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José Echegaray. Mancha que limpia
Drama trágico en cuatro actos y en prosa.

Reparto

PERSONAJES
ACTORES
MATILDE
Srta. Guerrero.
ENRIQUETA
Valdivia.
DOÑA CONCEPCIÓN
Sra. Domínguez.
DOLORES (criada)
Srta. Bueno.
FERNANDO
Sr. Díaz de Mendoza.
DON JUSTO
Calvo (Ricardo).
DON LORENZO
Carsí.
JULIO
Núñez.
CRIADOS, SEÑORAS y SEÑORITAS que no hablan.

Acto primero
La escena representa una sala lujosa. Rompimiento en el fondo de tres huecos, por donde se ve
una espaciosa galería de cristales muy elegante, con mesas de té, butacas, mecedoras, etc. A la derecha,
una puerta que da a las habitaciones interiores. Otra puerta a la izquierda. Además hay una puerta secreta
a la izquierda, segundo término. Es de día.

ESCENA PRIMERA
DOÑA CONCEPCIÓN, asomada a la galería y mirando al jardín; después, un CRIADO y DON LORENZO.

CONCEPCIÓN.-¡Esa criatura!... ¡Matilde!... ¡Matilde!... (Llamando.) No puede estar sin hacer daño. Cuando
no es a las personas, es a los animales. Y si fuera una niña, tendría disculpa; todo niño es un salvaje en
miniatura. Pero a su edad, ¡a los veintiséis años cumplidos!, no poder dominar ese espíritu de destrucción.
Pues no puede. ¡Matilde! No me oye. Empeñada en descomunal batalla con mi pobre gatito, y
persiguiéndole por todo el jardín, porque dice que se come los pajaritos. (Viniendo al primer término.) ¡Ay,
qué cruz! ¿Cuándo encontraremos un ser misericordioso que se la lleve?
CRIADO.-(Anunciando desde la galería.) ¡Don Lorenzo Tristán!
CONCEPCIÓN.-Que entre. ¡Este hubiera podido ser el ser misericordioso que yo busco! Pero ella no quiso.
Porque, eso sí, caprichosa, vanidosa y envidiosa como ninguna. (Entra DON LORENZO por la galería.) ¡Mi
querido don Lorenzo!
LORENZO.-¡Lorenzo Tristán! Olvidó usted mi apellido; es simbólico; soy la eterna víctima y la eterna
tristeza.
CONCEPCIÓN.-«¡La eterna víctima!» Pues yo no le trato a usted mal.
LORENZO.-Usted es una excepción, mi querida doña Concepción. ¡Pero los demás!... Y no es de hoy esta
desdicha mía, que desde pequeñito fuí el rigor de las desdichas. Yo tuve sarampión, yo tuve escarlatina, yo
tuve alfombrilla.
CONCEPCIÓN.-Todo eso es natural en los niños; todos los niños sufren todas las erupciones.
LORENZO.-Pero no como yo. ¡Oh! Es muy distinto. Cuando fuí a la escuela, ¡todos los maestros contra mí!
Era una verdadera conspiración para darme fama de holgazán y de torpe. Digo, ¡torpe!
CONCEPCIÓN.-¡Por Dios, don Lorenzo, torpe usted!
LORENZO.-Águila no seré, pero chorlito tampoco, ni pájaro bobo. Tomemos un término medio.
CONCEPCIÓN.-(Riendo.) Será usted gorrión.
LORENZO.-Bueno, me conformo. Pues, mire usted, cuando seguí carrera formal, fué peor todavía. Todos
los profesores y todos los compañeros contra mí. Aquello no fué una carrera universitaria, fué una carrera
en pelo a través, de todas las universidades de España. Lo cual no ha impedido, porque yo soy testarudo,
que hoy tenga todos mis títulos académicos en regla. ¡Pero ganados con el sudor del martirio y la agonía
del tormento! (Enternecido.)
CONCEPCIÓN.-No se enternezca usted, que eso ya pasó.
LORENZO.-Cuando encuentro un corazón compasivo como el de usted, todas las amarguras de mi
existencia se desbordan.
CONCEPCIÓN.-Pues desbórdese usted, don Lorenzo.
LORENZO.-A mí me ha pasado lo que no le ha pasado a nadie. Yo tuve un padre y una madre.
CONCEPCIÓN.-Hombre, eso le ha pasado a todo el mundo.
LORENZO.-No, señora; no, señora. Como a mí, a nadie. Tenía yo treinta y cinco años cuando perdí a mi
madre, que santa gloria haya. ¡Pobre señora, cuántos azotes me había dado en este mundo! Verdad es
que, para azotes, yo; salvo lo divino, otro Cristo de la columna. Bueno; mi padre quedó viudo y con una gran
fortuna: más de diez millones de reales, y yo hijo único. «Vamos -pensaba yo entre tristezas y
melancolías-; al menos, seré rico.» Esto consuela algo.
CONCEPCIÓN.-¡Ya lo creo que consuela!
LORENZO.-Pues, mire usted qué desdicha, doña Concepción: mi padre se casó en segundas nupcias, y
tuvo dos hijos enteros y yo dos medios hermanos. ¿Y esto?
CONCEPCIÓN.-¡Ya, ya! Es desagradable, sí, señor.
LORENZO.-De modo que parte de mi fortuna se dividirá entre mis hermanos. ¡Pobres criaturas! ¡Yo los
quiero mucho! ¡Son unos ángeles! Pero esto le prueba a usted que hasta los ángeles, bajan a la tierra para
perjudicarme.
CONCEPCIÓN.-Vamos, hombre, que no es tanta su desdicha. Todavía es usted rico. Y es usted casi joven.
Y tiene usted buena salud.
LORENZO.-¡Salud, señora, salud! Usted no cuenta con mi estómago. Yo he tomado todas las aguas
minerales de España y del extranjero. Como en mi juventud recorrí todas las universidades, en mi edad
madura he recorrido todos los balnearios.
CONCEPCIÓN.-Pero usted, ¿qué padece? Porque yo siempre le he visto a usted bueno y con buen apetito.
LORENZO.-¡Apetito!... Sí, a las horas de comer... no digo. Pero ¿y entre horas? Entre horas no tengo
apetito ninguno, créame usted, doña Concepción.
CONCEPCIÓN.-(Riendo.) Eso nos sucede a todos.
LORENZO.-Pero como a mí..., como a mí, no, señora. ¿Y mi carrera política? Cuatro veces he salido
diputado y nunca en primeras elecciones. Más aún: a los quince días de jurar, ¡la disolución!
CONCEPCIÓN.-Hay que conformarse, don Lorenzo.
LORENZO.-¡Pues si no me conformase! Pero hay cosas con las cuales no me conformo. Una vez en la vida
me enamoré de veras. De mentirijillas me he enamorado varias veces. Pero de veras, una. Una pasión: la
única. Una esperanza: la única. Una mujer: la única para mí.
CONCEPCIÓN.-Sí: Matilde.
LORENZO.-¡Ay señora! Yo hubiera sido el Malek-Adel de esa Matilde. Ella no quiso. Después, de
alentarme, de consentirme, de darme esperanzas; cuando me declaré, ¿sabe usted lo que hizo?
CONCEPCIÓN.-No haría nada bueno.
LORENZO.-Se echó a reír. Cuando un caballero se declara a una señorita, aunque la señorita no le quiera,
le oye con agrado, baja los ojos con modestia, sonríe con dulzura. Pues ella me oyó con asombro, con un
asombro insolente; levantó los ojos, abriéndolos mucho, ¡parecían dos luceros maliciosos!..., y lanzó una
carcajada. La sonrisa es sonrisa, y no ofende; la carcajada ¡abofetea!
CONCEPCIÓN.-Esa criatura es así; lo tiene en la masa de la sangre.
LORENZO.-¡Es cruel por naturaleza! Y, después de todo, aunque me esté mal el decirlo, si ella me daba su
belleza, yo le daba honra, fortuna y posición, sin contar mis prendas personales, que, aun siendo
modestísimas, no son..., digo, me parece que no son...
CONCEPCIÓN.-No, señor; de ningún modo..., no son...
LORENZO.-Porque ella, al fin, apenas tiene con qué vivir. Y su padre fué un hombre de trapisondas
financieras.
CONCEPCIÓN.-Que se lo pregunten a mi pobre sobrina. El padre de Matilde arruinó a los padres de
Enriqueta. Mejor dicho, los estafó indignamente.
LORENZO.-Si no hubiera sido por usted...
CONCEPCIÓN.-Mi pobre sobrina, mi pobre Enriqueta, se muere de hambre.
LORENZO.-¡Es usted un ángel, doña Concepción! Usted recogió a Enriqueta, la hija de las víctimas, y a
Matilde, la hija del estafador. ¡Cómo usted no hay dos!
CONCEPCIÓN.-¡Qué quiere usted! Tengo un corazón de cera.
LORENZO.-De cera perfumada.
CONCEPCIÓN.-Y cuenta que Enriqueta era mi sobrina, mi sangre, la hija de mi hermana de mi alma. Pero
Matilde, ¿qué era? Casi nada mío.
LORENZO.-Ya sé: un parentesco lejano.
CONCEPCIÓN.-De que me avergüenzo. La conocí muy niña; me encariñé con ella; murió su padre,
arruinado también; quedó sola en el mundo, y la traje a mi casa. ¡Buen pago me da!
LORENZO.-¿Y qué me dice usted de la madre de Matilde?
CONCEPCIÓN.-¡Su madre! Su madre es «un mito».
LORENZO.-Dicen que si fué una mujer del pueblo, una costurerilla, una criada. Su frase de usted...: ¡un
mito!
CONCEPCIÓN.-No hablemos de estas cosas; me disgustan y me dan pena.
LORENZO.-Sin embargo, yo quisiera que hablásemos.
CONCEPCIÓN.-¿Tiene usted algo que decirme de Matilde? No me asuste usted.
LORENZO-(Con intención.) De Matilde, de Enriqueta, de Julio y de su hijo de usted: de Fernando.
CONCEPCIÓN.-¿Qué sabe usted?
LORENZO.-Yo no sé nada, pero he aprendido mucho en la escuela de los desengaños. No es que yo le
guarde rencor a Matilde; pero quisiera darle a usted un consejo y un aviso.
CONCEPCIÓN.-¿Acaso Fernando...? ¡Mire usted que algo sospecho!...
LORENZO.-Luego hablaremos. Por ahí viene su hijo de usted con don Justo. Hay que hablar a don Justo,
que es el único que tiene cierta influencia sobre Matilde.
CONCEPCIÓN.-Adivino su idea de usted, y tiene usted razón. Gracias, don Lorenzo.

ESCENA II

José Echegaray. Mancha que limpia
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