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Хорхе Хуан и Антонио де Ульоа. Секретные сведения об Америке. Часть вторая. Jorge Juan y Antonio de Ulloa. DISCURSO Y REFLEXIONES POLITICAS SOBRE EL ESTADO PRESENTE DE LA MARINA EN LOS REINOS DEL PERU


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26. La infantería tiene de prest quince pesos al mes, y como estando en tierra se incluye en este dinero el pan, es lo menos que se le puede asignar para que se mantengan. Cuando están embarcados tienen los mismos quince pesos y la ración regular de armada, y aunque entonces pudiera descontárseles alguna cosa, no nos parece que se debe hacer, atendiendo a que, estando embarcados, debe dárseles más prest que en tierra por ser mayor el trabajo, pues en la mar es preciso que tengan la guardia un día sí y otro no, lo que no sucede en tierra si no es por algún caso extraordinario; que si se navega son de su obligación las faenas que se hacen encima del alcázar, de cuyo trabajo, o de otro equivalente, están exentos cuando están en tierra, y, finalmente, que hallándose desembarcados, tienen libertad de trabajar cada uno en su oficio, porque todos saben alguno, y ganan lo bastante para que, junto con lo que se les da de prest, puedan mantener sus mujeres e hijos los que son casados, que, por ser tropa patricia, todos o la mayor parte de ella lo están, y cuando tienen destino en los navíos carecen de este subsidio, por lo que siempre parece que es justo el no hacerles mucho descuento de este prest, para que puedan dejar socorros a sus mujeres para mantenerse con los hijos que tuviesen. Pero esto no embaraza el que se les rebajase una tercera parte estando embarcados, porque todavía les quedaría suficiente con los dos tercios, que serían diez pesos cada mes, y el daño que resultaría de esta rebaja no lo padecerían las tripulaciones ni sus dependientes tan sensiblemente como los capitanes y contramaestres de los navíos, que son en quien por último se refunde la mayor parte de lo que importan los pagamentos.

27. Entre aquellos antiguos usos que se conservan en la Armada del mar del Sur, lo era la taberna, y más propiamente la tienda que allí llaman pulpería, que por costumbre nunca reformada en aquella mar les está permitido tener no sólo a los contramestres o sargentos, sino también a los capitanes, y entre otras utilidades que redundan en su beneficio por el comando del navío lo era la pulpería. Redúcese ésta a una tienda en donde se encuentra todo lo que se puede imaginar de comestibles y de aquellos géneros que gasta la gente de mar; el pan tierno, sacando crecida porción [de él] cuando salen de los puertos, tienen para vender los primeros días de navegación; a imitación de esto llevan tarros de dulces y de picantes y, a correspondencia, vinos, aguardientes y frutas secas; y por la correspondiente a géneros se encuentran en estas tiendas paños y pañetes de la tierra, bayetas, tocuyos, cintas, hilo, agujas y otras menudencias de esta calidad. Desde que se hacen los pagamentos en aquel puerto empiezan a hacer lucro estas pulperías, y al fin de a campaña se resumen en ellas todo lo que el pagamento ha importado, excepto aquellas pequeñas porciones que los marineros o soldados dejan a sus mujeres y otras personas. Y terminada la campaña le quedan al dueño de la pulpería de tres a cuatro mil pesos de ganancias o más.

28. No hay duda en que siendo el capitán del navío el dueño de la acción, podrá prohibir la venta a los demás para que todas las ganancias resulten a su favor. Y así, cuando lo ejecutan los contramaestres, o es con licencia suya para hacerlo con tales y tales géneros determinadamente, o con el disimulo necesario para que el capitán no lo sepa; también sucede que éste hace parcería con el contramaestre, y se convienen a mitad de ganancias, en cuya forma les tiene más cuenta a los capitanes, porque se libertan de lo que sus criados les pueden extraviar, y tienen la seguridad de que los contramaestres, que en tal caso corren con la pulpería, celarán bien la hacienda de entrambos. Aún fuera menos injusto el que los capitanes prohibieran ya que siguiendo la antigua costumbre debe haber tiendas en los navíos el que algún otro las pudiese tener, si al mismo tiempo no se opusiesen a que, cuando entran en algún puerto, acuda la gente de él a vender comestibles a bordo; pero como esto no les tendría cuenta, lo defienden con tal rectitud que las tripulaciones están reducidas, aun dentro del puerto, a comprar de las pulperías, con una usura tan considerable como que las rutas, las carnes y el pan, que en la población vale como uno, llevado a bordo se vende por cuatro o más, a cuya proporción aumenta el precio tan considerablemente luego que los navíos salen del puerto, que un panecillo, que en tierra costaba medio real de aquella moneda, levanta el precio, y ya vale cuatro rales, que es medio peso; y a este respecto sucede lo mismo con las frutas, con lo salado y con todo lo demás. Y finalmente allí se venden dados y naipes, y hay juego público, con el grave perjuicio de que, durando éste de noche, se mantiene una luz que, siendo peligrosa por todos títulos, lo es con particularidad en lugar tan ocasionado como las tabernas y lugar de juego.

29. Bien mirado todo, se hallará que el monto de las soldadas de aquellas tripulaciones es beneficio del capitán y del contramaestre, y a éstos es a quien principalmente les tiene cuenta que sean crecidas las que estén asignadas a cada clase de la tripulación, porque tanto mayor es la utilidad que les debe quedar. Sin diferencia alguna, seguían la misma conducta los capitanes de aquella mar que los corregidores de tierra, porque en todo seguían igual régimen.

30. Lo que se pudo reformar de todo este desorden en nuestro tiempo y comando fue renunciar el fuero de tener aquella tienda o pulpería que, según la costumbre, podía sernos lícita; no admitir la parcería del contramaestre, prohibir que éstos pudiesen vender naipes y dados, ni tener luz en las tabernas, o admitir en ellas jugadores, y dar amplia facultad para que entrasen a bordo de los navíos, cuando estaban en los puertos, todos los portadores de comestibles que fuesen de tierra. Con lo cual se dio libertad para que las tripulaciones pudiesen comprar con conveniencia lo que necesitaban, sin estar sujetos a las tiranías que antes experimentaban. Bien hubiéramos querido reformarlo todo, pero no se pudo hacer más, porque siempre es difícil en los principios reducir la libertad a los términos de la estrechez y ceñirla a la razón; y por esto fue preciso, aunque con repugnancia, disimular mucho para evitar mayor daño, y contentarnos con dar principio a la reforma de los desórdenes, no siendo éste ni el primero ni el único que se corrigió entonces, pues ya le había precedido otro no menos pernicioso. Porque a imitación de la conducta que se ha dicho en las sesiones donde se trata de este asunto, tienen en el Perú los gobernadores de las plazas, o los otros cabos militares de ellas, era la de los capitanes de navío en aquel mar; y así como aquéllos hacen fraude en la tropa por distintos modos, éstos lo practicaban en las tripulaciones vendiendo, para decirlo en sus propios términos, las plazas de ellas, porque antes de darlas se convenía con el capitán el marinero, dándole un tanto porque le hiciese sentar plaza de artillero, o de marinero, o porque lo hiciese oficial de mar. De lo cual sacaban sumas muy crecidas, pues a excepción de los oficiales de guerra, del proveedor y veedor, y del escribano, que eran nombrados con independencia del capitán, todos los demás le debían contribuir forzosamente con cierta cantidad proporcionada a cada plaza del navío. Y así el mandar navío era en aquel mar de tanto ingreso como el gobernar un corregimiento, y uno y otro bien perjudicial al bien público y al servicio del rey, cuando la conducta de los que manejaban tales empleos no seguía distinto rumbo que el corriente del país.

31. Este arbitrio de vender las plazas ha sido más usado en los viajes de armada a Panamá, que en las campañas de tiempo de guerra, porque las utilidades de aquellos son más crecidas; pero no obstante, así en unos viajes como en otros se practicaba este desorden sin cautela ni reparo. Este inconveniente, que verdaderamente es grande, trae consigo el fuero que tienen allí los capitanes para poner por sí las tripulaciones, dando a cada uno la plaza que le parece, proponiendo personas para oficiales de mar, y haciendo, sin intervención de nuestro ministerio, las listas de las tripulaciones. Si los capitanes no se apartasen de la razón y de lo que deben [hacer] como hombres de honor, no habría mejor método para tripular bien los navíos. Los dos que nosotros mandamos lo fueran perfectamente, porque hubo gente en que escoger, [y] admitiendo para cada clase a aquella que era propia para ella, a ninguno se le dio más plaza que la que merecía; y por este cuidado salieron del Callao los dos navíos dejando admirados al virrey, a su comitiva y a lo más principal de Lima que fue a visitarlos, y a los mismos ministros del arsenal, que todos unánimes convenían en que, hasta entonces, no se había hecho armamento de igual calidad ni a menos costa.

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