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Хорхе Хуан и Антонио де Ульоа. Секретные сведения об Америке. Часть вторая. Jorge Juan y Antonio de Ulloa. DISCURSO Y REFLEXIONES POLITICAS SOBRE EL ESTADO PRESENTE DE LA MARINA EN LOS REINOS DEL PERU


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12. No obstante lo que se ha dicho tocante al valor del hierro, pudiera arbitrarse de modo que nunca fuese necesario comprarlo a tan crecido precio para el servicio de aquel arsenal, pues siguiendo el método que [se usaba] hasta el principio de la guerra presente [de realizar feria en Portobelo], cuando pasen a Panamá, con la armada de aquellos reinos [de Perú], los navíos de guerra, no hay embarazo de que, con el importe de los fletes de la plata que ganan los mismos navíos, y con el de los derechos de salida que paga en El Callao toda ella, o con otras sumas que entonces contribuyese el comercio a Su Majestad, se comprase una porción de hierro, la que se considerase necesaria para que durase hasta que hubiese otra armada, y de ella se iría gastando conforme fuese necesitándose; en cuya forma, aunque su precio creciese, como sucede siempre, nunca lo haría para el servicio del arsenal, ni la Real Hacienda tendría que hacer unos desembolsos tan considerables como los que se ocasionan en las carenas por causa de la carestía de hierro. Y si el comercio se hiciera por el Cabo de Hornos, y hubiesen de ir navíos de guerra a aquel mar, llevando enjunque de hierro por cuenta de Su Majestad, del mismo se podría separar aquella porción que pareciese necesaria para que, ínterin que entrasen otros navíos, no se viesen precisados a comprar a sesenta o setenta pesos el quintal, habiéndolo vendido un año antes por la mitad de este valor. Pero todas estas providencias son impracticables mientras haya la falta de legalidad [que hoy hay].

13. Cuando sucediese que los navíos de guerra, o no fuesen a los puertos de la costa de Nueva España, o que dejasen de frecuentar los de Chile, porque no tuviesen motivo de hacer estos viajes, en tal caso convendría que hubiese una embarcación pequeña, a manera de patache de cien toneladas de buque, con corta diferencia, y ésta se podía enviar a solicitar la cargazón de brea y alquitrán [a Nueva España], maderas de Guayaquil, cuando empezasen a estar escasas en los almacenes reales del Callao, [y las] jarcias, sebo y grasas a Chile; esta última, que viene a ser la manteca de vacas, tiene gran consumo en los armamentos, por darse de ración a las tripulaciones. Y bien administrados los efectos que esta fragata llevase al Callao por cuenta de Su Majestad, ellos mismos producirían lo necesario para costearse la embarcación, vendiendo los que sobrasen, como se ha dicho. Esta embarcación sería siempre muy útil en El Callao para despacharla con avisos a Panamá y a los puertos del reino de Nueva España, o para enviarla a [Chiloé] y Valdivia cuando no ocurriese asunto tan serio que precisase a que hubiese de ir otra de mayor fuerza con la comisión; y [de esta manera] se excusarían los crecidos gastos que [en] estos [casos] deberían [ocasionarse] en su armamento y viaje, sin dejar de hacer el servicio.

14. Además, convendría que hubiese esta pequeña embarcación para el servicio de la armada en aquel mar, porque no es acertado el enviar a las costas de Nueva España ningún navío de guerra, porque en aquellas costas, al contrario de lo que sucede en todas las restantes de la mar del Sur, hay tanta broma que pierde los navíos enteramente, y con poco tiempo que se detengan en sus puertos quedan destruidos sus fondos, lo que no sería de tanto perjuicio en la fragata, porque con pequeño costo se le repararía todo el daño.

15. Sobre la calidad de estos mismos materiales para el uso y apresto de los navíos, no sería necesario hacer mayor relación, mediante que cuando se trata de los astilleros [en el punto segundo], se toca este punto por lo tocante a maderas de Guayaquil, Valdivia y Chiloé, y [también] en cuanto a brea y alquitrán, que se conduce de la costa de Nueva España. Y así se ceñirá al resto de nuestra narración a tratar de las jarcias de Chile y de las lonas, que son los dos géneros de que no se ha hablado con la extensión que conviene.

16. Fabrícanse, pues, las lonas que se gastan en la marina del mar del Sur para toda especie de navíos, así de guerra como marchantes, en de Cajamarca y de Chachapoyas, que son aquellas de la serranía que caen al Oriente, y alguna cosa más para el Norte de la de Trujillo. De estas provincias se llevan [las lonas] enfardeladas a Lima, y allí se venden por fardos, cuyo valor es regularmente, aunque con variedad, según la calidad y ocasión, de treinta pesos el fardo; y cada uno tiene doscientas ochenta varas, poco más o menos; porque hay algunos que suben a [trescientas] quince, y otros bajan a ciento setenta, y su ancho es de dos tercias, con corta diferencia. El material de que estas lonas se fabrican es algodón, aunque de poca duración, no tanto porque la materia es compuesta de una fibrazón endeble y corta, que así es la del algodón, cuanto por la flaqueza del tejido, pues ponen tan poco cuidado en el torcido del hilo, y las hacen tan flojas, que se clarean como si fuera una red, y al estirarlas se ensanchan hacia todos lados por defecto, también, del tejido y por no tupirlas lo bastante; [pero] pudieran hacerse de más aguante, e iguales a las lonas de Europa, con sólo poner más cuidado en los hilados, y con hacerlas más tupidas. En la provincia de Quito se hacen algunas en esta conformidad, que sirven para encostalar harinas y llevarlas fuera, y su aguante y resistencia es tanta que parece excede al de las lonas de cáñamo. Pero si se hace reparo en lo que duran las de Cajamarca y Chachapoyas, se reconocerá que si estuvieran mejor hechas serían tan aventajadas como las otras, y puede ser que se hallasen en ellas tales circunstancias que las hiciesen preferibles, como por ejemplo la propiedad de elasticidad de que goza el algodón, y no el cáñamo, por lo cual la lona de algodón se ensancha cuando la fuerza del viento da en ella con violencia, y entonces forma otras tantas porosidades como hay concurrencia de hilos, [por lo que] se deshace por ellas parte de la fuerza del viento y, causando en la vela menos efecto, la liberta de que se rompa. Este sentir lo tiene tan acreditado la práctica en aquel mar, que rara vez les llega a suceder en él tal accidente, aunque sea con exceso la fuerza del viento, hay ráfagas repentinas, o sobrevengan otros accidentes semejantes, que son regularmente los que traen consigo tales contratiempos.

17. Es innegable que estando las lonas de algodón mal tejidas, como sucede con las de ahora, con poca fuerza que tenga el viento es suficiente para abrir sus porosidades y, perdiéndose por ellas, se acorta el andar que tendría el navío si fuese impelido por toda la fuerza unida del viento; en este caso son malas aquellas lonas, especialmente para navíos de guerra, que deben ser veleros para aprovecharse de la ocasión cuando penda de la ligereza el conseguirla. Pero no sucedería esto con las mismas lonas bien tejidas, porque en éstas, sólo siendo el viento muy fuerte, tendría poder suficiente para que la elasticidad hiciese su efecto, mediante que siendo mayor la fuerza del viento para separar los hilos de la tela, o darles mayor tensión que la resistencia de la tela, es consiguiente haya de ceder ésta, al paso que en iguales circunstancias la lona de otra materia no elástica debe flaquear.

18. A la imperfección en que están todavía las lonas de que se sirven en aquel mar, es igual la que padecen las jarcias que se fabrican en el reino de Chile, y no hay duda, como ya se dijo tratando del astillero de Guayaquil, que la calidad del cáñamo, atendiendo a ser largas y delgadas las fibras, excede al del Norte [de Europa], pero lo trabajan tan mal que, dejándole la parte del cáñamo y de la paja en que se cría, hilándolo con desigualdad, y colchándolo mal, salen las jarcias desiguales y malas. Esto, no obstante, como es sobresaliente la calidad del cáñamo, aguantan bien, pero serían de mucha más duración y fortaleza si se cuidasen de corregir las imperfecciones del cáñamo, y las de su labor para hacer las jarcias. Y así lo da a entender la experiencia, [pues] en una de las fábricas que hay en Chile, perteneciente al marqués de la Pica, en la cual se trabajan los cáñamos con algún más cuidado, y aunque no con toda aquella perfección que se requiere, son las jarcias de ella mucho más fuertes, durables y permanentes.

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