FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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-Ya lo sé: lo he dicho para hacer una frase. No mintáis nunca a vuestra madre, salvo en esta ocasión y sólo hasta que yo vuelva. Bueno, amiguitos, ¿me puedo marchar? ¿No lloraréis de miedo mientras no estoy aquí?

-Sí que lloraremos -dijo lentamente Kostia mientras se disponía a hacerlo.

-Seguro que lloraremos -confirmó Nastia, atemorizada.

-¡Qué niños éstos! ¡Estáis en la peor edad! Ya veo que no puedo hacer nada. Tendré que quedarme con vosotros hasta Dios sabe cuándo. ¡Con lo que vale el tiempo!

-Dile a Carillón que haga el muerto -solicitó Kostia.

-Bien; recurramos a Carillón. ¡Aquí, Carillón!

Kolia ordenó al can que exhibiera sus habilidades. Era un perro de pelo largo, de color gris violáceo, del tamaño de un mastín corriente, tuerto del ojo derecho y que tenía partida la oreja izquierda. Se pavoneaba, andaba sobre las patas traseras, se echaba boca arriba y permanecía inmóvil, como muerto...

Durante este último ejercicio se abrió la puerta y apareció Ágata, la sirvienta, mujer obesa, picada de viruelas, de unos cuarenta años, que, con la red de la compra en la mano, se detuvo en el umbral para presenciar el espectáculo. Kolia, a pesar de la prisa que tenía, no interrumpió la representación. Al fin, emitió un silbido, y el animal se levantó y empezó a saltar con gran alegría de haber cumplido con su deber.

-¡Eso es un perro! -exclamó Ágata.

-¿Se puede saber por qué has tardado tanto? -preguntó severamente Kolia.

-¡A mí no me hables así, mocoso!

-¿Mocoso?

-Sí, mocoso. No te metas en lo que no te importa. He tardado porque ha sido preciso.

Ágata dijo esto mientras empezaba a trajinar en la cocina. No hablaba con irritación, sino que parecía sentirse feliz de poder enfrentarse otra vez con aquel señorito tan gracioso.

-Óyeme, vieja loca: me vas a jurar por lo más sagrado que vigilarás a estos pequeñuelos durante mi ausencia. Tengo que marcharme.

-Nada de juramentos -repuso Ágata, echándose a reír-. Los vigilaré y basta.

-No basta; quiero que me lo jures por tu eterna salvación. Si no me lo juras, no me marcho.

-Allá tú. A mí me da lo mismo. Está helando. Lo mejor que puedes hacer es quedarte en casita.

-Oíd, rapazuelos. Esta mujer os hará compañía hasta que yo vuelva o hasta que venga vuestra madre, que ya no puede tardar. Si tarda, Ágata os dará el almuerzo. ¿No es así, Ágata?

-Nada tan fácil.

-Hasta la vuelta, hijitos. Me voy con toda tranquilidad.

Y al pasar por el lado de la sirvienta le dijo, en serio y en voz baja.

-Cuidado, abuela, con empezar a explicarles lo de Catalina. Hay que respetar su inocencia... ¡Vamos, Carillón!

Esta vez Ágata se indignó de verdad.

-¿Quieres callarte? ¡Merecerías que te azotasen por decir esas cosas!

CAPÍTULO III

EL COLEGIAL

Pero Kolia ya no la oía. Al fin estaba libre. Al salir a la calle hundió momentáneamente la cabeza entre los hombros y exclamó: "¡Vaya frío!", y tomó el camino de la plaza del Mercado. Antes de llegar a la plaza se detuvo ante un edificio, sacó del bolsillo un silbato y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. Sin duda, era una señal convenida. Un minutó después salió de su casa un niño de once años, de tez colorada y protegido, como Kolia, por un recio y elegante gabán. Este muchacho era Smurov, alumno de la clase preparatoria (Kolia estaba ya en la sexta) a hijo de un funcionario acomodado, al que sus padres habían prohibido que fuera con Krasotkine, cuya conducta les parecía vergonzosa; de modo que Smurov había tenido que salir de su casa furtivamente.

Como el lector recordará, Smurov formaba parte del grupo que había apedreado a Iliucha hacía dos meses, y él fue el que habló con Aliocha Karamazov.

-He estado una hora esperándote, Krasotkine -dijo sin rodeos Smurov.

Los dos chicos siguieron el camino de la plaza.

-Si me he retrasado -repuso Kolia-, la culpa no ha sido mía, sino de las circunstancias. ¿No te azotarán por haberte reunido conmigo?

-¡Qué ocurrencia! A mí no me azotan nunca... Ya veo que está aquí Carillón.

-Sí, lo he traído.

-¿Para que nos acompañe hasta la casa?

-Sí.

-¡Lástima que no sea Escarabajo!

-Escarabajo no puede ser, porque ha desaparecido. Nadie debe saber dónde está.

Smurov se detuvo de pronto.

-Oye, Kolia: Iliucha dice que Escarabajo tenía el pelo largo y de un gris violáceo, o sea como el de Carillón. ¿Y si le dijéramos que Carillón es Escarabajo? A lo mejor, lo creía.

-Escucha, colegial: detesta la mentira, incluso la mentira piadosa... Supongo que no le habrás dicho ni una palabra de mi visita.

-A Dios gracias, sé lo que debo hacer -dijo Smurov, y añadió con un suspiro-: No creo que Carillón pueda consolarlo. Su padre, el capitán, nos ha dicho que hoy le regalará un cachorro de moloso auténtico, con el hocico negro. Cree que este animalito consolará a Iliucha, pero yo no opino así.

-¿Cómo está Iliucha?

-Mal, muy mal. A mí me parece que está tísico. Conserva todo el conocimiento, pero respira con gran dificultad. El otro día pidió que lo llevaran a dar un paseo, le pusieron los zapatos, y el pobre cayó después de dar unos pasos. "Ya te dije, papá, que estos zapatos no me venían bien. Siempre he tenido dificultad para andar con ellos." Creyó que se había caído por culpa de los zapatos, y era la debilidad lo que le había hecho caer. No creo que viva toda esta semana. Herzenstube lo visita. Vuelven a tener dinero en abundancia.

-¡Los muy canallas!

-¿Quiénes?

-Los médicos, toda esa chusma doctoral, individual y colectivamente. Detesto la medicina; no sirve para nada. En fin, ya estudiaré a fondo esta cuestión. Oye, os habéis vuelto muy sentimentales los de tu clase: creo que vais todos los días a visitar al enfermo. -Todos no. Somos unos diez los que lo vamos a ver todos los días.

-Lo que más me sorprende es la conducta de Alexei Karamazov. Mañana o pasado se va a juzgar a su hermano por un crimen espantoso y esto no le impide ponerse sentimental con los colegiales.

-Aquí nadie se pone sentimental. Piensa que tú mismo vas a reconciliarte con Iliucha.

-¿A reconciliarme? Es una palabra que me repugna. Por otra parte, no permito a nadie que analice mil actos.

-Ya verás qué contento se pone Iliucha al verte. No sabe nada de tu visita. ¿Por qué has tardado tanto en decidirte? -exclamó con vehemencia Smurov.

-Eso es cosa mía y no tuya. Yo voy por mi propia voluntad; vosotros, en cambio, vais porque os llevó Alexei Karamazov. De modo que no es lo mismo. Además, tú no sabes por qué voy yo. A lo mejor, no pretendo reconciliarme. ¡Qué expresión tan estúpida!

-Karamazov no está allí. Desde luego, al principio fuimos con él, pero después nos acostumbramos a ir solos, primero uno y después otro, y todo con la mayor naturalidad, sin sentimentalismos. Su padre se conmovió al vernos. Perderá la razón cuando Iliucha se muera. Se da cuenta de que no time salvación. No puedes figurarte lo que se alegró al ver que nos reconciliábamos con Iliucha. Éste ha preguntado por ti, pero no ha dicho nada más. Su padre acabará loco o se ahorcará. Antes ya tenía el aspecto de un demente. Es un buen hombre, ¿sabes?, que ha sido víctima de un error. Ese parricida no debió maltratarlo como lo hizo dias atrás en la taberna.

-Dmitri Karamazov es para mí un enigma. Hace tiempo que podía haber hecho amistad con él, pero hay momentos en que me alegro de haberlo mantenido a distancia. Además, tengo de él un concepto que quiero comprobar.

Dicho esto, Kolia se sumió en un grave silencio, que compartió su amigo. Smurov respetaba a Kolia Krasotkine y no osaba, ni mucho menos, compararse con él. Kolia había despertado su curiosidad al decir que iba a ver a Iliucha espontáneamente. Sin duda, había una razón misteriosa para que Krasotkine hubiera adoptado de pronto esta resolución.

Iban por la plaza del Mercado, sorteando carros y aves de corral. Bajo los sobradillos de las tiendas había mujeres que vendían tortas, hilos y otros muchos géneros. En nuestra ciudad llaman ingenuamente ferias a estos mercadillos domingueros que se celebran en gran número durante el año.

Carillón corría alegremente, desviándose de continuo a derecha e izquierda para olfatear algo. Y cuando se encontraba con algún congénere, le oliscaba también del mejor grado, según las reglas en use entre los perros.

-Me gusta observar la realidad, Smurov -dijo de pronto Kolia-. ¿Te has fijado en que los perros se olfatean cuando se encuentran? Esto es entre ellos una ley natural.

-Una ley ridícula.

FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV
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