Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte
Uncategorized March 11th, 2006
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Pues como Gonzalo Pizarro se viese cerca de aquella isla y no supiese el camino que tenía por delante, y la -206- gran falta de bastimento que había entre todos los españoles que con él estaban, mandó al capitán Alonso de Mercadillo que fuese con una docena de soldados, en unas canoas que traían, el río abajo, y supiese si había algún rastro del capitán Francisco de Orellana, y si había algún bastimento por la tierra o algunas raíces con que pudiesen sustentarse. Mercadillo anduvo ocho días sin hallar ninguna cosa ni rastro de indios; e como Gonzalo Pizarro e los que con él estaban lo supieron, grande fue la pena que recibieron, teniéndose ya todos por perdidos, porque no comían otra cosa que yerbas silvestres e frutas bravas, nunca vistas ni conocidas, e los caballos e perros, con tanta regla e orden que antes les acrecentaba la hambre que no quitarles la gana de comer. Como se viesen en tan gran necesidad, que no tenían remedio neguno para pasar adelante ni volver atrás, determinó Gonzalo Pizarro de tornar a enviar en las canoas a otras personas para ver si hallaban algún rastro de indios o poblado, donde pudiesen hallar comida, pues si mucho se tardaba sin hallar era imposible dejar de ser todos muertos, y luego mandó Gonzalo Pizarro al capitán Gonzalo Díaz de Pineda y otros algunos, que fuesen a ello, y entraron en las canoas, y caminando por el río abajo, en sus canoas, allegaron hasta que dieron en otro río mayor e más poderoso que aquel por donde venían, y que entrambos se hacían uno, e vieron quebradas y cortaduras de machetes y espadas y conocieron que estuvo allí Orellana y los que con él fueron. Y como fuesen tan ganosos y deseosos de dar en alguna parte que hobiese comida, y como viesen aquel río tan grande, parecioles que sería bien seguir por él arriba para ver lo que había; e haciéndolo así al cabo de haber andado diez leguas fue Dios Nuestro Señor servido que hallaron muchas e muy espesas labranzas de yucas, tan grandes, que los árboles que salían de sus raíces parecían una pequeña montaña, y esta yuca estaba allí de unos indios que pocos años había vivían en aquella comarca, y unos sus vecinos con guerra que les dieron, los hicieron retraer más adentro en unas montañas, y con esta causa aquella yuca que tenían sembrada tuvo lugar de -207- crecer e pararse tan grande como decimos; que no fue poco alivio ni conorte para los desbridos españoles. Y como los que iban en las canoas ciertamente conocieron la yuca, hincaron las rodillas en tierra y dieron muchas gracias a Dios Nuestro Señor por tan gran merced como les había hecho y comenzaron de arrancar y cargaron en dos canoas que llevaban; y de que ya las tuvieron llenas la yuca, se volvieron donde había quedado Gonzalo Pizarro, que ya los españoles estaban tan descaecidos y desmayados que neguno pensaba escapar con la vida. Y como vieron las canoas y supieron lo que traían, todos lloraban de placer diciendo: «bendito sea el Señor, Dios nuestro, que así se acordó de nosotros»; e hincábanse de rodillas, poniendo los ojos en el cielo, y le daban gracias por aquella merced que no tenían ellos por poco grande.
Veintisiete días había que Gonzalo Pizarro estaba allí con su gente, que no comía sino alguna carne de caballos y de perros y yerbas y hojas de árboles, y las sillas de los caballos, y los aciones, ya secos, habían comido cocidos con agua caliente, y después tostados en las brasas; de manera que bien con razón decimos que fue esta entrada y descubrimiento de mucho trabajo y necesidad. Aquella yuca que allí trujeron se repartió, no aguardaban a la lavar ni limpiar, así con su tierra luego se la comían; y como supieron todos que la yuca estaba cerca de allí, juntaron todas las canoas que había e atáronlas fuertemente con unas cuerdas muy recias, para pasar de la otra parte del río que sería tan ancho como tres tiros de ballesta, y los caballos pasáronlas a la otra parte muy bien, porque no iba furioso; e la gente e bagax que les había quedado, con mucho trabajo lo pasaron de la otra parte del río, adonde la yuca se había hallado. En este tiempo, como la rabiosa hambre fuese tanta, un español que había por nombre Villarejo, comió una raíz de color blanca algo gruesa; e no la hobo gustado cuando, perdiendo el juicio, se tornó loco. Y se dieron mucha priesa a caminar, pasando aquellos esteros e pequeños ríos, hasta que llegaron donde estaba la yuca; e todos -208- iban tan desabridos, por no haber comido había tantos días cosa alguna, que no hacían sino arrancar de la yuca, e con la tierra que sacaban, arrevuelta de las raíces25, se la comían; y allí asentaron el Real y estuvieron ocho días. Y los españoles estaban muy dolientes y enfermos, descoloridos y angustiados, que gran lástima era de los ver según estaban de mal traídos.
Capítulo XXII
De cómo Gonzalo Pizarro e su gente allegaron a una tierra adonde los indios habían primero habitado e con la guerra la habían desamparado, e hallaron muy grandísima cantidad de yuca con que se restauraron y escaparon las vidas e del trabajo que pasaban.
Allegados del arte que hemos contado los españoles al yucal, parecíales en ver tantas raíces con que se podían sustentar que les había Nuestro Señor hecho la mayor merced del mundo, y era tanta la alegría que tenían que derramaban muchas lágrimas, dándole gracias por ello; y aquellos días que allí estuvieron, como el servicio les había faltado; ellos mesmos, de unos árboles que en aquellos montes se criaban, que echaban de sí unas púas muy agudas, con ellas rallaban la yuca e hacían de ella pan, teniéndole por más sabroso que si fueron blancas roscas de Utrera. E ciertamente, Gonzalo Pizarro fue mucho lo que trabajó en este descubrimiento, e si él no mancillara su fama con nombre de traidor, ella para siempre hablara lo mucho que había servido; más en esta grande historia, como sea el principio e niñez de las cosas por los españoles hechas en estos -209- reinos, pondremos las cosas como pasaron, no perdonando el contar la maldad ni atrocidad, ni dejar de decir los buenos hechos.
Y volviendo a nuestra materia, fue grande e provechosa aquella yuca que los españoles hallaron en aquella parte, que otra cosa no hay que montañas muy espesas e ceborunos muy malos, e como los indios antiguamente habían vivido en aquellas llanadas, e su principal mantenimiento fuese aquesta yuca, tenían muy grandes sementeras de ella que duraban más de cuarenta leguas, e dándoles sus enemigos comarcanos guerra hasta lanzarlos de allí, quedose toda aquella yuca para que los españoles pudiesen restaurar sus necesidades, que traían, con ellas; e, al cabo de haber estado allí ocho días, Gonzalo Pizarro mandó que se partiesen todos de aquel lugar e fuesen caminando el río arriba, para ver si Dios Nuestro Señor era servido de encaminarlas a parte que pudiesen dar en alguna tierra que fuese buena, o poder salir adonde habían venido. Allí en aquel yucal murieron dos españoles de la mucha yuca que comieron, y otros se hincharon e pararon tan malos, que por nenguna manera podían andar en sus pies, y en los caballos los ponían encima de las sillas, e atándoles una recia cuerda les daban un garrote para que no pudiesen caerse, pues, ni fuerza tenían para se tener en los caballos; y aunque se quejaban no eran ayudados, antes los mismos españoles decían que de bellacos lo hacían, e que no tenían nengun mal
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