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-Con la marea alta saldremos más fácilmente -dijo Recalde.
En esto oímos un crujido fuerte.
-¿Qué pasa? -nos preguntamos los tres.
No nos pudimos dar cuenta de lo que ocurría.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
35
La gruta de Izarra
Capítulo XIII
Nos asomamos a la borda. El Cachalote estaba hundido, sujeto a la amarra.
Sin duda, al chocar el bote con alguna piedra, se había abierto. ¿Qué íbamos a hacer? ¿Cómo volver a
Lúzaro?
Zelayeta propuso subirse al trozo de palo más alto de los que quedaban a la goleta y pedir auxilio desde
allí, si pasaba cerca alguna lancha pescadora; pero este remedio era lento y poco eficaz. A Recalde debió
parecerle, además el procedimiento, un tanto humillante, y dijo que teníamos que sacar el bote.
Entre los tres, tirando de la amarra, pudimos extraer del agua la chanela sumergida; pero no teníamos
fuerza para subirla hasta la cubierta del Stella Maris, y fuimos llevándola hasta el lado donde no azotaban
las olas, entre el barco y Frayburu.
Así dejamos el bote, medio atado, medio sostenido en el agua. Recalde se desnudó, se descolgó por un
trozo de escala hasta sostenerse en unas rocas, y él empujando, y Zelayeta y yo tirando de la cuerda,
logramos poner la lanchita a flote. A mí me daba espanto ver a Recalde en medio del agua, y le dije que
subiera, pero él afirmó que no corría el menor peligro.
El Cachalote tenía entre las costillas una rajadura como de un palmo de larga.
-Echadme trozos de cuerda -dijo Recalde.
Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fue rellenando la abertura hasta cerrarla por completo.
Como las cuerdas estaban empapadas en brea, servían muy bien. Después, cuando concluyó de cerrar la
vía de agua, dijo:
-Dadme la ropa.
Le echamos la ropa, y se fue vistiendo despácio.
Aquí no podemos ir más que dos -añadió-. Esto no resiste más; uno que reme y otro que vaya achicando
el agua y teniendo cuidado de que no se abra el boquete.
-¿Quién de vosotros va a venir?
-Dilo tú -contestó Zelayeta, no muy entusiasmado.
-Bueno; que venga Shanti. ¿Dónde está el achicador?
-Debe de estar en el bote; si no se ha ido al agua -le dije yo.
-Sin achicador no podemos hacer nada -murmuró Recalde.
Lo buscamos y lo vimos flotando a poca distancia.
-Vamos, baja -me dijo Recalde.
Me descolgué, un poco emocionado. La posibilidad de ir a explorar la gran sima de que hablaba
Yurrumendi se iba haciendo cada vez mayor. Me veía como aquel marinero del Stella Maris que el mar
había arrojado a una peña, con la cara carcomida y sin una mano.
-Hasta salir de las rocas rema tú -me dijo Recalde-; yo guiaré.
Comencé a remar; miraba con terror el suelo del bote, que se iba llenando de agua. Recalde dirigía; la
marea estaba en su pleno; pasamos por encima de los arrecifes sin el menor contratiempo. Dejamos
Frayburu a un lado y nos dirigimos hacia el Izarra.
Al salir de entre las peñas, en donde se rompían las olas, cambiamos de sitio.
-Ahora, yo remaré -dijo Recalde-; tú no hagas más que ir achicando.
Era tiempo porque el bote iba haciendo agua; tenía yo los pies y los pantalones mojados. Me puse a trabajar
con el achicador, con brío, y conseguí que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchísimo.
Pensábamos dar la vuelta al monte Izarra y atracar en la punta del Faro. Cuando se cansó Recalde de
remar, le sustituí yo. No quería mirar a tierra, para no ver la distancia que nos separaba.
Además, nos encontrábamos enfrente de la gruta del Izarra, de que tanto hablaba Yurrumendi, y nos
daba cierto temor.
Al cambiar de sitio no sé qué hicimos; el tapón de la abertura debió de moverse, y empezó a inundarse
de nuevo el bote. Recalde se agachó e intentó cerrar la vía de agua, pero no lo consiguió. Yo dejé de remar.
36
-Dame el pañuelo -me gritó él.
Le di el pañuelo.
-A ver, la boina.
Le di la boina, y mientras tanto me puse a sacar agua, para no pensar en la situación desesperada en
que nos veíamos. Recalde cerraba el agujero por un lado, pero se le abría por otro. Sudaba sin conseguir
su objeto.
-¿Sabes nadar? -me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.
-Muy poco -contesté yo, con un estoicismo siniestro.
Recalde persistió en sus tentativas, y llegó a impedir que siguiera inundándose el bote.
Estábamos a unos doscientos metros de la gruta del Izarra.
-¡Habrá que ir directamente a la cueva! -dije yo.
-¡A la cueva! ¿Para qué? -preguntó Recalde sobresaltado.
-No habrá más remedio. Si no, se nos va a abrir el Cachalote antes de llegar a la punta del faro.
-Sí, es verdad; vamos.
Comencé a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, para que no saltaran los tapones
del bote. Yo miraba a Recalde, y Recalde miraba el agujero enorme del Izarra, que iba haciéndose más
grande a medida que nos acercábamos.
Veía el terror representado en los ojos de mi compañero. La sima abría ante nosotros su boca llena de
espumas. Me esforcé en hablar tranquilamente a Recalde y en convencerle de que toda la fantasmagoría
atribuida a la gruta era sólo para asustar a los chiquillos.
Cuando yo me volví me quedé sobrecogido. Aquello parecía la puerta de una inmensa catedral irregular
edificada sobre el agua. Dos grandes lajas de pizarra negra la limitaban. Nos acercamos; nuestro estupor
aumentaba.
Fuimos bordeando algunas rocas de la entrada de la cueva: extraños y fantásticos centinelas. Recalde,
en el fondo mucho más supersticioso que yo, no quería mirar. Cuando le insté para que contemplara el interior
de la gruta, me dijo rudamente:
-¡Déjame!
Yo, al ver aquella decoración, comencé a perder el miedo. Miraba con una curiosidad redoblada. El
momento de acercarnos a la entrada fue para nosotros solemne. Dentro de la gruta negra todo era blanco;
parecía que habían metido en aquella oquedad los huesos de un megaterio grande como una montaña;
unas rocas tenían figura de tibias y metacarpos, de vértebras y esfeno¡des; otras, parecían agujas solitarias,
obeliscos, chimeneas, pedestales sobre los que se adivinaba el perfil de un hombre y de un pájaro;
otras, roídas, tenían el aspecto de verdaderos encajes de piedra formados por el mar.
Las nubes, al pasar por el cielo aclarando u oscureciendo la boca de la cueva, cambiaban aparentemente
la forma de las cosas.
Era un espectáculo de pesadilla, de una noche de fiebre.
El mar hervía en el interior de aquella espelunca, y la ola producía el estruendo de un cañonazo, haciendo
retemblar las entrañas del monte. Recalde estaba aterrado, demudado.
-Es la puerta del infierno -dijo en vascuence, en voz baja, y se santiguó varias veces.
Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. Él me miró, algo asombrado de mi serenidad.
-¿Qué hacemos? -murmuró.
-¿No habrá sitio donde atracar? -le pregunté.
Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las miraba desesperadamente, vio una
especie de plataforma, que seguía formando una cornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.
Nos acercamos a ella.
-A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba -me dijo Recalde.
Era imposible; no había saliente donde agarrarse y el bote se movía.
-¿Si echáramos el ancla? -me preguntó mi compañero.
-¿Para qué? Aquí debe de haber mucho fondo -contesté yo.
Me acordaba de lo que decía Yurrumendi.
-¿Qué hacemos entonces? ¿Salir de este agujero? -preguntó.
Recalde estaba deseándolo.
-Echa el ancla ahí arriba, a ver si se sujeta -le dije yo, indicando aquella especie de balcón.
Lo intentamos, y a la tercera vez uno de los garfios quedó entre las piedras. Subí yo por la cuerda a la
plataforma, y después él. Desenganchamos el ancla, por si la cuerda nos podía servir, y descansamos.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
37
Estábamos sobre una cornisa de piedra carcomida, llena de agujeros y de lapas, que corría en pendiente
suave hacia el interior de la cueva. Unos pasos más adentro, en su borde, había un tronco de árbol,
lo que me dio la impresión de que esta cornisa era un camino que llevaba a alguna parte. El Cachalote,
abandonado ya, lleno de agua, comenzó a marchar hacia el fondo de la gruta, dio en una piedra y se hundió
rápidamente.
Yo me adelanté unos metros.
La cornisa en donde estábamos se continuaba siempre con aquel tronco de árbol carcomido en el borde.
-Vamos a ver si de aquí se puede salir a algún lado -dije yo.
-Vamos -repitió Recalde tembloroso.
Realmente, si no teníamos salida, nuestra situación, en vez de mejorar, había empeorado. Avanzamos
con precaución, afirmando el paso; al principio se veía bien, luego la oscuridad se fue haciendo intensa.
Las olas entraban y hacían retemblar todo; rugían furiosas, con su voz ronca, en medio de las tinieblas, y
aquel estrépito del mar parecía una algarabía infernal de clamores y de lamentos.
A los treinta o cuarenta pasos de negrura comenzamos a ver delante de nosotros una pálida claridad.

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