Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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con gente orgánica y moralmente encanijada; que yo necesitaba hacer algo, gastar la energía, vivir.
Muchas veces, al asomarme a la muralla, al ver la bahía de Cádiz, inundada de sol, el mar soñoliento,
dormido, los pueblos lejanos, con sus casas blancas, la sierra azul de Jerez y Grazalema recortada en el
cielo, al contemplar esta decoración espléndida, me preguntaba:
-Y todo esto, ¿para qué? ¿Para vivir como un miserable conejo y recitar unos cuantos chistes estúpidos?
Realmente era poca cosa.
Un domingo de invierno, por la tarde, al anochecer, no sé por qué me decidí a dejar la diligencia de San
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Fernando y a quedarme en Cádiz.
Había en el muelle esa tristeza de domingo de los puertos de mar. No me sentía alegre, sino agresivo,
con ganas de hacer una brutalidad cualquiera.
Entré en una tienda de montañés, pedí pescado frito y vino blanco. Comí y bebí en abundancia. Estos
colmados andaluces resumen el carácter de la región: son pequeños, pintorescos y complicados.
Salí del colmado, fui a un café de la calle Ancha, tomé unas copas de licor y me marché de allí dispuesto
a todo.
Era ya de noche; mis botas metían un ruido tremendo por las calles desiertas.
Me pareció que quizá no había bebido bastante para ser todo lo insolente y procaz que quería, y me
senté en la mesa de una taberna, en la acera, en una calle en donde hay tal profusión de colmados y peluquerías
que no parece sino que aquella gente se ha de pasar la vida entre el plato de pescado frito y la
tenacilla para rizarse el pelo.
A mi lado había un hombre borracho, vestido de negro, con el sombrero ladeado y una flor roja en el ojal.
Se levantó de su silla y se acercó a mí sonriendo. Yo le miré de mala manera, y como estaba iracundo,
le pregunté:
-¿Qué pasa? ¿Qué quiere usted?
Él sonrió estúpidamente.
-¿Marino? -me dijo después, en inglés, señalándome con el dedo.
-Sí, marino -le contesté yo-. ¿Y qué?
-Yo también marino -añadió él-. ¿Usted español?
-Sí, español.
-Yo holandés. Los dos marinos…, los dos borrachos. Buenas amistades.
Después de decir esto y estrecharme la mano, el holandés se sentó a mi mesa. Bebimos juntos. El
holandés era capitán de la corbeta Vertrowen. Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos caídos
y lacios como los de un chino; el traje negro, casi de etiqueta, que en aquella taberna llamaba la atención.
Yo me constituí en su defensor, y pensé que si se burlaban de él tenía derecho para hacer algún disparate.
Nos levantamos los dos. Entonces en Cádiz, y ahora probablemente pasará lo mismo, había la costumbre
de andar de noche por unas cuantas calles, los días de fiesta sobre todo. Estas calles eran la calle
Ancha, la dé Columela, la de Aranda, la de San Francisco y no recuerdo si alguna más. Este paseo nocturno
tenía algo de procesión.
El capitán de la Vertrowen y yo nos echamos por aquellas calles; había por todas partes olor a aceite
frito y humo de castañas asadas. En los bancos de las plazas, gente sentada pacíficamente descansaba;
algunos obreros, endomingados, pasaban en coche, tocando la guitarra y cantando.
Los chiquillos se reían de nosotros. Invitamos a algunas muchachas de aire equívoco a tomar algo en
los cafés y tabernas, pero al vernos borrachos huían.
Aburridos, cansados, dimos con nuestros cuerpos en una tienda de montañés próxima a la Puerta del
Mar. Aquella noche hice yo un gasto de cólera y de rabia inútil.
Al entrar en la taberna vi a un hombre moreno, mal encarado, que miraba de una manera aviesa. Debía
de ser un matón. Me alegré; era el momento. Me acerqué a él y le dije:
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué mira usted?
-¡Yo! -exclamó él, sorprendido.
-Sí, me mira usted con una cara…
-Cara de jambre, zeñorito -me dijo amablemente-. No ha pazao por mi cuerpo en to el día a razón de
doz cuartoz de comida.
Aquello me dio una ira y una tristeza profunda. El hombre me contó que estaba sin colocación; la familia
y los hijos, sin comer. Le invité a tomar cualquier cosa, pero él me dijo que si quería pagarle algo prefería
llevarlo a casa. Le di dos o tres pesetas y el hombre se largó corriendo.
Mi aburrimiento y mi desesperación se iban fundiendo en una niebla melancólica que se apoderaba de
mi cerebro. El capitán de la Vertrowen y yo estuvimos mirándonos sin hablarnos. De pronto nos decidimos
a marcharnos. Al salir, el capitán tropezó con un marinero que entraba, y estuvo a punto de caer al suelo.
El holandés no sólo no se incomodó, sino que dio excusas al marinero, que a su vez pidió mil perdones
por su torpeza.
Yo me avergoncé de mis instintos fieros. La bruma melancólica iba avanzando en mi alma, dando a mis
ideas un tono de sentimentalismo verdaderamente ridículo.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Fuimos el holandés y yo al muelle. Mi compañero de embriaguez bajó dos escalones de una escalerilla
y se puso a gritar, hasta que brotó de entre las tinieblas un bote blanco. Creí que el hombre se caía al agua
con su traje de etiqueta y su flor en el ojal; pero no, se mantuvo firme y saltó al bote con agilidad.
Luego me saludó, con el sombrero en la mano, con gran reverencia.
-Good night -me dijo.
-Buenas noches -le contesté yo.
Me quedé solo. Estaba cansado, triste, con la cabeza pesada. Ya no me quedaba ni un rastro de cólera.
No sabía qué hacer, y me decidí a ir a San Fernando a pie.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Nuevas fatigas de amor
Capítulo V
Como todos los hombres sentimentales que esperan demasiado de las mujeres, he tenido momentos de
aborrecer al bello sexo. Don Ciríaco muchas veces me decía con una exasperación alegre que le era característica:
-Shanti, ten esto en cuenta. De cien mujeres, noventa y nueve son animales de instintos vanidosos y
crueles, y la una que queda, que es buena, casi una santa, sirve de pasto para satisfacer la bestialidad y
la crueldad de algún hombrecito petulante y farsantuelo. Así nos vamos vengando unos en otros, de la manera
más inhumana y estúpida.
Realmente la naturaleza es pródiga con el hombre egoísta y con la mujer voluble e insensible. Quizá es
lo natural en el hombre ser un poco canalla, y en la mujer un poco cruel. Hasta es posible que la bondad y
la generosidad sean una anomalía.
Tengo que reconocer que Dolorcitas no era la excepción de las cien de que hablaba don Ciríaco. Estaba
entre las noventa y nueve restantes: era caprichosa, cruel, instintiva, voluble. Por un capricho hubiera sacrificado
a su padre, a su madre, al pueblo entero y probablemente a media humanidad.
Dolorcitas parecía decidirse por mí, pero al mismo tiempo todo el mundo decía que iba a casarse con el
hijo del marqués de Vernay, un señor de Jerez, no muy rico, pero de familia aristocrática.
La escribí a Dolorcitas y le hablé varias veces por la reja. Ella negaba que fuera a casarse y aseguraba
que no torcerían su voluntad. Sin embargo, los indicios de la boda eran ciertos.
En todos los puertos de mar, constituidos casi siempre por una población advenediza y aventurera, se
forma un espíritu aristocrático endiablado. En las ciudades arcaicas y tradicionales los individuos que creen
formar parte de la aristocracia alegan los prestigios de la clase con más o menos razón; en las ciudades
modernas ya no es la clase solamente lo que se defiende, sino el matiz. Así sucede que Bilbao o Buenos
Aires, Manila o Barcelona, tienen más prejuicios de casta que Toledo, Burgos o León.
En Lúzaro, en pequeño, ocurre lo propio desde que se ha llenado de indianos y de gente forastera.
El comerciante, que en general procede de la parte más turbia de la sociedad, necesita, ya que no puede
decir que sus abuelos estuvieron en la conquista de Jerusalén, demostrar que su escritorio es algo sagrado
y que todos sus pequeños útiles y procedimientos de robo constituyen ejecutoria de nobleza.
Me chocó oír que don Matías hablaba repetidas veces de su clase. Al mismo tiempo, y refiriéndose a
Dolorcitas, dijo que ésta se casaría con un hombre de su posición, indicándome de pasada que no pretendiese
poner los ojos demasiado alto.
Para el señor Cepeda, como para todos los comerciantes de puerto, había, sin duda, la aristocracia de
la sangre y la del escritorio, el devocionario y el libro mayor, la espada y la pesa, la coraza y el mandil.
Era extraño: así como mi abuela afirmaba la aristocracia de la marinería, el señor Cepeda afirmaba la
aristocracia del escritorio.
En el comercio del azúcar y del cacao la elevación social está en razón directa de la cantidad; en cambio,
en el comercio de drogas la elevación está en razón inversa. Si uno vende azúcar y canela en pequeña
cantidad, es un vulgar ultramarino; en cambio, si negocia con estos géneros en grande, es un comerciante.
Fenómeno singular; con las drogas sucede lo contrario: vendiéndolas en grande, es uno un droguero;
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