250;n él, no
puedo dejar a mis paisanos en la orfandad en que se hallan; debo llegar al pináculo de la gloria.
A mí, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para los países lluviosos; tener una estatua
a orillas del Mediterráneo, en una ciudad de Andalucía, de Valencia o de Italia, está bien; pero ¿qué voy a
hacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en Lúzaro? ¿Estar recibiendo constantemente
la lluvia en la espalda?
No, no; soy muy reumático, y ni en efigie me gustaría estar así, a la intemperie.
¿Habrá que decir a mis lectores que no tengo pretensión literaria alguna? Ellos lo verán si hojean,
aunque sea distraídamente, las páginas de mi libro. Estas cuartillas están escritas en distintas épocas de
mi vida y con diferentes estados de ánimo. El sentimiento ha sido. sincero; la forma seguramente, poco
hábil. Mi público creo que no me reprochará mi falta de atildamiento. Más que para los jóvenes críticos del
casino de Lúzaro, escribo para mis amigos del Guezurrechape de Cay luce (El mentidero del Muelle largo).
Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines y melodramas, y de mí no hay
que esperar los perfiles literarios de un profesor de retórica.
5
El mar antiguo
Capítulo II
He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y apático. Basta poseer una reputación
cualquiera, buena o mala, para que las personas conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento
de valor o de cobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.
Esta colaboración espontánea adorna los grandes hechos y los grandes caracteres. El uno insinúa:
«Podría ser»; el otro añade: «Se dice»; un tercero agrega: «Ocurrió así», y el último asegura: «Lo he
visto…» . De este modo se va formando la historia, que es el folletín de las personas serias.
Según la gente de mi pueblo, la indolencia mía ha sido de esas extraordinarias: borrascas, tempestades,
rayos, truenos, nada ha logrado sacarme de mi pasividad habitual.
Se han inventado anécdotas acerca de mi frialdad y de ini indiferencia. Una vez, un juramentado de
Filipinas vino a mí, con el yatagán levantado, a’ cortarme la cabeza; yo le miré y bostecé de fastidio.
Es indudable que el fondo mío de pereza, de indolencia, ha dado pábulo a estas historias, no lo niego;
lo inaudito para mis panegiristas o para mis detractores sería si oyeran que con frecuencia me lamento de
mi manera de ser. ¿De no tener mayor actividad? {De no tener más espíritu de empresa?
No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostración de mi naturaleza cínica e inmoral; pero la verdad
ante todo.
La mayoría de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, de la permanencia de sus
propósitos. Son consecuentes como el acero de una brújula rota o enmohecida, y esto les parece una gran
virtud.
Saben a donde van, de donde vienen. Cada paso en el camino de la vida lo llevan contado y calculado.
Si les escuchamos, nos dirán: «No nos detengamos a contemplar el mar o las estrellas; no hay que distraerse.
El camino espera. Corremos el peligro de no llegar al fin».
¡El fin! ¡Qué ilusión! No hay fin en la vida. El fin es un punto en el espacio y en el tiempo, no más trascendental
que el punto precedente o el siguiente.
Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores y sensatos al ver a muchos que, sin
preocuparse gran cosa por las revueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por iguales derroteros
que ellos, y que tienen, ¡los insensatos!, además de la satisfacción de conseguir un fin, cuando lo consiguen,
el placer de mirar a un lado y a otro de su ruta y de ver cómo sale el sol y se pone el sol, y cómo
brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.
La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los hombres, aun a los más desaprensivos,
aun a los más indolentes, y yo, por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en
cada minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.
Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicureísmo y de la decantada indolencia que tanto me han
reprochado, y que, sin duda, desarrolla y exagera la vida del marino.
Realmente el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía y nuestra voluntad. Su infinita
monotonía, sus infinitos cambios, su soledad inmensa nos arrastra a la contemplación.
Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece nuestra pupila, van como rozando
nuestra alma, desgastando nuestra personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla
con la naturaleza.
Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una razón, y no se la hallamos.
Es un monstruo, una esfinge incomprensible; muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación
de la constante inquietud. Muchas veces sospechamos si habrá en él escondido algo como una
lección; en momentos se figura uno haber descifrado su misterio; en otros, se nos escapa su enseñanza y
se pierde en el reflejo de las olas y en el silbido del viento.
Todos, sin saber por qué, suponemos al mar mujer, todos le dotamos de una personalidad instintiva y
cambiante, enigmática y pérfida.
En la naturaleza, en los árboles y en las plantas, hay una vaga sombra de justicia y de bondad; en el
6
mar, no: el mar nos sonríe, nos acaricia, nos amenaza, nos aplasta caprichosamente.
Si a uno le coge mozo como a mí, le moldea de una manera definitiva, le hace marino para siempre; al
que de niño se entrega a su poder con el alma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.
Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede apoyar sus ideas en las bases de
la ciencia, el mar es un tirano, le engaña, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es
el súmmum del interés, del encanto, de la variedad. Esos trabajadores míseros cuya vida es una continua
lucha y un esfuerzo titánico y desproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo el mar, el
monstruo incomprensible, llena su existencia y hace su felicidad.
Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta, es casi exclusivamente un caminó.
¡Pero qué camino!
Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el océano. Todavía el barco de vela dominaba el
mundo.
¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor; no; pero sí más poético, más misterioso,
más desconocido.
Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de hierro, sabe cuánto anda, cuándo
va a parar; tiene los días, las horas contadas…; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte,
el viento favorable.
En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había derroteros tradicionales y una
inmensidad del océano en blanco jamás visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las
huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos nautas. Así, los que se dirigían al
cabo de Buena Esperanza, al llegar a las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina
y al viento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.
Entonces, en la mayoría de los buques, se deducía la situación más por conjeturas que por cálculos; los
instrumentos de navegación empleados por la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros.
Claro que en Londres y. en Liverpool había ya admirables sextantes y círculos de reflexión; pero muchos
capitanes no sabían usarlos y navegaban a la antigua.
La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todavía se veían en los puertos, alternando con
los bergantines y las fragatas vulgares, las carabelas turcas, las saicas grecorromanas, las polacras venecianas,
las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.
Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos, ¿quién lo duda?, peligros que
obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación,
aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo.
A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el marino; a la brutalidad del elemento
salobre, la brutalidad humana. En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una
pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.
Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino era un ser para quien la moral
ofrecía otros aspectos que para los demás mortales.
-Te preguntarán cuánto has hecho -decían los padres a sus hijos, que se lanzaban a la aventura-, no
cómo lo has hecho.
Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sin preocupaciones ni escrúpulos. La madre
casualidad los llevaba por sus ignorados derroteros; el destino, en su misterioso molde, vaciaba esta
humanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradores audaces, o vendedores de chinos.
Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar era el más grande es
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