#193;S.
Y él pensaba que Juana era su madre.
ÁNGELA.
No ha de ser, Tomás, no ha de ser. ¿Por qué, en vez de atormentarme, no busca alivio para mis penas?
TOMÁS.
¡Ángela!
ÁNGELA.
Verdad es, mi buen amigo, que no es fácil hallar consuelo para mi dolor.
TOMÁS.
Los hay en todo dolor humano, por grande que sea.
ÁNGELA.
Menos en éste.
TOMÁS.
En éste más que en todos; y si no, discutamos a sangre fría.
ÁNGELA.
¿Y cómo, cuando la sangre nos abrasa las venas?
TOMÁS.
Oiga usted. Si lo que afirma Lorenzo fuese verdad; si presentara pruebas terminantes…
ÁNGELA.
Entonces, mi Lorenzo no habría perdido la razón; nosotros seríamos los ciegos y desatentados. ¡Oh, qué dicha!
TOMÁS.
No tanta, porque entonces les esperaba a ustedes la miseria, la deshonra, la muerte…
ÁNGELA.
¡Calle usted, Tomás!
TOMÁS.
La muerte, digo, además de la miseria, porque Inés moriría. En cambio, si la desgracia de Lorenzo es cierta…
ÁNGELA.
No siga usted…, no quiero pensar en tales cosas…
TOMÁS.
Pues piense usted en Inés, y con el pensamiento en ella, sepa usted, Ángela, que estas heridas son, triste es decirlo, pero fuerza es confesarlo, horribles, sí; mortales, no; que sólo es mortal para la juventud lo que destruye el porvenir, no lo que precipita en la nada lo pasado.
ÁNGELA.
¡Por Dios, Tomás!…
TOMÁS.
De la desgracia de Lorenzo depende la felicidad de Inés; no lo olvidemos.
ÁNGELA.
Cúmplase la voluntad de Dios; pero no despierte usted en mí ideas que antes me espantan que me consuelan.
ESCENA IV
DICHOS y DON LORENZO, por la derecha.
LORENZO.
(Aparte.) Pero ¿dónde dejé yo la llave? ¡Ah mi cabeza!… Y el escribano vendrá muy pronto…, y en aquel pupitre guardé la carta, bien me acuerdo; sí…, hace dos días…, cuando mi madre…
TOMÁS.
(Sin ver a DON LORENZO.) ¡Pobre Ángela! ¡Terrible es la prueba.
LORENZO.
(Con inquietud y buscando la llave del piípitre sobre la mesa.) ¿Cómo?… ¿Qué dicen? ¡La prueba, sí, de la prueba hablaban!
ÁNGELA.
Terrible es, muy terrible, caminar entre dos abismos… Lorenzo a un lado…, Inés a otro…; tiene usted razón.
LORENZO.
(Con enojo y en voz alta.) ¡La he perdido!
TOMÁS.
(Volviéndose aparte.). ¡Desdichado, pienso que sí!
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
(Con mirada recelosa y como si no los hubiera visto antes.) ¡Ah! ¿Estabais?…
ÁNGELA.
(Con dulzura.) ¿Qué buscas?… Nosotros te ayudaremos.
LORENZO.
¿Vosotros?… No. ¿Para qué? Yo solo.
ÁNGELA.
¡Pero di al menos, qué has perdido!
LORENZO.
Todo; hasta el amor de los míos. ¡Mira si puedo perder más!
ÁNGELA.
No, Lorenzo; no lo creas.
LORENZO.
Al fin…, la llave… ¡Gracias al cielo! (Aparte, con desconfianza.) Y estaba puesta…, puesta… (Abre con ansiedad el pupitre y coge el pliego que dejó JUANA.) ¡Ah! ¡Aquí está!… ¡Se me ha quitado un peso de encima!… (Leyendo.) «Para Lorenzo.» Este es el pliego.
ÁNGELA.
(Acercándose.) ¿Encontraste lo que buscabas?
LORENZO.
Sí. (DON TOMÁS se acerca también.)
ÁNGELA.
¿Qué papel es ése? (DON LORENZO se preparaba a sacar el pliego de su sobre; pero al ver que ÁNGELA y DON TOMÁS se acercan, lo mete en el pupitre, echa la llave y se la guarda.)
LORENZO.
Uno muy importante. (Con cierta desconfianza y mirándolos con recelo.) ¿Para qué queréis saberlo?
ÁNGELA.
No te enfades, Lorenzo mío. Perdóname si he sido indiscreta.
LORENZO.
¡Perdonar yo! ¡Yo soy quien ha menester vuestro perdón! Por mí, por mi culpa, ¡vais a ser tan desgraciadas!
ÁNGELA.
No digas eso: no lo seremos nunca siendo tú dichoso.
LORENZO.
Y yo, ¿podré serlo, no siéndolo tú, no siéndolo mi Inés de mi vida?
ÁNGELA.
Lo será también.
LORENZO.
Imposible: porque ¿sabes tú cuál es mi pensamiento?
ÁNGELA.
Ya me lo explicaste. ¿No lo recuerdas?
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) ¿Y tú?
TOMÁS.
También.
LORENZO.
¿Y lo aprobáis?
ÁNGELA.
(Con dulzura.) Bien hecho estará lo que tú hagas.
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) Y tú, ¿qué dices?
TOMÁS.
Lo mismo.
LORENZO.
¡Lo mismo! (Pensativo.) ¡Qué conformidad! ¿Sabéis que hice llamar a un escribano?
ÁNGELA.
Lo sabemos.
LORENZO.
(Mirando a los dos.) Lo sabéis. ¿Y sabéis que he de hacer que levanten un acta notarial, y en toda forma, de mi declaración y de mi renuncia?
ÁNGELA.
Sí, Lorenzo mío.
LORENZO.
Para que luego el juez provea a lo que en derecho procede. ¿No es cierto?
TOMÁS.
Es natural.
LORENZO.
(A ÁNGELA.) Y tú, ¿qué dices?
ÁNGELA.
(Con voz llorosa.) Si estos bienes que hoy disfrutamos no te pertenecen…, bien haces.
TOMÁS.
Si el nombre que llevas no es tuyo, preciso será que a él renuncies.
ÁNGELA.
Y en todo caso tu voluntad es ley.
LORENZO.
Pero, ¡ley tiránica…, impía! ¿No es verdad?
ÁNGELA.
Ley que yo acato como la mejor.
LORENZO.
(Inquieto, nervioso, casi irritado.) ¿Y no resistes? ¿Y no lucháis?
TOMÁS.
Tu conducta es la de un hombre honrado… En rigor no podías hacer otra cosa.
LORENZO.
(Con violencia.) ¡Qué sumisión tan inverosímil! ¡Qué docilidad tan extraña! ¡Qué cambio tan repentino! ¡Me estáis mintiendo!… ¡Digo que me estáis mintiendo!
ÁNGELA.
¡Por Dios, Lorenzo!
TOMÁS.
(Aparte.) ¡Ah, no hay esperanza! La demencia invade como negra ola su cerebro.
LORENZO.
(Calmándose.) En fin, mejor es así. (Pausa. Con ternura y acercándose a ÁNGELA.) ¿Dónde está Inés,?
ÁNGELA.
¡Pobre hija mía!
LORENZO.
¿No la defiendes contra mí? Pues, sin embargo, ésa es tu obligación. (Con dulzura.)
ÁNGELA.
¡Ay Lorenzo! ¿Qué puede contra ti esta infeliz mujer? Tu voluntad se templa en la lucha y en la desgracia: la mía cede hasta besar el polvo.
LORENZO.
Tienes razón: es irresistible mi voluntad cuando el deber me inspira. (A DON TOMÁS.) ¿Y qué dices a todo esto?
TOMÁS.
Que así será.
LORENZO.
Así es. (Pausa.) ¡Pobre Ángela!… ¿Y sabes tú lo que vamos a hacer firmada que sea el acta y entregada la prueba?
TOMÁS.
¿Tienes una prueba?
LORENZO.
¿No lo sabías? (Aparte, con extrañeza.) Pues de ella hablaban cuando yo entré. (Alto.) Sí, la tengo; evidente, irrecusable, clara como la luz, aunque es negra como la noche y la traición.
ÁNGELA.
Cálmate, Lorenzo.
TOMÁS.
¿Y cuál es?
LORENZO.
Una carta de mi madre…, de aquella mujer que se llamaba madre mía.
ÁNGELA.
(Aparte.) ¡Dios mío! ¿Será verdad?
LORENZO.
Su firma, su letra… y está allí…, en mi poder.
TOMÁS.
(Aparte.) ¡Ah! Si así fuese…
LORENZO.
Pues bien: entregada la prueba, tú (A ÁNGELA.) y la pobre Inés y yo, saldremos al momento de esta casa…, de esta casa, que ya no será nuestra, y de la que hoy mismo la ley tomará posesión hasta que acudan los herederos de Avendaño. (Animándose gradualmente.) Y en tanto, nosotros, sin recursos, sin nombre, sosteniendo en nuestros brazos una hija moribunda, porque Inés morirá, tú me lo aseguras (A DON TOMÁS.), iremos solos, y desesperados… No, dije mal. Blasfemé. Iremos con la honra entera, con la conciencia tranquila, alta la frente y Dios con nosotros. ¿Qué me importa que todos me abandonen si El me acompaña?
ÁNGELA.
Tu voluntad es ley, Lorenzo… (Abrazándole.) Antes lo dijeron mis labios: ahora te lo dice mi corazón.
TOMÁS.
(Aparte.) Si la prueba existe…, este hombre es un santo. Pero ¡ay! que si no existe, mi pobre Lorenzo es un demente.
CRIADO.
(Anunciando.) La señora duquesa y el señorito Eduardo.
ÁNGELA.
Que pasen. (A DON TOMÁS.) ¿Usted los avisó?
TOMÁS.
(Aparte, a ÁNGELA.) Hablé con ellos anoche. La duquesa me prometió venir, y, ya lo ve usted, cumple su palabra.
LORENZO.
No he de verlos…, quiero estar solo… o con vosotros… no más. Adiós…, Ángela mía.
ÁNGELA.
Adiós, Lorenzo.
LORENZO.
(Mirando el reloj.) ¡Qué tardo marcha el tiempo! (Se dirige a la puerta de la derecha. DON TOMÁS le acompaña.) ¿Avisaste a los testigos? (Al llegar a la puerta.)
TOMÁS.
Dos esperan ya, y otro vendrá más tarde.
LORENZO.
¿Quiénes son?
TOMÁS.
No los conoces: son amigos míos.
LORENZO.
Y míos, ¿por qué no?
TOMÁS.
Pensé que los míos lo eran tuyos.
LORENZO.
(Le mira un momento.) Y lo son. (Aparte.) ¡Ah! ¡Esta conformidad! ¡Hubiera preferido… que me resistieran…,que luchasen!…
ESCENA V
ÁNGELA, la DUQUESA, EDUARDO y DON TOMÁS.
ÁNGELA.
Duquesa…
DUQUESA.
(Saludándola cariñosamente.) ¡Señora!
ÁNGELA.
¡Siempre tan buena con nosotras!
DUQUESA


















Post a Comment