FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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-Hagan barrer la plaza y tal vez la encuentren -replicó Mitia, y exclamó, abrumado-: ¡Basta ya, señores, basta ya! Ustedes no creen ni una palabra de lo que les digo: lo estoy viendo. La culpa es mía y no de ustedes. No debí dejarme llevar por mis impulsos. ¿Por qué me habré rebajado a revelarles mi secreto? Esto les parece chusco; lo leo en sus ojos. Es usted el que me ha incitado, señor procurador. ¡Goce de su triunfo! ¡Malditos Sean, verdugos!

Inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos. El procurador y el juez se callaron. Transcurrió un minuto. Mitia levantó la cabeza y los miró, inconsciente. Su rostro expresaba una desesperación extrema.

Era preciso terminar; había que proceder al interrogatorio de los testigos. Eran las ocho de la mañana; hacía un buen rato que se habían apagado las bujías. Mikhail Makarovitch y Kalganov, que no habían cesado de entrar y salir durante el interrogatorio, no estaban en aquel momento en la habitación. El procurador y el juez daban muestras de fatiga. Hacía mal tiempo; el cielo estaba oscuro y caía una lluvia torrential. Mitia, desde su asiento, miraba absorto a través de los cristales.

-¿Puedo acercarme a la ventana? -preguntó a Nicolás Parthenovitch.

-Naturalmente -repuso el juez.

Dmitri se levantó y se acercó a la ventana. La Iluvia azotaba los pequeños vidrios verdosos. A través de ellos se veía el camino lleno de barro, y más lejos las hileras de isbas, míseras y oscuras, que bajo la Iluvia parecían aún más pobres. Mitia se acordó de "Febo, el de los cabellos de oro", y de su propósito de suicidarse bajo los primeros rayos del astro del día. Mejor habría sido este amanecer. Sonrió amargamente y se volvió hacia sus "verdugos".

-Señores, ya veo que estoy perdido. ¿Pero y ella? ¿Ha de correr la misma suerte que yo? Les suplico que me lo digan. Es inocente. Ayer, cuando se declaró culpable, había perdido la cabeza. No time cúlpa alguna. Después de esta noche de angustia, les ruego que me digan qué van a hacer con ella.

El procurador se apresuró a responder:

-Tranquilícese, Dmitri Fiodorovitch. Por ahora no tenemos ninguna razón para molestar a esa persona que tanto le interesa. Y creo que lo mismo ocurrirá en lo sucesivo. Haremos cuanto nos sea posible en favor de esa joven.

-Gracias, señores. Nunca he puesto en duda la honradez ni el espíritu de justicia de ustedes. Me han quitado un peso de encima... ¿Qué van a hacer ahora?

-Hay que proceder sin pérdida de tiempo al interrogatorio de los testigos, lo cual, como ya le hemos dicho, debe efectuarse en presencia de usted.

-¿Y si tomáramos un poco de té? -dijo Nicolás Parthenovitch-. Creo que nos lo hemos ganado.

Decidieron tomar un vaso de té, permaneciendo donde estaban, sin interrumpir la investigación. Esperarían un momento más propicio para desayunarse.

Mitia, que en el primer momento había rechazado el vaso que le ofrecía Nicolás Parthenovitch, luego se apoderó de él y se lo bebió ávidamente. Parecía hallarse en el límite del agotamiento. Su robusta constitución parecía permitirle una noche de jolgorio, incluso acompañada de las más intensas emociones. Sin embargo, apenas se sostenía en su asiento, y a veces crefa ver que todo le daba vueltas. "Estoy muy cerca de la inconsciencia y el delirio", pensaba.

CAPÍTULO VIII

DECLARAN LOS TESTIGOS. EL "PEQUEÑUELO"

Empezó el interrogatorio de los testigos. Pero debemos advertir que no proseguiremos nuestro relato tan detalladamente como lo hemos hecho hasta ahora. Dejaremos a un lado la fórmula con que Nicolás Parthenovitch iba llamando a los testigos para decirles que debían exponer la verdad de acuerdo con su conciencia y repetir después su declaración bajo juramento, etc., etc. Nos limitaremos a decir que lo esencial para los jueces era averiguar si Dmitri Fiodorovitch había dilapidado tres mil rublos o sólo mil quinientos en su primera visita a Mokroie hacía un mes, a igualmente el día anterior.

Todas, absolutamente todas las declaraciones fueron desfavorables para Mitia. Algunos testigos incluso aportaron datos nuevos que apoyaban sus palabras y que constituían pruebas abrumadoras. El primero en declarar fue Trifón Borisytch. Compareció sin terror alguno y pletórico de indignación contra el acusado, lo que le confirió un aire de sinceridad y dignidad. Habló poco y con cierta reserva, esperando que le preguntaran y respondiendo con firmeza después de reflexionar. Dijo sin rodeos que, hacfa un mes, el acusado había gastado alegremente lo menos tres mil rublos y que los campesinos afirmaban haber oído decir a Dmitri Fiodorovitch: "¡Cuanto dinero me han costado los músicos y las chicas! Pasa de los mil rublos."

-No les di ni siquiera quinientos -replicó Mitia-. Lo que ocurrió fue que no los podía contar, porque estaba bebido. Fue una desgracia.

Dmitri escuchaba a los testigos con un gesto de pesar y fatiga. Parecía decir: "Contad lo que queráis: me es indiferente."

Trifón Borisytch dijo:

-Los cíngaros le costaron más de mil rublos, Dmitri Fiodorovitch. Usted tiraba el dinero sin contarlo y ellos lo recogían. Es una casta de bribones. Roban caballos. Si no los hubiese echado de aquí, tat vez habrían declarado a cuánto ascendían sus ganancias. Yo vi el fajo de billetes que llevaba ústed en la mano. No me lo dio usted a contar, pero a simple vista calculé que había bastante más de mil quinientos rublos... Yo también manejo dinero.

En cuanto a la sums del día anterior, Dmitri Fiodorovitch había declarado a su llegada que llevaba encima tres mil rublos.

-¿De veras dije que tenía tres mil rublos, Trifón Borisytch?

-Sí, Dmitri Fiodorovitch; lo dijo usted delante de Andrés. Todavía está aquí; puede usted llamarlo. Y cuando estaba obsequiando a las chicas del coro, dijo usted a voces que estaba gastando su sexto billete de mil rublos, incluida la vez anterior, desde luego. Esteban y Simón lo oyeron. Piotr Fomitch Kalganov estaba entonces a su lado. Tal vez lo recuerde también.

La declaración de que gastaba el sexto billete de mil impresionó a los jueces y les encantó por su claridad. Tres mil la primera y tres mil la segunda sumaban seis mil.

Se interrogó a Esteban, a Simón y al cochero Andrés, y éstos confirmaron la declaración de Trifón Borisytch. Además, se tomó nota de la conversación que Mitia había tenido con Andrés, al que preguntó si iría al cielo o al infierno y si lo perdonarían en el otro mundo. El "psicólogo" Hipólito Kirillovitch, que había escuchado sonriendo, recomendó que se uniera esta declaración al expediente.

Cuando le tocó el turno a Kalganov, éste se presentó de mala gana, con semblante sombrío, y habló con el procurador y con Nicolás Parthenovitch como si fuese la primera vez que los veía, siendo así que los conocía desde hacía mucho tiempo. Empezó por decir que "no sabía nada y nada quería saber". Pero reconoció que había oído hablar a Mitia del sexto billete de mil y que estaba a su lado cuando le oyó decir esto. Ignoraba la cantidad que Dmitri podía tener y afirmó que los polacos habían hecho trampas jugando a las camas. Contestando a insistentes preguntas, dijo que expulsaron a los polacos de la sala y que entonces Mitia se había captado la admiración y el amor de Agrafena Alejandrovna, cosa que ésta había confesado. Al hablar de la joven se expresó en términos corteses, como si se tratara de una dama de la mejor sociedad, y ni una sola vez la llamó Gruchegnka. A pesar de la evidence aversión que Kalganov mostraba a declarar, Hipólito Kirillovitch lo retuvo largo rato, para tomar de sus palabras solamente aquello que constituía, por decirlo así, la novela de Mitia durante aquella noche. Dmitri no le interrumpió ni una sots vez, y Kalganov se retiró sin disimular su indignación.

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