Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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obstáculo. Cepeda llegó a Cádiz, de sus montañas de Asturias, y entró de dependiente en un gran almacén
de azúcar, de café y de cacao de la calle de la Aduana; luego se casó con la dueña, y ésta, al morir, le instituyó
heredero único, con lo que quedó viudo y riquísimo.
Cepeda era naturalmente tímido con su dinero; Menchaca le impulsó a los negocios y los dos ganaron
millones. El uno completaba al otro. Menchaca era el hombre de iniciativa y de brío, el que concebía los
proyectos; Cepeda resolvía los detalles y las dificultades prácticas.
Menchaca, cuando se instaló en Cádiz, tuvo la veleidad de poner casa a una muchacha de Puerto Real,
y de pasear con ella en coche y regalarla trajes y joyas.
Entonces fue cuando se comenzó a hablar de que Hortensia se entendía con el socio de su marido, con
Cepeda. Yo nunca lo creí. Menchaca era, como te he dicho, un exaltado, casi un loco, y al oír que su mujer
le engañaba, se enamoró de ella nuevamente. Menchaca ya era viejo. Tendría cerca de cincuenta años, y
un hombre de cincuenta años que se enamora es como el caballo de un coche simón que se desboca.
Menchaca abandonó a la muchacha de Puerto Real y comenzó a vigilar a su mujer.
Ella estaba ofendida profundamente; él, celoso y sombrío, no quiso pedir explicaciones ni reconocer su
culpa, considerando este reconocimiento como un agravio a su dignidad; una palabra a tiempo hubiera reconciliado
a los esposos; pero ninguno de ellos quiso pronunciarla. La hostilidad entre los dos se hizo cada
vez mayor. Comían separados y no se veían ni se dirigían la palabra.
En esto, estaban concluyendo en Portsmouth una fragata para la Sociedad Vasco-Andaluza; no le faltaba
más que algunos detalles. Menchaca fue a Inglaterra a recogerla. No sé si sabrás que cuando se construye
un buque se hace un libro o cuaderno que se entrega por el constructor al primer oficial que lo
manda.
-Sí, lo sé. Se llama pliego de historia, y en él se anotan cuantas circunstancias se han observado en la
construcción.
-Exacto. Pues cuando le entregaron el pliego de historia del barco y leyó el nombre, Menchaca estuvo a
punto de tener una congestión.
-¡Demonio! ¿Cómo se llamaba el barco?
-La Bella Vizcaína.
-¿Nuestra fragata?
-La misma, pilotín, la misma. Y alguien encontró que la sirena del mascarón de proa tenía las facciones
de la hermosa Hortensia.
-¡Bah!
-Fantasías que se inventan. Menchaca desde entonces quedó más sombrío que nunca. No era posible
que a Cepeda se le hubiese ocurrido aquella idea de bautizar así el barco, con el fin de mortificar a su socio.
El pensamiento partió seguramente de ella.
La situación del matrimonio seguía difícil y sin mejorar cuando un día Menchaca, jugando con unas pistolas,
no se sabe si inadvertida o intencionadamente, se pegó un tiro en la sien y cayó muerto.
Al año Hortensia celebró su matrimonio con don Matías Cepeda; compraron la casa de la calle de la
Aduana y la arreglaron.
-Ésas son cosas de todos los tiempos -concluyó diciendo don Ciríaco filosóficamente-, que han pasado,
que pasan y que pasarán. Te he contado la historia de Hortensia para que sepas qué clase de mujer es, y
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para que no digas sin querer delante de ella alguna inconveniencia.
Comentamos los hechos y después hicimos honor a la cena, que fue exquisita.
Don Ciríaco pensaba zarpar al día siguiente; yo quise acompañarle hasta el barco; pero él no lo permitió.
-Tú vete a estudiar a San Fernando -me dijo-. No pasará mucho tiempo en que seas tú el que te vayas
y yo el que me quede. ¡Adiós, Shanti!
Adiós.
Nos abrazamos, él se metió en el bote y desapareció.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Dolores de vanidad
Capítulo III
El domingo siguiente, por la mañana, marchaba yo a casa de doña Hortensia, por las calles de Cádiz.
Iba con el corazón en un puño. Temía que me recibieran mal o fríamente; pero no: mi paisana y su hija
Dolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.
Estaban preparándose para ir a misa, y yo las acompañé hasta una iglesia próxima. A la vuelta dimos
un paseo por la calle Ancha y la plaza de Mina, y volvimos a casa.
El encuentro con don Matías me preocupaba. Aquella estúpida insinuación del señor Cepeda de que se
burlarían de mí me intranquilizaba. Era muy suspicaz, como todos los hombres tímidos, y estaba siempre
en guardia, creyendo ver ofensas en cualquier cosa.
Llegó don Matías y, efectivamente, me recibió con frialdad y como con cierto alarde de no darme importancia.
-Este joven insignificante para mí no existe -era lo que parecía querer dar a entender aquel señor.
Don Matías era, aunque no de una manera ostensible, mi adversario. Hacía como si no me notara, por
mi insignificancia; pero yo, a través de su aire indiferente, le sentía hostil. Tenía sobre mí la ventaja de
hablar castellano bien, y se valía de ella para humillarme. Es una idea estólida y mezquina, muy frecuente
en España, creer que se demuestra superioridad burlándose de una persona ingenua con frases de doble
sentido que dejan estupefacto al que ignora su significado. Don Matías demostraba así su superioridad.
Yo, al caer en uno de estos lazos burdos, me confundía, y don Matías soltaba la carcajada. Entonces,
ya turbado, no sabía qué hacer y miraba desde el amo de la casa hasta los criados como a enemigos que
querían humillarme.
Es ridículo y absurdo cómo en la juventud se sufre por necedades sin importancia.
Don Matías y yo nos sentíamos como tipos de distinta raza. Él no debía notar en mí suficiente respeto,
y el que yo me permitiese tener opinión acerca de las cosas le producía una mezcla de cólera y de asombro
que ahora me hubiera parecido cómica. El señor Cepeda no podía discurrir, razonar, con libertad; no
contaba con el suficiente número de ideas para comparar y obtener juicios propios; verdad es que a la mayoría
de la gente le pasa lo mismo.
Para suplir esta falta de ideas, don Matías se refugiaba en las anécdotas. En su cabeza, cada idea tosca
y primitiva llevaba como atornillada una serie de cuentos y chistes.
-Eso no es así -decía, por ejemplo, al exponer yo una opinión cualquiera-, y te contestaré con lo que dijo
Periquito Sánchez a don Juan Martínez de Cádiz, en el año veintisiete…
Y don Matías seguía así con una velocidad de galápago, hasta contar una anécdota de una vulgaridad
aplastante.
Como hombre de poca delicadeza natural y de cultura rudimentaria, no era, ni mucho menos, un modelo
de discreción, y a veces tenía salidas de patán que le regocijaban muchísimo. En el fondo estaba sorprendido
de verse a sí mismo tan alto; había hecho esfuerzos para convencerse de que su caudal, que no
dependía más que de un matrimonio afortunado y de la suerte, era obra de su talento y de su perseverancia.
Don Matías era el tipo del buen burgués: bruto, rutinario, indelicado y, en el fondo, inmoral. Toda rutina
le parecía santa, el precedente la mejor razón. Don Matías tenía sus manías; por ejemplo, ir siempre tarde
a comer para demostrar que los muchos trabajos no le permitían ser puntual.
Don Matías solía estar en su despacho con su gorro y su bata, cuando no andaba por el almacén, por
entre hileras de sacos y de cajas, dando órdenes o paseando con las manos cruzadas en la espalda.
El dependiente principal, que le conocía bien, un jerezano muy chistoso, decía del señor Cepeda que se
pasaba el tiempo cortando papeles para llevarlos al retrete, o haciendo punta a los lápices lo más despacio
posible para obtener el gusto de aparecer ante su familia como atareado. Hasta en eso era mezquino,
porque hacía las puntas de los lápices cortas y cortaba los papeles pequeños. Roñoso para todo, era hom-
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bre de rumbo para los gastos de la casa y de la bella Hortensia. Tenía el sentimiento del comerciante rico
que considera a la mujer como el mejor medio de lucirse.
En la apariencia, don Matías era un hombre respetabilísimo, serio, de ideas profundas; en el fondo era
un pobre majadero, un caso de pedantería y de vanidad grotescas. A Dolorcitas la trataba secamente, no
por ser su hijastra y no su hija, sino porque consideraba que ése era su papel de hombre de negocios.
Aquel solemne y majestuoso idiota creía que para ser marido y padre a la inglesa tenía que mostrarse
frío con su mujer y su hija.
Esa tendencia anglómana que se ha desarrollado en algunos pueblos andaluces, no me resulta. Los
ingleses, que en general son tiesos y formales, tienen la ventaja de su tiesura y de su formalidad; pero estos
anglómanos del Mediodía, con su mezcla de tiesura y de mandanga, me parecen bastante cómicos.
Dolorcitas, como era natural, no tenía mucho cariño por su padrastro. Don Matías varias veces le
prometió llevarla al teatro, y luego, para demostrar su autoridad, sin duda, hacía como que se olvidaba de
su promesa y dejaba a la muchacha llorando.
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