a que no puedo faltar.
Decidme aquí la razón
que tenéis de sentimiento
que os obligue a desafío;
que si, como yo confío,
es injusto el fundamento,
con desengañaros, quiero
no faltar yo a la ocasión
que espero, y la obligación
que de sacar el acero
nos pondrá el haber salido
al campo excusar, supuesto
que si os engañáis en esto,
no me doy por ofendido.
JUAN: Porque sé que la ocasión
de mi agravio es verdadera,
la diré; que si pudiera
esperar satisfacción
la callara hasta salir
al campo; que el aguardar
satisfacción es mostrar
poca gana de reñir.
Vos, cuando a Leonor hablasteis
porque arrendado os había
esta casa sin ser mía,
“Caco sutil” me llamasteis.
DOMINGO: Nunca la verdad negué.
JUAN: Ésta es la ofensa que quiero
que sustente vuestro acero.
DOMINGO: Luego, ¿porque os igualé
al sutil [Caco], ofendido,
don Juan, me desafiáis?
JUAN: Siendo quien sois, ¿no juzgáis
cuán grande ese agravio ha sido?
DOMINGO: Pues, el pensamiento mío
según eso me engañaba.
JUAN: ¨Cómo?
DOMINGO: Porque yo esperaba
de Caco este desafío.
JUAN: ¡Que os atreváis de ese modo
a agraviarme!
DOMINGO: Si a reñir
al campo hemos de salir,
reñiremos sobre todo.
JUAN: Vamos, pues; que no permite
mi enojo más dilación.
DOMINGO: Ni a mí cierta obligación
que de este puesto me quite,
como he dicho, por agora.
Y así, porque yo no sé
cuánto en él me detendré,
señalad el puesto y hora
para mañana, y veréis
que salgo, como quien soy,
a buscaros. De ello os doy
la palabra.
JUAN: No saldréis
que el ser tan acomodado
arguye poco valor.
DOMINGO: En tocando al pundonor,
estás, don Juan, engañado.
Conmigo el valor nació,
las fuerzas he de adquirir;
que ellas han de conseguir
lo que el valor emprendió.
Y cuanto más me acomodo
cuando inquietudes no tengo,
tantas más fuerzas prevengo
a mi valor para todo.
Y sólo advertiros quiero
que podéis echar de ver
cuánto me va en no perder
lo que en esta calle espero,
pues dilato la venganza
del agravio que me hacéis
en mostrar que no tenéis
de mi valor confïanza.
JUAN: Ya según exageráis
que os importa no salir
de esta calle, a colegir
vengo que me quebrantáis
la palabra; porque aquí,
¿qué puede, sino el amor,
deteneros, de Leonor?
DOMINGO: Nunca a lo que prometí
falté, y reservo también
ese agravio al desafío.
JUAN: No tiene paciencia el mío.
Aguardar no me est bien
ocasiones dilatadas
cuando me importa vengarme.
DOMINGO: Pues si no podéis sacarme
de la calle a cuchilladas,
es vana vuestra porfía.
BELTRÁN: ¿Qué esperamos?
JUAN: El acero
no saques tú; que no quiero
reñir con superchería.
Acuchíllanse
DOMINGO: No importa; hábil como a dos,
basto solo cuando llego
a sacar la espada.
BELTRÁN: (¡Fuego, Aparte.
rayo, furia es! ¬Vive Dios!
En Cantalapiedra ha dado
don Juan. Pero, ¿quién pensara
que a todo se acomodara
tan bien el acomodado?
JUAN: ¡No vi tan valiente acero
jamás!
DOMINGO: Don Juan, gente viene
y advertid que no os conviene,
si es acaso quien espero,
que os halle en esta ocasión
que ya lograr no podéis,
y no es bien que me estorbéis
que cumpla mi obligación
sin fruto; y, pues os mostré
con tanto valor agora
que mañana el puesto y hora
que me señaláis iré,
señaladle, y cese aquí
la cuestión; que me daréis
a entender, si no lo hacéis,
que medroso ya de mí,
queréis que esta gente sea
medianera entre los dos.
JUAN: Bien decís, y así con vos
se ver , como desea,
mi pecho. A esta misma hora
mañana, esperadme aquí,
porque evitemos así
sospechas, y de Zamora
solos y juntos los dos,
a la estacada saldremos
que entonces señalaremos.
DOMINGO: Yo os aguardo.
JUAN: Adiós.
DOMINGO: Adiós.
Vase [DOMINGO]
BELTRÁN: Valor tiene.
JUAN: Vivo o muerto
he de salir de cuidado.
BELTRÁN: Huélgome que hayas sacado
mi blanca de este concierto.
Vanse
FIN DEL ACTO SEGUNDO
ACTO TERCERO
Salen don JUAN y BELTRÁN, de noche y con linternas
BELTRÁN: Si así te vas quitando inconvenientes,
por hambre vencerás a don Ramiro.
JUAN: A ejecutar la inclinación aspiro
de que he tenido impulsos tan valientes,
que, cuando otros motivos no tuviera,
es cierto que lo hiciera
sólo por ver cumplido este deseo
de que sin rienda fatigarme veo.
BELTRÁN: En errar o acertar esta jornada
te va a ser César esta noche o nada.
JUAN: Siempre ayuda al osado la Fortuna.
BELTRÁN: Y en esto pienso yo, sin duda alguna,
que los mismos doblones
que entramos a robar, con avisarnos
a voces donde están, han de ayudarnos
por salir de tan lóbregas prisiones;
pues, según don Ramiro los encierra,
no sirve de moneda agora el oro
más que cuando ocupó, inútil tesoro,
el centro oscuro en su nativa tierra.
JUAN: Comencemos la empresa; que Morfeo
sepulta en las corrientes del Leteo
los humanos sentidos.
BELTRÁN: Envidia tengo a los que están dormidos;
que de sueño me tienen alcanzado
las noches que nos hemos desvelado
buscando a don Domingo inútilmente.
JUAN: El cobarde temió.
BELTRÁN: ¡Que tan valiente
riñendo aquella noche se mostrase,
y que después trocase
tanto en temor el brío,
que no sólo faltase al desafío,
pero se haya ocultado
de suerte que la industria y el cuidado
y el desvelo haya sido
en buscarle perdido!
JUAN: ¿Qué más venganza quiero? ¿Pude darle,
Beltrán, mayor castigo que obligarle
a vivir escondido y temeroso?
BELTRÁN: Él, pienso yo, que ha sido el victorioso,
pues estará, conforme a su costumbre,
dondequiera que esté, sin pesadumbre,
puesto en acomodarse su cuidado
mientras los dos nos hemos desvelado.
Don JUAN alumbra y BELTRÁN va sacando
llaves y abriendo
JUAN: Vengan las llaves.
BELTRÁN: Pruebo la primera
en el postigo; si estampada en cera
la original se hubiera fabricado
nos sacara más presto de cuidado.
JUAN: Lo mismo es ser maestra.
BELTRÁN: El efecto lo muestra
pues no le han resistido
las guardas y la puerta se ha rendido.
JUAN: Entremos pues pisando lentamente,
porque somos perdidos si la gente
de Ramiro despierta.
BELTRÁN: Paso para su cuarto es esta puerta.
JUAN: Ábrela pues, Beltrán; que es avariento
y en los que est n detr s de su aposento,
por guardarlo mejor, tendrá en tesoro.
Abre
BELTRÁN: Las llaves pienso que habilita el oro.
JUAN: Pasemos adelante
porque en el aposento más distante


















Post a Comment