27. Además de los dos navíos expresados había hecho construir otro en Guayaquil el virrey marqués de Castelfuerte, nombrado “San Fermín”, que es el que quedó varado con la salida del mar en el terremoto del año pasado de 1746. Tenía treinta y cuatro varas de quilla y once y un tercio de manga, y aunque estas proporciones tienen más regularidad, como los cortes del gálibo no eran los mejores, no se aventajaban a aquéllos. La artillería que montaba era asimismo treinta cañones de a seis libras de bala, porque aunque lo hicieron para dos baterías y la del alcázar, no fue posible que pudiese montar cañones en la andana baja, por haber quedado anegada.
28. A estos tres navíos estaban reducidas todas las fuerzas marítimas del Perú, hasta que entró la fragata “La Esperanza” el año de 1743; y entonces estaba ya excluido el navío “El Sacramento”, porque, quedando al arrasarlo por orden del Teniente General don Blas de Lezo, falto de madera y de la ligación correspondiente para resistir al esfuerzo que hace la artillería en mares gruesas, [se] juntó este defecto con el de la construcción, [a lo que hay que añadir que además] tenía perdidos todos los maderos por la parte de afuera, de suerte que estaban incapaces de recibir clavos, y de mantenerlos con firmeza, por cuya razón no era posible carenarlo con formalidad ni salir a navegar armado en guerra, como se lo expusimos al virrey marqués de Villagarcía en el reconocimiento que hicimos de él, por orden particular que se nos confirió para ello, el año de 1741; y del propio sentir fue el Teniente General de la Armada don José Pizarro, y todo el cuerpo de la marina, en cuya compañía volvimos a concurrir, segunda vez, para reconocerlo el año de 1743.
29. Para suplir la falta de fuerzas navales se tomaban, en las ocasiones que se ofrecían, navíos marchantes de los mayores que navegaban en aquellos mares; y disponiéndolos para el servicio de las campañas, se llenaba con ellos el hueco del navío “El Sacramento”, y aun se aumentaban las fuerzas, de suerte que, contando cada uno el mismo número de cañones, crecía el número de bajeles de guerra; y con este arbitrio hubo los suficientes para enviar a Panamá una escuadra, y para que pasasen dos navíos a la costa de Chile, el año de 1742, a oponerse y embarazar los progresos de la escuadra enemiga del vicealmirante Anson. Pero todos estos esfuerzos y disposiciones nunca bastan a proporcionar las fuerzas necesarias para poner aquellas costas a cubierto de los insultos de enemigos, porque, quedando ceñidas a treinta cañones, y no más, la de cada uno de los navíos que se arman, aunque en el número excedan, sería bastante una sola escuadra de tres navíos regulares de sesenta cañones, para deshacer todos los del mar del Sur y ser dueños de aquellas costas y mares, como así se lo hicimos presente al mismo virrey marqués de Villagarcía el citado año de 1741, proponiéndole que lo más conveniente para la defensa de aquellos reinos, en el estado que tenían las cosas entonces, era el mandar fabricar en Guayaquil dos navíos de sesenta cañones, cuyo costo no excedería en mucho al de las carenas y apresto de los navíos marchantes que se disponían en guerra para hacer las campañas, de los cuales no se podía esperar suceso favorable después de tanto gasto, y sí de los navíos grandes, en los cuales resultaría ganancioso S. M., porque siempre quedaban para su real servicio. Esta proposición fue oída por el virrey con bastante gusto, e hizo que [en 1744] se le diese un estado del costo que tendría un navío de sesenta cañones, como se ha advertido en la sesión pasada; pero hasta nuestra salida de aquel reino no se puso en ejecución alguna otra diligencia más conducente a este fin, y quedaron las fuerzas marítimas en el estado que antes, con sólo el acrecentamiento de la fragata “La Esperanza”.
30. En la misma plaza del Callao había también una armería al cargo de un capitán, nombrado de la sala de armas, donde se recibía y entregaba todo lo perteneciente a municiones de guerra y armas de fuego y corte para el servicio de los navíos; pero tan mal proveída que, para armar cualquier navío, era necesario buscar escopetas viejas, pistolas malas y, por lo que corresponde a las de corte, mandarlas hacer, porque se carecía de ellas totalmente. Hasta que llegamos allí acostumbraban, en lugar de sables, [a] hacer machetes de monte, y, a este respecto, ni hachuelas ni otro útil alguno había con formalidad, y aunque dimos modelos e instruimos a los armeros para hacer las armas, no se pudo conseguir que saliesen enteramente buenas, porque no aciertan a darles buen temple.
31. Al respecto del desorden que hay allí en los utensilios y provisiones, sucede lo mismo con los pertrechos y municiones de guerra; las armas las desaparecen al tiempo de desembarcarlas en tierra para su entrega, cuando se desarman los navíos, y hasta con las balas y palanquetas de la artillería es necesario gran cuidado, porque se pierden muchas. Esto proviene de que todas las cosas que son de hierro, acero o metal tienen valor allí, y [aun] cuando en los almacenes estén seguras del principal que está hecho cargo de ellas, no lo están de todos los demás que las manejan en los embarques y desembarques, de suerte que sin más que llevarlas, o traerlas a bordo, es bastante para que se pierda mucho. Las balas de la artillería están expuestas a esta périda por ser de cobre, y aunque se les ha mezclado plomo para hacer un bronce que no sea propio para muchas cosas, con todo eso no dejan de sustraerlas siempre que pueden. Y, en fin, no hay cosa de cuantas pertenecen al arsenal, y se emplean en el servicio y armamento de los navíos, que no padezca disminución por los que las manejan, siendo todas allí de consideración por el crecido precio a que cuestan, pues no habiendo cosa más despreciable en España y en toda Europa, que un pedernal, o piedra de escopeta, en el Perú vale dos reales de aquella moneda, que son cinco de la de acá, y en ocasiones más, y en otras no las hay totalmente; y a este respecto se debe considerar en todo lo demás.
PUNTO CUARTO
Trátase de la maestranza que ha habido siempre en el
arsenal del Callao, y de los oficiales de que se compone, y
de los efectos que se consumen, tanto en los navíos de
guerra como en los marchantes, y de sus calidades
1. No es la maestranza del Callao lo que estaba en peor pie en aquel puerto, pues era a correspondencia de la que hay en el astillero de Guayaquil, y una y otra [eran] buenas. Componíase la de este arsenal de un capitán de maestranza, que tenía grado de teniente de navío; de un maestro mayor de carpintero, otro de calafate, y otro de herrero, los cuales formaban lo principal de la maestranza; y después había otros varios maestros y oficiales de carpintería y calafatería, bastantes para el trabajo y obras que se ofrecen en aquel puerto, y para llenar el número de los que regularmente llevan todos los navíos cuando van a viaje. No había más contramaestre que los que servían en los navíos de guerra, y éstos bastaban para atender a las obras que se ofrecían.
2. Toda esta maestranza, a excepción del capitán de ella, que es oficial del cuerpo de aquella marina, se componía de gente de castas, entre quienes no era el menor número indios. Y así éstos, como los demás, trabajaban en su oficio, cada uno con inteligencia y habilidad, pues en el conjunto de todos había, antes que se perdiese El Callao, oficiales tan buenos como pueden encontrarse en los arsenales de Europa. El jornal de estos oficiales, así de la carpintería como de calafatería, es más crecido que el que ganan en Guayaquil, porque los que trabajaban de oficiales tienen tres pesos diarios, y a proporción de éstos, los que se siguen.
3. Fuera de las obras de carena, que han sido siempre la más regular ocupación de aquella maestranza, también se empleaba en fabricar embarcaciones menores para el tráfico de la costa, cuyas ligazones se hacían con la madera de Chincha, y todo el resto, parte con la de Guayaquil y parte con la de Valdivia, que sirve para entablar, como se ha dicho. Esta maestranza se ocupa también en algunas obras de la plaza, como son las de la fábrica de cureñas para la artillería, y el capitán de maestranza estaba hecho cargo, asimismo, por falta de ingeniero, de no cesar en la obra de los redientes y paralelas de estacadas, en que se trabajaba siempre para estorbar que las olas del mar, con la fuerza de su agitado movimiento, no llegasen a perjudicar las murallas. Cuyo asunto no ocasionaba pocas discordias en aquella plaza, pues el gobernador de ella, y en su lugar el maestre de campo, como tales, pretendían tener bajo de su jurisdicción, y a sus órdenes, el capitán de maestranza, con el fundamento de que estaba empleado en obra de la plaza, y éste, como de un cuerpo distinto, lo resistía; de que nacía desunión y competencias, y mucho atraso en el servicio del rey.
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