FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


102 802 views

P. D. - Te beso los pies. ¡Adiós!

P. D. - Katia, pide a Dios que alguien me dé el dinero. Si me lo dan, no tendré que derramar sangre. Si no me lo dan, la derramaré.

Después de haber leído esta carta, Iván quedó convencido de que había sido su hermano y no Smerdiakov el que había cometido el crimen. Y si no había sido Smerdiakov, tampoco había sido él. Iván vio en este documento una prueba irrefutable: ya no tenía la menor duda de que el asesino había sido Mitia. Y como no podía admitir la complicidad entre Dmitri y Smerdiakov, ya que no estaba de acuerdo con los hechos, su tranquilidad fue completa. Al día siguiente, el recuerdo de Smerdiakov y sus ironías le producía un profundo desprecio. Transcurridos varios días, incluso se extrañó de haberse sentido tan mortificado por las sospechas del epiléptico. Y decidió no volver a pensar en él.

Así pasó un mes. Entonces Iván se enteró de que Smerdiakov estaba enfermo de cuerpo y de espíritu.

-Este hombre se volverá loco -había dicho el doctor Varvinski.

En los últimos días de aquel mes, Iván se sintió también muy mal y consultó al médico que Catalina Ivanovna había traído de Moscú. Las relaciones entre Katia a Iván se habían agriado extraordinariamente. Eran como dos enemigos enamorados el uno del otro. Los " retornos" de Catalina Ivanovna a Mitia, pasajeros pero violentos, exasperaban a Iván. Aunque parezca extraño, Iván no había oído durante todo el mes una palabra de duda en labios de Catalina Ivanovna respecto a la culpabilidad de Mitia, a pesar de aquellos "retornos" que tanto le mortificaban. Estas dudas sólo las había expresado en la última escena que ambos tuvieron con Aliocha cuando éste regresaba de su visita a la cárcel. Otro detalle curioso era que Iván, cuyo odio hacia Mitia crecía sin cesar, se daba perfecta cuenta de que detestaba a su hermano no por los "retornos" de Catalina Ivanovna, sino por haber matado a su padre.

A pesar de este odio, diez días antes del juicio había ido a visitar a Mitia y le había propuesto un plan de evasión evidentemente estudiado hacía mucho tiempo. Este proceder se debía en parte al deseo de desmentir la insinuación de Smerdiakov de que él, Iván, tenía interés en que condenaran a su hermano, ya que así su parte en la herencia, lo mismo que la de Aliocha, aumentaría en veinte mil rublos. Y había decidido gastar treinta mil para facilitar la huida de Dmitri. Tras su visita a la cárcel, Iván estaba triste y amargado. Tuvo la súbita impresión de que no deseaba la evasión de Mitia solamente para salir al paso de la acusación de Smerdiakov. "¿Será también -se preguntó- porque, en el fondo, soy un asesino?" Se sentía vagamente inquieto y amargado. Durante aquel mes, su orgullo había recibido fuertes embates... Pero ya hablaremos de esto.

Cuando Iván Fiodorovitch, después de su conversación con Aliocha y ya a la puerta de su casa, decidió de pronto ir a ver a Smerdiakov por tercera vez, obedeció a una indignación repentina. Se acababa de acordar de que Catalina Ivanovna había exclamado en presencia de Aliocha: "¡Tú me has convencido de que el asesino es Mitia!" Al recordar esto, Iván se quedó petrificado. No sólo no había dicho jamás a Catalina Ivanovna que el culpable era Mitia, sino que se había acusado a si mismo en presencia de ella al volver de casa de Smerdiakov. Y había sido ella la que le habla demostrado a él la culpabilidad de Mitia poniendo ante sus ojos la carta comprometedora. Luego Katia dijo que había ido a visitar a Smerdiakov. ¿Cuándo? Iván no sabía nada de esta visita, que demostraba que la convicción de Catalina Ivanovna no era muy firme. ¿Qué le habría dicho Smerdiakov? Iván tuvo un arrebato de ira. No comprendia cómo, hacia media hora, había podido oír las palabras de Katia sin replicar violentamente. Soltó el cordón de la campanilla y se dirigió a casa de Smerdiakov.

"¡Esta vez puedo llegar incluso a matarlo!", se iba diciendo por el camino.

CAPÍTULO VIII

TERCERA Y ÚLTIMA ENTREVISTA CON SMERDIAKOV

Se levantó un fuerte viento, idéntico al que había soplado por la mañana, acompañado de una nevada fina, abundante y seca. La nieve caía sin adherirse al suelo, el viento la arremolinaba; pronto se desencadenó una verdadera tormenta. En la parte de la ciudad donde habitaba Smerdiakov apenas había faroles. Iván avanzaba en la oscuridad, guiándose por el instinto. Le dolía la cabeza, las sienes le latían, su pulso se había acelerado. Poco antes de llegar a la casita de María Kondratievna se encontró con un borracho que llevaba un caftán remendado. Iba haciendo eses y lanzando juramentos. A veces dejaba de vociferar para cantar con voz ronca:

-Para Piter ha partido Vanka;

ya no lo esperaré.

Invariablemente, después del segundo verso interrumpía el canto y reanudaba las invectivas. Poco después, Iván Fiodorovitch sintió, sin saber por qué, un odio profundo hacia aquel hombre. Se dio cuenta de ello de pronto. Inmediatamente le asaltó un deseo irresistible de golpearlo. Precisamente en ese momento estaban el uno al lado del otro. El borracho, en uno de sus vaivenes, tropezó violentamente con Iván, y éste respondió con un furioso empujón. El del caftán cayó de espaldas sobre la helada tierra, donde, tras proferir un gemido, quedó mudo, inmóvil, inconsciente. "¡Se helará!", pensó Iván mientras reanudaba su camino.

Acudió a abrirle María Kondratievna con una bujía en la mano. Ya en el vestíbulo, María le dijo en voz baja que Pavel Fiodorovitch -es decir, Smerdiakov- estaba muy enfermo. Incluso había rechazado el té.

-Supongo que no cesará de vociferar -dijo Iván.

-Al contrario: nunca ha estado más tranquilo. No le entretenga demasiado.

Iván entró en la habitación.

Estaba tan caldeada como de costumbre, pero se observaban en ella algunos cambios: uno de los bancos había sido sustituido por un gran canapé de imitación a caoba, guarnecido de cuero y convertido en cama, con almohadas perfectamente limpias. Smerdiakov, vestido con su vieja bata, estaba sentado en el canapé, ante la mesa, trasladada allí. Estos cambios habían reducido el espacio libre. Sobre la mesa se veía un gran libro de tapas amarillas. Smerdiakov recibió a Iván con una mirada larga y silenciosa y no demostró la menor sorpresa al verlo. También su aspecto había cambiado, y mucho: tenía el rostro pálido y enjuto; los ojos, hundidos; los párpados inferiores, amoratados.

-¿Estás verdaderamente enfermo? -inquirió Iván Fiodorovitch-. No te molestaré mucho tiempo. Ni siquiera me quito el ábrigo. ¿Dónde puedo sentarme?

Acercó una silla a la mesa y se sentó.

-¿Por qué estás tan callado? Sólo tengo que hacerte una pregunta. Pero te advierto que no me marcharé sin que me contestes. ¿Ha venido a verte Catalina Ivanovna?

Smerdiakov respondió con un ademán indolente y volvió la cabeza.

-¿Qué quieres decir?

-Nada.

-¿Cómo que nada?

-¡Bueno, pues sí: Catalina Ivanovna ha venido a verme! ¿Y qué? ¡Déjeme en paz!

-Eso no lo esperes. Di: ¿cuándo vino?

-No me acuerdo.

Smerdiakov dijo esto con una sonrisita desdeñosa. De pronto, ahora. se encaró con Iván y le dirigió una mirada cargada de odio, como la que le había dirigido hacia un mes.

-También usted está muy enfermo -dijo-. Tiene la cara chupada, y su aspecto es el de un hombre agotado.

-No te preocupes por mi salud y responde a mi pregunta.

-Tiene los ojos amarillos. No cabe duda de que algo le atormenta.

Tuvo una risita sarcástica. Iván exclamó, irritado:

-¡Ya lo he dicho que no me marcharé sin una respuesta!

-No comprendo su insistencia -dijo Smerdiakov-. ¿Por qué se obstina en torturarme?

-¡Lo que a ti te ocurra no me importa lo más mínimo! Contesta a mi pregunta y me voy.

-No tengo ninguna respuesta.

-Te advierto que te obligaré a contestar.

-¿Por qué está tan inquieto? -preguntó Smerdiakov, mirando a Iván con más contrariedad que desdén-. ¿Porque mañana se verá la causa contra su hermano? Esto no significa ninguna amenaza contra usted. De modo que cálmese. Váyase usted a su casa y duerma tranquilo. No tiene nada que temer.

-No te comprendo -dijo Iván, sorprendido y repentinamente aterrado-. ¿Por qué he de temer al juicio de mañana?

Smerdiakov lo miró de pies a cabeza.

-¿De veras no me comprende? ¡Lo incomprensible es que un hombre inteligente finja como usted está fingiendo!

Iván lo miró en silencio. La arrogancia con que le hablaba su antiguo criado era algo inaudito.

-Le repito que no tiene nada que temer. No hay pruebas y no declararé contra usted... Sus manos tiemblan. ¿Por qué? Vuelva a su casa. Usted no es el asesino.

Iván se estremeció y se acordó de Aliocha.

FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV
Tagged on:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

Залишити відповідь

4 visitors online now
4 guests, 0 members
All time: 12686 at 01-05-2016 01:39 am UTC
Max visitors today: 111 at 02:04 am UTC
This month: 180 at 06-01-2018 05:41 am UTC
This year: 254 at 02-02-2018 01:06 am UTC
Read previous post:
Guillen. Los «sones».

Nicolás Guillen. Los «sones». Николас Гильен. Соны.

Из серии “Свидетельства индейцев” (1500 – 1900)

Из серии "Свидетельства индейцев" (1500 - 1900). Документ №3: СВИДЕТЕЛЬСКИЕ ПОКАЗАНИЯ О РЕЛИГИОЗНЫХ ПРАКТИКАХ ОСЕЛОТЛЯ И МИШКОАТЛЯ, ТУЗЕМНЫХ СВЯЩЕННИКОВ, 1536-1537.

Close