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En el puño de la espada
José Echegaray
DRAMA TRÁGICO EN TRES ACTOS Y EN VERSO

REPARTO
PERSONAJES
DON RODRIGO, marqués de Moncada
DOÑA VIOLANTE, su esposa
DON FERNANDO DE MONCADA.
DOÑA LAURA DE MEJÍA, pupila de los marqueses
DON JUAN DE ALBORNOZ, conde de Orgaz
BRÍGIDA, dueña de la casa de Moncada
NUÑO, escudero, ídem íd
RAMIRO, paje, ídem íd
GARCÉS, criado, ídem íd
MENDO, servidor de D. Juan
ORDOÑO, ídem
Criados, etc., etc.
Los dos primeros actos, en Madrid; el último, en el castillo de Orgaz.
Época del emperador Carlos V.

Acto Primero
La escena representa un salón de la casa de Moncada; en el fondo, una gran puerta; a la
derecha del espectador, dos; a la izquierda, una ventana; próxima a ésta, una mesa y un sillón; otros dos sillones a la derecha; entre las dos puertas, un trofeo con espadas, puñales, hachas, etc. Es de día.

ESCENA PRIMERA
BRÍGIDA y NUÑO, que está limpiando un puñal de hoja muy ancha.
NUÑO. (Aparte, y mirando por la ventana.)
Allí está siempre: su embozo
en vano sube a la cara;
que hoy como ayer le adivino
bajo el pliegue de la capa.
¿Quién será? ¿Por qué se obstina
en observar esta casa?
¡Vive Dios, que la paciencia
a mi pesar se me acaba!
BRÍGIDA. Pienso que pronto de misa
los marqueses de Moncada
volverán. ¿Concluyes, Nuño?
Mucho limpiar esa daga
te cuesta, y harto te esmeras.
NUÑO. ¡Tan limpia quiero dejarla,
que espejo el mismo sol
pueda ser, si el sol la baña!
BRÍGIDA. Muy buenos son tus deseos,
pero yo siempre manchada
y enmohecida la he visto.
NUÑO. Estas son antiguas manchas
de sangre, que yo respeto.
BRÍGIDA. Será así: no digo nada;
pero si el tiempo que pierdes
pensativo en contemplarla,
en dar luces y en dar brillo
al ancho acero emplearas,
hirieran más sus reflejos
que su punta toledana.
NUÑO. ¡Ay Brígida, mil memorias,
que nunca el olvido arrastra,
al contemplar este hierro
una y otra vez me asaltan!
BRÍGIDA. ¡Veintidós años pasaron!
NUÑO. Cosas hay que nunca pasan.
¡Qué noche aquélla, qué noche!
¡De Orgaz las viejas murallas
pienso que, aun hoy mismo rojas,
sangre de imperiales manan!
Allá en Toledo, encerrándose
la de Padilla, levanta,
con sus bravos comuneros,
el pendón de la venganza;
y en Orgaz, mi buen señor,
el conde de Villafranca,
repite el eco de guerra
de la noble doña Juana.
Viejos los torreones son;
brechas hay en las murallas;
son escasos los pertrechos,
y es la gente bien escasa,
¿Qué importa? Donde hay coraje,
sobran piedras y bombardas.
BRÍGIDA. Conozco la historia, Nuño:
siempre que esas viejas armas
te ordena el señor limpiar,
has de volver a contarla,
y se limpian por lo menos
dos veces a la semana.
Hace un año que a Madrid,
con Laura, desde Granada,
al quedar, la pobre, huérfana,
vine y entré en esta casa;
conque dése a discutir
el buen Nuño de Peralta
si conoceré la historia
del asalto y la matanza
de Orgaz por los imperiales.
NUÑO. Bueno. (Con mal humor.)
BRÍGIDA. ¡Me parece!
NUÑO. Basta
de relatos.
BRÍGIDA. No te ofendas.
NUÑO. Puesto que canso...
BRÍGIDA. No cansas;
y relación tan curiosa
oyera de buena gana
una vez más; pero siempre
empiezas y nunca acabas.
NUÑO. Cuento de ella lo que sé.
BRÍGIDA. Vamos..., sigue... (Acercándose a NUÑO. Pausa.)
NUÑO. La del alba
no era, ni con mucho, cuando:
«¡El condestable! ¡A las armas!»,
gritaron con roncas voces
en todas las atalayas.
¡Y el asalto comenzó!...
¡Y qué asalto, Virgen santa!
Ellos, ¡qué subir al muro
por las flexibles escalas!
Y nosotros, ¡qué matar,
cuando a la almena llegaban!
¡Qué gente abajo tan terca!
¡Qué gente arriba tan brava!
Tres horas duró la lucha;
cayó muerto Villafranca,
diciéndome al expirar:
«¡Salva a Violante, Peralta!»
Y arrancando a la doncella,
que frenética estrechaba
a su padre entre los brazos,
de aquel lugar de matanza,
por patios y corredores
paso abriendo con mi espada,
a oscuro salón llegué;
detuve un punto mi planta,
sequé mi frente sangrienta,
y en el fondo de la estancia,
dejando a doña Violante,
respiré más a mis anchas.
Mas poco duró el descanso,
y esta escena no se aparta
de mi mente ni un momento
y su memoria me abrasa.
BRÍGIDA. Sigue..., sigue...
NUÑO. De repente,
cual del infierno evocada,
en la puerta del salón
surgió una figura extraña.
¡Un mancebo!... ¡Digo mal!...
¡Casi un niño!... Roja espada
la diestra empuña; una tea
la izquierda en alto levanta,
y sobre su frente flota
la ondulante y negra llama.
(NUÑO se detiene, pensativo; se aleja de BRÍGIDA, se aproxima a la ventana y mira por
ella con afán. BRÍGIDA le sigue. Pausa.)
BRÍGIDA. ¿Y qué más?...
NUÑO. Siempre le veo...
¡Qué noche!
BRÍGIDA. Pero ¿no acabas?
NUÑO. ¡Otra vez ese hombre allí!...
BRÍGIDA. Pero ¿quién?
NUÑO. ¿No ves su cara?
BRÍGIDA. ¡Juan de Albornoz! (Asomándose.)
NUÑO. ¿Le conoces?
Responde.
(BRÍGIDA vuelve al centro del escenario. NUÑO la sigue.)
BRÍGIDA. Tu cuento acaba.
NUÑO. ¡Brígida!...
BRÍGIDA. Primero, tú.
NUÑO. Ya acabé: nada me falta.
BRÍGIDA. Y yo también, pues te dije
que Juan de Albornoz se llama.
NUÑO. ¡Cargue el diablo con la dueña!
BRÍGIDA. ¡Váyase muy noramala
el escudero insolente!
NUÑO. Paz tengamos.
BRÍGIDA. Vaya en gracia;
pero concluye.
NUÑO. ¿Y después?
BRÍGIDA. Pregunta cuanto te plazca.
NUÑO. Bueno..., bueno..., si te empeñas...,
mas pronto la historia acaba.
Quedamos. en que el mancebo
de una sola cuchillada
partió mi frente, y que a tierra
sin decir ni «¡Dios me valga!»
vine de un golpe... Miró
(Pequeña pausa.)
hacia el fondo de la estancia...,
la tea apagó en el muro...;
después, sombras..., después, nada...
Perdí el sentido. Más tarde
dicen que se halló esta daga
junto a Violante, que, herida
en el pecho y desmayada,
era escultura yacente
al pie de rota ventana.
BRÍGIDA. ¿Y después?
NUÑO. ¡Viven los cielos,
que esta dueña no se sacia!...
BRÍGIDA. Hasta que no llego al fin.
NUÑO. Por muerta ya la contaba;
pero se empeñó el marqués
en que fuese de Moncada
marquesa.
BRÍGIDA. ¿Y qué?
NUÑO. Los casaron.
Violante casi expiraba;
pero al olor de la boda
resucitó. Cosa extraña:
lo que a un hombre da la muerte,
en las hembras es probada
medicina de salud:
¡resucitan si las casan!
Aún no pasados seis días
del asalto y la. matanza,
y tres de la ceremonia
nupcial, ya Violante entraba
con nueva vida en la vida
y a los veinte, ya apoyada
lánguidamente en su esposo,
por las alamedas anchas
de las márgenes del río,
hermosa, aunque triste y pálida,
iba al declinar la tarde
la marquesa de Moncada.
BRÍGIDA. ¿Y qué más?
NUÑO. ¡Vete al infierno!
Son felices, se idolatran;
tienen un hijo, Fernando:
una pupila, que es Laura;
Un servidor, que es modelo
de paciencia y de cachaza,
y una dueña quintañona,
de Lucifer viva estampa.
BRÍGIDA. ¡Ay Nuño, qué mal me quieres!
¡Ay Nuño, qué mal me tratas!
NUÑO. ¿Quién es don Juan de Albornoz?
BRÍGIDA. ¡Un señor de alta prosapia!
¡Del emperador amigo!
NUÑO. ¿Le conociste?...
BRÍGIDA. En Granada
requirió de amores...
NUÑO. Ya...
BRÍGIDA. Quiso dar su nombre a Laura.
NUÑO. ¿Y ella?
BRÍGIDA. Al principio..., pues no...,
no le puso mala cara;
mas conoció a don Fernando,
y el de Albornoz..., santas pascuas.
NUÑO. Ahora comprendo..., cabal:
por eso ronda la casa.
No sé dónde...; pero, en fin,
yo he visto antes esa cara.
BRÍGIDA. (Mirando hacia dentro.)
Vete, que Laura se acerca.
NUÑO. ¡Esta memoria es, tan flaca!
(NUÑO deja el puñal entre las armas del trofeo y sale.)

ESCENA II
BRÍGIDA y LAURA. Esta última sale por la derecha, primer término.
LAURA. ¿No ha vuelto Fernando?
BRÍGIDA. No.
Dicen que con mucho afán
a probar un alazán
fue a la vega.
LAURA. Le vi yo.
BRÍGIDA. ¿Al marchar le viste?
LAURA. Sí.
Aún no despuntaba el día;
yo, Brígida, no dormía;
en él pensaba... y le oí.
Del lecho al punto salté,
cubrí mis hombros ufana,
abrí ansiosa la ventana
y a la reja me asomé.
Negros estaban los cielos
y la noche silenciosa;
una ráfaga ardorosa
de viento enredó mis velos
en las ramas del rosal
que entre mis rejas dormía...,
y al potro piafar se oía
en las piedras del portal.
Nuño el caballo sacó;
vi después a mi Fernando;
la crin flotando agarrando,
de un salto al potro subió;

José Echegaray. En el puño de la espada
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