FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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-No, no se la quite -exclamó Mitia, cambiando de opinión e indignado contra sí mismo-. ¿Para qué se la ha de quitar? ¡Al diablo su sortija!... ¡Señores, ustedes me ofenden! ¿Creen que si hubiese matado a mi padre lo disimularía, que recurriría a la mentira y a la astucia? No, yo no soy así. Si fuese culpable, les aseguro que no habría esperado la llegada de ustedes. No me habría suicidado a la salida del sol, como era mi propósito, sino antes del amanecer. Ahora me doy clara cuenta de ello. En esta noche maldita he aprendido más que en veinte años... Además, ¿estaría como estoy, sentado cerca de ustedes, y hablaría como lo estoy haciendo, con los mismos ademanes y las mismas miradas, si fuera realmente un parricida, cuando la supuesta muerte de Grigori me ha atormentado durante toda la noche, y no por terror, por el solo terror del castigo? ¡Qué vergüenza! ¿Pretenden ustedes, hipócritas, que no ven nada ni creen en nada, que están ciegos como topos, que yo revele una nueva bajeza, un nuevo acto vergonzoso, aunque sea para justificarme? Prefiero ir a presidio. El que ha abierto la puerta para entrar en casa de mi padre es el asesino y el ladrón. ¿Quién es? En vano pretendo hallar la respuesta: lo único que puedo afirmar es que el asesino no es Dmitri Karamazov. Ya lo saben; no puedo decirles más. No insistan... Mándenme a un penal o al patíbulo, pero no me atormenten más. Ahora me callo. Llamen a los testigos.

El procurador había observado a Mitia mientras hablaba. De pronto le dijo con toda calma y refiriéndose al hecho más natural:

-Respecto a esa puerta abierta que acaba usted de mencionar, hemos obtenido una declaración sumamente importante del viejo Grigori Vasiliev. Ese hombre asegura que cuando oyó el ruido y entró en el jardín por la puertecilla que estaba abierta, vio a su izquierda, también abiertas, la puerta y la ventana de la casa. Usted, en cambio, afirma que esa puerta estuvo cerrada todo el tiempo que permaneció en el jardín. Grigori no le había visto todavía en el momento en que usted, según ha declarado, se alejó de la ventana por la que estaba observando a su padre, para dirigirse al muro del jardín. No quiero ocultarle que Vasiliev está firme en su creencia de que usted salió por la puerta, aunque él no presenció este detalle. Grigori le vio a cierta distancia cuando usted corría ya junto al muro.

Mitia se levantó.

-Eso es una vil mentira. Grigori no pudo ver la puerta abierta, porque estaba cerrada. Ese hombre ha mentido.

-Me considero obligado a repetirle que la declaración de Grigori Vasiliev ha sido categórica a insistente. Lo hemos interrogado varias veces.

-Cierto -confirmó Nicolás Parthenovitch-. Del interrogatorio me he encargado yo.

-¡Es falso falso! ¡Una calumnia o la visión de un loco! Creerá haber visto todo eso bajo los efectos del delirio cuando yacía herido en el sendero.

-En el momento en que vio la puerta abierta aún no estaba herido: acababa de entrar en el jardín.

-¡No es verdad, no puede serlo! -dijo Mitia, jadeante-. Es una calumnia. Habla así por maldad. No ha podido verme salir por esa puerta porque no he salido.

El procurador se volvió hacia Nicolás Parthenovitch y le dijo:

-Muéstreselo.

-¿Sabe usted qué es esto? -preguntó el juez, depositando en la mesa un gran sobre en el que se veían aún tres sellos de lacre. Estaba vacío y abierto por un lado.

Mitia abrió los ojos desmesuradamente.

-Es el sobre de mi padre, el que contenía los tres mil rublos... Vean si lo escrito en él es esto: "Para mi pichoncito." Y añade: "Tres mil rublos." ¿Verdad que dice " tres mil rublos"?

-Sí, lo dice. Pero no hemos encontrado el dinero. El sobre estaba en el suelo, detrás del biombo.

Mitia estuvo un instante perplejo.

-¡Ha sido Smerdiakov! -exclamó de pronto con todas sus fuerzas-. ¡Él ha matado a mi padre! ¡Él le ha robado! Sólo él sabía dónde guardaba ese sobre el viejo. ¡Ha sido él: no me cabe duda!

-Pero usted sabía también que ese sobre estaba escondido debajo de la almohada.

-Yo no sabía nada. Es la primera vez que veo ese sobre, del que únicamente sabía lo que me había contado Smerdiakov. Sólo ese hombre conocía el escondrijo del viejo. Yo lo ignoraba.

-Sin embargo, usted ha declarado hace un momento que el sobre estaba bajo la almohada del difunto, " bajo la almohada". Luego usted lo sabía.

-Lo hemos anotado -confirmó Nicolás Parthenovitch.

-¡Eso es absurdo! Lo ignoraba por completo. Además, tal vez no estuviera debajo de la almohada... Lo he dicho al azar... ¿Qué dice Smerdiakov? ¿Lo han interrogado ustedes? ¿Que dice? Eso es lo principal... Yo hablaba en broma cuando he dicho que estaba bajo la almohada. Y ahora ustedes... Ustedes saben muy bien que uno dice a veces inexactitudes. Sóla Smerdiakov sabía dónde estaba el dinero; sólo él y nadie más que él... Y Smerdiakov ha guardado el secreto sobre el escondite. Es él, no cabe duda de que es él el asesino. Esto es para mí de una claridad meridiana -exclamó Mitia con exaltación creciente-. Apresúrense a detenerlo. Cometió el crimen mientras yo huía y Grigori yacía sin conocimiento. Esto es evidente... Hizo la señal y mi padre le abrió la puerta. Pues sólo él conoce la contraseña, y, sin la contraseña, mi padre no le habría abierto.

-Vuelve usted a olvidar -observó el procurador sin perder la calma y con gesto triunfante- que no había necesidad de hacer señal alguna, porque la puerta estaba abierta cuando usted se hallaba aún en el jardín.

-La puerta, la puerta... -murmuró Mitia mirando fijamente al procurador.

Se dejó caer en la silla y, tras una pausa, exclamó con una expresión de ferocidad en la mirada:

-Sí, la puerta... ¡Es como un fantasma! ... Dios está contra mí.

-Hágase usted cargo -dijo gravemente el procurador-. Juzgue usted mismo, Dmitri Fiodorovitch. Por una pane, la declaración de Grigori, abrumadora para usted, sobre esa puerta abierta utilizada por usted para salir; por otra, su silencio incomprensible obstinado, relativo a la procedencia del dinero que tenía usted en su poder a las tres horas de haberse visto obligado a pedir diez rublos prestados con la garantía de sus pistolas. En estas condiciones, juzgue usted mismo a qué conclusión nos hemos visto obligados a llegar. No nos acuse de ser unos hombres fríos, cínicos, burlones, incapaces de comprender los nobles impulsos de su alma, Póngase en nuestro lugar.

Mitia experimentaba una emoción indescriptible. Palideció.

-Bien -exclamó de pronto-; voy a revelarles mi secreto, a decirles de dónde procede ese dinero... Me expendré a la vergüenza pública para que ni ustedes puedan acusarme a mí ni yo pueda acusarles a ustedes.

-Le aseguro, Dmitri Fiodorovitch -se apresuró a decir, con, visible satisfacción, Nicolás Parthenovitch-, que una confesión sincera y completa en estos momentos puede mejorar considerablemente su situación actual a incluso...

El procurador le tocó con el pie por debajo de la mesa, y el juez se detuvo. Pero era igual: Mitia no prestaba atención a Nicolás Parthenovitch.

CAPITULO VII

EL GRAN SECRETO DE MITIA

-Señores -empezó a decir emocionado-, ese dinero... Voy a contarlo todo... Ese dinero era mío.

El juez y el procurador se irguieron: esta revelación era la que menos esperaban.

-¿Cómo podía ser suyo -dijo Nicolás Parthenovitch-, cuando a las cinco de la tarde, según usted mismo ha declarado...?

-¡Al diablo esas cinco de la tarde, al diablo mi propia declaración! Todo eso poco importa... El dinero era mío... Bueno, no lo era, porque lo robé... Siempre llevaba encima mil quinientos rublos.

-¿De dónde los había cogido?

-Los llevaba en el pecho señores, en una bolsita pendiente de mi cuello. Desde hacía bastante tiempo, lo menos un mes, los llevaba conmigo como un testimonio de mi infamia.

-¿Pero de quién era ese dinero que usted se apropió?

-Usted quiere decir "robó". Dígalo francamente. Sí, no cabe duda de que es como si lo hubiera robado. Pero si usted prefiere la otra expresión, le diré que, en efecto, me los había "apropiado". Ayer por la tarde los robé definitivamente.

-¿Ayer por la tarde? Pero si acaba usted de decir que hacía un mes que... que se los había procurado...

-Sí. Pero tranquilícense: no se los robé a mi padre, sino a ella. No me interrumpan: déjenme contarlo todo. Es una vergüenza. Verán ustedes. Hace un mes, Catalina Ivanovna Verkhovtsev, mi ex prometida, me llamó... Ya la conocen ustedes.

-¿Qué dice usted?

-Estoy seguro de que la conocen. Un alma noble a carta cabal. Pero me odia desde hace mucho tiempo, y no sin razón.

-¿Ha dicho usted Catalina Ivanovna? -preguntó el juez, estupefacto.

El procurador daba muestras también de profunda sorpresa.

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