Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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sabemos qué hacer. ¿Qué haremos, pues, cuando lo que nos pasa es
precisamente que no sabemos qué hacer porque el mundo -se entiende, una
porción de él- se nos presenta ambiguo? Con él no hay nada que hacer. Pero
en tal situación es cuando el hombre ejercita un extraño hacer que casi no
parece tal: el hombre se pone a pensar. Pensar en una cosa es lo menos que
podemos hacer con ella. No hay ni que tocarla. No tenemos ni que movernos.
Cuando todo en torno nuestro falla, nos queda, sin embargo, esta
posibilidad de meditar sobre lo que nos falla. El intelecto es el aparato
más próximo con que el hombre cuenta. Lo tiene siempre a mano. Mientras
cree no suele usar de él, porque es un esfuerzo penoso. Pero al caer en la
duda se agarra a él como a un salvavidas.
Los huecos de nuestras creencias son, pues, el lugar vital donde insertan
su intervención las ideas. En ellas se trata siempre de sustituir el mundo
inestable, ambiguo, de la duda, por un mundo en que la ambigüedad
desaparece. ¿Cómo se logra esto? Fantaseando, inventando mundos. La idea
es imaginación. Al hombre no le es dado ningún mundo ya determinado. Sólo
le son dadas las penalidades y las alegrías de su vida. Orientado por
ellas, tiene que inventar el mundo. La mayor porción de él la ha heredado
de sus mayores y actúa en su vida como sistema de creencias firmes. Pero
cada cual tiene que habérselas por su cuenta con todo lo dudoso, con todo
lo que es cuestión. A este fin ensaya figuras imaginarías de mundos y de
su posible conducta en ellos. Entre ellas, una le parece idealmente más
firme, y a eso llama verdad. Pero conste: lo verdadero, y aun lo
científicamente verdadero, no es sino un caso particular de lo fantástico.
Hay fantasías exactas. Más aún: sólo puede ser exacto lo fantástico. No
hay modo de entender bien al hombre si no se repara en que la matemática
brota de la misma raíz que la poesía, del don imaginativo.
Notas:
(1) Dejemos intacta la cuestión de si bajo ese estrato más profundo no
hay aún algo más, un fondo metafísico al que ni siquiera llegan nuestras
creencias.
(2) La voz tierra viene de tersa, seca, sólida.
[Primer capítulo de Ideas y creencias, de 1940]
José Ortega y Gasset
El sentido histórico de la teoría de Einstein
La teoría de la relatividad, el hecho intelectual de más rango que el
presente puede ostentar, es una teoría, y, por tanto, cabe discutir si es
verdadera o errónea. Pero, aparte de su verdad o su error, una teoría es
un cuerpo de pensamientos que nace en un alma, en un espíritu, en una
conciencia, lo mismo que el fruto en el árbol. Ahora bien, un fruto nuevo
indica una especie vegetal nueva que aparece en la flora. Podemos, pues,
estudiar aquella teoría con la misma intención que el botánico cuando
describe una planta: prescindiendo de sí el fruto es saludable o nocivo,
verdadero o erróneo, atentos exclusivamente a filiar la nueva especie, el
nuevo tipo de ser viviente que en él sorprendemos. Este análisis nos
descubrirá el sentido histórico de la teoría de la relatividad, lo que
ésta es como fenómeno histórico.
Sus peculiaridades acusan ciertas tendencias específicas en el alma que la
ha creado. Y como un edificio científico de esta importancia no es obra de
un solo hombre, sino resultado de la colaboración indeliberada de muchos,
precisamente de los mejores, la orientación que revelen esas tendencias
marcará el rumbo de la historia occidental.
No quiero decir con esto que el triunfo de esta teoría influirá sobre los
espíritus, imponiéndoles determinada ruta. Esto es evidente y banal. Lo
interesante es lo inverso: porque los espíritus han tomado espontáneamente
determinada ruta, ha podido nacer y triunfar la teoría de la relatividad.
Las ideas, cuanto más sutiles y técnicas, cuanto más remotas parezcan de
los afectos humanos, son síntomas más auténticos de las variaciones
profundas que le producen en el alma histórica.
Basta con subrayar un poco las tendencias generales que han actuado en la
invención de esta teoría, basta con prolongar brevemente sus líneas más
allá del recinto de la física, para que aparezca a nuestros ojos el dibujo
de una sensibilidad nueva, antagónica de la reinante en los últimos
siglos.
1.- Absolutismo
El nervio de todo el sistema está en la idea de la relatividad. Todo
depende, pues, de que se entienda bien la fisonomía que este pensamiento
tiene en la obra genial de Einstein. No sería falto de toda mesura afirmar
que éste es el punto en que la genialidad ha insertado su divina fuerza,
su aventurero empujón, su audacia sublime de arcángel. Dado este punto, el
resto de la teoría podía haberse encargado a la mera discreción.
La mecánica clásica reconoce igualmente la relatividad de todas nuestras
determinaciones sobre el movimiento, por tanto de toda posición en el
espacio y en el, tiempo que sea observable por nosotros. ¿Cómo la teoría
de Einstein, que, según oímos, trastorna todo el clásico edificio de la
mecánica, destaca en su nombre propio, como su mayor característica, la
relatividad? Este es el multiforme equívoco que conviene ante todo
deshacer. El relativismo de Einstein es estrictamente inverso al de
Galileo y Newton. Para éstos las determinaciones empíricas de duración,
colocación y movimiento son relativas porque creen en la existencia de un
espacio, un tiempo y un movimiento absolutos. Nosotros no podemos llegar a
éstos; a lo sumo, tenemos de ellos noticias indirectas (por ejemplo, las
fuerzas centrífugas). Pero sí se cree en su existencia, todas las
determinaciones que efectivamente poseemos quedarán descalificadas como
meras apariencias, como valores relativos al punto de comparación que el
observador ocupa. Relativismo aquí significa, en consecuencia, un defecto.
La física de Galileo y Newton, diremos, es relativa.
Supongamos que, por unas u otras razones, alguien cree forzoso negar la
existencia de esos inasequibles absolutos en el espacio, el tiempo y la
transferencia. En el mismo instante, las determinaciones concretas, que
antes parecían relativas en el mal sentido de la palabra, libres de la
comparación con lo absoluto, se convierten en las únicas que expresan la
realidad. No habrá ya una realidad absoluta (inasequible) y otra relativa
en comparación con aquélla. Habrá una sola realidad, y ésta será la que la
física positiva aproximadamente describe. Ahora bien, esta realidad es la
que el observador percibe desde el lugar que ocupa; por tanto, una
realidad relativa. Pero como esta realidad relativa, en el supuesto, que
hemos tomado, es la única que hay, resultará, a la vez que relativa, la
realidad verdadera, o, lo que es igual, la realidad, absoluta. Relativismo
aquí no se opone a absolutismo; al contrario, se funde con éste, y lejos
de sugerir un defecto de nuestro conocimiento, le otorga una validez
absoluta.
Tal es el caso de la mecánica de Einstein. Su física no es relativa, sino
relativista, y merced a su relativismo consigue una significación
absoluta.
La más trivial tergiversación que puede sufrir la nueva mecánica es que se
la interprete como un engendro más del viejo relativismo filosófico que
precisamente viene ella a decapitar. Para el viejo relativismo, nuestro
conocimiento es relativo, porque lo que aspiramos a conocer (la realidad
tempo-espacial) es absoluto y no lo conseguimos. Para la física de
Einstein nuestro conocimiento es absoluto; la realidad es la relativa.
Por consiguiente, conviene ante todo destacar como una de las facciones
más genuinas de la nueva teoría su tendencia absolutista en el orden del
conocimiento. Es, inconcebible que esto no haya sido desde luego subrayado
por los que interpretan la significación filosófica de esta genial
innovación. Y, sin embargo, está bien clara esa tendencia en la fórmula
capital de toda la teoría: las leyes físicas son verdaderas, cualquiera
que sea el sistema de referencia usado, es decir, cualquiera que sea el
lugar de la observación. Hace cincuenta años preocupaba a los pensadores
si, “desde el punto de vista de Sirio”, las verdades humanas lo serían.
Esto equivalía a degradar la ciencia que el hombre hace, atribuyéndole un
valor meramente doméstico. La mecánica de Einstein permite a nuestras
leyes físicas armonizar con las que acaso circulan en las mentes de Sirio.
Pero este nuevo absolutismo se diferencia radicalmente del que animó a los
espíritus racionalistas en las postreras centurias. Creían éstos que al
hombre era dado sorprender el secreto de las cosas, sin más que buscar en
el seno del propio espíritu las verdaderas eternas de que está henchido.
Así, Descartes crea la física sacándola, no de la experiencia, sino de lo
que él llama el trésor de mon esprit. Estas verdades, que no proceden de
la observación, sino de la pura razón, tienen un valor universal, y en vez
de aprenderlas nosotros de las cosas, en cierto modo las imponemos a
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