qué malo era el señor
para mula de alquiler!
ESPESO: ¿Por qué?
GILA: Porque me pareces
espantadizo a la fe.
ESPESO: Tú eres peor.
GILA: Yo, ¿por qué?
ESPESO: Porque te echas muchas veces.
PEDRO: Espeso, ¿qué es lo que haces?
ESPESO: Querer aumentar el mundo.
PEDRO: Necio, loco, vagabundo,
bien a tu ser satisfaces,
vete, villano, de aquí.
GILA: ¿Qué receló el estudiante?
DOROTEA: Escucha, escucha un instante,
o iréme, Pedro, tras ti.
PEDRO: Déjame vil cocodrilo,
que aunque el alma te escuchó,
no soy pasajero yo,
ni es esta campaña el Nilo.
DOROTEA: ¿De una mujer huyes?
PEDRO: Sí,
que no se puede vencer
sino huyendo la mujer,
mas pues no puedo por mí
templar de tu liviandad
el ardir desatinado,
en este cristal helado,
en esta unida frialdad,
y en este estanque que el cielo,
por reboltoso prendió,
y grillos de plata echó
sobre lazadas de hielo,
me he de arrojar a tus ojos,
para que en su centro frío
se temple tu ardor, y el mío.
ESPESO: Señor, ¿dónde vas?
PEDRO: Despojos
he de ser de su frialdad.
Vase PEDRO
ESPESO: Tú vas a lindo brasero,
mira que estás en enero.
GILA: Arrojóse.
DOROTEA: ¿Qué impiedad!
Vase ESPESO
PEDRO: ¡Válgame nuestra Señora! Dentro
GILA: ¿Hay tan extraño prodigio?
PEDRO: Dorotea, Dorotea, Dentro
mira en este centro frío
el vil sujeto que adoras.
GILA: Hasta el cuello sumergido
temblando yace de hielo,
como entre la nieve el lirio.
Vamos a ayudarle.
DOROTEA: Tente,
que mi pecho endurecido
en fiera se ha transformado,
déjale morir, pues quiso,
por no mirarme a la cara,
probar tan necio martirio.
Mátele el agua mil veces,
y en su helado domicilio
desdichadamente acabe,
siéndole mortaja el río,
aunque no, no morir,
que si se arroja atrevido
al agua, debe de ser,
porque sabe de sí mismo
que es todo hielo y nieve,
y dos hielos en un vidro,
darán mas frialdad al vaso,
pero no se harán perjuicio.
ESPESO: ¡Favor aquí, que se ahoga!
GILA: Mi corazón compasivo
no puede más, Dorotea;
porque pienso que te sirvo,
a ayudarle voy, adiós.
Vase GILA
DOROTEA: Vete, y al cielo suplico,
que le halles cuando llegues
tan helado, y descaído,
que en la cama de cristal,
donde muere por esquivo,
ánimo aun le falte al alma,
para el postrero suspiro.
Plegue a Dios le halles muerto,
que aunque sé que en esto pido
mi muerte, porque en efeto
vivo con mirarle vivo,
mas quiero que de una vez
caiga el golpe que resisto,
que no tener un verdugo,
que a desprecios y a desvíos
eternamente me acabe.
Pero, ¿qué es aquello que miro?
En los brazos de los dos,
aun no mojado el vestido,
libre, y sin peligro sale.
Sombras que el obscuro abismo
habitáis en voraz fuego,
pues los cielos no han querido
matarle, porque yo muera,
dadme industria, dadme arbitrio,
dadme poder, dadme modo,
dadme fuerza, y dadme hechizos
para obligar a mi amor,
o ya honesto, o ya lascivo,
a esta peña, a este diamante,
a esta nieve, a este granizo
y, pues que tiene el demonio
mando, poder, y dominio
en cualquier causa segunda,
haced que venga atrevido
a favorecer mi amor;
que tan perdida me miro,
que como venga a lograrle,
cualquier medio por nocivo,
y por extraño que sea,
abrasará mi apetito,
aunque le trace el infierno,
o alguno de sus ministros.
Pero, ¿qué es esto?
Sale el DEMONIO, muy galán
DEMONIO: Ya vengo
de tus lágrimas movido
a ayudarte. ¿Qué te turbas?
DOROTEA: Hombre, ¿quién eres?
DEMONIO: El mismo
que estabas llamando agora.
Sosiega el pecho afligido.
DOROTEA: Erizados los cabellos
y pasmados los sentidos,
apenas acierto a hablar.
DEMONIO: Yo soy la estrella que quiso
quitarle la silla al Sol
al instante que me hizo,
porque en ese mismo instante
miré en el Verbo Divino
que Dios había de ser Hombre,
y que mi espiritu altivo,
con los demás de mi esquadra
con cánticos y con himnos
le habíamos de adorar,
siendo barro su principio,
y por no adorar a un hombre,
aunque el Hombre fuera Cristo,
perdí la gracia del Padre,
con la enemistad del Hijo.
Yo, pues viendo desde el centro,
donde obscuramente habito
que triunfa de ti y de mí
este mozuelo atrevido,
te vengo a ayudar, escucha
de mi poder los prodigios.
Cuantas ciencias, cuantas artes,
mapas, papeles, y escritos
tiene el mundo, ya en madera,
ya en caracteres, ya en libros,
he visto en un solo instante.
Por la virtud de los signos
en lo porvenir rastreo,
conjeturo y pronostico
los futuros contingentes.
Y de lo passado digo
cuanto ha sido, sin que pueda
la distancia, o el olvido,
ni equivocarme dudoso,
ni suspenderme encogido.
Yo obscurezco al Sol si quiero
y en la ciudad de zafiros
varias impresiones formo,
haciendo que en pardos giros
se precipiten las nubes
dando por el aire gritos.
Yo altero el mar si me importa,
y a tanto furor le incito
que subiendo por el aire
hecho cometa de vidrio,
se carea con el cielo,
y sus peces cristalinos
con los dos que estan allá
tal vez nadando se han visto.
Esto supuesto, yo vengo,
por ser tu interes y mío,
a ver si quieres que haga
inclinando su albedrío,
que ese Pedro, que se niega
a tus brazos, y a tus silbos,
te adore, sirva y regale.
DOROTEA: Mucho en eso poco has dicho,
¡notable caso!
DEMONIO: ¿Qué dudas
siendo yo quien te lo digo?
Si con el valiera acaso
el oro, en vasos de Egipto
a tus pies lo arrojaré,
castigado del martillo,
cuanto el Eufrates reserva,
y quanto sepulta el Nilo.
Y si hallare en él deseos
de verse honrado y servido,
dueño de un reino le haré,
donde en varios sacrificios
rendimientos le da el vulgo
que a Dios sólo sean debidos.
Y por remate de todo,
y fin de su precipicio
idolatra de tus ojos,
haré que en gustos lascivos,
del carmesi de tu boca
beba el cándido rocío.
Más amigo de Dios era
David, pues le llama amigo,
y allá en los ultimos tercios
de su vida, por mi arbitrio
fue adúltero y homicida.
A un Dios de metal fingido,
a un pedazo de marfil,
y a un poco de oro macizo.
Humo de incienso ofreció,
en altares de jacintos
Salomón a persuasión
de mi mañoso incentivo,
y de trescientas mujeres
que en halagos repartidos
bárbaramente gozaba,
corriendo la posta al viento,
mató por Dina a Sichem.















Post a Comment