FEDOR DOSTOIEWSKI. LOS HERMANOS KARAMAZOV


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Maximov sólo se separaba de las muchachas del coro para ir a beberse una copa. Se había tomado dos tazas de chocolate. Se presentó con la nariz enrojecida, los ojos húmedos, la mirada dulce, y dijo que iba a bailar la danza de los zuecos.

-En mi infancia me enseñaron esos bailes mundanos.

-Vete con él, Mitia. Yo os veré bailar desde aquí.

-Yo voy con ellos para verlos de cerca -dijo Kalganov, rechazando ingenuamente la invitación de Gruchegnka a que se quedara a su lado.

Todos pasaron a la estancia contigua. Maximov bailó, como había prometido, pero con escaso éxito. Sólo Mitia lo aplaudió. La danza consistió en una serie de saltos, con abundantes contorsiones y levantando los pies hasta enseñar las suelas, en las que daba una palmada a cada salto. A Kalganov no le gustó el baile. Mitia, en cambio, abrazó al bailarín.

-Gracias por tu exhibición. Debes de estar fatigado. ¿Quieres alguna golosina? ¿Prefieres un cigarro?

-Un cigarrillo.

-¿Y nada de beber?

-Ya he bebido licores. ¿Hay bombones?

-Encontrarás un montón en la mesa. Y de los mejores, querido.

-Prefiero los de vainilla. Ya sabes que los viejos... ¡Ji, ji!

-De ésos no hay, hermano.

-Oye -dijo el viejo acercando su boca al oído de Mitia-: quisiera conocer a esa joven llamada María... ¡Ji, ji!... Si fueras tan amable que...

-¿Habráse visto?... ¿Hablas en serio, amigo?

-No creo que haya en ello ningún mal para nadie -murmuró tímidamente Maximov.

-De acuerdo. Aquí todos nos conformamos con el canto y el baile; pero el corazón te manda otra cosa... Entre tanto, recréate, diviértete, bebe... ¿Necesitas dinero?

-Tal vez luego... -murmuró Maximov con una sonrisita.

-Está bien.

A Mitia le echaba fuego la cabeza. Salió a la galería que rodeaba parte del edificio. El aire fresco lo despejó. Ya solo y en la oscuridad, se oprimió la cabeza con las manos. Sus ideas dispersas se agruparon de pronto y la luz se hizo en su mente con un fulgor espantoso...

"Si me he de matar -se dijo-, ahora o nunca."

Podía cargar una de sus pistolas y poner fin a todo en aquel rincón envuelto en sombras. Estuvo vacilante durante uno o dos minutos. Había llegado a Mokroie con un peso en la conciencia: el robo que había cometido, la sangre que había derramado. Sin embargo, experimentaba cierto alivio ante la idea de que todo había terminado, de que Gruchegnka pertenecía a otro y ya no existía para él. No le había sido difícil tomar esta resolución. Además, no podía hacer otra cosa. ¿Para qué, pues, seguir viviendo? Pero la situación había cambiado. Aquel horrible fantasma, aquel hombre fatal, el antiguo amante, había desaparecido sin dejar rastro. La horripilante aparición se había convertido en un títere irrisorio al que se encerraba bajo llave. Gruchegnka estaba avergonzada y él leía en sus ojos hacia quién iba su amor. Bastaba poder vivir, pero esto, ¡maldición!, ya no era posible. "Señor -rogaba mentalmente-, resucita al que yace junto al muro del jardín. Líbrame de este amargo cáliz. Tú has hecho milagros por otros pecadores como yo... ¿Y si el viejo viviera todavía? ¡Oh! Entonces lavaría la vergüenza que pesa sobre mí, devolvería el dinero robado, aunque hubiera de sacarlo del fondo de la tierra. Así, la infamia sólo habría dejado huellas en mi corazón, aunque fuera para siempre... Pero no, esto es un sueño irrealizable. ¡Maldición!"

Sin embargo, en las tinieblas apareció un rayo de esperanza. Volvió precipitadamente a la habitación. Iba hacia ella, hacia la que sería su reina eternamente.

"Una hora, un minuto de su amor valen más que todo el resto de mi vida, aunque esta vida haya de transcurrir bajo la tortura de la vergüenza... ¡Verla, oírla, no pensar en nada, olvidarlo todo, aunque sólo sea esta noche, durante una hora, por un solo instante... ! "

Al entrar se encontró con el dueño de la casa, que estaba triste y preocupado.

-¿Me buscabas, Trifón?

Éste se mostró un tanto confuso.

-No. ¿Por qué lo había de buscar? ¿Dónde estaba usted?

-¿Qué significa esa cara de pocos amigos? ¿Estás enojado? Mira, puedes ir a acostarte. ¿Qué hora es?

-Más de las tres.

-Ya terminamos, ya terminamos...

-Eso no tiene importancia. Diviértase tanto como quiera.

"¿Qué le pasa a este hombre?", se dijo Mitia mientras corria a la sala de baile.

Gruchegnka no estaba allí. En el cuarto azul, Kalganov dormitaba en el canapé. Mitia miró detrás de la cortina. Allí estaba Gruchegnka, sentada en un cofre, con la cabeza apoyada en el lecho, derramando lágrimas y haciendo esfuerzos para ahogar los sollozos. Por señas dijo a Mitia que se acercara y se apoderó de su mano.

-¡Mitia, Mitia, yo lo amaba! No he dejado de quererlo durante estos cinco años. ¿Era amor o rencor? Era amor, amor por él. ¡He mentido al decir lo contrario!... Mitia, yo tenía diecisiete años entonces. Él era cariñoso, alegre y me cantaba canciones... ¿O era que yo, chiquilla ilusa, lo veía así?... Ahora es muy distinto. Ha cambiado tanto, que, al entrar, no lo he reconocido. Durante mi viaje hacia aquí no he cesado de pensar: "¿Cómo lo abordaré? ¿Qué le diré? ¿Cómo nos miraremos?" Desfallecía. Y, al verlo, he sentido como si arrojasen sobre mí un cubo de agua sucia. Me ha producido la impresión de un pedante maestro de escuela. Me he quedado sin saber qué decir. AI principio me he preguntado si la presencia de su compañero, ese tipo larguirucho, lo cohibiría. Mirándolos a los dos, me decía: "¿Cómo es posible que no sepas de qué hablarle?"... Sin duda, lo echó a perder su esposa, aquella mujer por la que me abandonó. Lo cambió por completo. ¡Qué vergüenza, Mitia! ¡Toda la vida me durará este bochorno! ¡Malditos sean estos cinco años!

Se echó a llorar de nuevo, sin soltar la mano de Mitia.

-No te vayas, Mitia, mi querido Mitia -murmuró levantando la cabeza-. Quiero preguntarte algo. Dime: ¿a quién amo? Yo quiero a alguien que está aquí. ¿Quién es?...

Una sonrisa iluminó su rostro, hinchado por el llanto.

-Cuando te he visto entrar, he sentido un dulce desfallecimiento. Y mi corazón me ha dicho: "Ahí tienes al que amas." Has aparecido tú y todo se ha iluminado. "¿A quién teme?", me he preguntado. Pues tenías miedo; no podías hablar. "No son ellos los que lo asustan, pues ningún hombre puede atemorizarlo. Soy yo, sólo yo. " Fenia, la muy simple, te habrá contado que yo he dicho a voces a Aliocha desde la ventana: "Amé a Mitia durante una hora. Me voy porque amo a otro." ¡Oh Mitia! ¿Cómo he podido creer que amaría a otro después de haberte amado a ti? ¿Me perdonas, Mitia? ¿Me quieres? ¿Me quieres?

Se levantó y le puso las manos en los hombros. Mitia, mudo de felicidad, contempló los ojos y la sonrisa de Gruchegnka. De pronto la estrechó en sus brazos. Ella exclamó:

-¿Me perdonas por haberte hecho sufrir? Os torturaba a todos por maldad. Por maldad enloquecí al viejo. ¿Te acuerdas del vaso que rompiste en mi casa? Hoy me he acordado, porque he hecho lo mismo, al beber " por mi vil corazón"... ¿Por qué dejas de besarme, Mitia? Después de darme un beso te quedas mirándome, escuchándome. ¿Por qué! Bésame más fuerte. Así. No hay que amar a medias. Desde ahora seré tu esclava. ¡Bésame! ¡Hazme sufrir! ¡Haz de mí lo que quieras! ¡Hazme sufrir! ¡Espera!... ¡Quieto!... Después...

Lo apartó de sí con repentino impulso.

-Vete, Mitia. Voy a beber; quiero embriagarme; quiero bailar ebria... ¡Lo deseo, lo deseo!...

Se desprendió de los brazos de Dmitri y se fue. Mitia la siguió, vacilante. "Cualquiera que sea el final -se decía-, daría el mundo entero por este instante." Gruchegnka se bebió de una vez un vaso de champán. En seguida le produjo efecto. Se sentó en un sillón. Sonreía feliz. Sus mejillas se colorearon y su vista se nubló. Su mirada llena de pasión fascinaba. Incluso Kalganov, incapaz de hacer frente al hechizo, se acercó a ella.

-¿Has sentido el beso que te he dado hace un momento mientras dormías? -murmuró Gruchegnka-. Ahora estoy ebria. ¿Y tú? Oye, Mitia, ¿por qué no bebes? Yo ya he bebido...

-Ya estoy embriagado... de ti, y quiero estarlo de bebida.

Apuró un vaso y, para sorpresa suya, se emborrachó inmediatamente, él que había resistido hasta entonces. Desde este momento, todo empezó a darle vueltas. Le pareció que estaba delirando. Iba de un lado a otro, reía, hablaba con todo el mundo, no se daba cuenta de nada. Como recordó más tarde, sólo se percataba de que una sensación de ardor crecía en su interior por momentos, hasta el punto de que creía tener brasas en el alma.

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