Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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vendiéndolas en pequeño, un farmacéutico, un hombre de ciencia.
La primera vez que comprendí claramente las pretensiones aristocráticas de la familia de Dolorcitas fue
hablando con un empleado del almacén de don Matías, a quien yo llamaba el Almirante.
Muchos domingos, al llegar a casa de doña Hortensia, me encontraba con que no había nadie, y solía
entrar en el almacén. Los empleados me conocían. Allí se trabajaba lo mismo días de labor que días de
fiesta. Era todavía la buena época de Cádiz. Constantemente estaban cargando y descargando carros en
la calle de la Aduana, llena de almacenes y de escritorios, y constantemente los carretones entraban y
salían del almacén de don Matías.
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El almacén era inmenso, con bóvedas en donde se apilaban sacos, barricas, toneles y cajas. A la entrada
estaba el escritorio, con su pantalla y sus ventanillas con letreros. Una parte estaba destinada al comercio
y la otra al despacho de buques.
Antes de entrar en las cuevas se pasaba por un vestíbulo, en donde había unas grandes balanzas colgadas
del techo. En este vestíbulo, vigilando las pesadas y la entrada y salida de los fardos, solía verse un
señor que no era más que algo como un conserje o portero, pero que por su aspecto parecía un personaje.
En la casa, medio en serio, medio en broma, le conocían por don Paco. Yo le llamaba el Almirante y
también el primer lord del Almirantazgo.
Este personaje decorativo gastaba patillas largas y blancas, abdomen abultado, pantalón oscuro y una
chaquetilla blanca, de dril. Hablaba de manera doctoral. La geografía, la historia, el comercio, la navegación,
todo lo dominaba este hombre extraordinario.
Don Paco me explicó que don Matías y doña Hortensia buscaban para la niña un novio de la aristocracia.
Les faltaba el título para la decoración de la familia, y habían hablado con el viejo marqués de Vernay,
y en principio la boda estaba concertada. El Almirante sabía que la niña estaba por mí. Yo no sabía otro
tanto.
Concluí mi curso en San Fernando y fui a vivir a Cádiz; tenía que esperar a don Ciríaco para embarcarme.
Varias veces hablé por la reja con Dolores. Yo le decía que no se casara, que me esperara.
-Sí, te esperaré -contestaba ella fríamente.
Supe que no era yo el único que hablaba con Dolorcitas por la reja y que un joven guardiamarina iba
muchas noches a charlar con ella.
Hice proyectos absurdos de provocarle, que, afortunadamente, no llegué a realizar, y a mediados del
mes de julio me quedé sorprendido con la entrada en la bahía de Cádiz de la Bella Vizcaína.
Llegaba el momento fatal. Había que embarcarse. Me despedí de mi novia, que me hizo mil promesas
de fidelidad y de escribirme, y me fui a la fragata considerándome un hombre desgraciado. Don Ciríaco
firmó el conocimiento que se hacía por triplicado para responder de las mercancías embarcadas, y levamos
el ancla.
Para aliviar mi pena le conté a don Ciríaco mis amores. El viejo capitán me escuchó burlonamente.
-Cuando vuelvas, esa niña se habrá casado ya -dijo tranquilamente.
Y añadió después:
-Mejor para ti.
Don Ciríaco era un hombre tremendo.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Grandeza y miseria
Capítulo VI
Salimos de Cádiz y comenzamos el enorme viaje por el Atlántico hasta el cabo de Buena Esperanza, y
después por el océano índico al estrecho de la Sonda y a Filipinas.
Por exigencias comerciales, en vez de volver a Europa directamente tuvimos que atravesar el estrecho
de San Bernardino y dirigirnos por el Pacífico a buscar el de Magallanes. Por cierto que antes de llegar a
las Palaos encontramos dos islas de coral que no aparecían en los mapas, y a una la llamamos con el apellido
de don Ciríaco, isla Andonaegui, y a la otra, isla de Santiago Andía.
Dos años y medio después de la salida llegamos a Cádiz. Yo recuerdo que marqué el punto con la brújula
con una gran emoción. Mentiría si dijera que no me acordaba de Dolorcitas, pero me acordaba de una
manera vaga, remota.
En el barco supe que se había casado; pero por más esfuerzos que hice para desesperarme no lo pude
conseguir.
Entramos en la bahía de Cádiz una mañana de invierno, con un sol espléndido. Sentí una gran alegría;
allí estaban Chipiona y Cádiz con sus casas blancas como huesos calcinados; allá estaban el castillo de
San Sebastián y la Caleta.
Al pasar por delante de la Maestranza y al ver de cerca la muralla, me acordé de mis paseos con
Dolorcitas y de mi época de estudiante en San Fernando.
El caserío de Cádiz se desarrollaba ante mi vista, sus casas blancas sin alero, la catedral con sus dos
torres y su cúpula dorada, las azoteas con sus torrecillas como minaretes y algunos de esos lienzos de
pared blancos, con dos o tres ventanas pequeñas, como los paredones de las casas árabes.
Tenía garla de pisar tierra española, de pasear por aquellas murallas con sus garitas, sus baluartes y sus
cañones, de ver el hermoso golfo de Cádiz.
La primera visita era indispensable hacerla a don Matías. Doña Hortensia me recibió como si fuera su
hijo. Mi capitán le hizo grandes elogios de mí. Doña Hortensia estaba espléndida. Era una mujer de un gran
atractivo; parecía una emperatriz romana. Después he visto la estatua de Agripina en el Museo del
Capitolio, en Roma, y me acordé de ella.
Por lo que yo pude comprender, sentía por su marido un desprecio inaudito. Se consideraba completamente
emancipada. Yo tenía un poco más de mundo que cuando estudiante, y pude comprender que la
bella Hortensia se desentendía de toda preocupación moral y que no buscaba más que prosperar y gozar.
Satisfacer los sentidos y la vanidad.
Su fama en Cádiz era un tanto equívoca.
Don Ciríaco pensaba retirarse y quería que yo le reemplazara en el mando de la fragata; pero esta combinación
no le gustaba a don Matías. Mi capitán y yo fuimos a ver varias veces a Hortensia para que convenciese
a su marido. Ella prometió insistir hasta conseguir su asentimiento.
-Amigo, los chicos guapos tenéis esas ventajas -me dijo don Ciríaco, con su tono zumbón-;las mujeres
están de vuestra parte. Os ayudan, os protegen, creen que sabéis mucho de marinería. Ya le quisiera yo
ver al capitán Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa. Estoy seguro de que Hortensia le
encontraría el defecto de que no estaba muy enterado de marinería.
Yo me eché a reír.
-Sí, sí, ríete -replicó mi capitán-, pero ten cuidado. Esta mujer tiene malas intenciones para ti. Ya que has
salido de la hija, no vayas a caer en la madre.
-¿Qué me puede hacer, don Ciríaco? -le dije yo, riendo.
-A otros barbilindos más listos que tú les he visto yo andar de cabeza y hacer una porción de tonterías
por una mujer. Conque ¡ojo a la brújula, pilotín, y cuidado con la rueda del timón!
-La ataremos, si le parece a usted, don Ciríaco.
-No, no; el buen timonel no tiene necesidad de eso.
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Los consejos de don Ciríaco hicieron que no acudiese con frecuencia a casa de Hortensia. Mi asunto
marchaba bien. Antes de un mes podría ver en la calle de la Aduana este letrero:
Los días que me quedaban de Cádiz pensé aprovecharlos. Me empezaba a encontrar bien allí; llevaba
una vida ligera y alegre. Paseaba mucho, me encantaba el pueblo, sus plazas alegres, sus calles rectas;
contemplaba las casas blancas de miradores enormes, las iglesias también blancas, y recorría la muralla
al ponerse el sol.
Una tarde, al anochecer, al ir a entrar en la fonda, pasó por delante de mí la criada vieja de casa de doña
Hortensia, la señora Presentación, y me dio una carta. Era de Dolorcitas. Me citaba para las diez de la
noche; tenía que hablar conmigo. Me esperaría en la reja. Vivía en la calle de los Doblones, cerca de la
Aduana. Toda mi ecuanimidad se vino abajo desde aquel momento.
Se me ocurrieron dos cosas: una, la prudente, el ir a ver a don Ciríaco y pedirle consejo; otra, la que más
halagaba mi vanidad, escribir diciendo que acudiría a la cita. Me decidí por lo último. Había entre los
marineros de la Bella Vizcaína un chico de Cádiz, a quien llamaban el Morito porque había estado en
Tánger, y solía llevar con frecuencia un fez rojo en la cabeza.
El Morito era muy partidario mío. Un barco es un pequeño mundo aparte, donde las simpatías y las
antipatías se establecen rápidamente, y el Morito era joven y había simpatizado conmigo. Este muchacho
solía estar con frecuencia en una tienda de montañés de cerca de la Puerta del Mar. Fui a buscarle, le
encontré, le di el encargo de llevar la carta a Dolores, y después le dije que volviera por mí. Cenamos juntos
el Morito y yo; para las diez nos presentamos en la calle de los Doblones.
El Morito estaba contento de intervenir en un asunto un poco misterioso como aquél.
-Tú vigila -le dije yo-, y. si pasa alguno, avísame.
-Descuide usted -me contestó él.
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