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Хорхе Хуан и Антонио де Ульоа. Секретные сведения об Америке. Часть вторая. Jorge Juan y Antonio de Ulloa. DISCURSO Y REFLEXIONES POLITICAS SOBRE EL ESTADO PRESENTE DE LA MARINA EN LOS REINOS DEL PERU


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137. La distancia que habrá entre las dos puntas que forman esta ensenada es de dos millas, y su profundidad como de media legua a corta diferencia, y aunque el fondeadero es casi igual por todas partes, el sitio más propio para amarrarse los navíos es a la parte del Este, contra la costa de este lado; pero es menester estar tan cerca de las peñas de la orilla que, a la distancia de uno o dos cables, se encuentran cincuenta brazas de agua, y el ancla de afuera está en setenta y ochenta; pero si la embarcación se aparta de la costa de tres a cuatro cables, será preciso poner el ancla de afuera en cien brazas de agua, y así no bastan los ayustes de dos cables para que quede tendido, ni es posible que en tanta agua quede el navío seguro. Los navíos enemigos que llegan a este puerto entran hasta lo más interior de él y poniendo una [ancla] amarrada en tierra, la cual aseguran en la playa que corresponde al Sudoeste del puerto, echan al agua la otra, y así se aseguran bien a toda fortuna; pero todo su cuidado no ha bastado para evitar la pérdida de algunos, cuyos fragmentos, que todavía existen en la playa, son verdaderos testimonios del fracaso de tres navíos, los dos antiguos, y el uno más moderno. Esta misma suerte estuvo próximo a experimentar el vice almirante Anson con uno de los dos únicos navíos grandes que le quedaron, el Centurión, librándole más la casualidad que la diligencia, del destrozo que le esperaba entre las peñas.

138. El modo de amarrarse los navíos en este puerto, cuando no se acercan a tierra para poner ancla en la playa, es Noroeste Sueste, y siendo tiempo de verano (porque en el invierno no es practicable de ninguna manera) se procura asegurar bien la de Sueste, que es la que trabaja contra las ráfagas del viento, que van por lo regular del Sueste, de cuya parte suelen correr entonces los vientos. El ancla del Nordeste sirve para que el navío resista a la corriente, que se experimenta frecuentemente venir con fuerza por aquella parte, porque haciendo el agua varias revesas alrededor de la isla y entrando por la costa del Oeste de la ensenada, lo ejecuta a veces con tanta fuerza que, haciendo oposición a la violencia de las ráfagas, mantienen el navío, entre las dos, atravesado, sin hacer por uno ni por otro cable; pero descaeciendo el viento, o cesando el impulso de la corriente, mientras el contrario se mantiene en su ser, obliga éste a que el navío ceda, y entonces es cuando precisa la seguridad de aquella amarra que lo ha de sujetar.

139. El fondo de todo el puerto es de arena y lama pegajosa, mezclada con conchuela y cascajo, el cual bastaría para rozar los cables; pero además está sembrado de múcaras, las cuales los echan a perder en poco tiempo. Y por esto, aunque el fondo es tan excesivo y la necesidad de amarrar los navíos grande y penosa, no se puede evitar la repetición de levantar las anclas cada dos o tres días para reconocer los cables, cuya faena, regularmente, es preciso hacerla con el navío, porque en tanta agua, y con los remolinos de la corriente, se ahogan las boyas, sin que lo evite la precaución de ponerlas aumentadas para que puedan soportar el peso de los orinques. Si los cables padecen en un fondo tan malo como aquél, no sucede menos con las anclas, pues en llegando a encallarse entre dos múcaras, no hay otro recurso que el de cortar el cable y dejarla perdida.

140. Los vientos sures y sursuestes, que soplan con mucha fuerza en todos tiempos y particularmente en el verano, causan en el puerto de Juan Fernández ráfagas tan fuertes que, levantando el agua del mar en gotas gruesas, ocasionan una extraordinaria lluvia, de cuya particularidad podrá concebirse a dónde llegarán sus fuerzas. Estas ráfagas, en que el nombre da a entender que no son siempre de igual violencia, dejan algunos cortos intervalos, como de tres a cuatro minutos, en que se disminuyen, si no del todo, en la mayor parte, y también unos días no son menos repetidos que en otros; pero por lo regular no dejan de experimentarse siempre, con más o menos actividad y frecuencia. De estas ráfagas proceden, asimismo, los contrastes de viento, que se experimentan desde que se empieza a entrar por el puerto, con los cuales es necesario tener gran cuidado y tomar bien sus precauciones. Porque, yendo entrando con viento fresco por el Sueste, suele calmar de golpe, y sin dar tiempo a hacer la debida faena, saltar al Sudoeste, o al Oeste, u otra parte, bien que por éstas no vienta con regularidad, e inmediatamente vuelven a cesar y a llamarse al Sueste, que es por donde estaba ventando antes del contraste. Y como en el tiempo que pasa, ínterin que el viento se muda de una parte a otra, no cesa la corriente, si el navío está muy empeñado en la costa del Este, puede ir a aconcharse sobre ella. Y para evitarlo, aunque debe llevarse a muy poca distancia, no ha de ser tan corta que deje de poderse largar un ancla cuando lo pida la ocasión, para que el navío quede seguro, lo que se ha de entender sólo en el caso de que el contraste permanezca, y se reconozca que el navío se abate contra la costa, porque mientras no suceda esto, es inútil la diligencia.

141. Como lo regular es que viente desde el Sur al Sueste, particularmente en la costa del Norte de esta isla (porque en la del Sur suelen experimentarse más constantes los vientos por el Sur, procedido de que allí soplan sin embarazo, y en la parte del Norte, [por ir] encañonados por entre los montes de la isla, [se] ocasionan las ráfagas y contrastes), siempre es preciso, para entrar en el puerto, arrimarse a la costa del Este y ceñirse contra ella por más que se pudiere, con sola la precaución de dejar aquella distancia precisa para resguardo de los contrastes, porque de otra manera no será fácil conseguirlo, no debiéndose recelar del fondo, ni guardarse de otra cosa más que de las piedras que se vieren, porque pegados contra ellas hay diez y doce brazas de agua.

142. A excepción de aquel pedazo de playa que tiene este puerto hacia la parte del Sur y Sudoeste, la cual se extenderá a cosa de un cuarto de legua, lo restante de sus costas, y todas las de la isla, son de peñascos muy altos, tan escarpados que, huyendo del regular declive que tienen todos los montes, parece, por el contrario, que las cumbres se quieren lanzar a la mar, formando por abajo concavidad. La playa de este puerto y la de los dos pequeños que hay al Oriente y Occidente del que ya se nombró, son las únicas en toda ella donde se puede desembarcar, según queda ya advertido.

143. El territorio de esta isla se compone de montañas más que de mediana altura; por en medio de éstas se eleva una que domina a las demás y es particular en su figura, porque forma como una meseta en lo más alto. De todas éstas bajan algunos arroyos de agua, de los cuales se pierden unos en las tierras por donde llevan su curso, y otros llegan hasta la mar; cinco de éstos desaguan en el puerto de Juan Fernández, en cada uno de los otros dos puertos del Oriente y Occidente otro, y en la caleta del Oriente, que está dentro del mismo puerto principal, desagua también uno. De todos los cinco que hay en él es éste el mejor, y el más cómodo para hacer aguada, porque la mar está más sosegada y, arrimándose contra las peñas de la orilla, se puede desembarcar cómodamente y llevar el agua por medio de un conducto o manguera hasta la misma ancha. Por los dos corre bastante agua, pero en los restantes es con tanta escasez que es preciso abrir pozas para recoger alguna cuando se intenta hacer aguada en ellos; lo cual es muy difícil y peligroso, porque toda la playa por donde corren está llena de peñas sueltas, y el fondo es de lo mismo, con que no pueden arrimarse a la orilla las lanchas sin exponerse al riesgo de desfondarse contra ellas, con la marejada que es continua allí. Todas estas aguas son muy delicadas y saludables.

144. Las faldas de aquellos cerros que se extienden hacia la parte del Norte de la isla están muy pobladas de arboledas, entre las cuales hay variedad de especies, y todas ellas muy buenas y propias para carenar los navíos o componer las embarcaciones menores. Pero de la parte del Sur de la isla sólo se ven árboles en las cañadas que forman entre sí las pendientes de aquellos cerros, lo cual proviene, sin duda, de la fuerza con que los vientos sueres, que son continuos, baten por allí la isla. Los parajes que se hallan descumbrados están llenos de avenales, tan altos que exceden con mucho al hombre más corpulento.

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