16. Todo este fraude se reduplicaba después al tiempo de pertrechar y provisionar los navíos para salir a campaña, porque después de tener evacuado todo el embarque y de estar el navío para hacerse a la vela, le hacen al maestre que firme un recibe en blanco para llevarlo ellos después, y así [lo] hacían bien a su satisfacción. Al maestre no se le seguía perjuicio de que aumentasen en el arsenal su cargo, porque nunca se ofrecía el caso de tomarle cuentas con formalidad, y él daba las que le parecían, según le convenía mejor, a cuyo fin concurrían los mismos del arsenal. Y en esta forma, obrando todos mal, quedaban [todos] bien, porque el uno daba por consumido lo que nunca había entrado a bordo del navío, y el otro lo certificaba, y de este modo se admitían por descargo las partidas que usurpaba cada uno de la Real Hacienda.
17. Este desorden, que parece excesivo, y más siendo en un arsenal donde está tan a la vista el virrey, no causa allí novedad, porque siendo tan repetido se ha hecho ya uso tan envejecido que se reputa por costumbre. Lo más notable es que se desaparezca, como se ha dicho, lo que se pone en los almacenes, en especial aquellas materias que tienen aguante, y no son dispuestas a breve corrupción, como las lomas, jarcia, el alquitrán y otros utensilios de esta calidad.
18. Se puede creer que todo este desorden nace, en la mayor parte, de que los propietarios de los empleos pertenecientes al arsenal no les sirven por sí, porque no nos hemos de persuadir a que unos sujetos que gozan por los empleos tan sobresalientes sueldos como los que corresponden a veedor, proveedor, pagador, y así los demás, defraudasen a la Real Hacienda en lugar de celar la mejor distribución de ella, que es el legítimo objeto de sus obligaciones; esto no se proporciona bien con los tenientes, porque siendo cortos los sueldos, y hallándose absolutamente en un manejo de intereses en donde hay tantas vías abiertas para poder aplicarse a sí parte de ellos, no se detenían en aprovecharse de las ocasiones, y faltar al cumplimiento de su obligación.
19. De esto proviene que el rey tiene que hacer unos gastos increíbles siempre que se ofrece carenar alguno de los navíos de la armada, y que los armamentos sean tan costosos que no los pueda soportar aquel reino. Porque, además del intrínseco valor de cada cosa, entra después el crecido aumento en la cantidad, que se da por consumida sin haberlo estado, y en la calidad, que se supone buena y se carga en el precio de su valor como si lo fuese, siendo por el contrario bien mala y desengañada.
20. Siempre que se ofrecía disponer armamento en la mar del Sur de uno o de dos navíos, se embarcaba en ellos un teniente del veedor general y otro del proveedor, en cuyos empleos nombraban los propietarios a aquellos sujetos que eran de su beneplácito. Estos nombramientos los confirmaba el virrey, y desde que se hacía esta diligencia hasta que la campaña se acababa, gozaba cada uno cien pesos de sueldo al mes, el cual cesaba enteramente luego que los navíos se restituían al Callao. Como estos sujetos solicitaban los empleos para sacar de ellos alguna utilidad, no despreciaban medio alguno que pudiese proporcionarles [un beneficio], imitando puntualmente el ejemplo de los que manejaban el arsenal en El Callao.
21. Los ministros mismos del arsenal eran los que intervenían en las revistas de la tropa de guarnición del Callao, y a su cuidado estaba la suministración de víveres a los forzados que se desterraban al trabajo de aquel presidio para las obras, tanto de sus murallas como del puerto. Y en aquella plaza no había ni más Contaduría que la Mayor de Sueldos, por donde se ejecutaban y evacuaban todos los asuntos tocantes de Marina, y los pertenecientes a plaza igualmente, ni otro sujeto que hiciese oficio de intendente, sino el veedor general; y así [en] los demás empleos pertenecientes a aquellos oficios.
22. Además de estos empleos hay asimismo otro de escribano mayor de la Mar del Sur, que se benefició como aquéllos y está vinculado en una casa de las de Lima. Este tiene facultad para nombrar escribano en todos los navíos que navegan en aquel mar, sean de guerra o mercantiles, y lo mismo que con los del país practica con los que van de Europa de una y otra clase, aunque tenga escribano de Marina, o nombrados por el Consulado, porque su privilegio se extiende a todos, de tal modo que si los navíos que van de Europa, aunque sean de guerra, llevan escribano (como es regular), es necesario, para que continúen en su ejercicio, que los confirme este escribano mayor, sin cuya circunstancia no tiene autoridad nada de todo lo que hace. Esta facultad es muy exorbitante y dura, y parece extraño el que un particular tenga acción para quitar y poner en los navíos de guerra a los escribanos de su propia autoridad, y que un particular esté hecho cabeza de todos, interviniendo en lo que se embarca y desembarca en los navíos de guerra, de pertrechos, municiones y víveres, sin más derecho que [el de] ser escribano mayor de la Mar del Sur, porque en el nombramiento que les da les impone la obligación de darle parte de todo lo que entrare y saliere en el navío, ínterin que permanecieren usando del ejercicio que les confiere por el tiempo que dura la campaña o viaje.
23. Lo mismo que sucede con los escribanos de [los navíos de] guerra pasa con los de [los navíos de] registro que van de España, sin que alguno se exceptúe, aunque sean grandes los privilegios que el Consulado les haya concedido en su nombramiento, porque a todos se les da en el Perú la interpretación de que, no yendo derogado expresamente por el soberano el que se le tiene concedido al escribano mayor de aquella mar, no hay fuerza bastante en los privilegios que pueden tener los navíos de guerra o los de registro que entran de nuevo en ella, para embarazarle la acción de poner escribanos a su voluntad, en unos y en otros. Los virreyes, que son los que debieran saber el modo en que se ha de entender este privilegio, prestan su consentimiento a favor de la misma inteligencia, sin hacerse cargo de los perjuicios que trae consigo este abuso, ni informar a España lo conveniente para que, en su conocimiento, se dé la orden más acertada y se pueda disponer lo que convenga más, dejando correr este abuso en el mismo pie antiguo en que lo hallan; y lo mismo sucede en muchas materias del gobierno.
24. El empleo de escribano mayor de la Mar del Sur, por precisión, debe tener algunas utilidades, y son grandes las que le corresponden; y, además de las lícitas, hay las de los nombramientos de los escribanos particulares de aquellos navíos, los cuales deben contribuir con un tanto por el nombramiento. Y ésta es la razón porque no quiere consentir en dejar de ejercer su autoridad en toda suerte de navíos.
25. Siendo el nombramiento del escribano de los navíos en la conformidad que se ha dicho, y haciendo desembolso para que se les confiera el empleo, es claro que tanto en los navíos de guerra como en los marchantes, escrupulizará poco en concurrir a los fraudes que se ofrecen. Y así, convenidos el veedor, el proveedor, el escribano y el maestre o maestres de los navíos de guerra, disponen las cosas de suerte que se utilizan en todo lo que les parece, sin que después pueda resultar cargo contra al uno de ellos, porque todos están comprendidos en el fraude y son los jueces de los mismos desórdenes.
26. La armada de aquel mar, o las fuerzas marítimas de él, consistían hasta el año de [1730], en dos navíos que se fabricaron siendo virrey del Perú el conde de la Monclova, por los años de 1690, nombrados “La Concepción” y “El Sacramento”; porque aunque fueron tres los que se construyeron, se había perdido el uno. Su fábrica era tan irregular en todo, como la de los navíos marchantes, según se ha dicho, pues siendo el largo de sus quillas treinta y tres varas, que componen cuarenta y ocho codos, tenían de manga doce y media varas, que hacen dieciocho codos, con muy corta diferencia. Estos navíos, aunque de tan poco largo que casi viene a ser como el de una fragata de cuarenta cañones, fueron construidos con dos baterías y media en el astillero de Guayaquil, pero la [de la andana] baja no se pudo establecer nunca, por estar anegada. El Teniente General de la Armada don Blas de Lezo, cuando estuvo en aquel mar, dispuso arrasarlos quitándoles la una, en cuya obra se gastaron sumas tan considerables que excedieron a todo el valor de los navíos, y sin embargo quedaron siempre imperfectos y malos, porque nunca se pudo remediar, ni era posible, el defecto de sus gálibos. Y así montaban treinta cañones de a doce libras, y con la falta de recogimientos y la desproporción de la manga, se quebrantaban y atormentaban mucho, aun siendo la artillería tan regular.
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