o en el
Guezurrechape de Cay luce contando sus cuentos; pero los años no pasan en balde, y hace ya mucho
tiempo que Yurrumendi duerme el sueño eterno en el camposanto de Lúzaro.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
29
Las indignaciones de Shacu
Capítulo X
Recalde, Zelayeta y yo ingresamos en la Escuela de Náutica. Hubiéramos preferido ir, como los chicos
del muelle, a pescar con algún viejo marinero, pero no podíamos. Éramos víctimas de nuestra posición elevada.
Si queríamos ser marinos de altura, teníamos que estudiar, y para nosotros el ser pilotos de derrota
constituía una gran superioridad.
Afortunadamente, después del curso con don Gregorio Azurmendi, que nos explicaba matemáticas
vestido de frac y corbata blanca, llegaron las vacaciones de verano. Yo no podía hacer grandes escapadas,
porque estaba vigilado, pero algunas veces me fui a pescar chipirones y jibias con un pescador, fuera de
las puntas. Mi madre se alarmaba tanto que me quitaba todos los alientos.
-No sé qué vas a hacer cuando me embarque -le decía.
-Entonces, ya veremos.
Como tenía tantas dificultades para andar en lancha, decidimos Zelayeta y yo comprar un barco de
juguete para ver cómo se hacían las maniobras, y fuimos los dos a casa de Caracas, que era el maestro
constructor de aquella clase de barquitos. Los chicos le considerábamos a Caracas como un ingeniero
naval admirable, y pensábamos que lo mismo que un modelo haría una fragata.
Caracas tenía su tienda en la punta del muelle; un agujero negro, socavado en la muralla, donde vendía
alquitrán, sebo, barricas, clavos, maderas embreadas, redes y anzuelos de todas clases. Adornaba el fondo
de esta covacha un gran mascarón de proa, pintado y dorado, de algún barco antiguo.
Caracas, además de comerciante, era carpintero; de tarde en tarde tenía que hacer algún modelo de
barco de vela, para colgarlo en la iglesia de un pueblo próximo, y cuando estaba concluido y pintado, los
pescadores amigos desfilaban por el rincón aquel, para ver la obra maestra. También hacía modelos para
algunos marinos como exvoto. Sabido es que el llevar un modelo a una ermita es una forma de aplacar a
la divinidad.
El hermano de Caracas había sido hasta su muerte uno de los hombres más trapisondistas del pueblo;
algunos aseguraban que había dejado más de media docena de viudas en diferentes puntos de España y
de América, y una porción de herencias fabulosas en su testamento, herencias que no existían más que en
su acalorada imaginación.
En la cueva de Caracas solían estar a todas horas, de tertulia, un borracho que se llamaba Joshepe
Tiñacu, y un tipo medio tonto, de blusa azul y de gorro rojo, que vigilaba las lanchas, apodado Shacu.
Zelayeta y yo intimamos con aquellos y otros avinados personajes al ir a ver cuándo concluía Caracas
nuestro barco.
Joshepe Tiñacu era de esos marineros holgazanes y borrachos que se pasan la vida en el puerto con
las manos en los bolsillos. Muy de tarde en tarde se embarcaba y volvía pronto a Lúzaro. Continuamente
andaba de taberna en taberna y de sidrería en sidrería. Cuando estaba borracho hacía tales dibujos por las
calles que, como decía Yurrumendi, sólo por verle marchar trompicando se le podía convidar a vino.
Al llegar Joshepe Tiñacu a casa se paraba, y con voz suave e insinuante solía decir a su mujer:
-Anthoni, saca el disco.
La mujer se asomaba a la ventana con una luz, y el borracho entonces entraba en su casa.
Cuando Caracas concluyó nuestro barco fuimos Zelayeta y yo a la rampa del muelle, lo pusimos en el
agua, y el barco, como si estuviera cansado, se tendió suavemente y se le mojaron las velas.
Por más arreglos que intentamos hacer, no llegamos a poner a flote el barco construido por Caracas.
Como decorativo, lo era; para aparecer colgado en el crucero de una iglesia estaba muy bien, pero no andaba
en el agua.
Así son muchas de nuestras cosas.
Para mitigar este fracaso, Shacu se avino, por consejo de Caracas, a prestarnos una chanela de Zapiain,
el relojero y corredor de comercio. Esta chanela, que Shacu guardaba, se llamaba el Cachalote.
Al principio le dábamos al guardián alguna moneda para tenerle contento, pero luego le cogíamos la lan-
30
cha sin decirle nada. Mientras veía que entrábamos en el bote, hacía como que no se fijaba; pero cuando
pasábamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y se ponía a gritar con todas sus
fuerzas:
-¡Dejad esa lancha, granujas!
Nosotros no le hacíamos caso, seguíamos remando, y él, más enfurecido, gritaba:
-¡Ladrones! ¡Piratas! ¡Corsarios! Ojalá os muráis de repente.
Entonces Zelayeta, que a veces tenía mala intención, le decía:
-Vamos a vender tu lancha. ¡Llora, Shacu!
Y a él le entraba tal desesperación que pateaba, tiraba el gorro rojo al suelo y casi comenzaba a llorar
de rabia.
Con el Cachalote no andábamos más que por el puerto y por la ría; no nos atrevíamos a cruzar la barra
en una lancha tan ligera, porque una ola un poco más fuerte podía tumbarla.
Si el puerto no tenía nada que ver, en cambio, la ría era muy bonita. Una de las orillas la formaba un arenal
fangoso, en donde estaba el astillero de Shempelar. En la marea baja, en este arenal se pescaban
anguilas, y constantemente había una serie de barcas negras en hilera. La otra orilla era agreste, rocosa;
mostraba entre las peñas y matorrales cuevas en donde, según la tradición popular, se guardaban armas
cuando la guerra de la Independencia. Nosotros, Zelayeta, Recalde y yo, encontramos en una un gran
cañón de bronce, pero hicimos los tres juramento de no comunicar a nadie nuestro hallazgo.
Un poco más lejos, antes de la primera presa, había poéticos rincones llenos de espadañas y de saúcos,
y una pequeña gruta por donde brotaba un manantial.
Al volver de nuestras expediciones, a Shacu se le había pasado la rabieta. Únicamente alguna vez nos
recomendó, en tono de mal humor, que no volviéramos a robar.
Un día nos decidimos a pasar la barra, y desde entonces perdimos el miedo y entrábamos y salíamos
del puerto con el Cachalote, aunque hubiera mucho oleaje.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
31
El naufragio del Stella Maris
Capítulo XI
Una mañana de otoño, tendría yo entonces catorce o quince años, vino Recalde, antes de entrar en
clase en la Escuela Náutica, y nos llamó a Zelayeta y a mí.
Una goleta acababa de encallar detrás del monte Izarra, cerca de las rocas de Frayburu.
Recalde el Bravo, padre de nuestro camarada Joshe Mari, y otro patrón, llamado Zurbelcha, habían salido
en una trincadura para recoger a los náufragos. Decidimos Zelayeta, Recalde y yo no entrar en clase,
y, corriendo, nos dirigimos por el monte Izarra hasta escalar su cumbre.
Hacía un tiempo oscuro, el cielo estaba plomizo, y una barra amoratada se destacaba en el horizonte;
el viento soplaba con furia, llevando en sus ráfagas gotas de agua. Las masas densas de bruma volaban
rápidamente por el aire. Tomamos el camino del borde mismo del acantilado; las olas batían allí abajo
haciendo estremecerse el monte. La niebla iba ocultándolo todo, y el mar se divisaba a ratos con una pálida
claridad que parecía irradiar de las aguas.
Contemplábamos atentos el telón gris de la bruma. De pronto, tras de un golpe furioso de viento, salió
el sol, iluminando con una luz cadavérica el mar lleno de espuma y de color de barro.
Con aquella claridad de eclipse vimos entre las olas la lancha que intentaba acercarse a la goleta
encallada.
-¿Es tu padre el que va de patrón? -le pregunté yo a Recalde.
-No, es Zurbelcha -me dijo él.
Zurbelcha, envuelto en el sudeste, encorvado hacia adelante, llevaba el remo que hacía de timón, era el
práctico que conocía mejor la costa y los arrecifes.
Un movimiento a destiempo y la lancha se estrellaría entre las rocas. Zurbelcha tenía los nervios de
acero, y una precisión de algo matemático.
Los remos se hundían y se levantaban rítmicamente; a veces los remeros daban una pasada para atrás,
con el objeto de no avanzar, sin duda esquivando alguna roca. Olas como montes y nubes de espuma
ocultaban, durante algún tiempo, a aquellos valientes.
En la cubierta del barco encallado, dos hombres y una mujer accionaban y gritaban. El viento nos trajo
sus voces.
La lancha se fue acercando al costado de la goleta, estuvo sólo un momento junto a ella, y se desasió
violentamente del casco del buque perdido y se hundió entre las espumas. Los dos hombres y la mujer
desaparecieron de la cubierta.
Creímos que la trincadura había desaparecido en el mar. Esperamos con ansiedad, registrando el horizonte
con la mirada. Allá estaban; los vimos entre la niebla. Zurbelcha seguía inclinado sobre su remo y la
lancha avanzaba hacia el puerto.
Quedaba otra dificultad: el pasar la barra. Recalde, Zelayeta y yo llegamos a la punta del muelle en este
momento. El atalayero, desde las rocas, fue dando instrucciones con la bocina a Zurbelcha, y la lancha
pasó sin dificultad.
Poco después, los náufragos estaban en tierra firme. De los dos hombres, uno era alto, viejo, de sotabarba,
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