FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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"Oye, Karamazov: tú te has aliado con todos estos rapazuelos para influir en la nueva generación, para formarla, y, de este modo, prestar un servicio a la humanidad. ¿No es así? Te confieso que este rasgo de tu carácter, que sólo conozco por referencias, me ha interesado más que ningún otro... Pero vayamos a lo principal. Observé que ese muchacho se iba convirtiendo en un ser cada vez más sensible, más sentimental, y yo, por naturaleza, detesto los sentimentalismos, las "ternuras de cordero". Por otra parte, su conducta era contradictoria. Unas veces me demostraba una servil adhesión; otras, discrepaba de mis opiniones, discutía, se enojaba, y sus ojos echaban fuego. Yo veía claramente que no era que rechazara mis ideas, sino que se revolvía contra mi persona porque respondía a sus ternuras con la frialdad. A fin de fotalecerlo, cuanto más tierno se mostraba él, más frío me mostraba yo. Lo hacía con pleno convencimiento de que mi plan daría resultado. Mi propósito era formar su carácter, igualarlo, hacer de él un hombre... En fin, ya me comprendes. De pronto, varios días después lo vi pensativo y consternado, pero no por motivos sentimentales, sino por alguna otra causa más poderosa. "¿Qué le habrá ocurrido?", me preguntaba. Estrechándolo a preguntas, me enteré de todo. Iliucha había trabado amistad con Smerdiakov, el criado de tu difunto padre, que entonces aún vivía. Smerdiakov le enseñó una broma estúpida, cruel y ruin. Se trataba de coger una miga de pan, introducir en ella un alfiler y arrojar el pan a uno de esos perros hambrientos que tragan sin masticar, para ver lo que sucedía. Prepararon, pues, la miga y la echaron a Escarabajo, un perro vagabundo al que nadie alimentaba y que se pasaba el día ladrando al viento. ¿No te molestan esos estúpidos ladridos, Karamazov? Yo no los puedo sufrir... Pues bien, el animal se arrojó sobre la miga de pan, se la tragó, lanzó un gemido, dio varias vueltas, y al fin echó a comer. "Corría aullando y siguió corriendo hasta desaparecer", me explicó Iliucha. Lloraba, se apretaba contra mí, lo sacudían los sollozos. "¡Corría y gemía!", repetía una y otra vez, tanto le había impresionado la cruel escena. Tenía remordimiento. Yo tomé la cosa en serio. Mi intención era enseñarle a vivir, prepararlo para su conducta ulterior. Empleé la astucia, lo confieso, y fingí una indignación que estaba muy lejos de sentir. "Has cometido una acción indigna -le dije-. Eres un miserable. No contaré a nadie lo que has hecho, pero por ahora suspendo mis relaciones contigo. Reflexionaré y, por medio de Smurov (el chico que me ha acompañado hasta aquí y que tiene por mí verdadera devoción), te diré cuál es mi actitud definitiva." Iliucha estaba consternado. Me di cuenta de que había ido demasiado lejos, pero ya no podía volverme atrás. Al día siguiente le envié a Smurov con el recado de que "no le hablaría más", que es la expresión corriente entre nosotros cuando rompemos con un compañero. Mi propósito secreto era tenerlo varios días a distancia y después, en vista de su arrepentimiento, tenderle la mano. Pero he aquí que, al oír a Smurov, sus ojos centellearon y exclamó: "¡Dile a Krasotkine de mi parte que ahora echaré migas de pan con alfileres a todos los perros que vea! ¡A todos, a todos!" Yo me dije: "Es un insolente. Hay que corregirlo." Y empecé a demostrarle el mayor desprecio, a volver la cabeza o sonreír irónicamente cuando me encontraba con él. Entonces se produjo el incidente de tu hermano con su padre, el capitán: ya debes de saber quién es. Así se comprende que Iliucha estuviera desesperado. Al ver que yo me apartaba de él, sus compañeros empezaron a asediarlo. Entonces comenzaron las riñas, que yo lamentaba de veras, y creo que una vez lo molieron a golpes. En cierta ocasión Iliucha se arrojó contra sus enemigos al salir del colegio. Yo estaba a unos diez pasos de él y lo miraba. No recuerdo haberme reído entonces. Seguramente no lo hice, porque el pobre me daba pena, tanta, que estuve a punto de intervenir en su favor. Su mirada se encontró con la mía. Ignoro lo que se imaginaría. El caso es que sacó su cortaplumas, se arrojó sobre mí y me lo clavó en la pierna derecha. Yo ni me moví siquiera. Cuando se presenta la ocasión, sé no hacer el ridículo. Me limité a mirarle con desprecio, como diciéndole: "¿Quieres repetir tu hazaña en recuerdo de nuestra amistad? Estoy a tu disposición." Pero él no me volvió a agredir, no pudo mantener su actitud, sintió miedo, arrojó el cortaplumas y huyó llorando. Desde luego, no lo denuncié, y dije a todos que se callaran para que el incidente no llegara a oídos de los profesores. Tampoco dije nada a mi madre hasta que la herida estuvo cicatrizada y tenía el aspecto de un simple arañazo. Pronto me enteré de que el mismo día había sostenido un combate a pedradas y lo había mordido un dedo. Ese mordisco lo demostrará el estado en que se hallaba. Cuando cayó enfermo, cometí el error de no ir a perdonarle, mejor dicho, a reconciliarme con él. Ahora lo lamento. Pero entonces se me ocurrió cierta idea... Bueno, ya lo he contado todo... Conste que reconozco que he cometido un error.

Aliocha estaba visiblemente impresionado.

-Es una verdadera lástima -manifestó- que no haya conocido antes tus relaciones con Iliucha. De haberlo sabido, hace tiempo que te habría rogado que vinieras a verlo. Incluso cuando delira a causa de la fiebre, habla de ti. Yo no sabía que te quería tanto. No puedo creer que no hayas intentado encontrar a ese Escarabajo. El padre y los compañeros de Iliucha lo han buscado por todas partes. Créeme: desde que está enfermo, Iliucha ha repetido tres veces delante de mí y llorando: "Estoy enfermo por haber matado a Escarabajo. Esto es un castigo de Dios." No hay medio de quitarle esta idea de la cabeza. Si le hubieras traído a Escarabajo, si él hubiera visto que el pobre animal vivía, creo que la alegría le habría devuelto la salud. Todos contábamos contigo para esto.

-¿Por qué esperabais que fuera yo el que encontrase a Escarabajo? -preguntó Kolia con anhelante curiosidad-. ¿Por qué habéis contado conmigo y no con otro?

-Porque ha corrido el rumor de que lo buscabas y lo traerías. Así lo dijo Smurov. Todos nos hemos esforzado en hacer creer a Iliucha que Escarabajo está vivo, que lo han visto. Sus compañeros le trajeron una liebre. Él la miró con una débil sonrisa y pidió que la soltaran. Así lo hicimos. Su padre acaba de traerle un cachorro de moloso. Creía que esto sería un consuelo para Iliucha, pero a mí me parece que ha sido todo lo contrario...

-Oye, Karamazov: ¿qué clase de hombre es su padre? Yo lo conozco, pero quiero saber lo que opinas tú de él. ¿Es un payaso?

-¡Oh, no! Es una de esas personas de buen corazón que están abrumadas por su mala suerte. Sus payasadas son una especie de mordaz ironía hacia aquellos a los que no se atreve a decir la verdad a la cara a causa de la timidez y la humillación que lo mortifica desde hace largo tiempo. Créeme, Krasotkine: esas payasadas suelen ser extremadamente trágicas. Ahora Iliucha lo es todo para ese hombre, y si su hijo se muere, él perderá la razón o se matará. Me basta ver su cara para estar convencido de que su final será éste.

-Comprendido, Karamazov: ya veo que conoces a ese hombre.

-Al verte con un perro, he creído que era Escarabajo.

-Escucha, Karamazov; tal vez encontremos a Escarabajo, pero éste es Carillón. Voy a hacerlo entrar; tal vez le guste más a Iliucha que el cachorro de moloso... Oye, Karamazov; te voy a decir una cosa...

Pero de pronto exclamó:

-¡Dios mío! ¿En qué estaba yo pensando? Hace frío, no llevas gabán y te estoy reteniendo en la calle. Soy un egoísta. Todos somos unos egoístas, Karamazov.

-No te preocupes. Hace frío, pero yo no soy friolero. Sin embargo, vamos a la casa. Oye, ¿cuál es tu nombre? Yo sólo sé que te llamas Kolia.

-Nicolás, Nicolás Ivanovitch Krasotkine, o, como se dice en el lenguaje administrativo, Krasotkine hijo.

Kolia sonrió y añadió:

-Excuso decirte que me es odioso mi nombre de pila.

-¿Por qué?

-Por su vulgaridad.

-Tienes trece años, ¿verdad? -preguntó Aliocha.

-Cumpliré catorce dentro de quince días. Voy a empezar por confesarte una debilidad de mi carácter para que comprendas enteramente mi manera de ser: no me gusta que me pregunten qué edad tengo... Se me ha calumniado haciendo correr el rumor de que la semana pasada jugué a los ladrones con los pequeños del preparatorio. Ciertamente jugué, pero no porque me gustara, como se pretende: en esto estriba la calumnia. Tengo motivos para creer que estás enterado de esto. Pues bien, te aseguro que no lo hice por mí, sino por ellos, porque no son capaces de idear nada sin mí... Aquí sólo se oyen tonterías: es la ciudad de los chismes.

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