Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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-Vente a dormir al barco. Mañana tenemos que ir a Cádiz. Te voy a presentar en casa de Cepeda. Lleva
el traje nuevo.
El señor don Matías Cepeda era el socio principal de la Sociedad Naviera Vasco-Andaluza, Cepeda y
Compañía, propietaria de la fragata que mandaba don Ciríaco y de otros muchos buques.
Fuimos al barco, dormí yo en mi camarote y por la mañana me despertaron dos golpes en la puerta.
-,Eh, Shanti! -me dijo don Ciríaco-, ya es hora. Duermes como un lirón.
Me levanté, me vestí y me acicalé todo lo posible. Los marineros de la fragata, vestidos de día de fiesta,
nos esperaban en el bote; entramos don Ciríaco y yo, y nos dirigimos al puerto de Cádiz. En el camino
mi capitán me explicó en vascuence que la visita la hacíamos principalmente a la señora de Cepeda, una
vascongada, paisana nuestra, casada primero con Fermín Menchaca y después con don Matías Cepeda,
un almacenista, socio del primer marido.
Desembarcamos en el muelle, pasamos la Puerta del Mar y seguimos por una calle próxima a la muralla.
Llegamos cerca de la Aduana y don Ciríaco se detuvo delante de una casa grande, con miradores.
-Aquí es -dijo.
Entramos en un portal altísimo, enlosado de mármol. Lo cruzamos. Llamó el capitán; un criado abrió la
cancela y nos pasó a un patio con el suelo también de mármol, el techo. encristalado y las galerías con
arcadas.
Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y, recorriendo un pasillo, llegamos a un salón
inmenso, con grandes espejos y medallones.
Esperamos un rato y apareció la dueña de la casa, doña Hortensia, una mujer opulenta, hermosísima.
Nos recibió con gran amabilidad. Don Ciríaco estuvo muy cortesano con ella. Realmente, el viejo capitán
era un hombre de salón.
Don Ciríaco, exagerando un poco, le habló a doña Hortensia de mi familia, de nuestra casa solariega de
Lúzaro, de mis antepasados… Al oír los detalles de nuestro preclaro abolengo, la amabilidad de la bella
señora aumentó.
Doña Hortensia sentía una extremada debilidad por las preeminencias nobiliarias, y resultó, cosa no muy
rara entre vascongados, que teníamos un apellido común.
-Debemos de ser parientes —dijo ella.
-Es muy posible -repuse yo.
-Pues si eres algo pariente mío, no te choque que te hable de tú, porque a mí me pareces todavía un
chiquillo.
Yo, completamente confundido y turbado, le dije que me alegraría de esta confianza por su parte.
Estábamos hablando cuando entró, acompañada de una criada vieja, la hija de doña Hortensia,
Dolorcitas, una muchachita de catorce o quince años, preciosa. Don Ciríaco estuvo con ella como un viejo
galante de la corte de Versalles. Dolorcitas se parecía a su madre; pero era más pequeña de estatura, de
ojos más negros y de tez algo más morena. Tenía una gran movilidad en la expresión y mucha gracia
hablando.
¿Habrá que decir que yo estuve en su presencia torpe, turbado, hecho un tonto? No, no es necesario.
Me encontraba en la edad del pavo, no había tratado a ninguna mujer y era naturalmente tímido.
Doña Hortensia dijo al criado:
-Dígale al señor que le esperamos para almorzar.
Media hora después vino don Matías Cepeda y fui presentado a él. El señor Cepeda no era un hombre
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simpático, ni mucho menos; tenía la cara dura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequeña y el bigote corto
y cerdoso.
Con don Ciríaco el señor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendió ser ocurrente; a mí no me miró.
Sin duda, el no tener cincuenta años, para don Matías, era una impertinencia.
Solamente me dirigió una frase, y ésta me escoció:
-Ten cuidado -me dijo-, porque aquí, en Cádiz, te van a tomar el pelo.
Después de almorzar, don Matías y don Ciríaco se retiraron para hablar de negocios, y doña Hortensia
y Dolorcitas quisieron enseñarme la casa. Esto halagaba su vanidad.
La casa era enorme. Se traslucía allí un verdadero delirio de grandeza: el suelo era de mármol, los
salones vastísimos, con techos pintados e historiados; los miradores tan anchos y espaciosos como si fueran
otras habitaciones. En los testeros se veían espejos de toda la pared, y en los pasillos se levantaban
estatuas y fuentes de alabastro.
Yo entonces aún no había visto nada, no podía comprender la diferencia que existe entre la ostentación
lujosa y el buen gusto, y quedé maravillado.
Después de recorrer la casa subimos a la azotea y estuvimos contemplando la bahía de Cádiz, inundada
de sol, llena de fragatas, de bergantines y de goletas.
Dolorcitas trajo un anteojo y miramos el Puerto de Santa María, Rota y Puerto Real.
Yo conté lo mejor que pude mi viaje con don Ciríaco. Después vinieron unas cuantas amigas de
Dolorcitas. Yo estuve hablando con doña Hortensia, que se mostró muy amable conmigo.
A media tarde don Ciríaco me llamó.
-Vamos, Shanti -me dijo.
El ama de la casa me advirtió que todos los domingos y días de fiesta estaba invitado a comer allá. Si
no iba, preguntarían por mí y me llevarían a la fuerza.
Me despedí de todos, y salí con don Ciríaco, entusiasmado. El viejo capitán me llevó a un colmado de
la misma calle de la Aduana, llamó al dueño, un montañés amigo suyo, y le recomendó una comida escogida,
una comida para gente que comprende lo trascendental de la misión de engullir. El dueño del colmado
y don Ciríaco discutieron detalladamente los platos, las salsas y los vinos.
-Necesito una hora para preparar todo esto -dijo el montañés.
-Muy bien -contestó el capitán-. Le concedemos a usted la hora.
-Pueden ustedes dar una vuelta si quieren.
-No, no. ¿Para qué? Tráigase usted una botella de manzanilla de Sanlúcar y unas aceitunas.
Bebimos los dos, y de pronto me dijo don Ciiíaco:
-Mira, pilotín; te he presentado a Hortensia y a don Matías porque te pueden servir.
-¡Muchas gracias! -repuse yo.
-Espérate. Aquí tienes que quedarte un año; no conoces a nadie y es conveniente que, en caso de
necesidad, puedas dirigirte a alguien; pero te voy a contar la historia de Hortensia para que sepas a qué
atenerte.
-¡Demonio! Tiene historia.
-Tú verás. Hortensia es vizcaína, de un pueblo próximo a Bilbao. Su padre era un contramaestre a quien
llamaban el Griego. Probablemente lo sería; algún aventurero que llegó al pueblo y se casó. La bella
Hortensia tenía pretensiones, era muy hermosa y no quería casarse con un cualquiera. Después de todo,
hacía bien. En esto, un amigo mío, Fermín Menchaca, capitán de barco metido a comerciante en Cádiz, fue
al pueblo, donde acababa de morir su padre, que era patrón de una lancha; vio a Hortensia y se enamoró
de ella. Menchaca no estaba dispuesto a casarse, ni tampoco a dejar a Hortensia. La llenó de regalos y de
joyas. Ella dijo que no a todo. O su mujer o nada. Menchaca prometió hacerla su mujer y Hortensia cedió.
En el momento del matrimonio, Menchaca, que era voluble, se escapó del pueblo, dejando a Hortensia
embarazada.
La muchacha, nada tímida, al ver su abandono, vendió las joyas que le había regalado el amante y se
presentó con su hija en Cádiz. Menchaca estaba en Filipinas; Hortensia fue a Filipinas, encontró a
Menchaca y le obligó a cagarse con ella.
Menchaca era un hombre exaltado, atrevido, con ideas geniales, capaz de cosas buenas y de cosas
malas. Menchaca no era un hombre completo; creía como en un artículo de fe en esa simpleza de que a
las mujeres no hay que tomarlas en serio. Te lo dice un viejo, y un viejo solterón que ha adorado a las
mujeres; Shanti, no creas nada de lo que digan ellas, y menos lo que te digan de ellas. No creas que una
mujer es, por serlo, débil o tímida o poco inteligente. El sexo es una indicación muy vaga y las variaciones
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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son infinitas. Si quieres saber cómo es una mujer, primeramente no te enamores de ella; después estúdiala
con tranquilidad, y cuando la conozcas bien…, te pasará que ya no te importará nada por ella.
-Trataré de seguir su consejo.
-Si puedes, pilotín; si puedes… Como iba diciendo, a pesar de que Menchaca tenía medios de comprobar.
que Hortensia era un carácter, no quiso verlo ni reconocerlo. Menchaca se había asociado con este
don Matías Cepeda que has visto; asociación extraña desde el punto de vista del carácter, porque
Menchaca era un hombre atrevido y lleno de iniciativas, y, por el contrario, Cepeda es el tipo vulgar del comerciante
escamón que va marchando rutinariamente sobre seguro. Cepeda es un asturiano que vino aquí
sin un cuarto y hoy tiene una gran fortuna.
-Pues eso, don Ciríaco, no me parece de tontos.
-Pero, ¿tú sabes por qué medio ha hecho Cepeda su fortuna?
-No.
-Pues con su físico.
-¿Con su físico? Tiene gracia.
-Sí, con su físico. Tú dirás que no es un Adonis; pero la fealdad de un hombre no es casi nunca un
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