FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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-Obró bajo el imperativo de una obsesión. Al volver en sí después de haber recibido el golpe en la cabeza, la obsesión le impulsó a cometer el crimen. Él dice que no lo cometió, pero puede ser que lo cometiera y no se acuerde... Pero, bien mirado, sería preferible que lo hubiera cometido Dmitri Fiodorovitch... Sí, aunque estoy acusando a Grigori, seguramente fue Dmitri el autor del delito, y esto es mejor, mucho mejor. Esto no quiere decir que yo apruebe que los hijos maten a sus padres. Por el contrario, creo que los hijos deben respetar a los autores de sus días. Pero es preferible que el culpable sea Dmitri, ya que en este caso no tendrá usted que preocuparse, puesto que habrá cometido el crimen inconscientemente, o tal vez conscientemente, pero sin saber por qué razón... Se le debe absolver, sería un acto humanitario, un ejemplo de los beneficios que se desprenden de la nueva justicia. Yo no sabía nada de esto. Me han dicho que es cosa antigua, pero yo no me enteré hasta ayer. Y me sentí tan impresionada, que de buena gana habría enviado en su busca en seguida. Si se le absuelve, lo invitaré a comer sin pérdida de tiempo, invitaré también a todas mis amistades y beberemos a la salud de los nuevos jueces. No creo que Dmitri sea peligroso; además, seremos tantos, que se le podría meter en cintura fácilmente si intentara cometer alguna locura. Andando el tiempo, podrá ser juez de paz o algo parecido, ya que los mejores magistrados son aquellos que han sufrido adversidades. El caso es que hoy en día no hay nadie que no tenga obsesiones. Las tiene usted, las tengo yo, y tantos y tantos otros... Un individuo se dispone a cantar una canción. De pronto, ve algo que lo enoja, empuña una pistola y mata al primero que llega. A este individuo se le absuelve. Lo he leído hace poco, y todos los doctores lo han confirmado. Ahora lo confirman todo. También Lise tiene obsesiones. Me hizo llorar ayer y anteayer. Hoy he comprendido que todo se debía a una simple obsesión... ¡Oh! Lise me preocupa mucho. A veces creo que ha perdido la razón. ¿Para qué le ha hecho venir? ¿O acaso ha venido por propia iniciativa?

-Lise me ha llamado y voy a ver qué quiere -dijo Aliocha resueltamente y poniéndose en pie.

La señora de Khokhlakov se echó a llorar.

-Hemos llegado al punto principal, mi querido Alexei Fiodorovitch. Bien sabe Dios que le confío sinceramente a Lise, y no me importa que le haya llamado a usted sin decirmelo. En cambio, a su hermano Iván..., usted me perdonará, pero no puedo confiarle así a mi hija, aunque lo considero como un ejemplo de caballerosidad entre los jóvenes de hoy. ¿Sabe usted que vino a ver a Lise sin que yo me enterase?

-¿Es posible? ¿Cuándo? -exclamó Aliocha, estupefacto.

-Se lo voy a contar todo. Aunque no me acuerdo bien, creo que por esto le he hecho venir. Iván Fiodorovitch me había visitado dos veces desde que llegó de Moscú. Primero vino simplemente para saludarme. La segunda visita ha sido reciente. Katia estaba aqui y él lo supo. Le advierto que yo no deseaba ver en mi casa con frecuencia a un hombre que tiene tan graves problemas con su hermano, vous comprenez, cette affaire et la mort terrible de votre papa. Pero, de pronto, supe que había venido nuevamente. Vino hace seis días, y no a verme a mi, sino a ver a Lise, con la que estuvo cinco minutos. Me enteré tres días después por una de mis sirvientas. La noticia me impresionó. Llamé en seguida a Lise, que se echó a reír.

"-Creyó que estabas durmiendo -me explicó-. Vino a preguntar por ti.

"Seguro que dijo la verdad. ¡Pero qué pena me da Lise, Dios mío! Hace cuatro días, por la noche, después de verlo a usted, tuvo un ataque de nervios. Gritaba, gemía... ¿Por qué no tendré yo nunca ataques de nervios? Al día siguiente y al otro se repitieron los ataques. Y ayer, la obsesión de que le he hablado. De pronto, empezó a gritar:

"-¡Detesto a Iván Fiodorovitch! ¡Te exijo que no lo vuelvas a recibir, que le prohíbas la entrada en esta casa!

"Yo le contesté, estupefacta:

"-¿Por qué tratar así a un joven que reúne tantos méritos, tan culto y además, tan desgraciado?

"Pues todas estas complicaciones son una desgracia más que otra cosa, ¿no le parece? Ella se echó a reír al oír mis palabras, se echó a reír con risa hiriente. Yo me alegré: creí que la había divertido y que los ataques cesarían. Por otra parte, yo había pensado poner, por mi propia iniciativa, punto final a las extrañas visitas que Iván Fiodorovitch había iniciado sin mi permiso. También me había propuesto pedirle explicaciones. Esta mañana, al despertar, Lise se ha enojado con Julia hasta el extremo de abofetearla. Comprenderá usted que esto es monstruoso. Yo trato de "usted" a mis sirvientas. Media hora después, mi hija abrazaba a Julia y le besaba los pies. Me envió a decir que no la esperase, que nunca más vendría a verme, y cuando fui, poco menos que arrastrándome, a sus habitaciones, se echó a llorar y me cubrió de besos. Después me empujó hacia la puerta sin decir palabra, de modo que no pude enterarme de nada. Ahora, querido Alexei Fiodorovitch, pongo todas mis esperanzas en usted. Mi destino está en sus manos. Le ruego que vaya a ver a Lise y aclare todo esto, como sólo usted sabe hacerlo, y luego haga el favor de venir a contármelo a mi, a la madre. Pues le aseguro a usted que si esto continúa me moriré o dejaré esta casa. No puedo más. Tengo mucha paciencia, pero podría perderla, y si la perdiese..., si la perdiese..., ¡ah, sería terrible!

De pronto, al ver entrar a Piotr Ilitch Perkhotine, exclamó radiante de alegría:

-¡Gracias a Dios que llega usted, Piotr Ilitch! Se ha retrasado bastante... Bueno, siéntese y hable.. ¿Qué dice nuestro abogado?... ¿Adónde va, Alexei Fiodorovitch?

-A ver a Lise.

-¡Ah, si! Le suplico que no se olvide de mi encargo. Está en juego mi destino.

-No lo olvidaré... Es decir, si es posible, pues voy a ver a su hija con gran retraso -murmuró Aliocha mientras se alejaba.

-No admito ese "si es posible" ; ha de venir sin falta -gritó a su espaldas la señora de Khokhlakov-. ¡Si no viene, me moriré!

Pero Aliocha había desaparecido ya.

CAPITULO III

UN DIABLILLO

Encontró a Lise recostada en el sillón en que la transportaban cuando no podía andar. Lise no se levantó al verlo aparecer, pero lo taladró con una mirada penetrante y ardiente. Aliocha se asombró del cambio que se había operado en ella desde que la había visto por última vez tres días atrás. Había adelgazado. Lise no le tendió la mano. Aliocha rozó con la suya los frágiles dedos, inmóviles sobre el vestido, y se sentó frente a ella sin decir palabra.

-Ya sé que tiene usted prisa -dijo de súbito Lise-. Ha de ir a la cárcel y mi madre lo ha retenido durante dos horas. Le ha hablado de Julia y de mí.

-¿Cómo lo sabe?

-Lo he escuchado. ¿Por qué me mira usted así? Cuando quiero, escucho, pues no hay ningún mal en ello. No voy a pedir perdón por tan poca cosa.

-¿Está molesta por algo?

-Nada de eso: me siento perfectamente bien. Hace un momento estaba pensando por enésima vez lo acertada que estuve al retirar la palabra de matrimonio que le di. Usted no me conviene como marido. Si me casara con usted y le pidiera que llevara una misiva a un pretendiente mío, usted lo haría, e incluso me traería la respuesta. Y, cuando tuviera cuarenta años, seguiría sirviéndome de cartero para cartas de esta índole.

Y se echó a reír.

-Hay en usted algo maligno a la vez que ingenuo -dijo Aliocha sonriendo.

-Precisamente porque soy ingenua no siento vergüenza ante usted. No sólo no siento vergüenza, sino que no quiero sentirla. Oiga, Aliocha: ¿por qué no lo respetaré a usted? Lo aprecio mucho, pero no lo respeto. Si lo respetara, no le podría hablar sin avergonzarme, ¿no le parece?

-Sí.

-Entonces, ¿cree usted que su persona no me inspira vergüenza?

-No, no lo creo.

Lise se volvió a echar a reír nerviosamente. Hablaba muy de prisa.

-He enviado unos bombones a su hermano Dmitri, a la cárcel. ¡Oh, Aliocha! ¡Qué amable es usted! Siempre le querré por haberme permitido con tanta facilidad dejar de quererlo.

-¿Para qué me ha hecho venir?

-Para hablarle de un deseo que se ha adueñado de mí. Ansío que alguien me haga sufrir; que se case conmigo, me torture, me engañe y, al fin, me abandone. No quiero ser feliz.

-¿Está enamorada del desorden?

-Sí, me gusta el desorden. Quisiera prender fuego a la casa. Me parece estar viendo la escena. Le prendo fuego disimuladamente, sin que nadie lo advierta. Se lucha por apagar el incendio. La casa arde. Yo sé por qué arde, pero me callo. ¡Ah, qué estupidez! ¡Y qué horror!

Hizo un gesto de repugnancia.

-Usted vive como una persona rica -dijo Aliocha en voz baja.

-¿Acaso es mejor vivir como pobre?

-Si.

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