PEDRO DE ORSÚA. RELACIÓN DE LA JORNADA DE OMAGUA Y DORADO. Педро де Орсуа. Доклад о Походе в Омагуа и Эль Дорадо.


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harto inverosímil que Pedrárias lo profiriese, sin que
al punto Mendoza lo hubiera degollado; mas, según
la versión del J.—142, el yerno del Alcalde se cortó y
turbó al saltar la sangre de la garganta, por cuyo mo-
tivo dejó al Pedrárias, que se estuvo desangrando
toda aquella noche. También en este pasaje se cuen-
tan varios pormenores y circunstancias, que merecen
particular atención por parte del crítico, pues aunque
los detalles indicados propenden siempre á favorecer á
Pedrárias, y, en este concepto, es natural que haya
alguna exageración, no por éso debemos deducir que
el relato en todas sus partes sea absolutamente falso.
Además, se comprende muy bien que Pedrárias cuente
su peligrosa aventura, no sólo con todo el realce po-
sible, sino también desde otro punto de vista que el
Bachiller Vázquez. Aquél, como en extremo intere-
sado, aun prescindiendo de todo sentimiento de vani-
dad, habla muy dentro de la cuestión y del suceso.
Este, por el contrario, supo la llegada de los prisione-
ros y refiere el caso como quien habla, por decirlo así,
desde la parte de afuera. El uno relata como historiador
que sólo se atiene al hecho externo, mientras que el
otro se produce como quien escribe sus propias memo-
rias. Así, Pedrárias en este pasaje puede llegar hasta el
punto de revelarnos sus más recónditas intenciones,
como en efecto lo verifica, diciéndonos que llamó al

— XXVII —

Mendoza bajo el pretexto de que le pusiese bien la
cadena; pero, en realidad, con el propósito de quitarle
la espada y ver si podia soltarse de las prisiones.
Sin duda hubo de comunicar su intento á su com-
pañero Alarcon, el cual debió desaprobarlo, supuesto
que Pedrárias añade que su camarada estábase quedo
y decia: «¿para qué es eso, sino morir como cristia-
nos?» Tanta resignación no agradaba, por lo visto, al
dicho Pedrárias, quien despechado é iracundo por no
haber podido salir con lo que quiso hacer, se echó en el
suelo y rogó muy encarecidamente á sus conductores
que le cortasen allí la cabeza. Abrigamos la íntima
convicción de que Pedrárias, con la mira de darse im-
portancia, según su costumbre, exajera en este pasaje
las precauciones con que los conducen en una cadena,
y cada uno con dos collares al pescuezo, así como tam-
bién que abulta y encarece la valentía y alcance de su
propósito; pero aun con todo y con eso, todavía
nuestra severa imparcialidad concede al narrador, que
en lo más escondido de su pensamiento pudo acari-
ciar el valeroso y aun temerario proyecto que insi-
núa; pero como pensar no es lo mismo que ejecutar, la
rebaja que debe hacer aquí la sana crítica no se refiere
tanto á las jactancias expresas del escritor, como ala
situación del prisionero, á la fuerza de las cosas y al
poder insuperable de las circunstancias exteriores.
De todas maneras, y aun suponiendo que ni con
la idea ó pensamiento hubiese ido Pedrárias tan lejos
en su propósito, como sus palabras indican, nosotros
admitimos que algo hubo del arriesgado plan, y que
por lo menos fueron muy reales, ciertos y efectivos
el despecho y la ira de no haber podido realizarlo,

- XXVIII -

cuando á mayor abundamiento este accidente natura-
lísimo, proporciona una explicación positiva, segura y
plausible al hecho de resistirse Pedrárias súbitamente
á seguir marchando; explicación que no suministra el
manuscrito J. —136, que de un modo indeciso atri-
buye la conducta del preso á varios móviles, diciendo
que éste se habia sentado en el suelo y no queria le-
vantarse, ó porque se cansó, ó por probar si por aque-
lla vía dejaban de llevarle ante el tirano. El Bachiller
aquí se atiene á meras conjeturas; pero ellas no impi-
den que su relato se halle conforme con el ejemplar
./.—142, en cuanto á la sustancia ó hecho principal
de negarse obstinadamente Pedrárias á proseguir su
camino.
El códice J.—T 36 continúa su relación en la forma
que sigue: «Llegados á la Valencia, el tirano mandó
hacer cuartos al Diego de Alarcon, y le llevaron desde
la posada del tirano al rollo de la plaza de la Valen-
cia, por las calles con un pregonero, etc. 1 .....E ins-
pirando Dios en el dicho tirano, perdonó á Pedro
Arias y le mandó curar de la herida de la garganta.
Cosa, cierto, insólita y que hasta allí el dicho tirano no
acostumbraba á hacer con nadie.»
Llamamos muy particularmente la atención de
nuestros lectores sobre estas últimas palabras, porque
ellas demuestran bajo diferentes aspectos cuan difícil,
por no decir imposible, suele ser el empeño de los
que pretenden apropiarse obras ajenas á fuerza de as-
tucia, de supresiones hábiles, de asertos cuidadosa-
mente preparados, de previsoras enmiendas y de cal-

1 Véase la variante páginas 135 y 136.

— XXIX —

culadas interpolaciones. Sucede en este linaje de
empresas como en la mayor parte de los delitos, que
por grandes que sean la perspicacia, el arte y habili-
dad de los perpetradores, siempre dejan algún cabo
suelto por donde el Juez ó el crítico vienen á recono-
cer más tarde la verdad incontrovertible del caso. Así
acontece en la ocasión presente, porque, si en efecto el
tal Pedrárias hubiera sido tan sagaz y astuto como su
temerario empeño requeria, de seguro que habría con-
certado su narración de modo que no resultasen con-
tradicciones tan palmarias é inconciliables; y desde lue-
go, y sobre todo, hubiera suprimido las siguientes fra-
ses: «Y luego mandó curar al dicho Pedrárias de Al-
mesto, y le perdonó, echándole cargo que mirase lo
que habia hecho por él, que, cierto, fué cosa de gran
milagro que Dios habia inspirado en el tirano para no
usar de su gran crueldad, y cosa que es insólita, y que
hasta allí el dicho tirano no habia usado con otro ninguno.»
Ya en otro lugar negamos como conocidamente
falsa la afirmación de Pedrárias de Almesto, cuando
asegura que se huyó en la isla Margarita, y que con-
ducido ante Lope de Aguirre por un Alférez, cuyo
nombre se le olvida, aquél lo dejó salvo sin más que
amenazarle, diciendo que pasase aquella y que mirase por
si; pero ahora nuestro anterior juicio adquiere plení-
sima confirmación, no ya sólo por nuestras precedentes
deduciones, sino también por la propia confesión del
mismo Pedrárias, que en términos aun más expresivos
que el Bachiller encarece como cosa de gran milagro la
inusitada clemencia que Dios habia inspirado en el feroz
caudillo, sin advertir la garrafal contradicción en que
incurre, supuesto que poco antes nos ha dicho que

- XXX -

otra vez y recientemente Aguirre le habia perdonado.
A primera vista parece increíble tan torpe des-
cuido; pero el fenómeno lógico y psicológico á que
obedecen los hechos de esta naturaleza, no puede
ocultarse á la sagacidad y atención de la crítica, que
penetra el modo y forma interior en que se producen
las operaciones del entendimiento humano. En efecto,
cuando en los trabajos intelectuales se siguen las
huellas de otro, sucede que la labor ya dada y las fra-
ses ya hechas del autor que sirve de modelo, ejercen
un influjo poderoso é inevitable sobre el que imita, el
cual se afana por aprovechar á todo trance el mayor
número posible de pensamientos y párrafos, de suerte,
que es necesario tener un talento muy superior y es-
tar además muy sobre sí para lograr sustraerse á los
efectos de esta fascinación irresistible; y he aquí la
explicación del enorme descuido de Pedrárias, que
invenciblemente arrastrado por el giro y el corte de la
narración del Bachiller, siguió su impulso y aprove-
chó sus conceptos, sin sospechar que él mismo se des-
mentía y se denunciaba.
No sin razón se dice que la verdad adelgaza, pero
no quiebra; pues que el más interesado en oscurecerla
ó negarla, suele contribuir, sin pensarlo ni quererlo,
á que luzca incontrastable con el resplandor de la
evidencia.
III.
Hemos afirmado que el trabajo primitivo y origi-
nal de ambas RELACIONES fué uno sólo, y en efecto,
no juzgamos necesario insistir sobre este punto, pues
que basta el simple cotejo de los dos citados manus-

critos para convencerse de la exactitud indiscutible de
nuestro aserto.
Mas desde luego se ocurre preguntar: ¿cómo
pudo suceder que la primitiva RELACIÓN, hecha indu-
dablemente por el Bachiller Francisco Vázquez, vi-
niese á manos de Pedrárias de Almesto, que á su vez
pretende pasar por autor de tan interesante y curioso
escrito? La contestación cumplida y satisfactoria á la
precedente pregunta, debe constituir, á nuestro jui-
cio, el objeto principal de la presente ADVERTENCIA.
Procuraremos, pues, satisfacer nuestro difícil
empeño y el natural deseo de los lectores, llevando á
su ánimo nuestra propia convicción, no arbitraria-
mente formada, sino con rigor deducida de las varian-
tes y del contexto de ambos manuscritos. Cuales-
quiera que fuesen las improvisadas apreciaciones que

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