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Хосе Эчегарай. Смерть на губах. José Echegaray. La muerte en los labios


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WALTER.-Pero sólo acudís a ese recurso, en el caso de que yo muera, que, como Dios me conserve la vida, yo cogeré a la fiera en su cubil y al lobo con la manada.
NICOLÁS.-Fía en mi palabra, Walter.
WALTER.-En ella fío, aunque no tanto como en la de Servet, que eres tú tan humilde como él es vanidoso. (Con ironía.)
NICOLÁS.-¡Walter!…
WALTER.-Y mira… (Como dudando.) Una vez el hereje en vuestro poder… ¡Qué diablo!… Os dais por contentos… Y a los demás… ¿Eh? ¿Me comprendes?… No quiero que resulte de todo ello daño ni aun amenaza para Conrado.
NICOLÁS.-¿Lo ves? ¿Ves, Walter, lo que te decía? ¡Hechizos te ha dado el tal mozo!
WALTER.-¿Hechizos?… ¡Imbécil! (Cogiéndole por un brazo con furia.) Yo tuve un hijo… Se llamaba Conrado…, y ese nombre…, ese nombre… ¿Qué te importa lo que ese nombre sea para mí?… ¿Qué? ¿Que esto es capricho? ¿Que es delirio?… ¡Porque debilidad no es!… Pues sea delirio o capricho, ¡hay que respetarlo! ¡Hay que respetarlo…, Nicolás!…
NICOLÁS.-¡Basta, Walter!… (Procurando desprenderse.) ¡Basta! ¡Será como deseas! ¡Tu rostro se inyecta de sangre! ¡Tus ojos saltan de las órbitas! ¡Tu mano es una tenaza!… ¡Oh, no temas!… Además, ese caso ¡no es probable…, y mañana…
WALTER.-Te lo diré todo. Ahora mándame a Jacobo; se entiende, bien guardado. Quiero interrogarle aquí, delante de Margarita.
NICOLÁS.-Aquí te lo enviaré. Adiós, Walter. Buen ánimo. (Con tono sumiso.)
WALTER.-(Cayendo en el sillón.) Adiós.
NICOLÁS.-(Aparte, cerca de la puerta del fondo y volviéndose para mirar a WALTER.) Oportuno está en lo de llamar a Jacobo. Como el paroxismo no llegue antes…
WALTER.-(Volviendo la cabeza.) ¿No te vas?
NICOLÁS.-Sí, al momento. Adiós… Adiós… (Sale por el fondo.)

ESCENA IX
WALTER; después, MARGARITA y CONRADO, por la derecha.

WALTER.-Mayor impertinente no vi jamás. Ocurrencia fue la de Calvino convertir a este pobre diablo en teólogo.
CONRADO.-Walter…
WALTER.-¡Ah! ¿Sois vosotros?… Ven tú, Margarita; más cerca. Deseabas verme y aquí estoy.
CONRADO.-No temas, Margarita. Habla; Walter lo desea. (MARGARITA muestra profunda agitación y huye instintivamente de WALTER cuando CONRADO la lleva hacia él.)
WALTER.-Ya espero, ya oigo. ¿Nada dices? ¿Por qué con espantados ojos nos miras, alternativamente a Conrado y a mí? ¿Qué buscas en nosotros?
CONRADO.-(A parte.) Valor, Margarita. A tu lado estoy. Tú lo deseaste.
WALTER.-¡Por la gran bestia de la Apocalipsis, que eres estatua más que mujer!
MARGARITA.-(Avanzando.) ¡Walter!…
WALTER.-¿Qué vas a pedirme?
MARGARITA.-¡La vida, la libertad de Jacobo!
WALTER.-En tus manos están.
MARGARITA.-¿Yo puedo?
WALTER.-Salvarle.
MARGARITA.-¿Cómo?
WALTER.-Pronunciando una palabra.
MARGARITA.-¿Cuál? ¿Qué quieres que diga? (Acercándose a él con afán y esperanza.)
WALTER.-(Después de una pausa y mirándola fijamente.) ¿Dónde está Servet?
MARGARITA.-(Retrocediendo.) ¡Walter!…
CONRADO.-(Lo mismo.) ¡Esa pregunta!
WALTER.-Por menos que por el desatentado aragonés no soltamos a ese sabio sin seso, que se nos vino a la llama como atolondrada mariposa.
MARGARITA.-¡Pero yo!…
CONRADO.-¿Cómo quieres que Margarita?…
WALTER.-¡Ea! Es inútil fingir. Escucha. (A MARGARITA.) Jacobo fue interrogado; no quiso contestar. Convirtióse la pregunta en «cuestión», ¿comprendes? (Con sonrisa cruel.) Allá se le calzaron unos borceguíes que le venían estrechos y diósele por añadidura un buen trato de cuerda; ello es que al cabo de un rato púsose pálido como doncella melindrosa, dobló la cabeza y perdió el sentido. Pero antes dijo quedo, muy quedo, a pesar suyo, y sin conciencia de lo que decía… ¡Yo le creí más fuerte! Pues dijo esto: «¡No temas, Margarita, no temas!» Yo mismo le oí las palabras que acabo de repetirte.
CONRADO.-¡Ah!
MARGARITA.-(Acercándose a CONRADO.) ¡Conrado!…
CONRADO.-¡Y los demás oyeron!…
WALTER.-Nadie más que yo, porque en aquel momento me inclinaba sobre él para animarle y convencerle. ¡Oh! Yo no le quiero mal. Es un atolondrado, pero hace famosos filtros.
CONRADO.-(Con afán.) Nadie le oyó; pero tú, después, habrás repetido sus palabras.
WALTER.-Aquí por vez primera.
CONRADO.-(Aparte, retrocediendo unos pasos y con terrible explosión de alegría.) ¡Pues cuenta con que lo has dicho por última vez! (La situación de los personajes es como sigue: WALTER, en pie; junto a él, MARGARITA; CONRADO algunos pasos más atrás, apretando el puño de su espada y como en acecho. Esta última actitud, con las variantes necesarias, se conserva hasta el fin del acto.)
WALTER.-(Cogiendo a MARGARITA por una mano y atrayéndola.) Escucha y vamos claramente al asunto. Que Servet está en Ginebra, no admite duda; el mismo Calvino le vio en el templo. Que no vino a tu casa es evidente, porque yo estaba en ella. Que tú sabes dónde se oculta, no hay para qué negarlo, porque Jacobo lo confesó, de suerte que son inútiles tus aspavientos y melindres. A no ser tú mi enfermera, tu casa mi asilo y Conrado el nombre de aquél, ya estaríais los dos ante los síndicos; pero yo con la edad voy haciéndome blando de corazón y me he propuesto salvaros. Me dices dónde está Servet, y por tan gran servicio a la causa de Dios, razón será perdonaros los demás pecadillos.
MARGARITA.-No puedo, Walter. Si no lo sé, ¿cómo adivinarlo? Si lo supiese, ¿cómo venderle?
CONRADO.-(Aparte, con expresión de orgullo.) ¡Ah mi Margarita!
WALTER.-¡Cuenta que no le salvas! De todas las maneras, el hereje estará mañana en mi poder.
MARGARITA.-Pues ¿qué falta te hace entonces mi delación?
CONRADO.-(Aparte.) ¡Inútiles son tus teologías de infamias! ¡Ya lo ves!
WALTER.-Ya te lo he dicho: quiero cazar a la fiera y descubrir la guarida.
MARGARITA.-De achaques de montería, Walter, yo no entiendo; allá tú y Calvino.
WALTER.-(Con expresión de ira.) ¡Margarita!…
CONRADO.-(Aparte.) Suplica, convence, amenaza, que yo estoy en esta puerta y en mi cinto la espada, y ya mi mano la busca con caricias de muerte.
WALTER.-¡Te cuesta la vida!
MARGARITA.-¿Qué importa?
WALTER.-¡Y la vida de Conrado!
MARGARITA.-(Con espanto.) ¡Eso, no!
WALTER.-¡Eso, sí!
MARGARITA.-(Volviéndose a CONRADO) ¡El no quería tampoco!
CONRADO.-(Animándola desde lejos.) ¡No, mi Margarita!… ¡Así!… ¡Así!…
WALTER.-(A MARGARITA.) ¡Mira que acaban las súplicas y que comienza el mandato!…
MARGARITA.-¡Mira que acaba el terror y que comienza el desprecio!
CONRADO.-(Aparte.) ¡Mira Walter, que acabas tú y que comienzo yo!
WALTER.-(Acercándose a MARGARITA.) ¿Dónde está Servet?
MARGARITA.-Sin duda en sitio seguro, pues no le encuentras.
WALTER.-(Acercándose más.) ¿Dónde está, pregunto?
MARGARITA.-Pregúntaselo a tus esbirros.
WALTER.-¿Te niegas a contestarme?
MARGARITA.-Sí.
WALTER.-Pues ven; ven a donde preguntan cuerdas de cáñamo, tenazas de hierro y cuñas que con tan irresistible persuasión se insinúan, que no hay modo de que una delicada doncella como tú las desoiga y desaire. (La coge por un brazo y la lleva hacia el fondo.)
MARGARITA.-(Resistiéndose.) ¡No, déjame! ¿Adónde me llevas?
WALTER.-Ya lo verás.
MARGARITA.-¡Conrado! ¡Conrado!
CONRADO.-(Cubriendo la puerta con su cuerpo.) ¡Aquí estoy, Margarita! ¡Aquí estoy, Walter!
WALTER.-¡Paso!
CONRADO.-¡Atrás, miserable!
WALTER.-(Soltando a MARGARITA y retrocediendo hacia la derecha.) ¡Conrado!…
CONRADO.-Cuando tanto te dejé atormentarla es porque estaba saboreando mi venganza, y por el deseo de que fuese mayor, ¡calvinista del infierno!, quería que creciese tu crimen. Cuando consentí que hablaras y hablaras es porque ibas a callar para siempre. ¡Cuando no te partí el corazón es porque no lo tienes; pero tienes garganta, que por ella vomitaste, entre roncos alientos, el veneno y la hiel de tu alma, y a segar tu garganta voy con el filo de este hierro (Desnudando la espada), aunque tenga después que ir en peregrinación a Toledo a comprar otra hoja limpia, por si la magia negra y Lucifer, tu deudo, te lograran resucitar!
MARGARITA.-(Abrazándose a él.) ¡No!… ¡Conrado!… ¡Por Dios!… ¡Calla!… ¡Calla!
WALTER.-(Oprimiéndose la cabeza entre las manos.) ¿Qué ha dicho?… ¿Qué ha dicho?… ¡Él!… ¡Ah! Por ningún ser humano he sentido, mancebo loco, la insensata simpatía que por ti. Algo al verte se me aferró a este corazón que me niegas, y del que reniego yo también, porque siempre en la vida quiso dar muestras de sí, dio muestras de torpe y pazguato; pero no importa; cariño, simpatía o locura, fuéronse ya de mi pecho, y pues de resucitados hablas, oye lo que te di

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Tags: carta, cita, cuento, Espana, fantástico, geografía, historia, Italia, nota, pieza

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