas en que figuran únicamente duquesas
y jóvenes ambiciosos; de haberla leído, me hubiera encontrado a mí mismo doblemente interesante. La
seguridad en mí mismo me hizo ser temerario.
Recuerdo cómo fui varias veces al palco de Dolorcitas en el teatro. Dolores parecía una princesa; yo llevaba
mi frac azul entallado, de botones dorados, pantalón collant de color gris, polainas y corbata negra, de
varias vueltas.
La gente me señalaba disimuladamente con el dedo. Si alguien me hubiera dicho que no era el rey, el
zar, el emperador, el niño mimado de la suerte, le hubiera mirado con olímpico desprecio.
En el teatro había opera, y más de una vez de pie, en el palco, junto a ella, se me arrasaron los ojos de
lágrimas oyendo al tenor en Lucía aquello de: «Tu che a Dio spiegasti l’ale».
Petulancia, sentimentalismo, vanidad, tristeza, todo esto se fundía en mi alma, haciéndome creer unas
veces que era un héroe y otras un desdichado.
Mis penas procedían de Dolores. Yo hubiera querido identificarme con ella, saber sus pensamientos más
íntimos, penetrar en su alma. Sueño irrealizable. Siempre había en ella una reserva, un temor de dejar su
espíritu al descubierto.
-¿Qué más quieres de mí? -me dijo algunas veces.
Y esta sola pregunta, expresada con acritud, bastó para hacerme desgraciado.
¡Qué estupidez, pensaba en estos momentos tristes, el considerar a la mujer como una criatura ideal!
¡Qué error mirar la riqueza y el fausto como felicidad!
Se acercaba el momento de que la Bella Vizcaína tenía que partir. Yo fui a la fragata a dirigir la maniobra
y a ponerla en franquía, fuera de todos los barcos de la bahía de Cádiz. De allí volví en el bote. Me
encontraba en la mayor incertidumbre.
Un acontecimiento, a pesar de su lógica no esperado por mí, acabó, no precisamente de una manera
agradable, mis vacilaciones. Una mañana se presentaron en mi hotel dos caballeros, de parte del marqués
de Vernay. Venían a provocarme a un duelo a pistola en condiciones graves. Yo acepté, desde luego; tenía
la seguridad de que no me había de pasar nada. Nombré de padrinos a un condiscípulo de San Fernando
y a un oficial inglés de Marina que comía en el hotel y que estaba en un navío surto en la bahía de Cádiz.
Como digo, tenía una confianza absoluta, una confianza estúpida; me parecía imposible que el marqués
me hiriera. No sé qué idea absurda de mi inviolabilidad se me había metido en la cabeza.
El duelo se verificaría en el Puerto de Santa María, en la finca de un amigo del marqués. Se hicieron los
preparativos con extraordinaria reserva; el marqués y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron a
primera hora de la mañana, y yo, con los míos, nos metimos en una barca después de comer.
El patrón se sentó a la popa. Era un tipo de teatro, con patillas, faja encarnada y calañés.
Nos reímos de él,. porque decía en un andaluz muy cerrado:
-Bueno; vámonoz, que ze va el viento.
Cruzamos la bahía de Cádiz, desembarcamos, atravesamos las calles del Puerto de Santa María, en
coche, y llegamos a la finca del amigo del marqués a eso de las dos de la tarde.
Hacía un tiempo de invierno admirable; los padrinos midieron veinte pasos dando unas zancadas
enormes; nos dieron las pistolas, disparamos, y al mismo tiempo que oí el fogonazo sentí un golpe que me
derribó al suelo. Intenté respirar, la boca se me llenó de sangre y sentí el ruido del aire al entrar por el agujero
de la herida.
Tenía atravesado el pulmón. Pasé días muy malos entre la vida y la muerte. Un mes estuve en cama, y
al cabo de este tiempo pude levantarme hecho una momia. Don Ciríaco, desde que supo lo ocurrido, se
plantó al lado de mi cama y me cuidó como a un hijo. Hortensia vino también a verme. Dolores y su marido
habían ido a vivir a Madrid, al parecer reconciliados.
Cuando ya estuve en disposición de salir de casa, don Ciríaco me llevó a ver a un amigo suyo, capitán
de una fragata, la Ciudad de Cádiz. El viejo capitán, que me tenía cariño, quería que su amigo pasara a
mandar la Bella Vizcaína y yo ocupara la vacante en la Ciudad de Cádiz.
El amigo no presentó dificultad alguna; don Ciríaco fue a ver a doña Hortensia, quien parece que dijo
que se haría lo que deseábamos sin la menor vacilación.
Efectivamente, unos meses después, ya restablecido del todo, era capitán de una hermosa fragata, a
los veintitrés años.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
57
El paradero de Juan de Aguirre
Capítulo VII
Nunca volví a ocuparme de mi tío Juan de Aguirre, que en mi infancia tanto me preocupó; pero un día
iba en una de esas canoas que cruzan la bahía de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman guílalos,
cuando entablé conversación con un viejo capitán vasco que mandaba un bergantín, y al decirle que yo era
de Lúzaro, me preguntó:
-¿Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?
-No. Y eso que Juan de Aguirre era pariente mío.
-Juan de Aguirre y Lazcano?
-El mismo. Era mi tío carnal.
-¿Qué se hizo de él?
-Debió morir. Yo he asistido a su funeral.
-¿Cuánto tiempo hará de eso?
-Pues hará cerca de veinte años.
-No puede ser. Hace unos catorce o quince años, Juan de Aguirre vivía, y estaba, según me dijeron, en
Ilo-Ilo.
-No creo que fuera él: me parece imposible.
-Yo no le he visto -repuso el capitán-, pero he conocido gente que ha hablado con él.
-Podría ser una persona del mismo nombre.
-¿Del mismo nombre, del mismo pueblo y que hubiera navegado de piloto en el mismo barco?… Muy
raro tenía que ser.
-Sí, es verdad. Pero si hubiese vivido en Ilo-Ilo, le hubiese escrito a su madre.
El capitán se encogió de hombros como si el argumento no le convenciera, y añadió con indiferencia:
-Hace veinte años que no le escribo yo a mi mujer, y seguramente creerá que me he muerto.
Me despedí de este paisano, que sin duda no era un caso muy significativo de ternura matrimonial; le
conté la conversación a mi segundo, e hicimos una serie de indagaciones entre capitanes, pilotos y contramaestres
vascongados. Varios nos confirmaron que, efectivamente, habían oído hablar hacía

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