Феликс Мария Саманьего. Сказки в стихах. Félix María Samaniego. Fábulas en verso castellano para el uso


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si ensucia y come todo cuanto plantas 30
este vil caracol de baja esfera? [88]
O mátale al instante, o vaya fuera.-
»Quien ahora te oyese,
si no te conociese,
respondió el caracol, en mi conciencia, 35
que pudiera temblar en tu presencia.
Mas dime, miserable criatura,
que acabas de salir de la basura,
¿puedes negar que aún no hace cuatro días,
que gustosa solías 40
como humilde reptil andar conmigo,
y yo te hacía honor en ser tu amigo?
¿No es también evidente
que eres por línea recta descendiente
de los Orugas, pobres hilanderos, 45
que mirándose en cueros,
de sus tripas hilaban y tejían
un fardo, en que el invierno se metían,
como tú te has metido, [89]
y aún no hace cuatro días que has salido? 50
Pues si éste fue tu origen y tu casa,
¿por qué tu ventolera se propasa
a despreciar a un caracol honrado?»
El que tiene de vidrio su tejado,
esto logra de bueno 55
con tirar las pedradas al ajeno. [90]
Fábula VIII
Los dos titiriteros.
Todo el pueblo, admirado,
estaba en una plaza amontonado,
y en medio se empinaba un titerero,
enseñando una bolsa sin dinero.
«Pase de mano en mano, les decía; 5
señores, no hay engaño, está vacía.»
Se la vuelven; la sopla, y al momento
derrama pesos duros, ¡qué portento!
Levántase un murmullo de repente,
cuando ven por encima de la gente 10
otro titiritero a competencia.
Queda en expectación la concurrencia
con silencio profundo.
Cesó el primero, y empezó el segundo. [91]
Presenta de licor unas botellas; 15
algunos se arrojaron hacia ellas,
y al punto las hallaron transformadas
en sangrientas espadas.
Muestra un par de bolsillos de doblones;
dos personas, sin duda dos ladrones, 20
les echaron la garra muy ufanos,
y se ven dos cordeles en sus manos.
A un relator cargado de procesos
una letra le enseña de mil pesos.
«Sople usted»; sopla el hombre apresurado, 25
y le cierra los labios un candado.
A un abate arrimado a su cortejo
le presenta un espejo,
y al mirar su retrato peregrino,
se vio con las orejas de pollino. 30
A un santero le manda
que se acerque; le pilla la demanda, [92]
y allá con sus hechizos
la convirtió en merienda de chorizos.
A un joven desenvuelto y rozagante: 35
le regala un diamante:
Éste le dio a su dama, y en el punto
pálido se quedó como un difunto,
ítem más sin narices y sin dientes.
Allí fue la rechifla de las gentes, 40
la burla y la chacota.
El primer titerero se alborota;
dice por el segundo con denuedo:
«Ese hombre tiene un diablo en cada dedo,
pues no encierran virtud tan peregrina 45
los polvos de la madre Celestina.
Que declare su nombre.»
El concurso lo pide, y el buen hombre
entonces, más modesto que un novicio,
dijo: «No soy el diablo, sino el vicio.» 50 [93]
Fábula IX
El raposo y el perro.
De un modo muy afable y amistoso
el mastín de un pastor con un raposo
se solía juntar algunos ratos,
como tal vez los perros y los gatos
con amistad se tratan. Cierto día 5
el zorro a su compadre le decía:
«Estoy muy irritado;
los hombres por el mundo han divulgado
que mi raza inocente (¡qué injusticia!)
les anda circumcirca en la malicia. 10
¡Ah, maldita canalla!
Si yo pudiera...» En esto el zorro calla,
y erizado se agacha. «Soy perdido,
dice, los cazadores he oído. [94]
¿Qué me sucede? -Nada. 15
No temas, le responde el camarada;
son las gentes que pasan al mercado.
Mira, mira, cuitado,
marchar haldas en cinta a mis vecinas,
coronadas con cestas de gallinas.» 20
No estoy, dijo el raposo, para fiestas:
Vete con tus gallinas y tus cestas,
y satiriza a otro. Porque sabes
que robaron anoche algunas aves,
¿he de ser yo el ladrón? -En mi conciencia, 25
que hablé, dijo el mastín, con inocencia.
¿Yo pensar que has robado gallinero,
cuando siempre te vi como un cordero?-
¡Cordero!, exclama el zorro; no hay aguante.
Que cordero me vuelva en el instante, 30
si he hurtado el que falta en tu majada.-
¡Hola!, concluye el perro, camarada, [95]
el ladrón es usted, según se explica.»
El estuche molar al punto aplica
al mísero raposo, 35
para que así escarmiente el cosquilloso,
que de las fabulillas se resiente.
Si no estás inocente,
dime, ¿por qué no bajas las orejas?
Y si acaso lo estás, ¿de qué te quejas? 40 [96]
Libro cuarto
Fábula primera
El gato y las aves.
Charlatanes se ven por todos lados,
en plazas y en estrados,
que ofrecen sus servicios, ¡cosa rara!
A todo el mundo por su linda cara.
Éste, químico y médico excelente, 5
cura a todo doliente;
Pero gratis: no se hable de dinero.
El otro, petimetre caballero,
canta, toca, dibuja, borda, danza,
y ofrece la enseñanza 10
gratis, por afición, a cierta gente.
Veremos en la fábula siguiente [97]
si puede haber en esto algún engaño.
La prudente cautela no hace daño.
Dejando los desvanes y rincones 15
desiertos de ratones.
El señor Mirrimiz, gato de maña,
se salió de la villa a la campaña.
En paraje sombrío,
a la orilla de un río, 20
de sauces coronado,
en unas matas se quedó agachado.
El gatazo callaba como un muerto,
escuchando el concierto
de dos mil avecillas, 25
que en las ramas cantaban maravillas;
pero callaba en vano,
mientras no se acercaban a su mano
los músicos volantes; pues quería [98]
Mirrimiz arreglar la sinfonía. 30
Cansado de esperar, prorrumpe al cabo,
sacando la cabeza: Bravo, bravo.
La turba calla: Cada cual procura
alejarse o meterse en la espesura;
mas él les persuadió con buenos modos, 35
y al fin logró que le escuchasen todos.
«No soy gato montés o campesino;
soy honrado vecino
de la cercana villa:
Fui gato de un maestro de capilla; 40
la música aprendí, y aun, si me empeño,
veréis como os la enseño,
pero gratis y en menos de una hora.
¡Qué cosa tan sonora
será el oír un coro de cantores, 45
verbigracia calandrias ruiseñores!»
Con estas y otras cosas diferentes, [99]
algunas de las aves inocentes
con manso vuelo a Mirrimiz llegaron:
Todas en torno de él se colocaron. 50
Entonces con más gracia
y más diestro que el músico de Tracia,
echando su compás hacia el más gordo,
consigue gratis merendarse un tordo. [100]
Fábula II
La danza pastoril.
A la sombra que ofrece
un gran peñón tajado,
por cuyo pie corría
un arroyuelo manso,
se formaba en estío 5
un delicioso prado.
Los árboles silvestres
aquí y allí plantados,
el suelo siempre verde
de mil flores sembrado, 10
más agradable hacían
el lugar solitario.
Contento en él pasaba
la siesta, recostado [101]
debajo de una encina, 15
con el albogue, Bato.
Al son de sus tonadas,
los pastores cercanos,
sin olvidar algunos
la guarda del ganado, 20
descendían ligeros
desde la sierra al llano.
Las honestas zagalas,
según iban llegando,
bailaban lindamente, 25
asidas de las manos,
en torno de la encina
donde tocaba Bato.
De las espesas ramas
se veía colgando 30
una guirnalda bella
de rosas y amaranto. [102]
La fiesta presidía
un mayoral anciano;
y ya que el regocijo 35
bastó para descanso,
antes que se volviesen
alegres al rebaño,
el viejo presidente
con su corvo cayado 40
alcanzó la guirnalda
que pendía del árbol,
y coronó con ella
los cabellos dorados
de la gentil zagala 45
que con sencillo agrado
supo ganar a todas
en modestia y recato. [103]
Si la virtud premiaran
así los cortesanos, 50
yo sé que no huiría
desde la corte al campo. [104]
Fábula III
Los dos perros.
Procure ser en todo lo posible,
el que ha de reprehender, irreprehensible.
Sultán, perro goloso y atrevido,
en su casa robó, por un descuido,
una pierna excelente de carnero. 5
Pinto, gran tragador, su compañero
le encuentra con la presa encarnizado,
ojo al través, colmillo acicalado,
fruncidas las narices y gruñendo.
«¿Qué cosa estás haciendo, 10
desgraciado Sultán? Pinto le dice;
¿No sabes, infelice,
que un perro infiel, ingrato, [105]
no merece ser perro, sino gato?
¡Al amo, que nos fía 15
la custodia de casa noche y día,
nos halaga, nos cuida y alimenta,
le das tan buena cuenta,
que le robas, goloso,
la pierna del carnero más jugoso! 20
Como amigo te ruego
no la maltrates más: Déjala luego.-
Hablas, dijo Sultán, perfectamente.
Una duda me queda solamente
para seguir al punto tu consejo: 25
Di, ¿te la comerás, si yo la dejo?» [106]
Fábula IV
La moda.
Después de haber corrido
cierto danzante mono
por cantones y plazas,
de ciudad en ciudad, el mundo todo,
logró, dice la historia, 5
aunque no cuenta el cómo,
volverse libremente
a los campos del África orgulloso.
Los monos al viajero
reciben con más gozo 10
que a Pedro el Czar los Rusos,
que los griegos a Ulises generoso.
De leyes, de costumbres
ni él habló ni algún otro [107]
le preguntó palabra; 15
pero de trajes y de modas todos.
En cierta jerigonza,
con extranjero tono
les hizo un gran detalle
de lo más remarcable a los curiosos. 20
«Empecemos, decían,
aunque sea por poco.»
Hiciéronse zapatos
con cáscaras de nueces, por lo pronto;
toda la raza mona 25
andaba con sus choclos,
y el no traerlos era
faltar a la decencia y al decoro.
Un leopardo hambriento
trepa para los monos: 30
Ellos huir intentan

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