19. Todas estas jarcias que se hacen en Chile, se colchan en blanco y se hacen vetas en distintas menas, en cuya forma se alquitranan después. Y es el modo [de hacerlo] el tener caliente el alquitrán y, estándolo suficientemente, pasar la veta por dentro de él, de que se sigue que, aunque exteriormente queda al parecer buena, no pudiendo ser penetrado el corazón de la veta, dentro de poco tiempo empieza a conocerse el mal efecto en la jarcia, porque blanquea toda, y se echa a perder con las aguas y los soles. El hacer así la jarcia nace de que los que la compran no la quisieran recibir en otra forma, porque habiendo variedad en el acrecentamiento del peso que toma por causa del alquitranado, no quieren exponerse a padecer engaño; y pudiendo asimismo haber fraude en la calidad del alquitrán, porque si es del copé que se saca en las jurisdicciones de Guayaquil y Amotape, la quema y hace perder su duración, les tiene más cuenta, y es de mayor seguridad, el que sea en blanco que alquitranada. También, por el contrario, a los dueños de las fábricas no les convendría alquitranar la jarcia en filástica y venderla después, porque el alquitrán no llega a Chile, o es muy poco el que va, y si hubieran de estar atenidos a él, estarían paradas sus fábricas lo más del tiempo, y habría escasez de jarcia, lo que no sucede haciéndose en blanco, porque en esta forma se lleva al Callao, en donde se almacenaba, y cada particular tenía cuidado de comprarla en blanco, y la alquitranaba a su modo; unas veces con alquitrán bueno, otras con alquitrán y cope mezclado, o también con este último, cuando no se puede conseguir el otro.
20. Aunque sea el estilo hacer veta en blanco en las fábricas de Chile, podrá disponerse (y convendría el hacerlo así) que se pesase la jarcia en filástica y, pagándola por el importe de su peso en blanco, se beneficiase con alquitrán, y de esta forma se colchasen las vetas de toda aquella porción que se comprase para el servicio de los navíos de guerra. Pues en el caso que sobrase de esta jarcia, y que fuese necesario venderla al público, sabiendo que era de la misma que se hacía por cuenta de Su Majestad, de buena calidad, y también el alquitrán, no sólo no faltarían compradores, sino que habría tantos que estarían a porfía esperando que se vendiesen estas jarcias para proveerse de ellas, pues no hay ninguno que, pudiendo comprar cosa que le adelante la utilidad, deje de hacerlo y se incline a lo que se la hace perder. Con esta providencia tendrían los navíos de guerra buenos aparejos, y sería menor el costo de sus armamentos. Pero en todo caso, sería siempre indispensable lo que llevamos dicho, y volvemos a repetir, tocante al buen régimen y economía del arsenal, que es la base principal en que consiste la reducción de los gastos que se hacen en la armada.
PUNTO QUINTO
Hácese relación del estado del Cuerpo de Marina en la
mar del Sur; grados de los que comandan y de los demás
oficiales; guarnición que llevan los navíos de guerra, y su
tripulación de marinería cuando van a campaña; modo de
hacer el servicio a bordo y el de suministrarse los víveres
por raciones, y sus especies. [Hácese también relación del estado de los hospitales]
1. No será de extrañar que la marina del mar del Sur se haya mantenido hasta ahora en el pie en que estaba en la antigua de España, respecto que el ministerio de ella, o el método de su gobierno, lo estaba también, procediendo esto de no haber llegado a aquellos reinos el nuevo reglamento en que se ha puesto la de España, y de no haber pasado a aquellos mares algún jefe o comandante que la reformase y la redujese a la uniformidad con la de acá. Permaneciendo, pues, la marina del Perú en la forma que se ha dicho, y consistiendo sus fuerzas navales solamente en tres navíos, de los cuales servían los dos, manteniéndose siempre desarmado el tercero, se reducía todo su cuerpo militar a un comandante, un almirante y corto número de oficiales, a cuyo respecto lo eran también los de mar, alguna tropa que guarnecía los navíos cuando salían a campaña y, finalmente, toda la marinería que servía en los navíos de guerra, sobre lo cual iremos diciendo lo necesario para su más completa comprensión.
2. El oficial general era distinguido de los demás oficiales, y conocido en el Perú, por el nombre de General de la Mar del Sur, bastantemente distintivo, y con particularidad habiendo allí otro comandante de tierra. La graduación de este general no estaba muy aclarada, ni positivamente la que le debía corresponder, pues sólo cuando concurría a los consejos de guerra que se hacían en Lima con asistencia del virrey, y a [los] que acudía también el general de tierra, precedía en el asiento el que de los dos llegaba primero, lo que acredita la igualdad entre el empleo de general de tierra y el de general de mar. Los generales de las armas del Perú, o gobernadores del Callao, tenían regularmente graduación de mariscales de campo mientras mandasen, pero legítimamente en el ejército no tenían más que el grado de brigadier. A este ejemplar, no hay duda [de] que la graduación de general de la mar del Sur debe ser correspondiente a mariscal de campo, y su sueldo era de cinco mil pesos al año, al que se agregaba la gratificación de mesa, cuando estaba en campaña.
3. Este empleo de general de la mar del Sur ha mucho tiempo que está vacante y en su lugar había un oficial graduado de capitán de navío, y dado a conocer por comandante de aquella armada; pero no gozaba más sueldo que el que le correspondía como capitán de navío.
4. El segundo empleo de aquella marina es el de Almirante de la Armada; y no habiendo en ésta más que dos navíos, venían a ser recíprocamente estos dos oficiales comandante y almirante uno de otro, y el carácter de los empleos no tenía ni otros navíos, ni otros oficiales de comando sobre quienes extenderse. La graduación de este almirante ha sido siempre de capitán de navío, y como tal tenía 150 pesos de sueldo mensuales, y los mismos gozaba el que hacía oficio de general, sin nombramiento formal de tal.
5. Los capitanes de navío tenían en la mar del Sur, por gratificación para la mesa, doscientos cincuenta pesos mensuales, y la misma se les daba al general interino y al almirante de la Armada.
6. Los oficiales subalternos que se embarcaban en los navíos de aquella armada consistían en sólo dos clases, a saber: tenientes de navío y alférez de navío; los primeros con setenta y cinco pesos de sueldo mensual, y los segundos con cincuenta.
7. Los sueldos de los oficiales de mar eran correspondientes a los de guerra y a los de las marinerías y tropa, en esta forma: el artillero de mar gana veinticuatro pesos al mes, el marinero dieciocho, el grumete doce y el paje seis; los soldados rasos tienen quince pesos al mes, y estos pesos son de ocho reales, moneda corriente de aquellos reinos, que ahora distinguimos con el nombre de pesos fuertes.
8. Aunque parecen crecidos los sueldos de los oficiales y la gratificación de los capitanes, no lo son atendida la carestía del país, pues los ciento cincuenta pesos que tiene de sueldo el capitán de navío no bastan para mantenerse con aquella mediana decencia que correspon-de a su carácter, cuando está en tierra; y a este respecto sucede lo mismo con todos los demás oficiales. Las gratificaciones de doscientos cincuenta pesos no son tampoco excesivas, porque así lo necesario para el servicio de la mesa, como las provisiones correspondientes a rancho, son muy caras en todo el Perú, y aunque estas últimas no lo sean tanto en los puertos de Chile, lo son con extremo en toda la costa de Panamá, y mucho más en lo perteneciente a Nueva España, y compensando la baratura del paraje con la carestía que hay en otros, de ningún modo sería la gratificación suficiente si no tuvieran los capitanes el auxilio de las raciones, con las cuales son más soportables los gastos, pues, además de las que les corresponden por su grado, les ceden las suyas todos los oficiales y, percibidas en dinero, acrecientan la cantidad y facilitan el que los capitanes puedan costear la mesa, ciñéndose a una cosa regular y sin ninguna profusión.
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