HERNANDO PIZARRO. CARTA DE HERNANDO PIZARRO A LOS OIDORES DE LA AUDIENCIA DE SANTO DOMINGO (1533).


4 004 views

HERNANDO PIZARRO. CARTA DE HERNANDO PIZARRO A LOS OIDORES DE LA AUDIENCIA DE SANTO DOMINGO (1533).

A LOS MAGNÍFICOS SEÑORES, LOS SEÑORES OIDORES DE LA AUDIENCIA REAL DE SU MAJESTAD, QUE RESIDEN
EN LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO

Magníficos señores:

Yo llegué a este puerto de La Yaguana, de camino para pasar a España, por mandado del Gobernador Francisco Pizarro, a informar a Su Majestad de lo sucedido en aquella gobernación del Perú e la manera de la tierra y estado en que queda. E porque creo que los que a esa ciudad van darán a vuestras mercedes variables nuevas, me ha parecido escribir en suma lo sucedido en la tierra, para que sean informados de la verdad.

Después que de aquella tierra vino Isasaga, de quien vuestras mercedes se informarían de lo hasta allí acaecido, el Gobernador fundó en nombre de Su Majestad un pueblo, cerca de la costa, que se llama San Miguel, veinticinco leguas de aquel cabo de Túmbez. Dejados allí los vecinos e repartidos los Indios que había en la comarca del pueblo, se partió con sesenta de caballo e noventa peones, en demanda del pueblo de Caxamalca, que tuvo noticias que estaba en él Atabaliba, hijo del Cuzco viejo y hermano del que al presente era señor de la tierra. Y entre los dos hermanos había muy cruda guerra, e aquel Atabaliba le había venido ganando la tierra hasta allí, que hay desde donde partió cien­to cincuenta leguas.

Pasadas siete u ocho jornadas, vino al Gobernador un capitán de Atabaliba e díjole que su señor Atabaliba había sabido de su venida e holgaba mucho de ello e tenía deseo de conocer a los cristianos. E así como hubo estado dos días con el Gobernador, dijo que quería adelantarse a decir a su señor cómo iba e que el otro venía al camino con presente en señal de paz.

El Gobernador fue de camino adelante, hasta llegar a un pueblo que se dice La Ramada, que hasta allí era todo tierra llana e desde allí era sierra muy áspera e de muy malos pesos. Y visto que no volvía el mensajero de Atabaliba, quiso informarse de al­gunos indios que habían venido de Caxamalca e atormentáronse e dijeron que habían oído que Atabaliba esperaba al Gobernador en la sierra, para darle guerra. E así mandó apercibir la gente, dejando la rezaga en el llano, e subió. Y el camino era tan malo, que de verdad, si así fuera que allí nos esperaran, o en otro paso que hallamos desde allí a Caxamalca, muy ligeramente nos llevaran, porque aun del dies­tro no podíamos llevar los caballos por los caminos, e fuera de camino, ni caballos ni peones. E esta sie­rra, hasta llegar a Caxamalca, hay veinte leguas.

A la mitad del camino vinieron mensajeros de Atabaliba e trajeron al Gobernador comida e dijeron que Atabaliba le esperaba en Caxamalca, que quería ser su amigo e que le hacía saber que sus capitanes, que había enviado a la guerra del Cuzco, su hermano, le traían preso, e que sería en Caxamalca desde en dos días e que toda la tierra de su padre estaba ya por él. El Gobernador le envió decir que holgaba mucho de ello e que si algún señor había que no le quería dar la obediencia, que él le ayudaría a sojuzgarle.

*

Desde a dos días llegó el Gobernador a vista de Caxamalca e halló allí indios con comida. E puesta la gente en orden, caminó al pueblo e halló que Atabaliba no estaba en él, que estaba una legua de allí, en el campo, con toda su gente en toldos. E visto que Atabaliba no venía a verle, envió un capitán con quince de caballo a hablar a Atabaliba, diciendo que no se aposentaba hasta saber dónde era su voluntad que se aposentasen los cristianos e que le rogaba que viniese, porque quería holgarse con él.

En esto, yo vine a hablar al Gobernador, que había ido a mirar la manera del pueblo, para si de noche diesen en nosotros los indios, e díjome cómo había enviado a hablar a Atabaliba. Yo le dije que me parecía que en sesenta de caballo que tenía había algunas personas que no eran diestros a caballo e otros caballos mancos, e que sacar quince de caballo de los mejores, que era yerro, porque, si Atabaliba algo quisiese hacer, no eran para defenderse, e que caeciéndoles algún revés, que le harían mucha falta. E así mandó que yo fuere con otros veinte de caballo, que había para poder ir, e que allá hiciese como me pareciese que convenía.

Cuando yo llegué a este paso de Atabaliba, hallé los de caballo junto con el real. Y el capitán había ido a hablar con Atabaliba. Yo dejé allí la gente que llevaba e con dos de caballo pasé al aposento. Y el capitán le dijo cómo iba y quién era yo. E yo dije al Atabaliba que el Gobernador me enviaba a visitarle e que le rogaba que le viniese a ver, porque le estaba esperando para holgarse con él, e que le tenía por amigo.

Díjome que un cacique del pueblo de San Miguel le había enviado a decir que éramos mala gente e no buena para la guerra, e que aquel cacique nos había muerto caballos e gente. Yo le dije que aque­lla gente de San Miguel eran como mujeres e que un caballo bastaba para toda aquella tierra, e que cuando nos viese pelear vería quién éramos; que el Gobernador le quería mucho e que si tenía algún enemigo, que se lo dijese, que él lo enviaría a con­quistar. Díjome que cuatro jornadas de allí estaban unos indios muy recios, que no podía con ellos, que allí irían cristianos a ayudar a su gente. Díjole que el Gobernador enviaría diez de caballo, que bastaban para toda la tierra, que sus indios no eran menester sino para buscar los que se escondiesen. Sonrióse, como hombre que no nos tenía en tanto.

Díjome el capitán que hasta que yo llegué nunca pudo acabar con él que le hablase, sino un princi­pal suyo hablaba por él, y él siempre la cabeza baja. Estaba sentado en un dúho, con toda la majestad del mundo, cercado de todas sus mujeres e muchos principales cerca de él. Antes de llegar allí estaba otro golpe de principales, e así, por orden, cada uno del estado que eran.

Ya puesto el sol, yo le dije que me quería ir, que viese lo que quería que dijese al Gobernador. Díjome que le dijese que otro día por la mañana le iría a ver e que se aposentase en tres galpones grandes, que estaban en aquella plaza, e uno que estaba en medio le dejasen para él.

*

Aquella noche se hizo buena guarda. A la mañana envió sus mensajeros, dilatando la venida hasta que era ya tarde. E de aquellos mensajeros que venían hablando con algunas indias tenían los cristianos parientas suyas e les dijeron que se huyesen, porque Atabaliba venía sobre tarde, para dar aquella noche en los cristianos e matarlos.

Entre los mensajeros que envió vino aquel capi­tán que primero había venido al Gobernador al camino. E dijo al Gobernador que su señor Atabaliba decía que, pues los cristianos habían ido con armas a su real, que él quería venir con sus armas; el Go­bernador le dijo que viniese como él quisiese. E Ata­baliba partió de su real a mediodía. Y en llegar hasta un campo que estaba medio cuarto de legua de Ca­xamalca tardó hasta que el sol iba muy bajo. Allí asentó sus toldos e hizo tres escuadrones de gente. E a todo venía el camino lleno e no había acabado de salir del real.

El Gobernador había mandado repartir la gente en los tres galpones, que estaban en la plaza, en triángulo, e que estuviesen a caballo e armados, hasta ver qué determinación traía Atabaliba.

Asentados sus toldos, envió a decir al Goberna­dor que ya era tarde, que él quería dormir allí, que por la mañana vendría. El Gobernador le envió a decir que le rogaba que viniese luego, porque le es­peraba a cenar, e que no había de cenar hasta que fuese. Tornaron los mensajeros a decir al Goberna­dor que le enviase allá un cristiano, que él quería venir luego e que vendría sin armas.

El Gobernador envió un cristiano. E luego Ata­baliba se movió para venir e dejó allí la gente con las armas e llevó consigo hasta cinco o seis mil indios sin armas, salvo que debajo de las camisetas traían unas porras pequeñas e hondas e bolsas con piedras. Venía en unas andas. E delante de él hasta trescientos o cuatrocientos indios con camisetas de librea, limpiando las pajas del camino e cantando, y él en medio de la otra gente, que eran. caciques e principales, e los más principales caciques le traían en los hombros.

En entrando en la plaza, subieron doce o quince indios en una fortalecilla que allí está e tomáronla a manera de posesión, con una bandera puesta en una lanza.

*

Entrado hasta la mitad de la plaza, reparó allí e salió un fraile dominico que estaba con el Gober­nador a hablarle de su parte, que el Gobernador le estaba esperando en su aposento, que le fuese a hablar. E díjole cómo era sacerdote e que era en­viado por el Emperador para que les enseñase las cosas de la fe, si quisiesen ser cristianos. E díjole que aquel libro era de las cosas de Dios. Y el Ata­baliba pidió el libro e arrojóle en el suelo e dijo:

HERNANDO PIZARRO. CARTA DE HERNANDO PIZARRO A LOS OIDORES DE LA AUDIENCIA DE SANTO DOMINGO (1533).

Залишити відповідь

5 visitors online now
5 guests, 0 members
All time: 12686 at 01-05-2016 01:39 am UTC
Max visitors today: 30 at 03:49 am UTC
This month: 114 at 12-11-2017 09:03 pm UTC
This year: 114 at 12-11-2017 09:03 pm UTC
Read previous post:
Juan Ruiz Arce. ADVERTENCIAS QUE HIZO EL FUNDADOR DEL VÍNCULO Y MAYORAZGO A LOS SUCESORES DE ÉL.

Juan Ruiz Arce. ADVERTENCIAS QUE HIZO EL FUNDADOR DEL VÍNCULO Y MAYORAZGO A LOS SUCESORES DE ÉL.

Miguel Estete. LA RELACION DEL VIAJE QUE HIZO EL SENOR CAPITAN HERNANDO PIZARRO

Miguel Estete. LA RELACION DEL VIAJE QUE HIZO EL SENOR CAPITAN HERNANDO PIZARRO POR MANDADO DEL SEÑOR GOBERNADOR, SU HERMANO,...

Close