PEDRO DE ORSÚA. RELACIÓN DE LA JORNADA DE OMAGUA Y DORADO. Педро де Орсуа. Доклад о Походе в Омагуа и Эль Дорадо.


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guna parte de la gente que allí estaba; y el tirano, con
harto dolor y tristeza, los miraba cómo se iban; y tor-
nándose á entrar en su fuerte, halló que todos los
más que allí habian quedado se habian comenzado á

i Pedro Brabo de Molina.
2 á vista del tirano y de los demás, comenzó á decir á voces: «¡ Al Rey,
caballeros, al Rey!» Y se comenzó á ir hacia la barranca donde estaba
el Maese de campo con la gente, y tras él la mayor parte de la gente que
allí estaba, etc.

huir por una huerta saltando los bahareques y tapias
del fuerte; y viéndose con no más de seis ó siete de
los que decian ser sus amigos, y entre ellos un su
capitán Llamoso, le dijo el tirano: «Hijo, Llamoso,
¿qué os parece desto?» Y el Llamoso respondió: «Que
yo moriré con vuestra merced, y estaré hasta que nos
hagan pedazos.» Y el tirano volvió el rostro, y vido es-
tar un soldado, que hemos dicho que se habia señalado
en servir al Rey, que se decia Pedrárias de Almesto,
al cual le dijo el tirano: «Señor Pedradas, estaos
quedo, y no salgáis de aquí, que yo diré antes que
muera quién y cuántos han sido leales al Rey de Casti-
lla; que no piensen estos, hartos de matar á goberna-
dores y frailes y clérigos y mujeres, y robado los pue-
blos y quemádolos y asoládolos, y hecho pedazos las

i por una puerta de bahareques, que estaba en las espaldas del cer-
cado; y viéndose solo, sin ninguno de sus marañones, desesperado, rei-
nando el diablo en él, en lugar de arrepentimiento de sus pecados, hizo
una brava crueldad, mayor que las pasadas, con que echó el sello á todas
sus maldades, que fué dar de puñaladas á una sola hija que traia en el
campo, mestiza, y muy hermosa, y que se miraba en ella. Y cuando la
mató, dijo que la mataba porque no quedase entre sus enemigos, ni la
llamasen hija del tirano. Y á estas horas, andándose el dicho tirano
paseando por la casa donde posaba, dentro del cercado, desmamparado de
los suyos, llegaron algunos soldados desús marañones, de los que se le
habian huido antes, con otros del campo del Rey; y él, como los vido, se
rindió luego, y dio las armas á uno de sus marañones, llamado Custodio
Hernández, y muy su amigo. Y á este tiempo llegó el Maese de campo
Diego García de Paredes, con otros soldados que con él venian, y viendo
al tirano y á su hija cabe él llena de heridas, sabiendo quién era y cómo
la habia muerto, se espantaron todos de tan cruel hecho y lo afearon
mucho al tirano la maldad que habia hecho; el cual respondió lo que
digimos arriba y que tuvo por menos mal matarla que dejarla viva,
habiendo él de morir entre sus enemigos, y ser p... de todos. Y rogó el
tirano al Maese de campo que no le matase, etc. (Véasepág. i83, Un. n.)
Como se ve, también aquí está suprimido todo lo referente á la eficaz
intervención de Pedrárias de Almesto. (N. del E,)

— 182 —

cajas reales, que agora han de cumplir con pasarse á
carrera de caballo y á tiro de herrón al campo del Rey.»
Y el dicho Pedrárias, no hallándose seguro de las trai-
ciones de aquel, aguardó coyuntura, y como no tenia
armas, y estaban centinelas á la puerta del fuerte dos
arcabuceros, acordó de arremeter con una lanza que
allí estaba, y salir por la puerta dando voces: «¡al Rey!
¡al Rey!» y los que estaban guardando la puerta hicie-
ron lo mismo. Y luego los negros que estaban con su
General salieron diciendo al Pedrárias: «Señor, llévanos
al campo del Rey, porque no nos maten en el ca-
mino.» Y así, luego el tirano perverso, viéndose
casi solo, desesperado el diablo, en lugar de arrepen-
timiento de sus pecados, hizo otra crueldad mayor
que Jas pasadas, con que echó el sello á todas las
demás; que dio de puñaladas á una sola hija que
tenia, que mostraba quererla más que á sí. Y como
al dicho Maese de campo llegó el Pedrárias, y le
dijo del arte que quedaba el tirano, y vido que
venian con él todos los negros y las guardas que él
tenia puestas á la puerta del fuerte, tomando pares-
cer con el dicho Pedrárias que qué se haria, le res-
pondió que ir al fuerte y dar sobre él, y rendirle;
y así, el Diego García de Paredes, Maese de campo
de Su Majestad, mandó apear á uno de los que
allí venian en su compañía, y le dio el caballo al
dicho Pedrárias, y le dijo que fuesen ambos delante,
y los demás tras él, que serian como hasta quince
hombres de á caballo; y fueron de una arremetida al
fuerte, y el Maese de campo y el Pedrárias entraron
dentro, no con poco temor de la artillería, que pu-
diera estar el tirano con ella para dispararla en ellos;

— i83 —

y fué Dios servido que, como entraron, no habia el
tirano caido en ello, con su turbación; y allí se
apearon, y rindieron el tirano; el cual, como vido que
el Maese de campo y el Pedrárias echaron mano, y le
amagaban á dar con una espada, dijo: «¡Ah, señor Pe-
drárias! ¿qué malas obras os he hecho yo?» Y el Pedrá-
rias le comenzó á querer desarmar, y le quitó un capote
pardo con pasamanos que tenia sobre las armas; y
luego el Diego García de Paredes le quitó el coselete;
y luego llegó toda la gente de golpe, y allí hallaron á
los pies del tirano á su hija muerta á puñaladas. Y á
este tiempo rogó el tirano á Diego García de Paredes
que no lo consintiese matar de ninguno de sus mara-
ñones, y que lo oyesen primero, y lo llevasen al Go-
bernador y Capitán general, que queria hablar con
ellos cosas que convenían mucho al servicio de Su Ma-
jestad; pero dos de sus marañones, y no -poco cul-
pados \ que no se dirán sus nombres hasta que haya
oportunidad, como le oyeron decir estas palabras, por
temor de que no dijesen cosas que á ellos les dañasen 2
y condenasen, con los arcabuces que traian le tiraron
uno tras otro; y el primero arcabuzazo, que le dio algo
alto encima del pecho, habló entre dientes, no se supo
qué pudo decir; y luego como le tiraron el segundo,
cayó muerto sin encomendarse á Dios, sino como
hombre mal cristiano y, según sus obras y palabras,

i en la tiranía, ansí como le oyeron, etc.
2 y porque también el Maese de campo gustó dello; el uno dellos
llamado Custodio Hernández, y el otro Cristóbal Galindo, que traian dos
arcabuces cargados, le tiraron uno tras otro; y al primero arcabuzazo,
que le dio algo alto, encima del pecho, dicen que dijo: «No es éste nada;»
y al otro, que le dio por medio del pecho, dijo: «Este sí,» y así cayó luego
muerto, sin encomendarse á Dios, etc.

- i84 -
como muy gentil hereje, fundado en vanidad, porque
le paresció á él que en aquello consistía su buenaven-
turanza, en que le tuviesen más por animoso que
por cristiano, porque habia dicho muchas veces que,
cuando no pudiese pasar al Pirú y destruirle, y matar
todos los que 1 en él estuviesen, que á lo menos la fama
de las cosas y crueldades que hubiese hecho, que-
daría en la memoria de los hombres para siempre; y
que su cabeza seria puesta en un rollo, para que su
memoria no peresciese, y que con esto se contentaba.
Y 2 ansí, fué su ánima álos infiernos para siempre, y
del quedará entre los hombres la fama que del mal-
vado Judas, para blasfemar y escupir de su nombre,
como del más malo y perverso hombre que habia nas-
cido en el mundo 3.
Muerto, pues, el perverso tirano, le fué cortada
la cabeza 4 por uno de sus marañones, y no poco culpa -

i matar todos los que contra él fuesen, que á lo menos, etc.
2 Y así se cumplió á la letra, y su ánima fué á los infiernos, adonde él
decia muchas veces que deseaba ir, porque allí estaba Julio César y el
Magno Alejandro y otros bravos capitanes á este tono, y que en el cielo
que estaban pescadores y carpinteros, gente de poco brío. Él se fué á los
infiernos á tenerles compañía, á do estará para siempre, y del queda y
quedará memoria, etc.
3 Aquí en esta muerte deste cruel tirano no faltaron contemplativos
del campo del Rey que dijeron que el Maese de campo no acertó en
habello mandado matar, pudiendo tomarlo vivo y traerlo ante su Gober-
nador y Capitán general; y que lo hizo, lo uno por decir que él lo mató,
y lo otro, porque andaba disgustoso con el dicho Gobernador. Sea como
fuere, que el Maese de campo sirvió muy bien á Su Majestad en este caso,
con mucho cuidado, como se ha visto en esta historia, y es digno de que
Su Majestad le haga mercedes.
Muerto, pues, el tirano, le fué cortada la cabeza, etc.
4 y salió el Custodio Hernández al encuentro con ella al Gobernador y
Capitán general, que ya venian con toda la gente que habia quedado con
ellos; y luego mandó el Gobernador hacerle cuartos, y puesto en cuatro
palos por los caminos alrededor de Barequicimeto, y su cabeza, etc.

— i85 —

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