Satanás.
He aquí mi inquietud cuál es:
por la dueña, en conclusión,
vengo: vos la profesión
abreviad de doña Inés. 1865
ABADESA. Sois padre, y es vuestro afán
muy justo, comendador;
mas ved que ofende a mi honor.
GONZA. No sabéis quién es don Juan.
ABADESA. Aunque le pintáis tan malo, 1870
yo os puedo decir de mí,
que mientra Inés esté aquí,
segura está, don Gonzalo.
GONZA. Lo creo; mas las razones
abreviemos: entregadme 1875
a esa dueña, y perdonadme
mis mundanas opiniones.
Si vos de vuestra virtud
me respondéis, yo me fundo
en que conozco del mundo 1880
la insensata juventud.
ABADESA. Se hará como lo exigís.
Hermana tornera, id, pues,
a buscar a doña Inés
y a su dueña. (Vase LA TORNERA.)
GONZA. ¿Qué decís, 1885
señora? O traición me ha hecho
mi memoria, o yo sé bien
que ésta es hora de que estén
ambas a dos en su lecho.
ABADESA. Ha un punto sentí a las dos 1890
salir de aquí, no sé a qué.
GONZA. ¡Ay! Por qué tiemblo no sé.
¡Mas qué veo, santo Dios!
Un papel…, me lo decía
a voces mi mismo afán. (Leyendo.) 1895
«Doña Inés del alma mía…»
Y la firma de don Juan.
Ved…, ved…, esa prueba escrita.
Leed ahí… ¡Oh! Mientras que vos
por ella rogáis a Dios 1900
viene el diablo y os la quita.
ESCENA IX
LA ABADESA, DON GONZALO, LA TORNERA
TORNERA. Señora…
ABADESA. ¿Qué es?
TORNERA. Vengo muerta.
GONZA. Concluid.
TORNERA. No acierto a hablar…
He visto a un hombre saltar 1905
por las tapias de la huerta.
GONZA. ¿Veis? Corramos: ¡ay de mí!
ABADESA. ¿Dónde vais, comendador?
GONZA. ¡Imbécil!, tras de mi honor,
que os roban a vos de aquí.
ACTO CUARTO
El Diablo a las puertas del Cielo
PERSONAS
DON JUAN, DOÑA INÉS, DON GONZALO, DON LUIS, CIUTTI, BRÍGIDA, ALGUACILES 1.° y 2.°
Quinta de DON JUAN TENORIO cerca de Sevilla y sobre el Guadalquivir. Balcón en el fondo. Dos puertas a cada lado
ESCENA PRIMERA
BRÍGIDA, CIUTTI
BRÍGIDA. ¡Qué noche, válgame Dios! 1910
A poderlo calcular
no me meto yo a servir a tan fogoso galán.
¡Ay, Ciutti! Molida estoy;
no me puedo menear. 1915
CIUTTI. ¿Pues qué os duele?
BRíGIDA. Todo el cuerpo
y toda el alma además.
CIUTTI. ¡Ya! No estáis acostumbrada
al caballo, es natural.
BRÍGIDA. Mil veces pensé caer: 1920
¡uf!, ¡qué mareo!, ¡qué afán!
Veía yo unos tras otros
ante mis ojos pasar
los árboles, como en alas
llevados de un huracán, 1925
tan apriesa y produciéndome
ilusión tan infernal,
que perdiera los sentidos
si tardamos en parar.
CIUTTI. Pues de estas cosas veréis, 1930
si en esta casa os quedáis,
lo menos seis por semana.
BRÍGIDA. ¡Jesús!
CIUTTI. ¿Y esa niña está
reposando todavía? 1935
BRÍGIDA. ¿Y a qué se ha de despertar?
CIUTTI. Sí, es mejor que abra los ojos
en los brazos de don Juan.
BRÍGIDA. Preciso es que tu amo tenga
algún diablo familiar.
CIUTTI. Yo creo que sea él mismo 1940
un diablo en carne mortal
porque a lo que él, solamente
se arrojara Satanás.
BRÍGIDA. ¡Oh! ¡El lance ha sido extremado!
CIUTTI. Pero al fin logrado está. 1945
BRíGIDA. ¡Salir así de un convento
en medio de una ciudad
como Sevilla!
CIUTTI. Es empresa
tan sólo para hombre tal.
Mas, ¡qué diablo!, si a su lado 1950
la fortuna siempre va,
y encadenado a sus pies
duerme sumiso el azar.
BRÍGIDA. Sí, decís bien.
CIUTTI. No he visto hombre
de corazón más audaz; 1955
ni halla riesgo que le espante,
ni encuentra dificultad
que al empeñarse en vencer
le haga un punto vacilar.
A todo osado se arroja, 1960
de todo se ve capaz,
ni mira dónde se mete,
ni lo pregunta jamás.
«Allí hay un lance», le dicen;
y él dice: «Allá va don Juan». 1965
¡Mas ya tarda, vive Dios!
BRÍGIDA. Las doce en la catedral
han dado ha tiempo.
CIUTTI. Y de vuelta
debía a las doce estar.
BRÍGIDA. ¿Pero por qué no se vino 1970
con nosotros?
CIUTTI. Tiene allá
en la ciudad todavía
cuatro cosas que arreglar.
BRÍGIDA. ¿Para el viaje?
CIUTTI. Por supuesto;
aunque muy fácil será 1975
que esta noche a los infiernos
le hagan a él mismo viajar.
BRÍGIDA. ¡Jesús, qué ideas!
CIUTTI. Pues digo:
¿son obras de caridad 1980
en las que nos empleamos,
para mejor esperar?
Aunque seguros estamos
cuando vuelva por acá.
BRÍGIDA. ¿De veras, Ciutti?
CIUTTI. Venid
a este balcón, y mirad. 1985
¿Qué veis?
BRÍGIDA. Veo un bergantín
que anclado en el río está.
CIUTTI. Pues su patrón sólo aguarda
las órdenes de don Juan,
y salvos, en todo caso, 1990
a Italia nos llevará.
BRÍGIDA. ¿Cierto?
CIUTTI. Y nada receléis
por vuestra seguridad;
que es el barco más velero
que boga sobre la mar. 1995
BRÍGIDA. ¡Chist! Ya siento a doña Inés.
CIUTTI. Pues yo me voy, que don Juan
encargó que sola vos
debíais con ella hablar.
BRÍGIDA. Y encargó bien, que yo entiendo 2000
de esto.
CIUTTI. Adiós, pues.
BRÍGIDA. Vete en paz.
ESCENA II
DOÑA INÉS, BRÍGIDA
INÉS. Dios mío, ¡cuánto he soñado!
Loca estoy: ¿qué hora será?
¿Pero qué es esto, ay de mí?
No recuerdo que jamás 2005
haya visto este aposento.
¿Quién me trajo aquí?
BRÍGIDA. Don Juan.
INÉS. Siempre don Juan…, ¿mas conmigo
aquí tú también estás,
Brígida?
BRÍGIDA. Sí, doña Inés. 2010
INÉS. Pero dime, en caridad,
¿dónde estamos? ¿Este cuarto
es del convento?
BRÍGIDA. No tal:
aquello era un cuchitril
en donde no había más 2015
que miseria.
INÉS. Pero, en fin,
¿en dónde estamos?
BRÍGIDA. Mirad,
mirad por este balcón,
y alcanzaréis lo que va
desde un convento de monjas 2020
a una quinta de don Juan.
INÉS. ¿Es de don Juan esta quinta?
BRÍGIDA. Y creo que vuestra ya.
INÉS. Pero no comprendo, Brígida,
lo que me hablas. 2025
BRÍGIDA. Escuchad.
Estabais en el convento
leyendo con mucho afán
una carta de don Juan,
cuando estalló en un momento
un incendio formidable. 2030
INÉS. ¡Jesús!
BRÍGIDA. Espantoso, inmenso;
el humo era ya tan denso,
que el aire se hizo palpable.
INÉS. Pues no recuerdo…
BRÍGIDA. Las dos
con la carta entretenidas, 2035
olvidamos nuestras vidas,
yo oyendo, y leyendo vos.
Y estaba, en verdad, tan tierna,
que entrambas a su lectura
achacamos la tortura 2040
que sentíamos interna.
Apenas ya respirar
podíamos, y las llamas
prendían ya en nuestras camas:
nos íbamos a asfixiar, 2045
cuando don Juan, que os adora,
y que rondaba el convento,
al ver crecer con el viento
la llama devastadora,
con inaudito valor, 2050
viendo que ibais a abrasaros,
se metió para salvaros,
por donde pudo mejor.
Vos, al verle así asaltar
la celda tan de improviso, 2055
os desmayasteis…, preciso;
la cosa era de esperar.
Y él, cuando os vio caer así,
en sus brazos os tomó
y echó a huir; yo le seguí, 2060
y del fuego nos sacó.
¿Dónde íbamos a esta hora?
Vos seguíais desmayada,
yo estaba ya casi ahogada.
Dijo, pues: «Hasta la aurora 2065
en mi casa las tendré».
Y henos, doña Inés, aquí.
INÉS. ¿Conque ésta es su casa?
BRÍGIDA. Sí.
INÉS. Pues nada recuerdo, a fe.
Pero…, ¡en su casa…! ¡Oh! Al punto 2070
salgamos de ella…, yo tengo
la de mi padre.
BRÍGIDA. Convengo
con vos; pero es el asunto…
INÉS. ¿Qué?
BRÍGIDA. Que no podemos ir. 2075
INÉS. Oír tal me maravilla.
BRÍGIDA. Nos aparta de Sevilla…
INÉS. ¿Quién?
BRÍGIDA. Vedlo, el Guadalquivir.
INÉS. ¿No estamos en la ciudad?
BRÍGIDA. A una legua nos hallamos
de sus murallas.
INÉS. ¡Oh! Estamos 2080
perdidas!
BRÍGIDA. ¡No sé, en verdad,
por qué!
INÉS. Me estás confundiendo,
Brígida…, y no sé qué redes
son las que entre estas paredes
temo que me estás tendiendo. 2085
Nunca el claustro abandoné,
ni sé del mundo exterior
los usos: mas tengo honor.
Noble soy, Brígida, y sé
que la casa de don Juan 2090
no es buen sitio para mí:
me lo está diciendo aquí
no sé qué escondido afán.
Ven, huyamos.
BRÍGIDA. Doña Inés,
la existencia os ha salvado. 2095
INÉS. Sí, pero me ha envenenado
el corazón.
BRÍGIDA. ¿Le amáis, pues?
INÉS. No sé…, mas, por compasión,
huyamos pronto de ese















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