26. Concluidas las noticias del astillero de Guayaquil, y pasando a darlas de los demás, hallaremos en Valdivia y en Chiloé, y aun en La Concepción, maderas para construcción y proporción para astilleros, aunque éstos no están corrientes, porque sólo se han fabricado uno u otro navío en cada lugar de éstos. Las maderas de construcción que se crían en todos ellos son totalmente diversas de las de Guayaquil, y muy sujetas a corrupción, por cuya razón duran muy poco los vasos que se fabrican allí. Esta, sin duda, es la razón de que no se hayan mantenido con fomento estos astilleros, no obstante ser en ellos menos costosa la fábrica de las embarcaciones, cuanto los países son más abundantes de mantenimientos.
27. Aunque las maderas de construcción de La Concepción, Valdivia y Chiloé son de distinta calidad que las de Guayaquil, no por esto dejan de ser buenas algunas de ellas, como lo es el avellano de Valdivia, cuya flexibilidad es tan grande que, sin sentirse nada los tablones, y sin ser necesario emplear en ellos artificio, toman toda la vuelta que se necesita, según lo requiere el paraje adonde se coloca; y esto no obsta a su mucha duración cuando está dentro del agua, aunque fuera de ella aguanta muy poco tiempo. De esta madera se lleva al Callao bastante porción, y determinadamente se emplea en cucharros y en los parajes donde es preciso que el tablón tome alguna vuelta; su color es tirando a rojo. En Chiloé hay asimismo otra madera que [se] nombra alerce, que sirve para pañoles, mamparos y otras obras de esta calidad; y también se lleva alguna porción al Callao, y suple allí en lugar de duelas para componer la pipería y hacer barrilería. Pero tiene el defecto, aunque en todo lo restante es buena para el efecto, de que se raja con facilidad, y con la misma se tuerce.
28. Se ha dicho en el punto antecedente que en la isla de Tierra de Juan Fernández hay árboles bien crecidos y en cantidad; sus maderas son fuertes y sólidas, y propias para reparar cualquier quebranto que experimenten los navíos; y así, aprovechándose de esta ocasión, se han compuesto en aquella isla los que han llegado a ella, como lo hizo también el vicealmirante Anson cuando pasó a aquellos mares.
29. También se construyen algunos navíos en El Realejo, que es un puerto de la costa de Nueva España, pero como son de cedro no tienen la estimación que los de Guayaquil. Su costo es mucho menor, porque los jornales y materiales son con mucha conveniencia; pero como la duración de estas embarcaciones es muy corta respecto de las que se construyen en Guayaquil, se dedican pocos sujetos a fabricar allí, y por esto son muy raras las que se encuentran en aquella mar, a excepción de los barcos costeños, los cuales, fabricándose allí para aquel trato, por precisión son de cedro. Y cuando hablamos de embarcaciones se deben entender las de tres palos y gavias.
30. Nada puede comprobar mejor lo que decimos, tocante a que tendría cuenta a S. M. que los navíos de su armada se construyesen en Guayaquil, como el ver que los particulares prefieren el costo que les tiene allí una embarcación, al que les tendría, haciéndola de cedro, en El Realejo; pues si no recuperasen por otra parte la demasía de lo que por ésta aumenta el gasto, no lo harían. En El Realejo tienen las maderas de cedro con la misma abundancia que en Guayaquil; los jornales mucho más baratos; la brea, alquitrán, lona y jarcia, que son géneros propios del país, son de un precio muy inferior, y aun el del hierro de España, suponiendo que el de la tierra es mucho más barato. Y no obstante esto, dejan aquel paraje por ir a construir a Guayaquil, porque, aunque a mayor coste les tiene más cuenta por la mayor duración de los navíos. Y de esta observación debemos concluir que los navíos de cedro fabricados en La Habana serían, respecto de los que se hiciesen en Guayaquil, tan poco estimables como lo son al presente los de El Realejo.
31. En otros muchos puertos se hacen también embarcaciones menores, que sirven únicamente para el trato de la costa. Atacames es uno de los puertos donde modernamente se fabrican barcos pequeños, de dos palos sin gavias, y en los montes de esta jurisdicción (que se mantienen vírgenes) se presume que hay maderas de las mismas especies que en los de Guayaquil, mediante estar contigua las unas tierras a las otras.
32. También se fabrican barcos costeños en la jurisdicción del reino de Tierra Firme; y los hacen de cedro, que es la madera que abunda por aquellas partes. En Chincha (cuyo paraje está al Sur del puerto del Callao) se fabrican también pequeños barcos, aprovechando en esto la madera de espino que producen aquellos montes. [Esta madera] es pesada, muy fuerte, dura, y tan cerrada de poros que el clavo que una vez entra en ella se rompe antes que volver a salir, y es muy sujeta a rajarse.
33. Estos son los parajes en donde se fabrican embarcaciones en aquellas costas, y las maderas que se emplean en ellas, en las cuales se habrán notado algunas particularidades que no son comunes en las que se logran en los demás astilleros, las que las hacen apetecibles en todos, pues si se aprovechasen serían mucho menores los costos de mantener armada, porque una vez fabricado el suficiente número de navíos, ni en sus carenas, ni en rebatirlos, se consumirían tan considerables sumas como las que son precisas para mantenerlos siempre en un mismo pie y en buen estado.
PUNTO TERCERO
Trátase de los arsenales reales que había en el Perú para
los navíos que componían aquella armada; el método de
su administración y desorden que había en ella, y del
número de bajeles que existían el año de 1745
1. En el mar del Sur ha habido siempre un cuerpo de armada, cuyo nombre le dan allí, aunque más propiamente podía dársele el de guardacostas, según lo corto que ha sido en todo tiempo el número de bajeles que la componían. Residiendo éstos continuamente en aquellas costas era indispensable el que hubiese un puerto destinado para servir de arsenal, en donde pudiesen desarmar para invernar, y armarse cuando lo pidiese la ocasión; y como esta armada pertenecía a los reinos del Perú y dependía de su virrey, fue cosa muy regular que habiendo un puerto tan cómodo y sobresaliente como el del Callao inmediato al lugar de la residencia del virrey y capital del Imperio, fuese éste el destinado para la armada y, consiguientemente, para que estuviesen allí los arsenales. En esta forma estuvo dispuesto desde los primitivos tiempos, porque [no] hay memorias de cosa en contrario, y así se han conservado hasta que los formidables efectos del terremoto sobrevenido allí en el mes de octubre del año 1746, con la total ruina y pérdida de aquella plaza, dejaron borrados todos los rastros de lo que había en ella.
2. Dentro de la plaza del Callao, como se ha dicho, estaban los arsenales, que consistían en unos almacenes de sobrada capacidad para el corto número de navíos de guerra que regularmente ha habido en aquella mar. Y en ellos se recogían los utensilios al tiempo de desarmar, y se les volvían a suministrar los necesarios para su apresto cuando se disponían a hacer campaña, dándoseles asimismo todos los víveres que debían llevar; y, en fin, por aquellos almacenes corría toda la distribución de lo correspondiente a armada marítima, para cuya dirección y administración hay varios sujetos con distintos empleos, cuyos nombres son según el uso antiguo, y a este respecto el método de manejo correspondiente al ministerio de cada uno.
3. Consisten los empleos del arsenal, principalmente, en un veedor general, un proveedor general, un pagador general, un tenedor de bastimentos y un contador mayor. Además de estos cinco oficiales hay otros tantos que son sus tenientes o segundas personas de ellos, con lo cual no tienen los principales trabajo ni pensión, y cuando quieren le descargan en sus tenientes, que es lo que regularmente practican.
4. Estos empleos principales fueron beneficiados por tiempo de cien años, como sucedió con otros [empleos] que hay en el Perú, entre los cuales es el de administrador de la Casa de la Moneda, que viene a ser allí como superintendente de ella. Y habiendo dado sumas considerables los sujetos que los tienen en propiedad, se les confirieron para gozarlos por el tiempo determinado, con facultad de que cada uno pudiese nombrar por sí un teniente para que asistiese en el arsenal en caso de ausencia del propietario, pagándose del Real Erario los sueldos de ambos, en cuyas crecidas contribuciones está pensionado, como se irá reconociendo por lo que en particular se dirá de cada uno.
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