e ya coronalla por reyna del cielo
subióla su Hijo del mísero suelo
con músicas dulces.
APETITO: ¿Avía garapito?
[LA] FE: Avía cient mil cuentos y más tañedores,
ángeles lindos, excelsos decoros,
muy concertados, por orden a coros,
tañendo canciones de ricos primores;
traýan instrumentos de ricas lavores
órganos, harpas, dulçainas sotiles,
e mil formas otras de más menestriles,
altos y baxos, medianos, mayores.
Prosigue
Delante de todos en este misterio
yva el propheta David excelente,
tañendo su sancto e divino salterio
y con tanta dulçura que no ay quién lo cuente;
venía gran tropel de su misma gente,
con mucho concierto detrás de sus plantas,
diziendo: “Ven, Virgen, la flor de las sanctas,
que el cielo te espera con cara riente”.
Sonava otro coro, de bozes süaves,
angélicas todas, que al cielo subían,
y con su armonía, sentí que dezían:
“Ascende, pues tienes del cielo las llaves”.
Yva la Virgen, con sus ojos graves,
en trono imperial, subiendo e mirava
las cosas que baxo de sí ya dexava,
hendiendo el camino que es dado a las aves.
Mirava de hito la compassïón
del orbe mundano compuesto por Dios
e cómo la massa e primero chaos
estava sin punto de su confusión;
mirava los cuerpos que acá [a]baxo son,
cómo tenían diversas figuras;
sintía que el pintor de aquellas pinturas
era su Hijo, de gran perfeción.
Notava el concierto de los elementos,
cómo en el centro la tierra yazía,
y ell agua en contorno la tierra ceñía,
e all agua cercaban, girando, los vientos;
juzgava que el fuego tenía sus assientos
sobre los ayres, y entre ellos no guerra
vio estar a los hombres subjecta la tierra,
ell ayre a las aves, los pesces en lentos.
Alçó más los ojos la Virgen ufana,
ya que llegava a la espera primera,
e vio que la Luna, con clara lumbrera,
salió a rescebilla de muy buena gana.
Mostrósse jocunda, muy llena, no vana,
e luego se puso devaxo sus pies.
Notó que girava su curso en un mes
e supo la causa muy cierta do mana.
Partióse la Virgen del orbe lunar,
sintiólo Mercurio, segundo planeta,
oyó las canciones del sancto propheta
e los menestriles de lexos sonar.
Dexó su bastón, comiença a cantar
con bozes muy altas, diziendo: “Subid:
de aquesta mi casa, señora, os servid,
si en ella queréys un rato posar.”
La ínclita Virgen se lo agradesció
e fue prossiguiendo su sancta carrera.
Ya que llegava a la espera tercera,
Venus las bozes e música oyó:
de mucha vergüença su gesto ascondió,
que no conformavan sus obras con ella;
no hizo la Virgen ningún caso della,
e al círculo quarto derecha passó.
El sol talayava, que no se dormía,
que ya la avía visto de lexos subir,
e lu[e]go en llegando le hizo vestir
un manto del lustre que acá nos embía.
Parósse la Virgen, con su compañía,
miró el Zodiaco, con sus doze signos;
vio sus influencias, notó sus caminos,
puesto que de antes muy bien lo sabía.
Prosigue
Partiósse en su trono real assentada,
con mil consonancias e dulces cantares;
ývase al cerco, derecha, de Mares,
que haze su assiento en la quinta morada.
Oyó la armonía muy bien acordada
e dexa las armas que viste en pelea:
hizo de oliva muy presto librea,
e luego apareja muy bien su posada.
En este comedio, la ninfa llegó,
y, en viéndola, Mares hincó las rodillas;
turvósse de ver tan santas quadrillas,
angélicas todas, que nunca las vio.
Hablóle la Virgen y luego boló
derecha a la casa de Júpiter sesta,
el qual, desque vido la gente y la fiesta,
con un personaje sin son se quedó.
Llegando la Virgen en esta sazón,
Júpiter luego postrósse a dessora,
diziendo: “Reyna del cielo y señora
reposad un poco en mi habitación,
que, puesto que sea muy pobre el mesón
para tan alta y real magestad,
tomad lo vivo de mi voluntad;
si falta ay en casa meresco perdón”.
Diole las gracias de su offrecimiento,
a Júpiter claro la Virgen prudente,
y luego, de presto, pasósse al presente,
a donde Saturno tenía su aposento.
Desque él venir vio tan sancto convento,
arroja la hoz y a bozes dezía:
“Subid, Virgen Madre, bendita María,
dechado de todas, hazed aquí assiento.”
Prosigue
No quiso la Virgen poner en cuydado
al viejo Saturno, planeta seteno,
passó por su cielo mejor que yo ordeno,
al octavo polo, que es cielo estrellado.
Después que lo vio, tam bien adornado,
de tantos luzeros illustres y estrellas
detúvose un poco, no más de por vellas,
de grado mirándolas todas en grado.
Mirava el Carnero, con roxo vellón
y el Toro de Europa, con cuernos dorados,
e a Cástor e Pólux, muy bien conformados,
e al Cáncer que estava delante el León;
a Virgo mirava, e al fiero Escorpión,
a Libra, Centauro con el Capricornio,
Aquario e los Pezes andar en contorno
por su Zodiaco, torcido cintón.
Mirava las Hyadas y Siete Cabrillas,
entrambos los Canes, y el Cisne e Dragones,
la Lira de Orfeo, tañendo mil sones,
con otras estrellas que no sé dezillas.
APETITO: ¡Qué huerte descanso rescibo en oýllas!
[LA] FE: Mil otras mirava, sin las que yo narro;
notava las Ossas, que están cabe el Carro,
y entrambos los Polos tener quedas sillas.
Notó cómo aquéllos jamás se mudavan,
el uno en ell Austro, ell otro en Borrea,
e vio que sobre éstos el cielo boltea,
y cómo las otras esperas andavan.
Vio las estrellas que fixas estavan,
muy engastadas en su firmamento.
Después de miradas las cosas que cuento,
mil músicas dulces los ángeles davan.
Prosigue
Subiósse la Virgen, con rostro benino
del cielo estrellado, que mucho miró
y en muy poco tiempo bolando llegó
al nono, que suelen llamar christalino;
después de revisto, siguió su camino
al décimo cielo, que llaman empirio,
más fresca que rosas, ni flores de lirio
do estava su Hijo, precioso, divino.
Salieron los coros en sus processiones,
al rescebimiento muy bien ordenados,
Virtudes, Poderes, y los Principados,
Arcángeles, Tronos e Dominaciones,
avía cient mil cuentos, y más de invenciones,
inventas por mano de los Serafines,
otras por seso de los Cherubines,
Arcángeles, Tronos y Dominaciones.
El gran consistorio de la Trinidad,
con ver a la Virgen mostró regozijo,
y luego, a desora su ínclito Hijo,
habló desta suerte, con suma bondad:
“Venid, Virgen Madre, venid y llegad,
gozad de la gloria que ansí merescistes,
pues vos de lebrea mortal me vestistes
yo quiero vestiros de inmortalidad”.
Desque estas razones el Hijo acabó
mostrando semblantes de mucha alegría
la Virgen preciosa, bendita María,
a la Magestad real se enclinó.
El Padre infinito sentar la mandó,
en silla imperial, según su persona,
el Hijo le puso de reyna corona,


















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