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Nietzsche, Friedrich. Ecce homo.

Ecce homo
Cómo se llega a ser lo que se es
Prólogo
1
Como preveo que dentro de poco tendré que dirigirme a la humanidad presentándole la más grave
exigencia que jamás se le ha hecho, me parece indispensable decir quién soy yo. En el fondo sería lícito
saberlo ya: pues no he dejado de «dar testimonio» de mí. Mas la desproporción entre la grandeza de mi
tarea y la pequeñez de mis contemporáneos se ha puesto de manifiesto en el hecho de que ni me han oído ni
tampoco me han visto siquiera. Yo vivo de mi propio crédito; ¿acaso es un mero prejuicio que yo vivo? Me
basta hablar con cualquier «persona culta» de las que en verano vienen a la Alta Engadina para
convencerme de que yo no vivo. En estas circunstancias existe un deber contra el cual se rebelan en el
fondo mis hábitos y aún más el orgullo de mis instintos, a saber, el deber de decir: ¡Escuchadme, pues yo
soy tal y tal. ¡Sobre todo, no me confundáis con otros!
2
Por ejemplo, yo no soy en modo alguno un espantajo, un monstruo de moral; yo soy incluso una naturaleza
antitética de esa especie de hombres venerada hasta ahora como virtuosa. Dicho entre nosotros, a mí me
parece que justo esto forma parte de mi orgullo. Yo soy un discípulo del filósofo Dioniso, preferiría ser un
sátiro antes que un santo. Pero léase este escrito. Tal vez haya conseguido expresar esa antítesis de un
modo jovial y afable, tal vez no tenga este escrito otro sentido que ése. La última cosa que yo pretendería
sería «mejorar» a la humanidad. Yo no establezco ídolos nuevos, los viejos van a aprender lo que significa
tener pies de barro. Derribar ídolos («ídolos» es mi palabra para decir «ideales»), eso sí forma ya parte de
mi oficio. A la realidad se la ha despojado de su valor, de su sentido, de su veracidad en la medida en que
se ha fingido mentirosamente un mundo ideal. El «mundo verdadero» y el «mundo aparente»; dicho con
claridad: el mundo fingido y la realidad. Hasta ahora la mentira del ideal ha constituido la maldición contra
la realidad, la humanidad misma ha sido engañada y falseada por tal mentira hasta en sus instintos más
básicos hasta llegar a adorar los valores inversos de aquellos solos que habrían garantizado el
florecimiento, el futuro, el elevado derecho al futuro.
3
Quien sabe respirar el aire de mis escritos sabe que es un aire de alturas, un aire fuerte. Es preciso estar
hecho para ese aire, de lo contrario se corre el no pequeño peligro de resfriarse en él. El hielo está cerca, la
soledad es inmensa; ¡mas qué tranquilas yacen todas las cosas en la luz!, ¡con qué libertad se respira!,
¡cuántas cosas sentimos debajo de nosotros! La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora,
es vida voluntaria en el hielo y en las altas montañas: búsqueda de todo lo problemático y extraño que hay
en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral. Una prolongada experiencia, proporcionada por
ese caminar en lo prohibido, me ha enseñado a contemplar las causas a partir de las cuales se ha moralizado
e idealizado hasta ahora, de un modo muy distinto a como tal vez se desea: se me han puesto al descubierto
la historia oculta de los filósofos, la sicología de sus grandes nombres. ¿Cuánta verdad soporta, cuánta
verdad osa un espíritu? Esto fue convirtiéndose cada vez más, para mí, en la auténtica unidad de medida. El
error (el creer en el ideal) no es ceguera, el error es cobardía. Toda conquista, todo paso adelante en el
conocimiento es consecuencia del coraje, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo. Yo
no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes. Nitimur in vetitum [nos lanzamos
hacia lo prohibido]: bajo este signo vencerá un día mi filosofía, pues hasta ahora lo único que se ha
prohibido siempre, por principio, ha sido la verdad.
4
Entre mis escritos ocupa mi Zaratustra un lugar aparte. Con él he hecho a la humanidad el mayor regalo
que hasta ahora ésta ha recibido. Este libro, dotado de una voz que atraviesa milenios, no es sólo el libro
más elevado que existe. El auténtico libro del aire de alturas –todo lo hecho «hombre» yace a enorme

distancia por debajo de él– es también el libro más profundo, nacido de la riqueza más íntima de la verdad,
un pozo inagotable al que ningún cubo desciende sin subir lleno de oro y de bondad. No habla en él un
«profeta», uno de esos espantosos híbridos de enfermedad y de voluntad de poder denominados fundadores
de religiones. Es preciso ante todo oír bien el sonido que sale de esa boca, ese sonido alciónico, para no ser
lastimosamente injustos con el sentido de su sabiduría. «Las palabras más silenciosas son las que traen la
tempestad. Pensamientos que caminan con pies de paloma dirigen el mundo.»
Los higos caen de los árboles, son buenos y dulces; y, conforme caen, su roja piel se abre. Un viento del
norte soy yo para higos maduros. Así, cual higos, caen estas enseñanzas hasta vosotros, amigos míos:
¡bebed su jugo y su dulce carne! Nos rodea el otoño, y el cielo puro, y la tarde.
No habla aquí un fanático, aquí no se «predica», aquí no se exige fe: desde una infinita plenitud de luz y
una infinita profundidad de dicha va cayendo gota tras gota, palabra tras palabra, una delicada lentitud es el
tempo [ritmo] propio de estos discursos. Algo así llega tan sólo a los elegidos entre todos; constituye un
privilegio sin igual el ser oyente aquí; nadie es dueño de tener oídos para escuchar a Zaratustra... ¿No es
Zaratustra, con todo esto, un seductor?... ¿Qué es, sin embargo, lo que él mismo dice cuando por vez
primera retorna a su soledad? Exactamente lo contrario de lo que en tal caso diría cualquier «sabio»,
«santo», «redentor del mundo» y otros decadente [decadentes] No sólo habla de manera distinta, sino que
también es distinto.
¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! ¡También vosotros os vais ahora solos! Así lo quiero yo.
En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí y guardaos de Zaratustra! Y aun mejor: ¡avergonzaos de él!
Tal vez os ha engañado. El hombre del conocimiento no sólo tiene que poder amar a sus enemigos, tiene
también que poder odiar a sus amigos.
Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros
mi corona?
Vosotros me veneráis: pero ¿qué ocurrirá si un día vuestra veneración se derrumba? ¡Cuidad de que no os
aplaste una estatua! ¿Decís que no creéis en Zaratustra? ¡Mas qué importa Zaratustra! Vosotros sois mis
creyentes, ¡mas qué importan todos los creyentes!
No os habíais buscado aún a vosotros: entonces me encontrasteis. Así hacen todos los creyentes: por eso
vale tan poco toda fe. Ahora os ordeno que me perdáis a mí y que os encontréis a vosotros; y sólo cuando
todos hayáis renegado de mi volveré entre vosotros.
Friedrich Nietzsche
En este día perfecto en que todo madura y no sólo la uva toma un color oscuro acaba de posarse sobre mi
vida un rayo de sol: he mirado hacia atrás, he mirado hacia delante, y nunca había visto de una sola vez
tantas y tan buenas cosas. No en vano he dado hoy sepultura a mi cuadragésimo año, me era lícito darle
sepultura, - lo que en él era vida está salvado, es inmortal. La Transvaloración de todos los valores, los
Ditirambos de Dioniso y, como recreación, el Crepúsculo de los ídolos ¡todo, regalos de este año, incluso
de su último trimestre! ¿Cómo no había yo de estar agradecido a mi vida entera? Y así me cuento mi vida a
mí mismo.
Por qué soy tan sabio
1
La felicidad de mi existencia, tal vez su carácter único, se debe a su fatalidad: yo, para expresarme en
forma enigmática, como mi padre ya he muerto, y como mí madre vivo todavía y voy haciéndome viejo.
Esta doble procedencia, por así decirlo, del vástago más alto y del más bajo en la escala de la vida, este ser
décadent y a la vez comienzo. Esto, si algo, es lo que explica aquella neutralidad, aquella ausencia de
partidismo en relación con el problema global de la vida, que acaso sea lo que a mí me distingue. Para
captar los signos de elevación y de decadencia poseo yo un olfato más fino que el que hombre alguno haya
tenido jamás, en este asunto yo soy el maestro par excellence [por excelencia], conozco ambas cosas, soy
ambas cosas. Mi padre murió a los treinta y seis años: era delicado, amable y enfermizo, como un ser
destinado tan sólo a pasar de largo, más una bondadosa evocación de la vida que la vida misma. En el
mismo año en que su vida se hundió, se hundió también la mía: en el año trigésimo sexto de mi existencia
llegué al punto más bajo de mi vitalidad: aún vivía, pero no veía tres pasos delante de mí. Entonces –era el
año 1879– renuncié a mi cátedra de Basilea, sobreviví durante el verano, parecido a una sombra, en St.
Moritz, y el invierno siguiente, el invierno más pobre de sol de toda mi vida, lo pasé, siendo una sombra, en
Naumburgo. Aquello fue mi mínimum: El caminante y su sombra nació entonces. Indudablemente, yo

entendía entonces de sombras. Al invierno siguiente, mi primer invierno genovés, aquella dulcificación y
aquella espiritualización que están casi condicionadas por una extrema pobreza de sangre y de músculos
produjeron Aurora. La perfecta luminosidad y la jovialidad, incluso exuberancia de espíritu, que la citada
obra refleja se compaginan en mí no sólo con la más honda debilidad fisiológica, sino incluso con un
exceso de sentimiento de dolor. En medio de los suplicios que trae consigo un dolor cerebral
ininterrumpido durante tres días, acompañado de un penoso vómito mucoso, poseía yo una claridad
dialéctica par excellence y meditaba con gran sangre fría sobre cosas a propósito de las cuales no soy, en
mejores condiciones de salud, bastante escalador, bastante refinado, bastante frío. Mis lectores tal vez
sepan hasta qué punto considero yo la dialéctica como síntoma de décadence, por ejemplo en el caso más

Nietzsche, Friedrich. Ecce homo.
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