FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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El capitán echó a correr hacia las habitaciones de los propietarios de la casa, donde estaban haciendo la comida. Sin esperar su regreso, Kolia llamó a Carillón y le ordenó que hiciera el muerto. El perro empezó a dar vueltas, se echó, se puso patas arriba y se quedó tan inmóvil como si fuese de piedra. Los niños se echaron a reír. Iliucha miraba al animal con una sonrisa dolorosa. La más feliz era "mamá", que lanzó una carcajada y empezó a llamar a Carillón chascando los dedos.

-¡Carillón! ¡Carillón!

-Por nada del mundo se levantará -dijo Kolia en tono triunfal y con justificado orgullo-. Ni aunque lo llamarais todos a la vez. En cambio, a una voz mía, se pondrá en pie en el acto. Ahora van a verlo. ¡Aquí, Carillón!

El. perro se levantó y empezó a saltar y ladrar alegremente. El capitán volvió con el trocito de carne cocida.

-¿No estará caliente? -preguntó Kolia con acento de persona experta en la cuestión-. No, está bien. A los perros no les gusta la comida caliente... Bueno, mirad todos. Y tú también, Iliucha. ¿En qué estás pensando? ¡Lo he traído por él y no lo mira!

El nuevo juego consistió en colocar la carne sobre el hocico del perro, el cual debía sostenerla en equilibrio y sin moverse todo el tiempo que su amo quisiera, aunque fuese media hora. Esta vez la prueba sólo duró un minuto.

-¡Hala! -gritó Kolia. Y en un abrir y cerrar de ojos la carne pasó del hocico a la garganta del perro.

Como es natural, el público mostró una viva admiración.

-¿Es posible que hayas tardado en venir sólo para traer a Carillón amaestrado? -preguntó Aliocha en un tono de reproche involuntario.

-Así ha sido -dijo Kolia francamente-. Quería traer un perro que causara asombro.

-¡Carillón! -le llamó Iliucha, chascando sus frágiles deditos. -No hace falta que lo llames. Verás como se sube a la cama de un salto. ¡Aquí, Carillón!

Kolia dio una palmada en el lecho, y el perro se lanzó como una flecha sobre Ihucha. Éste le cogió la cabeza con las dos manos, a lo que Carillón correspondió lamiéndole la cara. Ihucha lo estrechó en sus brazos, volvió a tenderse en la cama y su carita desapareció entre la espesa pelambre.

-¡Dios mío! -exclamó el capitán.

Kolia se volvió a sentar en la cama de Iliucha.

-Ahora te voy a enseñar otra cosa, Iliucha. Te he traído un cañón. ¿Te acuerdas de que te hablé una vez de un cañoncito y tú me dijiste que te encantaría verlo? Pues bien, te lo he traído.

Kolia se apresuró a sacar de su bolsa el cañoncito de acero. Esta prisa se debía a que también él se sentía feliz. En otra ocasión habría esperado a que pasara el efecto producido por las exhibiciones de Carillón, pero lo devoraba la impaciencia. "¿Eres feliz? Pues toma, más felicidad todavía." Él mismo se sentía dichoso.

-Hace tiempo que había echado el ojo a ese juguete que estaba en casa de Morozov. Le había echado el ojo pensando en ti, querido, en ti. Para Morozov no tenía ninguna utilidad. Antes había sido de su hermano. Yo se lo cambié por un libro de la biblioteca de mi padre: Le cousin de Mahomet ou la folie salutaire. Es una obra libertina de hace cien años, cuando aún no había censura en Moscú. A Morozov le gustan estas cosas. Incluso me dio las gracias.

Kofia levantó el cañoncito de modo que todos lo pudieran ver y admirar. Iliucha se incorporó y, aunque seguía reteniendo a Carillón con la mano derecha, contempló embelesado el juguete. El efecto llegó a su punto culminante cuando Kolia manifestó que el cañoncito podía disparar, si las damas no se asustaban, pues tenía también un poco de pólvora. "Mamá" pidió que le dejaran ver el juguete de cerca, y se le entregó en el acto. El cañoncito, con sus ruedas, la entusiasmó de tal modo, que empezó a hacerlo rodar sobre sus rodillas. Se le pidió permiso para dispararlo y ella accedió sin vacilar, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a ver. Kolia mostró la pólvora y los perdigones. El capitán, con su experiencia de militar, se encargó de cargarlo. Tomó un poco de pólvora y dijo que se dejara la metralla para otra ocasión. Luego colocó el cañoncito en el suelo, apuntando a un espacio libre, introdujo la pólvora y le prendió fuego con una cerilla. La descarga fue perfecta. " Mamá" se sobresaltó, pero en seguida se echó a reír. Los niños guardaban un silencio solemne. El capitán dirigía a Iliucha una mirada de entusiasta agradecimiento. Kolia recogió el juguete y, con la pólvora y los perdigones, se lo ofreció al enfermo.

-Es para ti -le dijo, rebosante de felicidad-. Hace tiempo que pensaba regalártelo.

-¡No, es para mi! ¡Dámelo! -exclamó de pronto " mamá" con voz de niña caprichosa.

Estaba inquieta, como esperando una negativa. Kolia se quedó perplejo, sin saber qué hacer. El capitán perdió la calma.

-Oye, madrecita: el cañón es tuyo, pero lo guardará Iliucha, ya que se lo han dado a él. ¿Qué más da que lo tengáis él o tú? Iliucha lo dejará jugar con él siempre que quieras. Será de los dos.

-No, no quiero que sea de los dos; quiero que sea sólo mío -replicó la infeliz, a punto de echarse a llorar.

-Tómalo, mamá; aquí lo tienes -dijo Iliucha-. ¿Puedo dárselo a mi madre, Krasotkine? -preguntó a éste en tono suplicante y temiendo ofenderlo al traspasar el regalo que él le había hecho.

-¡Pues claro que puedes! -repuso en el acto Kolia.

Y él mismo cogió el paquete de manos de Iliucha y se lo entregó a "mamá" con una gentil reverencia. Ella se conmovió tanto, que se echó a llorar. Luego exclamó en un arranque de ternura:

-¡Cuánto me quiere mi querido Iliucha!

Y de nuevo empezó a rodar el cañoncito sobre sus rodillas.

-Quiero besarte la mano, "mamá" -dijo el esposo, uniendo la acción a la palabra.

-El más amable de todos es ese simpático muchacho -dijo la agradecida dama señalando a Krasotkine.

-En cuanto a la pólvora, Iliucha -le advirtió Kolia-, puedo traerte tanta como quieras. La fabricamos nosotros mismos. Borovikov conoce la fórmula. Se toman veinticuatro partes de salitre, diez de azufre y seis de carbón de abedul; se pone todo junto, se echa agua y se amasa. Esta pasta se hace pasar por un tamiz de piel de asno. Y ya está hecha la pólvora.

-Ya me dijo Smurov que hacías así la pólvora -declaró Iliucha-. Pero mi padre dice que la verdadera no se hace así.

Kolia enrojeció.

-¿La verdadera? La nuestra arde. Claro que...

-Eso no tiene importancia -dijo el capitán, un tanto turbado-. En efecto, dije que la fórmula de la verdadera pólvora es distinta, pero también se puede hacer como tú dices.

-Usted sabe de esto más que yo; pero le advierto que pusimos un poco de nuestra pólvora en un tarro de piedra, le prendimos fuego y sólo quedó un insignificante residuo de hollín. E hicimos la prueba con la pasta; de modo que si la hubiéramos tamizado... En fin, repito que usted sabe de esto más que yo.

Y se volvió hacia Iliucha.

-Oye, ¿sabes que a Bulkine le pegó su padre por culpa de nuestra pólvora?

-Lo he oído decir -repuso Iliucha, que prestaba gran atención a Kolia.

-Fabricamos pólvora, la pusimos en un frasco y Bulkine escondió el frasco debajo de su cama. Su padre lo vio, dijo que podía haberse producido una explosión y dio una tunda a su hijo sin pérdida de tiempo. Me amenazó con ir a contar el caso al director del colegio. Ahora no permite a su hijo que venga conmigo. En el mismo caso está Smurov, y tantos otros...

Sonrió despectivamente y añadió:

-Tengo fama de influir perniciosamente en mis compañeros. Esto empezó a raíz de la aventura del ferrocarril.

-Los rumores de tu proeza han llegado a nuestros oídos -dijo el capitán-. ¿De veras no tuviste miedo cuando el tren pasó por encima de ti? Debió de ser algo espantoso.

El capitán se las ingeniaba para halagar a Kolia.

-No hubo tal espanto -repuso Krasotkine con un tonillo displicente-. Fue sobre todo aquel maldito ganso el culpable de mi mala reputación -añadió, dirigiéndose a Iliucha.

Pero, aunque procuraba mostrarse indiferente, no era dueño de sí mismo y no conseguía expresarse en el tono que deseaba.

-También he oído hablar de ese ganso -dijo Ihucha riendo-. Me lo contaron todo, pero algunas cosas no las comprendí. ¿De veras tuviste que ir al juzgado?

FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV
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