118. De Talcaguano, o del tercio de distancia que hay desde la punta del mismo nombre, sale un bajo que corre hacia el Este media legua [con] corta diferencia, y en medio de él hay una laja rodeada de arrecifes, la cual se descubre en bajamar, y este bajo es menester evitarlo igualmente; y para ello es la mejor señal que se puede tener, si se entra en la bahía con el terral, la de dirigirse derechamente desde su boca a la medianía de un manchón de tierra colorada, que se deja ver en el fin de la bahía sobre un cerro de mediana altura que hay en aquella parte, y continuar así hasta tener montado el bajo, el cual se deja percibir por el color del agua desde bastante distancia. Y habiéndolo montado, se continuará gobernando a las casas de Talcaguano, hasta estar distantes de la playa cosa de media milla, y en cinco a seis brazas de agua, en cuyo pasaje se da fondo, de suerte que la punta de la Herradura queda oculta con la isla de la Quiriquina. Pero es necesario tener cuidado de otra laja que hay entre el Morro y la playa de Talcaguano, la cual suele quedar bien cerca de los navíos, y de no aproximarse hacia aquella parte del Morro, porque hay un bajo de arena que corre desde la laja que acabamos de decir hasta el Cerrillo Verde. Estando así fondeados los navíos en el puerto de Talcaguano, se hallarán resguardados del Norte con la misma tierra, pero esto no impide el que experimenten la fuerza del mar, que entra con toda su alteración por una y otra boca, aunque como es bueno el tenedero, no peligran. En estas ocasiones es difícil desembarcar en tierra, porque rompen las olas en toda la playa; cuando no hay sures se puede desembarcar cómodamente en cualquier paraje de la playa de aquel puerto.
119. La entrada del puerto de San Vicente tiene también alguna dificultad, porque en las dos puntas que forman la boca del puerto hay mogotes que salen de ellas al mar, y después corre un bajo todo alrededor del puerto, extendiéndose cosa de medio cable por todas partes. Además de esto, hay una laja donde suelen reventar el mar en ocasiones, al Noroeste del mogote de la punta del Sur del puerto, y se alarga de él afuera media legua, y por esta razón la entrada en este puerto se debe hacer con cuidado, pasando por sotavento de la laja y habiéndola hecho balizar con el bote en el caso que no se distinga bien por la reventazón, y procurando no descaecer mucho contra los mogotes correspondientes a la punta del Norte del puerto, que están casi en el veril del banco. Pero estando una vez dentro, es bastante fondable, limpio y de buen tenedero.
120. Toda esta bahía está totalmente indefensa, porque en su entrada no hay fortaleza que haga oposición, ni en toda ella más que el pequeño fuerte que acompaña a la ciudad haciendo frente a la playa, cuyos fuegos, aunque cortos, alcanzan a cubrir al fondeadero de Cerrillo Verde; pero como no hay necesidad, en caso de que entren allí navíos enemigos, de que vayan a dar fondo a aquel puerto, pudiéndolo hacer con más comodidad en Talcaguano, no sirve de defensa para la bahía, ni para la ciudad, como se ha hecho ver en las sesiones adonde se trata de las plazas de armas en particular.
121. El comercio de embarcaciones que tiene esta bahía es muy corto, mediante que en tiempo de paz se reduce a dos o tres navíos que pasan del Callao a cargar frutos, una pequeña embarcación de Valdivia, y otra de Chiloé, que van a ella con el mismo fin, y no más. En tiempo de guerra es mayor, porque los navíos de la armada que se destinan para que guarden aquellas costas, suelen hacer dos o tres entradas en la bahía para reponer los víveres y aguada, interín que dura el verano, pues para el invierno, aunque el puerto de Talcaguano está algo resguardado de los nortes, no es tanto como conviniera para invernar en él. Esto no obstante, lo han hecho algunos navíos, y particularmente los franceses que en el principio de este siglo pasaron allí.
122. Aunque esta bahía estuviese con todas las fortalezas imaginables para su defensa, servirían de poco porque, sin ir a experimentar sus fuerzas, tienen puerto los enemigos, siempre que lo pretendan, en la isla de Santa María, que está diez leguas al Sur de La Concepción y pegada a la misma costa; la cual tiene por la banda de tierra firme una bahía muy hermosa y cómoda, así por su capacidad, como por su buen fondo, abrigo y otras conveniencias apetecibles para refrescar una escuadra y carenarla con tanta prolijidad. Por el recelo de que algún día pudiese servir de asilo a los enemigos esta bahía, se mandó, con mucho acuerdo, que no se cultivasen sus tierras, no obstante su gran fecundidad, y que se retirasen de ellas a la tierra firme los ganados que pacían en sus amenos prados. Aunque esta isla está muy cerca de tierra, su canal tiene bastante agua para que pueda pasar un navío de cualquier porte entre ella y la tierra firme.
Puerto de Valdivia
123. Este puerto, que está a la desembocadura del río de Quiriquina, y su situación es en la costa de Chile en treinta y nueve grados cuarenta y cinco minutos de latitud austral, es el único a quien legítimamente le compete el nombre de puerto, porque está defendido y cerrado con fortificaciones, y dentro de él tienen abrigo las embarcaciones. Los puertos en donde regularmente se amarran, estando de los castillos hacia dentro, son dos. El uno a la entrada de la boca estrecha del río, en la costa del Sur, que se nombra el puerto del Corral, por estar su principal fondeadero casi al pie de la fortaleza que tiene el mismo nombre, entre ella y el castillo de Amargos; este puerto es muy bueno, en él se da fondo muy cerca de tierra en cuatro y cinco brazas de agua, y el tenedero es bueno.
124. El segundo puerto está casi en la mitad de la distancia que hay desde el del Corral a la plaza de Valdivia, que es de cinco leguas con corta diferencia. Cae este segundo puerto a la parte del Oriente de una isla que llaman del Rey, y tan cerca de la tierra firme que, sin necesidad de muelle, llegan a ella los navíos y descargan lo que llevan, porque pegado a la misma orilla hay de seis a siete brazas de agua. Para tomar este puerto pasando a él desde el del Corral, y también yendo en derechura desde la entrada del río, se entra por la canal que forman las islas de Mancera y la punta de Niebla, en que hay bastante fondo, lo que no sucede entre las islas y la otra tierra del Oriente, y se da fondo en seis a siete brazas de agua, como se ha dicho, amarrándose en tierra. Para entrar en Valdivia es necesario ir a recalar a la punta de la Galera, que está al Sur de la desembocadura de este río, y no acercarse mucho a ella, porque sale un bajo con arrecifes que corre al Norte como una legua. Desde esta punta se va prolongando la costa hasta la que sigue, nombrada Morro Gonzalo, teniendo cuidado de llevarla a distancia de una milla por lo menos, porque también sale de ésta un bajo hacia el Norte, por cuya razón, para evitar todo peligro, se gobierna el camino del navío por la sonda, y ensondeando veinticinco brazas de agua al Norte de Morro Gonzalo, y más adelante doce, irá la embarcación a buena distancia de la costa. Estando ya Norte y Sur con el río de Churín, se da fondo allí, hasta informar al gobernador de la plaza de la embarcación que desea entrar en el puerto y los fines que tiene para ir a él, con cuyo consentimiento puede continuar su entrada por medio del espacio que hay entre los dos fuertes de Amargos y Niebla, inclinándose más a este último. Y de esta forma irá navegando por diez, ocho, seis y siete brazas de agua, llevando derecha la proa al castillo de Mancera, que está sobre la isla del mismo nombre, cuyas tres fortalezas, que juegan más de cien cañones de grueso calibre, defienden la entrada del puerto.
125. Lo más admirable de este puerto, después de su buena disposición, es que tanto la costa que corre hacia el Norte, como la que se extiende hacia el Sur, no tiene paraje alguno en que se pueda hacer desembarco, porque además de ser costas bravas, una y otra son de peñasquería alta y escarpada a la mar, donde la embarcación que llega a naufragar, sea del país o de las extrañas, por falta de conocimiento, no dejan a los que van en ellas la más remota esperanza de poder salvar las vidas. Y por esto es necesario ir con cuidado cuando se desea entrar en Valdivia, siendo [esto más preciso] en los meses de abril y mayo, que es ya entrada de invierno, o en todo él hasta diciembre, que ya empieza el verano; porque si a la embarcación le sobreviene algún norte, hallándose empeñada en la ensenada que hay desde la punta de la Galera hacia adentro, será muy casual el que pueda volver a montarla con el temporal para salir de ella, y evitar la pérdida, y por esto los viajes a este puerto no se hacen sino en la mejor sazón del verano.
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