FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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-¿Cómo que por qué? -exclamó Smerdiakov pérfidamente-. Por la herencia. La muerte de su padre suponía para cada uno de ustedes cuarenta mil rublos o más. En cambio, si daban tiempo a que Fiodor Pavlovitch se casara con Agrafena Alejandrovna, ésta, que no tiene un pelo de tonta, se habría apresurado a poner el dinero de su padre a su nombre, y no habría quedado nada para ustedes tres. Esto estuvo a punto de ocurrir. Habría bastado una palabra de Agrafena Alejandrovna para que Fiodor Pavlovitch la hubiese llevado al altar.

Iván Fiodorovitch tenía que hacer grandes esfuerzos para contenerse.

-Bien -dijo al fin-. Como ves, ni te he pegado ni te he matado. Por lo tanto, puedes continuar. ¿De modo que, según tú, yo contaba con mi hermano Dmitri y le había encargado ese trabajo?

-Sí. Al ser un asesino, perdería todo sus derechos, se le degradaría y se le deportaría. Entonces su hermano Alexei Fiodorovitch y usted heredarían su parte, y ya no serían cuarenta mil rublos, sino sesenta mil, lo que les tocaría a cada uno. Es, pues, muy natural que usted pensara en Dmitri Fiodorovitch.

-¡No sé cómo puedo contenerme! Óyeme, cretino: si yo hubiese tenido que contar con alguien, habría contado contigo, no con Dmitri. Y lo juro que presentí que cometerías alguna infamia: recuerdo que tuve esta impresión.

-También yo pensé que usted contaba conmigo -dijo irónicamente Smerdiakov-. O sea que cada vez se desenmascara usted más. Pues si usted se marchó a pesar de tener este presentimiento, esto equivalía a decir: "Puedes matar a mi padre: no me opongo."

-¡Miserable! ¿Eso creíste?

-Razonemos. Usted quería marcharse a Moscú, y, a pesar de los ruegos de su padre, se negaba a ir a Tchermachnia. Pero de pronto, accediendo a mis ruegos, decide ir a ese lugar cercano. Para proceder de este modo era necesario que esperase usted algo de mí.

-¡Eso no! ¡Lo juro! -gritó lván, rechinando los dientes.

-¿Cómo que eso no? Usted era el hijo del dueño de la casa. En vez de atender a mis ruegos, debió entregarme a la policía, hacerme azotar o pegarme usted mismo en el acto. Pero usted ni siquiera se enfadó. Y se marchó, en vez de quedarse para defender a su padre. ¿Qué podía yo deducir de este proceder?

Iván tenía el semblante sombrío y los puños crispados sobre las rodillas.

-Desde luego, siento no haberte dado una paliza -dijo con una sonrisa amarga-. No me era posible llevarte a la policía, pues no me habrían creido sin pruebas. Pero fue un error no molerte a golpes; aunque esté prohibido que uno se tome la justicia por su mano, debí hacerte trizas la cara.

Smerdiakov le observó con visible deleite.

-En los casos corrientes -dijo con evidente satisfacción y en un tono doctoral, como cuando hablaba de cuestiones religiosas con Grigori Vasilievitch-, tomarse la justicia por las propias manos está vedado por la ley. Sí, se han terminado estas brutalidades. Pero en los casos excepcionales, no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo, incluso en la República Francesa, se siguen empleando los puños, como en los tiempos de Adán y Eva. Y siempre será así. Pero usted, ni siquiera en uno de estos casos excepcionales se atrevió a hacer use de la acción directa.

-¿Esto es lo que aprendes de las frases francesas que escribes ahí? -preguntó Iván señalando el cuaderno que estaba sobre la mesa.

-¿Por qué no? Estoy completando mi instrución. Pienso que tal vez tenga que visitar algún día los hermosos países de Europa.

-Escucha, monstruo -dijo Iván, temblando de cólera-, me tienen sin cuidado tus acusaciones. Declara contra mí todo lo que quieras. Si no te he dado ya una paliza es porque sospecho que eres un asesino y voy a entregarte a la justicia. Lo haré cuando consiga desenmascararte.

-Yo creo que será mejor para usted callarse. ¿Qué puede usted decir contra un inocente? ¿Y quién lo creería? Además, si usted me acusa, yo lo contaré todo. Tengo que defenderme.

-¿Crees acaso que te temo?

-Aun admitiendo que la justicia no me crea, el público si que me creerá, y esto no será nada agradable para usted.

-Ahora comprendo por qué dijiste que da gusto hablar con un hombre inteligente -dijo Iván, apretando las mandíbulas.

-Sí, y usted debe demostrar su inteligencia.

Iván Fiodorovitch se levantó temblando de indignación, se puso el abrigo y, sin contestar a Smerdiakov, sin ni siquiera mirarlo, salió a toda prisa de la casa. El aire fresco de la noche lo despejó. Brillaba la luna. Las ideas y las sensaciones hervían en él. "¿Debo ir a denunciar a Smerdiakov? ¿Para qué, si es inocente? Si lo hiciera, sería él quien me acusaría a mi. ¿Cómo justificar mi viaje a Tchermachnia? Sin duda tiene razón: yo esperaba algo." Por enésima vez se acordó de que la última noche que pasó en casa de su padre salió a la escalera para acechar, y esto le produjo una sensación tan dolorosa, que se detuvo en seco, como paralizado por una puñalada. "Sí, yo esperaba que ocurriera lo que ocurrió. ¡Ésta es la verdad! ¡Yo deseaba que se cometiera el asesinato!... Bueno, no sé lo que deseaba... ¡Es preciso que mate a Smerdiakov! ¡Si no tengo valor para hacerlo, no merezco vivir!"

Iván se fue derecho a casa de Catalina Ivanovna, que se asustó al ver su trastornado semblante. Iván le refirió, palabra por palabra, toda su conversación con Smerdiakov. Aunque Katia trataba de calmarlo, él iba y venía por la habitación, murmurando palabras incoherentes. Al fin se sentó, apoyó los codos en la mesa y la cabeza en las manos a hizo esta extraña reflexión:

-Si no fue Dmitri, sino Smerdiakov, yo soy su cómplice, puesto que lo impulsé a cometer el crimen. ¿Pero lo impulsé verdaderamente? No lo sé todavía... Sin embargo, si es él el culpable y no Dmitri, también yo soy un asesino.

Al oír estas palabras, Catalina Ivanovna se levantó en silencio, se dirigió a su escritorio y sacó de una arquilla un papel que colocó ante Iván. Era la carta de que éste había hablado a Aliocha, diciéndole que era una prueba decisiva contra Dmitri. Mitia la había escrito en estado de embriaguez la tarde en que se encontró con Aliocha, cuando éste volvía del monasterio después de la escena en que Gruchegnka había insultado a su rival. Apenas se separó de Aliocha, Mitia corrió a casa de Gruchegnka. Ignoramos si la vio, pero lo cierto es que terminó la velada en la taberna "La Capital", donde bebió hasta emborracharse. En este estado, pidió pluma y papel y escribió una carta prolija, incoherente, digna de un borracho. Era como el hombre que llega a su casa cargado de alcohol y empieza a contar a su mujer y a cuantos la rodean que se ha encontrado con un canalla que le ha insultado, a él que es tan correcto, y que el atrevido sujeto se las pagará. El bebedor no cesa de hablar, reforzando su incoherente discurso con una serie de puñetazos en la mesa y llorando de emoción.

El papel de cartas que dieron a Mitia en la taberna era una hoja áspera y sucia, con operaciones aritméticas en el dorso. Como no tenía espacio suficiente para su palabrería de borracho, Mitia había tenido que llenar los márgenes y escribir las últimas líneas cruzadas sobre el texto. He aquí lo que decía la carta:

Fatal Katia: Mañana tendré dinero y te devolveré los tres mil rublos que te debo. Adiós, mujer iracunda. Y otro adiós para mi amor. ¡Hemos terminado! Mañana pediré dinero a todo el mundo. Y si nadie me lo da, palabra de honor que iré en busca de mi padre, le abriré la cabeza y le quitaré el dinero que tiene escondido debajo de la almohada. Así lo haré si Iván ha salido de viaje. ¡Iré a presidio, pero te devolveré tus tres mil rublos! ¡Adiós! Me inclino ante ti hasta besar el suelo. Soy un miserable. Perdóname. Pero no, no me perdones. Si no me perdonas, viviremos más a gusto los dos. Prefiero el presidio a tu amor, pues amo a otra. La has conocido hoy. No, no puedes perdonarme. ¡Mataré al que me ha robado! Os dejaré a todos para irme a Oriente. No quiero ver a nadie, ni siquiera a ella, pues no eres tú sola la que me hace sufrir. ¡Adiós!

Tu esclavo y enemigo,

D. KARAMAZOV.

P. D. - Te maldigo, pero te adoro. Siento latir mi corazón. En él queda una cuerda que vibra por ti. ¡Ah, que estalle cuanto antes! Me mataré, pero antes mataré al monstruo. Le quitaré los tres mil rublos y te los devolveré. Me podrás mirar como a un miserable, pero no como a un ladrón. Te daré los tres mil rublos. Están en casa de ese maldito perro. Los tiene debajo de! colchón, atados con una cinta de color de rosa. No se me podrá acusar de ladrón, pees mataré at hombre que me ha robado. No me desprecies, Katia: Dmitri será un asesino, pero no un ladrón. Dmitri matará a su padre y se perderá porque no puede soportar tu altivez. Y para no tener que amarte.

FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV
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