FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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-Fue una tontería, una pequeñez de la que se ha hecho una montaña, como suele ocurrir en nuestra ciudad -empezó a explicar Kolia con desenvoltura-. Yo cruzaba la plaza, cuando vi llegar una manada de gansos. Un tal Vichniakov, mozo de reparto en casa de los Plotnikov, me mira y me pregunta: " ¿Qué tienen esos gansos para que te pares a mirarlos?" Yo lo observo. Tiene la cara redonda y bobalicona, anda por los veinte años. Ya sabéis que yo nunca rechazo a la gente del pueblo, sino todo lo contrario: me gusta alternar con ella... El pueblo nos ha dejado a sus espaldas: esto no es un axioma... Te entran ganas de reir, ¿no, Karamazov?

-De ningún modo: te escucho con interés -dijo Aliocha con evidente franqueza.

El suspicaz Kolia cobró ánimos inmediatamente.

-Mi teoría, Karamazov, es clara y simple. Creo en el pueblo y me complace hacerle justicia, pero sin adularlo. Es el sine qua... Pero estábamos hablando de un ganso. Contesté al bobalicón:

"-Me estoy preguntando en qué pensará ese ganso.

"Él me mira boquiabierto.

"-¿En qué pensará?

"-Observa ese carro cargado de avena. La avena asoma por la boca del saco, y el ganso, para picar el grano, alarga el cuello hasta ponerlo casi debajo de la rueda.

" -Ya lo veo.

" -Pues bien -le dije-; si hacemos avanzar un poco a ese carro, la rueda pasará por encima del cuello del ganso, ¿no es así?

"-Seguro que la rueda le cortará el cuello -dijo. Y una amplia sonrisa ensanchó su rostro.

"-Bien, muchacho: vamos a hacerlo.

"-Vamos a hacerlo -repitió él.

" La cosa fue fácil. Él se colocó junto a la brida como por casualidad, y yo al lado del ganso para dirigirlo. En este momento, el carretero estaba lejos, charlando; de modo que no pudo intervenir. El ganso alargó el cuello para picar la avena, junto a la rueda, por la parte de abajo. Hice una seña al joven, él tiró de la brida y, ¡crac!, la rueda partió el cuello del animal. Por desgracia, otros hombres nos vieron y empezaron a gritar:

"-¡Lo has hecho adrede!

"-¡Eso no es verdad! -repuso el mozo de reparto.

"-Sí, lo has hecho adrede.

"-¡Al juez de paz! -dijo otro.

"Me llevaron a mi también.

"-Tú estabas de acuerdo con él. Aquí, en el mercado, todos te conocemos.

"En efecto, soy muy conocido en el mercado -siguió explicando Kolia, con arrogancia, en el cuarto de Iliucha-. Fuimos todos al juzgado, cargados con el cadáver del ganso. Y he aquí que, de pronto, mi compañero se asusta y empieza a gritar y a llorar como una mujer. El carretero vociferaba:

"-¡Asi se pueden matar tantos gansos como uno quiera!

"Como es natural, nos seguían los testigos. El juez pronunció en seguida su fallo. El mozo se quedaría con el ganso a indemnizaría al carretero con un rublo. La broma no debía repetirse.

"El mozo no cesaba de lamentarse.

"-¡La culpa no ha sido mía! ¡Ese chico me ha dicho que lo hiciera!

"Yo contesté sin inmutarme que no le había incitado a hacer nada, sino que había expresado una idea general, un plan de acción posible. El juez Nielfidov sonrió, aunque se arrepintió en seguida.

"-Enviaré un informe al director de su colegio -me dijo- para que de ahora en adelante no se dedique usted a exponer posibles planes de acción en vez de estudiar.

"No cumplió su amenaza, pero la aventura se divulgó y llegó a oídos de la dirección del colegio, que, como todos sabemos, tiene unas orejas de gran tamaño. El profesor Kolbasnikov fue el que más se enfureció contra mi. En cambio, Dardanelov volvió a salir en mi defensa. Kolbasnikov está indignado con todos nosotros. Ya habrás oído decir, Iliucha, que se ha casado. La esposa, hija de los Mikhailov, ha puesto en sus manos mil rublos de dote, pero es fea como un demonio. Los alumnos del tercero han compuesto un epigrama con este motivo. Los versos son graciosos; ya te los traeré. De Dardanelov sólo puedo hablar bien. Es un hombre que tiene valiosas amistades. Las personas como él me infunden respeto. Y conste que no lo digo porque me haya defendido.

-Sin embargo, lo pusiste en un brete con aquello de la fundación de Troya -observó Smurov, que estaba orgulloso de Krasotkine y al que la aventura del ganso había divertido en extremo.

-Fue increíble -intervino el capitán, adulador-. Porque os referís a la pregunta de Krasotkine sobre la fundación de Troya, ¿verdad? Ya estábamos enterados de eso. Iliucha nos lo contó.

-Lo sabe todo, papá. En todo el colegio no hay ningún alumno que sepa tanto como él. Habla como si fuera uno de tantos, pero es y ha sido siempre el número uno.

Y el enfermo miraba a Kolia con una expresión de infinita felicidad.

-¡Bah! Fue una tontería. No tenía ninguna importancia -dijo Kolia con un orgullo disfrazado de modestia.

Al fin había conseguido expresarse en el tono que deseaba, aunque estaba un poco turbado. Advertía que había referido la aventura del ganso con excesiva vehemencia y que Aliocha no había dicho palabra durante el relato. Su amor propio lo llevó a preguntarse si Karamazov lo despreciaría por parecerle que él, Kolia, hablaba para la galería, para conseguir un éxito, y esta idea lo irritó. "Si pensara así, yo..."

-Sí, una futileza -repitió Krasotkine con altivez.

-Yo sé quién fundó Troya -dijo repentinamente Kartáchov, gentil muchachito de once años, que permanecía junto a la puerta, tímido y silencioso.

Kolia lo miró sorprendido. La fundación de Troya era un secreto para todo el colegio. Sólo podía conocerla el que hubiera leído a Smaragdov, y únicamente Krasotkine poseía la obra de este autor. Sin embargo, un día, aprovechando una ausencia de Kolia, Kartachov había visto el volumen de Smaragdov entre los libros de su compañero, lo abrió y tuvo la suerte de encontrar en seguida el pasaje que hablaba de la fundación de Troya. Hacía ya tiempo que Kartachov había tenido esta oportunidad, pero nunca se atrevió a decir que estaba en el secreto, por temor a que Kolia lo confundiese. Esta vez no había podido reprimir el deseo que desde hacía tiempo lo acuciaba.

-Bien; dilo si lo sabes -dijo Kolia dirigiéndole una mirada de superioridad.

En el semblante de Kartachov leyó que lo sabía, y se dispuso a afrontar las consecuencias. La emoción fue general.

-Troya fue fundada por Teucer, Dardanus, Ilius y Tros -dijo Kartachov de rutina y enrojeciendo de tal modo que daba pena verlo. Sus compañeros lo escucharon sin apartar la vista de él. Después, sus ojos se volvieron hacia Kolia, que seguía mirando al audaz con una frialdad despectiva.

-Bien -se dignó decir al fin-, ¿pero cómo lo hicieron? Y, generalizando, ¿cómo se funda una ciudad o un estado? ¿Acaso esos hombres se dedicaron a colocar ladrillos?

Se oyó un coro de risas. La cara del temerario pasó del rosa al púrpura. Kartachov no despegaba los labios; estaba a punto de echarse a llorar. Kolia lo tuvo así más de un minuto.

-Para interpretar los acontecimientos históricos, la fundación de un país, por ejemplo, hay que comprender lo que esto significa -dijo Krasotkine en tono doctoral-. Pero les advierto que yo no doy demasiada importancia a esos cuentos de vieja -y añadió displicente-: En conjunto, la historia universal no merece mi estimación.

-¿Es posible? -exclamó el capitán, escandalizado.

-Sí: no es más que el estudio de las estupideces de la humanidad. A mí sólo me interesan las matemáticas y las ciencias naturales.

Kolia dijo esto en un tono lleno de presunción y mirando a Aliocha a hurtadillas: su opinión era la única que le importaba. Pero Aliocha permanecía grave y silencioso. Si Karamazov hubiera hablado, las cosas habrían quedado en el punto en que estaban; pero no decía palabra, y Kolia pensaba, irritado, que su silencio podía ser desdeñoso.

-De nuevo se nos impone el estudio de las lenguas muertas. Esto es una verdadera locura. ¿No estás de acuerdo conmigo, Karamazov?

-No -repuso Aliocha, reprimiendo una sonrisa.

-Mi opinión es que las lenguas muertas son una medida de policía. Ésta es su única razón de ser.

La respiración de Kolia volvía a ser jadeante.

-Si se las ha incluido en los programas de estudio es por lo tediosas que son y por lo que embrutecen. ¿Qué se podía hacer para aumentar la ceguera y la estupidez reinantes? Ésta es la función de las lenguas muertas. Así pienso y espero pensar siempre.

Enrojeció ligeramente.

-Tienes razón -aprobó, convencido, Smurov, que había escuchado atentamente.

-Es el primero en latín -dijo uno de los colegiales.

-Sí, papá -confirmó lliucha-; aunque hable de ese modo, es el primero de la clase de latín.

Aunque el elogio lo halagó, Kolia consideró necesario defenderse.

FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV
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