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Todos los domingos, después de almorzar, don Matías, con su levita, sus guantes, su sombrero de copa
y sus botas siempre crujientes, se marchaba al Casino Moderado, y no volvía hasta el anochecer.
Nos quedábamos de sobremesa doña Hortensia, Dolorcitas y yo. Dolorcitas y yo jugábamos como
chicos, recorríamos la casa, subíamos a la azotea, íbamos al miramar.
La señora Presentación, una vieja muy graciosa y gesticuladora, a quien yo no entendía nada de cuanto
hablaba, solía venir a avisar a la señorita Dolores que alguna de sus amigas acababa de llegar.
Cuando se reunía Dolorcitas con alguna amiga, entonces yo ya no jugaba: ellas jugaban conmigo.
Recuerdo mis conversaciones con Dolores y con una amiga suya, María Jesús; debía de ser algo como el
juego de un oso con dos monitas.
Las amigas se contaban sus cosas al mismo tiempo, con una velocidad vertiginosa; yo, en cambio,
marchaba como una gabarra cargada hasta el tope. No he podido hablar nunca el castellano rápidamente,
y entonces menos. Además, como buen vasco, he sido siempre un poco irrespetuoso con esa respetable
y honesta señora que se llama la Gramática.
Las dos chiquillas charlaban haciendo monerías y gestos expresivos. Dolorcitas, a pesar de ser hija de
vascongados, era tan aguda y tan redicha como una gaditana.
Después de María Jesús, que solía llegar la primera, venían a la casa otras chicas y chicos de la misma
edad. Entonces yo me sumía en el mutismo; ¿para qué hablar, si por cada palabra mía ellos soltaban diez
o doce?
Dicen que un nuevo idioma es una nueva alma, y hay algo de verdad en esto; yo comprendía, al oír a
aquellos muchachos, que no sólo no sabía el castellano, sino que mi alma era distinta a la suya. Yo me sentía
otra cosa, pero no tenía el valor ni la fuerza para creer que mi espíritu, más concentrado y más sobrio,
valía tanto como el de ellos, todo expansión, palabras y muecas. Mi humildad me inducía a creerme un salvaje
entre civilizados.
Mi timidez me hacía pasar unos momentos horribles; una palabra, un gesto, cualquier cosa bastaba para
que la sangre me subiese a la cara.
Dolorcitas sonreía al verme turbado. Veía que sufría y se alegraba. Era la crueldad natural de la mujer.
Luego, más tarde, no se contentaba con el placer de confundirme, sino que le gustaba darme celos. Yo
estaba enamorado. ¿Enamorado? Realmente no sé si estaba enamorado, pero sí que pensaba en
Dolorcitas a todas horas, con una mezcla de angustia y de cólera.
Si ella hubiese hablado un día con un joven y otro día con otro sin hacer caso de mí, quizá no me hubiera
hecho efecto; pero veía que sus coqueterías me las dedicaba expresamente con intención de mortificarme,
y esto me sublevaba.
En general, el amor es eso, sobre todo en las personas muy jóvenes, que no tienen preocupaciones
espirituales; un instinto más cercano a la crueldad y al odio que al afecto tranquilo.
A veces, huyendo de la coquetería y de los desdenes mortificantes de Dolorcitas, pretextaba una ocupación
cualquiera y me marchaba de casa de don Matías. ¡Qué aburrimiento! ¡Qué saturación de fastidio!
¡Qué amargura interior!
El sol brillaba en las calles desiertas, el cielo estaba azul, el mar tranquilo. ¿Qué hacer? El mundo entero
me parecía inútil. El disgusto de uno mismo, la hostilidad del ambiente, la imposibilidad de formarse otro a
gusto de uno, todo caía sobre mí con una pesadumbre de plomo.
En alguna ocasión que Dolorcitas vio en mí la decisión firme de marcharme y no volver por casa, se sintió
de nuevo cariñosa conmigo. Yo no me atrevía a reprocharle su coquetería claramente, pero sí le dije
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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varias veces que comprendía que no tuviera simpatía por mí, porque era más tosco que ella, y ella me contestó
que yo le gutaba ad. Le gustaba así para mortificarme.
Las tardes del domingo solíamos ir a la alameda de Apodaca, Dolorcitas y alguna amiga suya; ellas muy
elegantes, yo de marinerito.
Desde cerca de la Maestranza contemplábamos la bahía de Cádiz, tan azul; allá lejos, Rota y Chipiona
brillando al sol con sus caseríos blancos; luego, la costa baja formando una serie de arenales rojizos hasta
el Puerto de Santa María, y en el fondo los montes de. Jerez y de Grazalema, violáceos al anochecer, con
una línea recortada y extraña en el horizonte.
Veíamos la entrada de alguna fragata o de algún bergantín que venía con el atoaje. Luego, al avanzar
la tarde, nos dirigíamos a casa por la muralla, dando la vuelta a una punta que, si no recuerdo mal, se llama
de San Felipe.
Veíamos las baterías con sus cañones, avanzábamos por el adarve a mirar por los huecos de las almenas.
Tardábamos todo lo más posible en entrar en casa. Al llegar a la Aduana comenzaba a oscurecer.
En las torres blancas de las casas próximas a la muralla quedaban aún resplandores de sol. Echábamos
una última mirada a la bahía.
El mar, como un lago azul, se rizaba apenas por el viento; en los barcos comenzaban a brillar las luces,
y en el puerto resplandecía una fila de faroles; el cielo de otoño, un cielo azul y rosa, sin una nube, iba
oscureciendo. Las luces de San Fernando comenzaban a reflejarse en el agua, y la esfera del reloj del
Ayuntamiento de Cádiz se iluminaba y se destacaba en el cielo pálido.
Muchas veces, desde aquel sitio de la muralla, oíamos las lentas campanadas del Ángelus.
Al anochecer tomaba la diligencia en una plazoleta próxima y me marchaba a San Fernando, con el
espíritu angustiado y lleno de una extraña amargura.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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La palmera y el pino
Capítulo IV
Algunas veces he oído referirse a una poesía de un poeta alemán, creo que de Enrique Heine, en donde
un pino del norte suspira por ser una palmera del trópico.
Este símbolo podía representar la situación espiritual mía en aquella época lejana en que estudiaba en
San Fernando. Hoy, cosa extraña, no me gusta nada el Mediodía, y tampoco me entusiasman las palmeras,
que son, indudablemente, decorativas, pero que tienen aspecto de algo artificial.
En el tiempo de que hablo era yo el pino que aspira a transformarse en palmera. Hubiese querido hablar
con abandono y ligereza, saber hacer chistes y comparaciones y echármelas de Tenorio. Hasta se me ocurrió
abandonar el mar y hacerme comerciante o, por lo menos, empleado.
Ya no pensaba en islas desiertas ni en hacer de Robinsón; mis ideales eran otros. Quería transformarme
en un andaluz flamenco, en un andaluz agitanado. Entrar en una de esas tiendas de montañés a tomar
pescado frito y a beber vino blanco, ver cómo patea sobre una mesa una muchachita pálida y expresiva,
con ojeras moradas y piel de color de lagarto; tener el gran placer de estar palmoteando una noche entera,
mientras un galafate del muelle canta una canción de la maresita muerta y el simentereo; oír a un chatillo,
con los tufos sobre las orejas y el calañés hacia la nariz, rasgueando la guitarra; ver a un hombre gordo
contoneándose marcando el trasero y moviendo las nalguitas, y hacer coro a la gente que grita: ¡Olé! y ¡Ay
tu marea! y ¡Ezo é! ésas eran mis aspiraciones.
Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con el vocablo; me parece que una persona
que ve en las palabras no su significado sino su sonido, está muy cerca de ser un idiota; pero
entonces no lo creía así. Cada edad tiene sus preocupaciones.
Entonces hubiera querido ser tan discreto, tan conceptuoso y tan alambicado como todos mis
conocimientos.
Leí las novelas dé Fernán Caballero, que tenían mucha fama; no me gustaron nada, pero me convencía
de que me debían gustar. Las he vuelto a leer después, y me han parecido una cosa bonita, pero mezquina.
Me dan la impresión de un cuarto bien adornado, pero tan estrecho, que dentro de él no se pueden estirar
las piernas sin tropezar en algo.
Yo no comprendo bien el entusiasmo que ha habido en la España del siglo xix por cultivar la mezquindad.
En libros, en dramas y en toda clase de escritos se ha exaltado con fruición la más estúpida y fría
mezquindad como la única virtud del hombre.
En aquellos tiempos era demasiado tímido para pensar así, no porque no lo creyese en el fondo, sino
porque no tenía confianza en mí mismo para afirmar mis ideas categóricamente.
El no saber vivir como los demás me producía una sorda cólera, una indignación frenética.
Me sentía como una rueda de reloj suelta, que no engrana con otra.
La verdad es que si la civilización era lo que creía don Matías Cepeda: tener un almacén de cacao y de
azúcar y otro almacén de chistes y de frasecitas, yo no llevaba camino de civilizado.
A veces me daban ganas de dar un puntapié a aquella gente, que después de todo no me servía para
nada, y mandar a paseo a don Matías, a su mujer, a la niña y a todos sus amigos y amigas.
Yo no comprendía que había en mí una exuberancia de vida, un deseo de acción; no veía que alternaba

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