FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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-Ya sé que no lo soy -murmuró.

-¿De veras lo sabe?

Iván se levantó y cogió a Smerdiakov por un hombro.

-¡Habla, víbora! ¡Dilo todo!

Smerdiakov no se asustó lo más mínimo, sino que miró a Iván con un odio feroz.

-Pues bien; ya que lo desea, se lo diré -repuso, furioso-. Usted mató a Fiodor Pavlovitch.

Iván volvió a sentarse y quedó pensativo. Al fin, tuvo una sonrisa maligna.

-¿Es el mismo cuento que la otra vez?

-Sí, y usted lo comprendió entonces, como lo comprende ahora.

-Lo único que comprendo es que estás loco.

-Aquí estamos solos usted y yo. ¿Para qué fingir? ¿Para qué tratar de engañarnos? ¿Pretende usted cargarme a mí toda la culpa? Usted fue el autor del crimen, el principal culpable. Yo no fui más que su auxiliar, su dócil instrumento. Usted sugirió y yo cumplí.

-¿Cumpliste? Entonces..., ¡eres tú el asesino!,..

Sintió como un estallido en la cabeza; le pareció que una corriente helada recorría todo su cuerpo. Smerdiakov lo contemplaba asombrado, impresionado por el efecto, evidentemente real, que habían producido en Iván sus palabras.

-¿De modo que no lo sabía? -preguntó, receloso.

Iván lo seguía mirando fijamente. Parecía haber perdido el don de la palabra. De pronto, le pareció oír:

Para Piter ha partido Vanka;

ya no lo esperaré.

-¿Sabes que te temo como a un fantasma? -murmuró.

-Aquí no hay más fantasmas que usted, yo y... un tercero. Un tercero que sin duda está presente ahora.

-¿Cómo? ¿Un tercer fantasma? -exclamó Iván, aterrado, mirando en todas direcciones.

-El tercer fantasma es Dios, la Providencia. Está aquí. Pero es inútil que lo busque: no lo encontrará.

-¡Has mentido! -rugió Iván-. ¡Tú no eres el asesino! ¡Estás loco o te complaces en irritarme, como la otra vez!

Smerdiakov no experimentaba terror alguno: se limitaba a observar a su interlocutor atentamente; con visible desconfianza. Creía que Iván lo sabía todo y fingía ignorarlo, con objeto de que toda la culpa recayera sobre él.

-Espere un momento -dijo al fin, en voz baja.

Sacó la pierna de debajo de la cama y se subió el pantalón. Llevaba medias blancas y zapatillas. Con toda la parsimonia, se quitó las ligas a introdujo la mano en la media. Iván Fiodorovitch tuvo un repentino estremecimiento de pánico.

-¡Estás loco! -gritó.

Y, levantándose de un salto, retrocedió hasta tropezar con la pared, donde se quedó como clavado en el suelo, mirando fijamente a Smerdiakov. Éste, sin inmutarse, siguió rebuscando en su media. Al fin, Iván le vio sacar un paquete que depositó en la mesa.

-Ahí tiene -dijo en voz baja.

-¿Qué es eso?

-Mírelo.

Iván se acercó a la mesa y empezó a deshacer el paquete. De pronto, retiró las manos como si hubiera tocado un reptil repugnante y temible.

-Le tiemblan las manos -dijo Smerdiakov.

Y él mismo deshizo el envoltorio. Entonces aparecieron tres fajos de billetes de cien rublos.

-Están los tres mil rublos; no hace falta contarlos.

Y añadió, señalando los billetes:

-Tome los que quiera.

Iván se dejó caer en la silla. Estaba blanco como un cadáver.

-Me has asustado cuando has empezado a buscar en tu media -dijo con una extraña sonrisa.

-¿De veras no lo sabía usted?

-De veras. Yo creía que había sido Dmitri..., ¡mi hermano, mi hermano!

Ocultó la cara entre las manos y añadió:

-¿Lo hiciste sólo tú? ¿No te ayudó mi hermano?

-Lo hice sólo con usted. Dmitri Fiodorovitch es inocente.

-Bien bien; en seguida hablaremos de mí... No sé por qué tiemblo. Ni siquiera puedo articular las palabras.

-Antes era usted un hombre audaz. "Todo está permitido", decía. Y ahora tiembla de miedo. ¿Quiere una limonada? La voy a pedir. Pero antes tendremos que ocultar esto.

Se refería a los billetes. Se acercó a la puerta, llamó a María Kondratievna y le dijo que trajera limonada. Luego trató de esconder el dinero. Empezó por sacar el pañuelo, pero, al observar lo sucio que estaba, cogió el gran libro de tapas amarillas que Iván había visto al entrar en la habitación y que se titulaba Sermones de nuestro santo padre Isaac el Sirio, y lo puso sobre los billetes.

-No quiero limonada -dijo Iván-. Siéntate y habla. ¿Cómo lo hiciste? Cuéntamelo todo.

-Le aconsejo que se quite el abrigo. Si no lo hace; pronto estará bañado en sudor.

Iván Fiodorovitch se quitó el abrigo y, sin levantarse de su asiento, lo arrojó al banco.

-¡Habla, por favor, habla!

Se había serenado. Estaba seguro de que Smerdiakov se lo iba a contar todo.

-¿Que cómo lo hice? -dijo Smerdiakov, con un suspiro-. Del modo más natural. Según sus propias palabras...

-Ya hablaremos de mis palabras -le atajó Iván, pero esta vez sin irritarse, como si fuera enteramente dueño de sí mismo-. Ahora limítate a referir, con todo detalle y en orden, cómo cometiste el crimen. No olvides los detalles, te lo ruego.

-Usted había salido de viaje. Yo me desplomé en la bodega.

-¿Fue un verdadero ataque, o lo fingiste?

-Lo fingí. Bajé tranquilamente la escalera, me tendí en el suelo y empecé a gritar. Y, mientras me llevaban en brazos, simulé algunas convulsiones.

-¿También fingías en el hospital?

-No. A la mañana siguiente, cuando estaba todavía en casa, tuve un verdadero ataque, el más fuerte que he sufrido desde hace años. Estuve dos días sin conocimiento.

-Bien. Continúa.

-Desde la bodega, me trasladaron al pabellón y me acostaron en un catre detrás del tabique, cosa que yo esperaba, pues siempre que estaba enfermo, Marta Ignatievna me llevaba allí. Desde que nací ha sido buena conmigo. Durante la noche proferí leves gemidos de vez en cuando. Esperaba que llegase Dmitri Fiodorovitch.

-¿Esperabas que fuera a verte?

-No, esperaba que fuera a la casa; estaba seguro de que iría aquella misma noche, ya que no sabía nada de mí. Y tendría que entrar escalando la tapia.

-¿Y si no hubiera ido?

-Entonces no habría ocurrido nada, porque yo nada habría hecho sin él.

-Bien, habla con calma, y, sobre todo, no pases por alto ningún detalle.

-Yo estaba seguro de que su hermano mataría a Fiodor Paviovitch, pues lo había preparado para hacerlo, y, esto sobre todo, conocía la contraseña para que Fiodor Pavlovitch le abriese la puerta. Dado su carácter desconfiado y arrebatado, no cabía duda de que entraría en la casa. Yo contaba con ello.

-Un momento. Si él hubiera matado a mi padre, se habría apoderado del dinero, cosa que sin duda comprendiste tú. O sea, que no habrías obtenido ningún beneficio... No veo esto claro.

-Dmitri Fiodorovitch no podía encontrar el dinero. Yo le dije que estaba debajo del colchón y no era verdad. Primero estaba en una arquilla. Después dije a Fiodor Pavlovitch que lo escondiera detrás de los iconos, donde a nadie se le ocurriría buscarlo, y menos en un momento de prisa. Su padre no se fiaba de nadie más que de mí, y me hizo caso porque la idea le gustó. Guardar el dinero en una cajita, cerrar ésta con llave y esconderla debajo del colchón, habría sido una vulgar estupidez; pero precisamente por ser vulgar y estúpido lo ha creído todo el mundo. Una vez cometido el asesinato, Dmitri Fiodorovitch habría huido al menor indicio de alarma, como hacen todos los asesinos, o lo habrían sorprendido y apresado. Y yo habría podido ir al día siguiente, o aquella misma noche, a coger el dinero. El robo se habría achacado al asesino.

-Pero, ¿y si Dmitri lo hubiera herido únicamente?

-Si lo hubiera herido sin dejarlo inconsciente, no me habría apoderado del dinero. Pero yo contaba con que Dmitri Fiodorovitch golpearía a la víctima hasta dejarla sin conocimiento. Y en este caso podía llevarme los billetes y decir después a Fiodor PavIovitch que el ladrón había sido el mismo que le había golpeado.

-Escucha, hay algo que no entiendo. ¿Es Dmitrí el asesino y tú solamente el ladrón?

-No, el asesino no fue Dmitri. Podría achacarle el crimen, puesto que usted me ha demostrado que no sabe la verdad, aunque se empeña en cargar toda la culpa sobre mí; pero no quiero mentir. No mentiré, porque el culpable es usted. Usted sabía que se iba a cometer el crimen; es más, usted me encargó de su ejecución, y, sin embargo, usted se fue de viaje. Estoy dispuesto a demostrarle que el asesino principal, el único, fue usted y no yo, aunque fui yo el que mató a su padre. En justicia, el asesino es usted.

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