Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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Se adivinaban a esta luz incierta las pirámides afiladas de las rocas, las estalactitas blancas del techo y,
abajo, el mar, hirviendo en espumas, semejaba una aglomeración de monstruos de plata revolviéndose en
un torbellino. Era realmente extraordinario. El choque de las olas hacía temblar las rocas, y su ruido iba
repercutiendo en todos los agujeros y anfractuosidades de la gruta.
-Mira, mira -le dije a Recalde.
Mi amigo, temblando, murmuró:
-Shanti, volvamos atrás.
-No, no -le contesté yo-. Aquí debe de haber un agujero por donde viene la luz.
El tronco de árbol del borde de la cornisa indicaba que en otro tiempo había andado por allí gente.
Seguimos avanzando y salimos debajo de una chimenea inclinada que formaban dos lajas de pizarra.
Quedaban restos de tramos de una escalera. Recalde, más ágil que yo, trepó hasta arriba, y yo subí
después de él, ayudándome de la cuerda.
Estábamos entre las rocas del Izarra; nos faltaban unos metros para llegar hasta el camino del acantilado.
Recalde me confesó que pasó momentos de miedo terrible en aquella maldita cueva. Yo intenté convencerle
de que dentro de ella no había nada extraordinario más que juegos de luz y de sombra.
La fila de troncos de árbol que había en el camino indicaba que por allí se habían hecho desembarcos
de armas o de contrabando en otras épocas.
Bajamos del Izarra, y salimos por entre las peñas a la punta del Faro. Recalde sabía que en un pequeño
fondeadero, labrado entre las rocas del promontorio donde se levantaba la torre, solía haber una barca que
el torrero utilizaba para pescar; fuimos allá y encontramos la lancha; pero estaba atada con una cadena.
Llamamos en el faro, y una vieja nos dijo que el torrero había ido a Elguea. Por otra parte, el que tenía
la llave de la cadena de la lancha era un señor que vivía en la primera casa de Izarte.
-Este señor estará ahora en la playa. Idos por el arenal y lo encontraréis.
Avanzamos por la playa de las Ánimas. Primero encontramos un hombre alto, rojo, con patillas cortas,
a quien explicamos lo que nos pasaba y que no pareció entendernos.
Este hombre se reunió con nosotros y fuimos juntos más lejos, donde estaba un señor con una niña.
Volvimos a explicar lo que nos pasaba y el señor se levantó y habló con el hombre alto. Luego, los dos hombres,
la niña, Recalde y yo nos acercamos al fondeadero de la punta del Faro; el señor desató la barca y
él y el hombre alto entraron en ella.
Nosotros íbamos a embarcarnos, pero el señor nos dijo:
-Vosotros quedaos ahí.
El señor se puso al timón, el hombre izó la vela, y la lancha comenzó a marchar rápidamente hacia
Frayburu. Una hora después volvían, trayendo a Zelayeta.
El viejo nos preguntó nuestros nombres, y cuando yo le dije el mío se quedó mirándome fijamente.
Los tres aventureros reunidos volvimos a Lúzaro, cansados, destrozados.
En mi casa no pude ocultar la aventura; tuve que contarlo todo. Mi madre y la Iñure se hacían cruces.
-¡Qué chico! ¡Qué chico! -decían las dos.
Desde aquel día Joshe Mari Recalde comenzó a mirarme con gran estimación. El no haberme asustado
tanto como él en la cueva del Izarra le parecía, sin duda, una gran superioridad.
-No creáis -solía decir a los condiscípulos-. Parece que no, pero Shanti es muy valiente.
Muchas veces, después de tantos años, suelo soñar que voy en el Cachalote por la entrada de la cueva
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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del Izarra y que no encuentro sitio donde atracar, y tal espanto me produce la idea que me despierto
estremecido y bañado en sudor.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Libro segundo
Juventud
Mis primeros viajes
Capítulo I
Nuestra aventura fue muy sonada en Lúzaro; todo el mundo se enteró, y hubo que pagar el Cachalote
a Zapiain, el relojero y corredor de comercio.
Para nosotros no era cosa de avergonzarse; los chicos nos admiraban. Yo conté de mil maneras distintas
las impresiones que se experimentaban en la cueva del Izarra y demostré que en ella no había nada
maravilloso, sino resto del paso de contrabandistas.
Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda,. dejarme envanecer con esta aura popular, y después de
los exámenes en la Escuela de Náutica, me entregaron en manos de don Ciríaco Andonaegui, capitán de
una fragata de la derrota de Cádiz a Filipinas y de Filipinas a Cádiz.
Don Ciríaco había comenzado su carrera de marino de la misma manera, con mi abuelo, y era justo
hiciese por mí lo que uno de mi familia había hecho por él.
Mi abuela y don Ciríaco decidieron enviarme a navegar como agregado. Después le acompañaría a don
Ciríaco en la derrota de Cádiz a Filipinas, y, tras este viaje de un año o año y medio, me quedaría en San
Fernando para concluir mis estudios de náutica.
Mi viaje como agregado fue desde Liverpool a La Habana, en el bergantín Caridad, con el capitán
Urdampilleta. Tardamos más de dos meses; no fuimos en línea recta; bajamos a las Canarias, y desde allí
nos encaminamos a las Antillas.
De Cuba volvimos a Manchester y de Manchester a Cádiz.
En el bergantín aquel el aprendizaje era terrible; no se comía apenas, ni se podía dormir, ni mudarse; en
cambio, cuando hacía buen tiempo, una delicia: se jugaba a las cartas y se contaban cuentos de brujas y
de piratas. Los marineros, casi todos vascos, se avenían bien y no había riñas.
A la vuelta de este viaje me embarqué con don Ciríaco en Cádiz, en la Bella Vizcaína. La fragata me
pareció un salón, tan limpia, tan arreglada estaba.
Don Ciríaco, como su barco, era también muy atildado y muy pulcro. Llevaba casi siempre sombrero de
paja, traje blanco, patillas cortas, ya grises. Hablaba con un acento entre vascongado y andaluz, intercalando
palabras filipinas; tipo de marino a la antigua, conocía muy bien su derrota, pero en lo demás estaba
poco enterado. Le gustaba la ciudad y la vida social. Había estudiado en Vergara y sabía tres cosas no muy
frecuentes entre los marinos mercantes: sabía latín, sabía bailar y sabía hacer versos.
Don Ciríaco quiso completar mi educación, y varias veces me preguntó si no tenía afición a la poesía o
al baile; pero sin duda mis aptitudes no iban por ese camino.
Salimos de Cádiz; aún no se había pensado en abrir el istmo de Suez, y el viaje a Filipinas se hacía por
el cabo de Buena Esperanza. Bajamos por la costa de África a buscar los vientos alisios, atravesamos las
calmas ecuatoriales y paramos en Cabo Verde. Continuamos hacia el sur, hasta hallar los vientos del oeste
y poder cortar las calmas del trópico de Capricornio; doblamos el cabo y fuimos, dando una gran vuelta por
el mar de las Indias, en dirección del estrecho de la Sonda.
La primera Nochebuena a bordo la pasé en el océano índico, después de una tarde sofocante. De día,
el mar estuvo como una llanura inmóvil de cristal fundido por el sol, y la noche fue espléndida, cuajada de
estrellas refulgentes.
La mayor parte de la tripulación la formaban chinos, que no celebraban ese día. Pero los españoles, vascongados
y andaluces, estuvimos bebiendo y cantando hasta muy entrada la noche.
Atravesando el estrecho de la Sonda, nos quedaba poca distancia. Tardamos en toda la travesía cinco
meses, y, como el viaje en este tiempo era para don Ciríaco un éxito, entramos en la bahía de Manila disparando
cohetes.
Los días que pasé en Manila se deslizaron para mí rápidamente; todo lo encontraba nuevo y lleno de
interés; era un chico, y no tenía motivos más que para estar contento.
Salimos de Filipinas en marzo, y en vez de volver por el estrecho de la Sonda, fuimos con el monzón del
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sudoeste a entrar en el mar de las Molucas, pasamos por el estrecho de Gilolo y luego por el paso de Pitt
y el estrecho de Ombay.
Desde aquí hicimos rumbo, para llegar lo más pronto posible a la región de los alisios, que pensábamos
encontrar hacia los paralelos 18° o 20°; pero no tuvimos suerte.
Al doblar el cabo de Buena Esperanza luchamos con una violenta tempestad que por poco no nos arrastra
hacia los escollos del continente africano, y en todo el resto del viaje fuimos padeciendo borrascas y
tiempos duros.
Cuando pisé Cádiz sentí un verdadero placer. Hubiese querido ir a Lúzaro, pero el curso empezaba, y
don Ciríaco opinó que no debía perder ni un día de clase. El capitán me presentó en la Escuela de San
Fernando y me llevó a casa de una señora conocida suya en esta ciudad para que me tuvieran de huésped.
De la escuela de San Fernando saldría piloto primero, después haría un par de viajes y luego don Ciríaco
se retiraría, dejándome que le sustituyera en el mando de la Bella Vizcaína.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Historia de la Bella Vizcaína
Capítulo II
El primer sábado del curso, por la tarde, don Ciríaco se presentó en mi casa, en San Fernando, y me
dijo
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