para mirarla a la cara?
Ministros, ya no hay remedio,
ya pide la Extrema Unción,
preguntando por momentos
al médico si se acerca
su fin, que tiene consuelo
en que le diga que sí,
por verse con Dios mas presto.
Ya el húmedo radical
vencido postrado y seco,
rinde la virtud nativa
que difunde por los miembros.
Ya la lengua más enjuta,
vihuela que fue del cuerpo,
se turba viendo romper
las trastes del instrumento.
Ya entorpecidos los ojos,
ni bien claros, ni bien ciegos,
corren la helada cortina
como el sol se va poniendo.
Ya tibia toda la sangre,
por las venas discurriendo
al corazón se recoge,
y palpitando en su centro
se resiste cavilosa
viéndole con mas aliento.
Ya la batalla se da,
y aunque todo anda revuelto,
Pedro está tan sosegado
tan recogido y tan quieto,
que de lo que el cuerpo pasa,
parece que el mismo cuerpo
no se da por entendido.
Ya van llegando al extremo
el alma ya se avecina
a los labios macilentos,
ya salió, ya rompe el aire,
ya nueva vida naciendo,
sin tocar el purgatorio,
puro, santo, limpio, entero,
corre, vuela, sube, llama,
al descanso, al gusto, al centro,
a la quietud, al reposo,
a la paz, al bien, al cielo,
para que después de haber
gastado en su seguimiento
setenta y tres años, yo,
corrido, cansado, muerto,
llore, gima, clame, grite,
y en mar, aire, tierra y fuego,
arda, brame, pene, rabie,
porque muriendo, y volviendo
a vivir para morir,
desesperado y blasfemo,
me despedacen mis ansias,
y me consuma el infierno.
Sale el ÁNGEL
ÁNGEL: Poco el cielo me ha debido
en darle el alma de Pedro,
porque si fue siempre santa,
de justicia, de derecho
era suya. ¿Aquí estás tú?
Pues bien, de este dulce sueño,
de esta muerte, de esta vida,
¿qué dices?
DEMONIO: Que estoy contento
en cierto modo.
ÁNGEL: ¿Por qué?
DEMONIO: Porque aunque en el solio eterno
Pedro está participando
de aquellos rayos inmensos,
por lo menos en el mundo
tengo un enemigo menos.
Si yo aborrezco los pobres
porque a Cristo en ellos veo,
¿qué más gozo que saber,
que ha de faltarles con Pedro
la caridad, el abrigo,
el socorro y el sustento?
¿Qué será del vergonzante,
del mendidgo, del hambriento,
de la encerrada viuda,
y del afligido preso?
Y ¿qué será de sus hijos
sin tal padre, y tal maestro?
Pues ¿por qué he de estar yo triste,
si el mayor eje del cielo,
la gran columna de Cristo,
el firme polo del pueblo,
y la rueda donde estriba,
el carro del hemisferio,
se desbarata en señal,
del futuro detrimento?
Y si no mira en Arenas,
frailes, prelados y legos,
embarazar con suspiros
la monarquía del viento,
como huérfanos y solos?
Pues si aquí llegan sus ecos,
y aquí lo miran mis ojos,
¿no fuera, di, el sentimiento
importuno y excusado?
ÁNGEL: Nunca te he visto tan necio.
Pues, ¿no sabes, ignorante,
que nunca mi amado Pedro
pudo con su dueño tanto
como agora que su espejo
se está bebiendo las luces
por los cristales del Verbo?
Mira como agora ruega
por sus hijos, por sus deudos,
por sus pobres, por sus devotos.
Y Dios, viendo el sentimiento
que les ha dado su ausencia,
por lo mucho que perdieron,
le da comisión que baje,
por particular decreto,
a consolar a sus hijos.
Él mismo baja con ellos.
¿Qué dirás agora, ingrato,
de este amor?
DEMONIO: Que por no verlo
me he de arrojar de este monte
hasta el mas profundo centro.
Detiénele el ÁNGEL
ÁNGEL: Esta vez aunque te pese
lo has de ver.
DEMONIO: ¿A qué efeto?
ÁNGEL: A efeto de atormentarte.
DEMONIO: Ya suenan los instrumentos.
ÁNGEL: ¡Qué ventura!
DEMONIO: ¡Qué desdicha!
ÁNGEL: ¡Qué gozo!
DEMONIO: ¡Qué desconsuelo!
ÁNGEL: ¡Qué alegría!
DEMONIO: ¡Qué tristeza!
ÁNGEL: ¡Qué contento!
DEMONIO: ¡Qué tormento!
ÁNGEL: ¡Qué placer!
DEMONIO: ¡Qué pesadumbre!
ÁNGEL: ¡Qué favor!
DEMONIO: ¡Qué vituperio!
ÁNGEL: ¡Qué lisonja!
DEMONIO: ¡Qué martirio!
ÁNGEL: ¡Qué triunfo!
DEMONIO: ¡Qué vencimiento!
ÁNGEL: Todo es gloria cuanto miro.
DEMONIO: Todo es rabia cuanto veo.
Suena MÚSICA, y descúbrense por abajo
los FRAILES a la mano derecha, y a la otra los seglares que
pudieren, y baje de arriba un cielo, y en un trono el Santo Fray
PEDRO, y en lo alto el NIÑO
Jesús, y bajan hasta abajo, y abraza a los frailes, y
seglares
PEDRO: Hijos, llegad a mis brazos,
y vosotros a mi pecho,
dejad el triste dolor,
detened el llanto tierno,
y en cualquier necesidad,
y en cualquier suceso adverso,
a mi piedad acudid,
con voluntad, con afecto,
que aunque muerto, que aunque ausente
mi Señor, mi Dios, mi Dueño,
como siempre acudirá,
a la pena, al desconsuelo,
al trabajo, a la aflicción,
al infortunio, al riesgo.
¿No es así, Dueño, y Señor?
NIÑO: Fieles, por mi amigo Pedro
hasta mi gloria os daré.
Pedid y rogad sin miedo,
mi voluntad es la suya.
Así otra vez os prometo,
tomad de ésta mi palabra.
PEDRO: Hijos, quedad muy contentos,
y vosotros muy gozosos.
FRAILE 1: Con tal favor bien podemos.
SEGLAR: Y con tal seguridad.
PEDRO: Adiós, adiós.
ESPESO: Y con esto
el hijo del serafín,
por otro nombre fray Pedro,
acaba, y Montano empieza
para serviros de nuevo.
Tocan chirimías, y desaparece la tramoya,
con que se da fin a la comedia del Hijo del Serafín, San
Pedro de Alcántara
FIN DE LA COMEDIA
Хуан Перес де Монтальбан. Сын ангела, Сан Педро из Алкантары.
Juan Perez de Montalbаn. EL HIJO DEL SERAFÍN, SAN PEDRO DE ALCÁNTARA















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