9. El número de capitanes de navío que había en El Callao estaba reducido a los dos que hacían de comandante y almirante; el de teniente de navío, a cuatro o cinco, y otros tantos de alféreces de navío, los cuales eran suficientes para los dos navíos que se armaban por lo regular; y cuando se ofrecía mayor número, hacía el virrey creación de oficiales que servían la campaña, y después quedaban reformados. Este método se practicaba siempre hasta el año de 1745, que dejamos aquellos reinos, y de él se seguían los perjuicios que son regulares contra el real servicio, pues nombrando para los empleos personas que no tenían inteligencia en el servicio de la marina, no se dstinguen los navíos de guerra de los mercantes, y así eran correspondientes los sucesos de la campaña, cuyos ejemplares aún no han podido borrarse de la memoria, porque el tiempo que ha pasado después que sucedieron, no es bastante para desfigurarlos.
10. Como en estos navíos se provee todo lo tocante a víveres y utensilios por cuenta de Su Majestad, no llevan más que un maestre que va hecho cargo de todo lo perteneciente a las dos especies, y del dinero, o cualquier otra cosa que se embarque a bordo. Y para obtener este empleo es correspondiente que den fianzas, y en esta forma recae en ellos el nombramiento del virrey, precediendo para este fin propuesta del capitán a favor del sujeto.
11. Una de las prácticas antiguas que se conservan en la armada del Sur y, a nuestro parecer, muy acertada si los capitanes de aquel mar no abusaran de ella, era la de proponer éstos al virrey, los sujetos que eran de su aprobación para oficiales de mar; y sacándose los condestables y artilleros de brigada para el servicio de la marina de los de la plaza del Callao, se observaba en ellos lo mismo, como también [con] las tripulaciones, que cada uno juntaba según las que necesitaba para su navío, y de este modo sabía la calidad de toda la gente que llevaba y la confianza que podía hacer de ellas. Y es lo mismo que se practica todavía en Inglaterra, aunque con la diferencia de que las marinerías que cada capitán juntaba en la mar del Sur, desde artilleros hasta pajes de escoba; era de gente voluntaria, en lugar de que en Inglaterra, por lo regular, es precisada, o sacándola de los navíos mercantes o tomándola de leva en las poblaciones vecinas a los puertos del mar.
12. En cuanto al número y clases de los oficiales de mar y tripulación marinera, no había mucha diferencia en su método al que se ha practicado en España últimamente, y la poca que había se reformó en nuestro tiempo, porque procuramos equipar los navíos en la mejor forma que fue posible, siguiendo el estilo de España. Y así en este asunto no hay ahora diferencia digna de notar.
13. A imitación de los artilleros de brigada que hay en España para servir a bordo de los navíos de guerra, a cuyo fin se embarca un pequeño número en cada uno, el suficiente para el cuidado de la artillería y para atender en el combate a su buen servicio, se embarcan allá artilleros de los que tiene la plaza del Callao; y de esta misma compañía de artilleros de la plaza del Callao se nombran condestables para los navíos de guerra.
14. Del mismo modo se sacaba de la plaza del Callao la tropa que iba de guarnición en los navíos, como ya se ha dicho en otra parte, de la misma que aquella plaza tiene por dotación; [éstas] compañías [son] llamadas “del número”, porque existen tanto en tiempo de guerra como en el de paz, y se distinguen de las otras tropas que se acrecientan cuando hay guerras y temores de enemigos en aquella mar, en que éstas se reforman luego que cesa el motivo. En cada navío se embarca un destacamento de sesenta hombres con un [capitán] y un alférez, y éstos no hacían servicio alguno a bordo de los navíos, ni otra cosa que cuidar de la infantería y comandarla, entendiéndose allí esto de tal modo que la tropa de infantería obedecía lo que mandaban sus dos oficiales, y no lo que disponían el teniente o alférez de navío que estaba de guardia; y le era forzoso al capitán del navío dar la orden de lo que había de ejecutar la tropa a los oficiales de infantería, para que éstos lo mandasen observar; de cuyo mal régimen no eran pocos los ruidos que se ofrecían. Y siempre estaban sujetos los capitanes de los navíos a dar satisfacción a los de infantería de todo lo que se mandaba tocante al servicio de la tropa, y con la autoridad que éste tenía, solía no convenir en lo que se le ordenaba, y aun negar la superioridad al que comandaba el navío, de que resultaban las discordias que suelen ser regulares cuando son dos los que mandan en un mismo asunto.
15. Desde el punto que los navíos que habíamos de mandar se empezaron a equipar, y se trató sobre destinar la infantería que habían de llevar, se le representó al virrey lo que convenía sobre este asunto. Y para evitar la repugnancia que podrían tener los capitanes de infantería de hacer servicio a bordo como los oficiales de marina; de estar sujetos a obedecer, estando acostumbrados a mandar; y de no ser más absolutos en la superioridad de su tropa que todos los demás oficiales en cuanto perteneciese a servicio, y no [a] aquellos particulares asuntos de gobierno económico, porque éstos siempre se dejaban reservados a su conocimiento y autoridad, se dispuso que no se embarcase capitán, sino, en su lugar, un teniente y el alférez, y que se escogiesen de aquellos oficiales que hubiese más inclinados a la marina, a fin de que pudiesen ser de alguna utilidad a bordo de los navíos. Con cuya disposición se dio principio a establecer el método del servicio de la infantería y de sus oficiales a bordo de los navíos en el mismo modo que se practica en España, y que quedó reformado el antiguo, que hasta entonces se había observado con detrimento del servicio del rey.
16. Habiendo tratado del modo de tripular los navíos en aquella mar, tanto de marinería como de infantería, no debemos omitir las noticias correspondientes a la calidad de estas tripulaciones, y su disciplina, cuyos asuntos son los más principales para que se haga entero juicio de lo que es la armada del Sur, o de lo que era antes que El Callao se destruyese.
17. Las marinerías se componen allí de toda suerte de gentes, esto es: blancos, indios y mestizos, que son las generaciones de blanco y de indio, cuyo color se diferencia muy poco de los españoles; hay, asimismo, mulatos y también negros. Y así, la tripulación de un navío es un conjunto de castas de europeos, americanos y africanos. Entre todos éstos no deja de haber algunos buenos marineros, porque muchos son de los que van de España que, no pudiendo mejorar de fortuna por otra parte, al fin paran en este ejercicio. Entre los marineros criollos hay muchos que, además de ser hombres [con arrestos] para hacer cualquier faena, tienen conocimiento de su ejercicio, y trabajan en él con propiedad, aunque regularmente están poseídos de la desidia; y sucede que cuando la ocasión pide más prontitud para una faena, ellos se apresuran menos, y no haciendo caso ni del castigo, ni estimulándolos al agrado y la persuasión, unos por otros se dejan estar, sin que alguno se adelante a hacer lo que se manda, y más si es de noche y con algún poco de viento más que el regular; por esto se hace forzoso disponer la maniobra al tiempo de anochecer, para evitar, en cuanto sea posible, verse precisados a hacerla de noche, no siendo [prudente] confiar en la lentitud y flojedad de la marinería. Esto se hace más reparable sabiendo que toda esta gente es muy resuelta y poco temerosa del peligro, por lo cual no se puede decir que proviene de temor, [sino] de la pereza que contraen en los navíos marchantes, sobre cuyo particular se dirá, asimismo, lo correspondiente en su lugar.
18. La infantería es tan descuidada y omisa como la marinería, de suerte que parece que, confederada toda aquella gente a no obedecer, bien que no a oponerse descubiertamente a lo que se les manda, ningún castigo ni reprensión es bastante para hacerlos puntuales en lo que les corresponde por obligación. Y así sirven las centinelas de tan poco que, sólo porque no falte en los navíos esta circunstancia como propia formalidad de los de guerra, se mantienen en ella, porque en lo restante nunca se observan las órdenes que se les dan con la formalidad que piden, ni tienen resolución para cumplirlas. Este defecto no es corregible en aquella tropa con diligencia alguna, ni toda la eficacia del que manda puede bastar para conseguir el fin. La poca formalidad de aquella tropa nace de que como desde sus principios le falta disciplina, no es fácil el dársela cuando se halla envejecida en el descuido; de que nace que un soldado que conoce que toda la pena de dormirse estando de centinela se ha de reducir allí, cuando más, a ponerlo de plantón o darle otro castigo equivalente, la sufre con gran resignación, y no por eso deja de volver a cometer el delito. Esto mismo sucede en todos los demás asuntos del servicio, que son propios efectos, como se ha dicho, de la falta de disciplina.
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